Viure bé
Bertrand Russell, premio Nobel: «La clave de la felicidad es ampliar tus intereses y ser amigable con el mundo»

Nos pasamos la vida buscándola. La anhelamos. La perseguimos con una pasión casi obsesiva. Hablamos de la felicidad, el deseo más antiguo y universal de la humanidad.

Pero, ¿qué pasa si su secreto no es tan complejo como pensamos? ¿Y si la clave estuviera en nuestra mano, esperando ser descubierta?

El premio Nobel que se enamoró de un teorema

Bertrand Russell, el filósofo británico que ganó el Premio Nobel de Literatura, tuvo una revelación sorprendente a los once años. Estudiando geometría euclidiana con su hermano, sintió una emoción tan intensa como la del primer amor.

(Sí, a nosotros también nos sorprendió la intensidad. Pero aquí radica la clave).

Esta capacidad de interesarse profundamente por el mundo, incluso por un axioma matemático, fue el fundamento de su filosofía sobre la felicidad. Una vida plena no dependía de milagros, sino de una actitud.

La clave de la felicidad consiste en que tus intereses sean tan amplios como sea posible y que tus reacciones hacia las cosas y las personas que te interesan sean amistosas en lugar de hostiles.

Esta frase, escrita por Russell en 1930 en su libro La Conquista de la Felicidad, es el mandato definitivo. Es su propuesta. Mantener viva la curiosidad infantil es, para él, el camino más rápido hacia una existencia satisfactoria.

La vida sin límites de Bertrand Russell

Russell vivió esta filosofía con una coherencia impresionante. Entró al Trinity College de Cambridge por las matemáticas, pero rápidamente se sumergió en la filosofía.

De ahí saltó a la lógica, la teoría de la relatividad e incluso a temas completamente ajenos a las ecuaciones. El matemático se comprometió con la lucha feminista, la defensa pacífica de los derechos humanos, la educación y la cuestión racial.

Escribió sobre casi todo lo que un ser humano puede preguntarse. Su estilo, incisivo y claro, le valió el Nobel de Literatura en 1950. (Un hecho que pocas veces recordamos de un matemático).

Sus viajes también fueron una extensión de su curiosidad insaciable. Recorrió medio planeta, reuniéndose con personalidades de toda índole para absorber el máximo de visiones sobre el mundo.

En China, por ejemplo, descubrió una forma de vivir totalmente diferente al ideal occidental de éxito y productividad. Quedó tan fascinado por el confucianismo que previó la importancia futura de ese país. Un auténtico visionario.

Esta dispersión de conocimientos, que para muchos podría haber fragmentado su pensamiento, fue para Russell su fuente de vitalidad. No se trataba de acumular datos sin rumbo. Era mantener la llama de la curiosidad siempre encendida, mirando hacia fuera.

Tu interés, el antídoto contra ti mismo

Aquí es donde debemos poner el foco. La propuesta de Russell va más allá de tener aficiones o «estar abierto de mente». Estas fórmulas están ya muy gastadas.

Russell nos hace mirar donde centramos nuestra atención. Gran parte de nuestra infelicidad, según él, nace de una atención excesiva hacia nosotros mismos. Una preocupación constante por nuestros logros, nuestra salud, nuestros rencores o la imagen que proyectamos.

Esto nos encierra en una habitación cada vez más pequeña. Una habitación donde el aburrimiento y el peso de la existencia toman el control. (¿Cuántas veces no nos hemos sentido atrapados ahí?)

Cuantos más intereses genuinos tengamos hacia lo externo (una disciplina, un lugar, una causa, otra persona), menos espacio quedará para el egoísmo que, según Russell, envenena la vida. Es un truco mental sencillo, pero potente.

Acercarse a lo desconocido con amistad

Pero no basta con mirar hacia fuera. Esta mirada debe estar libre de sospecha, envidia o rivalidad. Russell nos invita a acercarnos al mundo con amistad, no con hostilidad.

Él mismo fue un polemista feroz. Discutió sobre la existencia de Dios, se enfrentó a gobiernos y pasó seis meses en prisión por su activismo pacifista en la Primera Guerra Mundial. (Fue un hombre de convicciones firmes).

Pero incluso en sus debates más duros, defendía que la actitud de fondo debía ser cordial. Se puede discrepar sin odiar. Se pueden tener intereses opuestos sin convertir al otro en un enemigo. Esto es imprescindible para una vida plena.

Educar la curiosidad, no la voluntad

Esta idea impulsó a Russell y a su segunda esposa, Dora Black, a fundar la Beacon Hill. Una escuela que rompía con el rígido currículo de la época. Russell no creía que fuera suficiente imponer disciplina a los niños. Era necesario que su curiosidad natural encontrara un terreno fértil para crecer, sin miedo.

Una filosofía que resuena con Sócrates, que 2.000 años antes ya advertía: «La educación es el encendido de una llama, no el llenado de un recipiente.» (Una verdad que no envejece).

Para Russell, educar no era transmitir conocimientos pasivamente, sino estimular la capacidad de reflexión del alumno. Es un método definitivo para formar mentes libres y felices.

Atrévete a conocer

Lo que propone Russell es, en el fondo, lo mismo que la psicología moderna intenta transmitir hoy. Aquello en lo que pensamos, moldea lo que sentimos. Es un secreto que puede cambiarlo todo.

Si dedicamos nuestras horas a rumiar agravios, a compararnos o a temer lo desconocido, construimos una existencia hostil. Incluso sin que nadie nos ataque.

Si, en cambio, dejamos que la curiosidad nos lleve hacia una ciencia, un oficio, un idioma nuevo o simplemente hacia la vida de otra persona, y lo hacemos sin convertir cada encuentro en una competición, la felicidad deja de ser una meta esquiva.

Se convierte casi en un efecto secundario. Quizás por eso Russell, que dedicó su vida a razonar sobre casi todo, terminó ofreciendo un consejo tan sencillo de enunciar y tan difícil de practicar: ampliar el círculo de nuestros intereses y, dentro de ese círculo ya ampliado, decidir mirar con amistad en lugar de recelo.

No hace falta resolver ningún teorema para intentarlo. (Aunque a él, sin duda, le fue muy bien empezar por ahí).

Nou comentari

Comparteix

Icona de pantalla completa