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A estas alturas y en este paralelo, el 41, es improbable encontrar gente feliz con conocimiento de causa o de vida. Hay gente desbaratada o desbocada. Eso, siempre. Pero gente feliz después de documentarse es otra cosa. A Regina Rodríguez la felicidad le viene de veta pirenaica. Y ella la esparce por el mundo. Combina este estado de buena esperanza con un ímpetu magnético. Ríe y ríe. Y no calla, pero no molesta nada.

Por eso cuando encontró su propósito de vivir se soltó como un torrente meditado, valga el oxímoron. Quería escribir y el resultado fue el Llibre de la dona pirenaica a Atlanta o L’Espill, un reflejo de su vida agitada concretado en la etapa en que se fue engañada a Estados Unidos. Allí fue a parar como au-pair a la casa de una familia sabia y lunática, que habría hecho mejor en adoptar un bisonte autóctono.

El libro, la novela celistia, se llamó en el mercado Les calces al sol. El boca a boca inicial se convirtió en una ola triunfal y ahora lleva más de 100.000 ejemplares vendidos en catalán. En polaco quiere acercarse. Cuatro años después Regina Rodríguez continuó su historia procaz con Crispetes de matinada, situada en la villa de Gràcia, que arrasó literalmente los puestos este último Sant Jordi. Algo altamente sorprendente, considerando que Rodríguez ni presenta un Telenotícies ni pontifica en un programa matinal radiofónico.

Regina llega a esta entrevista con sombrero a modo de pamela, habitual, y contenta y satisfecha, con una risa que no se filtra ni cuando le digo que solo he leído una parte de su última novela. Me costará cara la confesión, porque algunas respuestas buscarán escarnecer la ignorancia declarada. Nunca he visto reír tanto a nadie en una entrevista. Los dioses le conservan todos los dientes.

¡Comencemos!
¡Eh! (Hace el gesto de brazo ascendente del Club Super3).

He reído mucho con su novela.
Buenoooo. ¡Pues, ya está!

Ya está, no, que acabamos de empezar. Es muy divertida. Y una de las cosas que más me ha hecho reír son las frases en catalán que no tenían ningún sentido y que usted escribe para expresar que no entendía nada de lo que le decían en inglés en Atlanta.
Ésta es una de las cosas de las que me siento más orgullosa. Además, funciona en todos los idiomas. La gente me decía: “¿Pero eso cómo lo harás?”. Lo escribí precisamente pensando en la hipótesis de que la novela se pudiera traducir a otro idioma y que funcionara igual. Una de las cosas que más ilusión me hace es que alguien como tú me diga que ha reído aquí. Alguien de Polonia, alguien de Portugal y ahora alguien de Nueva York.

¿Cómo se resuelve en la traducción al inglés?
Es el mismo caso. Que tú pidas un café, que el tío de detrás del mostrador del Starbucks te diga: “Tenemos leche de avena, de almendra, de vaca…” y que tú entiendas: “Los hámsters hoy cruzarán el río Mississippi y hay garbanzos que tocarán jazz”. Esta frase, independientemente del idioma que sea, te hace gracia igual. En el caso del inglés se traduce a esta lengua y funciona exactamente igual que en los otros idiomas. Porque el lector inglés, si ve que has pedido un café, dirá: “¿Qué me dice ahora de hámsters?”. Y lo entiende inmediatamente.

¿Pero usted entendía eso?
[Ríe]. A ver… Yo no entendía nada, pero tuve que pensar un recurso para que rápidamente se entendiera hasta qué punto Rita estaba desubicada. Y hasta qué punto tenía cero dominio del idioma y cómo te aísla eso. Te aísla profundamente. Además, cuando la primera editorial me dijo de publicarme Les calces y luego se echó para atrás…

¡Eh! ¿Cuál fue esa editorial?
No lo digo. No. Da igual. Eso pasa en todas partes. Pero me recuerdo que el primer editor me dijo: “Escucha, ¿de qué autor has sacado este recurso?”. Y le contesté: “¿De qué autor? ¡Me lo he inventado yo!”. Es un recurso que no había visto antes. Bendito el momento en que me vino esta inspiración.

Yo también pensé que era una ocurrencia suya, que no lo había copiado…
No copio nada. A ver, proactivamente. Obviamente, no todos bebemos de todas partes, pero no…

En la página 411 su profesora de literatura, Roberta, le dice: “Y recuerda, Rita, siempre e indiscutiblemente, albóndigas”. ¿Qué le dijo exactamente?
Mira, las albóndigas, las dejo para que las interprete cada lector. Las albóndigas simbolizan esa doble dimensión que Rita tiene al principio de no saber el idioma, pero también que tú nunca acabarás de saber ningún idioma. Nunca. Ni el propio. En momentos importantes aparece esto: “Sobre todo, sobre todo, albóndigas”. ¡Mierda! No acabarás nunca de adaptarte en ningún lugar. Es esa parte simbólica.

Esa editorial que no le aceptó Les calces… ¡Ostras! Es leyenda que el editor Carlos Barral rechazó publicar Cien años de soledad, de García Márquez…
Es una editorial que me propuso publicármela en pleno confinamiento. Me llamaron ellos y me dijeron: “Escucha, te la publicamos…”.

Quiere decir que ya la habían leído. ¿Cómo les llegó? ¿Se la envió usted?
No. Yo la había dado a amigos de amigos para que la leyeran. Claro, esto es en primera persona, son mis historias. Yo no sabía si a alguien, más allá de la gente que me conocía o mis amigos, le podría interesar… Hice este pequeño estudio de mercado y lo pasé a Instagram. Una persona con la que había coincidido en una escuela de escritura me dijo: “Escucha, ¿esta historia es la que escribiste cuando estabas en Atlanta?”. Le contesté que sí y me pidió si se la dejaría leer. Entonces fue cuando me dijo que trabajaba en una editorial y que me la publicaban. Y pensé: “¿Cómo? ¿Tan rápido?”. Al cabo de quince días me dijeron: “Escucha, pensamos que es demasiado atrevida para este sello. Y no te la podemos publicar”. Guillem, mi pareja, me decía: “¡Hostia! Ahora que ya lo tenías…”. Sí, ya lo tenía, pero no me preocupé, porque pensé: “Si ha ido tan rápido, si ha sido tan fácil, lo intentaré en otro lugar”. Y entonces busqué el email del director literario catalán en Penguin Random House y se lo envié con la novela. Y me llamaron.

¿Por qué Penguin?
Porque [ríe] yo pensaba que sería más internacional de lo que es. Yo pensaba que, una vez entrabas en Penguin, serían más fáciles las traducciones y que viajara. Pero después te das cuenta de que Penguin en cada país es una empresa diferente. ¡Es que yo no sabía nada del mundo editorial! No lo sé… Era un sello reconocido y sobre todo creo honestamente que me llamó más la atención la parte internacional. Pensaba que sería casa grande, y después ves que la casa es tan grande como te la hagas tú, según cómo estés dispuesta a picar piedra.

Pero eso lo ha conseguido…
Sí, pero no porque haya publicado en Penguin. Aún no lo domino suficiente, pero en esto de las traducciones hay un punto de suerte. Evidentemente, si has vendido mucho, como me ha pasado a mí en catalán y luego en castellano, que comenzó prácticamente a viajar sola, eso evidentemente ayuda, pero…  Mira, creo que a David Uclés no lo han traducido al inglés… Hay ciertas cosas que… Tienes que convencer a cada editor o editora.

De hecho, escritores catalanes consagrados, clásicos, no han sido traducidos al inglés o los han publicado en editoriales o circuitos universitarios… A menudo, con un magro resultado. ¿A cuántos idiomas la han traducido a usted al final?
[Chasquea la lengua]. A ver, eh? Me sé países. Portugal, Italia, Polonia… Es como irónico. En Polonia está funcionando muy bien.

Porque somos polacos.
¡Porque somos polacos! Al castellano, al inglés… En Inglaterra y en Estados Unidos… Ha ido a Argentina, a toda América Latina. Y ahora a Brasil, donde se llama As calcinhas ao sol. Ahora me han invitado. Me voy a Brasil a comienzos de septiembre. A la Bienal. Me lo han dicho esta semana. Es surrealista todo, la verdad. Y ya está, ¿no? Siete lenguas o así.

¿Traducir es traicionar? ¿Se ha leído, por ejemplo, en inglés, ahora que lo domina?
Me da mucho miedo. Me la he leído solo en castellano. Me da miedo, no por la misma traducción, sino porque ahora quizás cambiaría algo. Y entonces pienso: “Es igual, es igual, que haga el recorrido que tenga que hacer”. ¿Es traicionar? Inevitablemente, un poco. Pero si funciona, ¿no? Si en Polonia va bien, pues, adelante. Que tengan que traicionar lo que tengan que traicionar.

En inglés el título es Cantando al sol, Singing to the Sun…
Es terrible. Lo odio profundamente. Ahora que me voy a presentarla en Estados Unidos, que estamos mirando qué haremos en Nueva York, en Atlanta y en Charleston, la primera cosa que diré es que odio el título. ¡I hate it!, diré.

«Creo que allí pondré panties supergrandes» / Anna Munujos

Puedes decirles: “¡Albóndigas!”
Eso les diré: “Meatballs”! Creo que pondré panties supergrandes. A ver, antes que nada, estoy superagradecida de que me la hayan traducido al inglés y ellos deben saberlo mejor que yo. A partir de ahí, encuentro que, así como en todos los otros idiomas han mantenido la palabra calces, allí lo han visto de otra manera. Los editores me dijeron que sería un suicidio literario. Un debut-suicidio. Suicide! [Lo dice remarcando el acento norteamericano].

¿Por qué?
[Lo dice en voz baja] Bueno, porque ya lo sabes. Porque los americanos…

Deben haber de diferentes…
¡Exacto! En la peli, en la primera producción americana, ellos tenían clarísimo que no sacarían esta palabra. Esta editorial, este equipo editorial en concreto… Es que, claro, todo es… Aquí mismo, en Cataluña, eso también me pasó. Aquel sello editorial: “¡Esto es demasiado atrevido!”. Y luego otro lo publica y no pasa nada. Es injusto generalizarlo en una cultura. Pero también lo podemos entender. Cuando llegué a Atlanta llevaban bikinis que les tapaban el culo y la barriga con cortinas.

Eso allí lo hacían por los años cincuenta y sesenta. Recuerdo alguna foto de Marilyn Monroe de esa guisa… En España en aquella época, si alguna mujer se atrevía, con cortinas y todo, se la llevaba la Guardia Civil…
[Ríe].

Cien mil ejemplares en catalán…
¡Más!

¿Y por qué?
Mira, cuando viene la gente a las colas de firma y me dice “¡Este ejemplar, se lo han leído quince personas!”… En realidad, son muchos más lectores… Piensa que mi desubicación es como la de Rita. Yo no había publicado nunca nada. Yo no sabía nada. Yo envié ese email y de repente me explotó la vida. Por tanto, no esperaba nada. Yo solo quería publicar y pensaba que mi camino había acabado el día en que publiqué. Pero lo veo sobre todo en los ojos de las editoras y de los editores que al principio cuando me miraban me decían: “No es normal, lo que está pasando”. Lo que sí puedo… Lo que más me dice la gente es esto que me dices, que nunca habían reído tanto en voz alta con un libro. Y, claro, eso, tienes esta necesidad de compartirlo. Además, es un humor que es transgeneracional. Ríen los abuelos con las nietas. Es algo que está en la sobremesa.

El otro día quedé con Gil Pratsobrerroca, el de El joc del silenci, y me decía: “Es que cuando salió tu libro en cualquier sobremesa de mi entorno todo el mundo hablaba de Les calces”. La gente quería hablar de ello. Y cuando tienes esta necesidad, cuando un libro o una peli te han hecho vibrar tanto, tú necesitas también que a alguien más le pase igual para compartirlo. Hay esta necesidad. Además, acaba con este subidón… Hay un final como redondo… Tenemos la necesidad de comentar con alguien más lo que nos ha hecho gracia, aquello que nos ha hecho llorar también. Porque la frase que más me han dicho es: “He reído mucho y he llorado mucho, pero, sobre todo, he reído mucho”.

Usted se queja a menudo de que el humor está menospreciado. ¿Eso se lo cree de veras?
En Les crispetes explico esto. Yo tenía esta frontera propia. Creía que para escribir una novela que se pudiera considerar buena no podía explicar el humor como a mí me salía. Es una premisa personal, subjetiva y errónea, como se ha demostrado. Pero sí que creo que cuando una obra de arte se considera –“¡Hostia, qué buena que es!”–, con el peso de la palabra, normalmente no incluye el humor. Cuando tú explicas algo que hace llorar o la misma cosa haciendo reír parece que la segunda opción la hace menos trascendental.

El Quijote hace reír. Como toda la literatura picaresca castellana, sea El Buscón o sea El Lazarillo. También el Tirant o L’Espill… Y hablamos de grandes obras.
Estoy súper de acuerdo. De hecho, un día hablaba con Sergi Belbel sobre Aristóteles. ¿Por qué se prohibió? Porque era un vehículo mucho más ágil para llegar a verdades más profundas. No lo sé… Yo lo he visto. Cuando cogen mi novela en una librería dicen [hace voz de desprecio]: “Toma, esto, que no te hará pensar…”.  Lo hacen así. Es verdad. Así entienden cómo comunico yo este mensaje. O cómo explico yo mi vida [recupera la voz afectada]: “Toma, para no pensar mucho”. Este tono es menospreciarlo. En lugar de decir: “Toma, que te hará pensar”. Te hago pensar igual, pero de una manera diferente.

Quien hace esto es tonto. Se descalifica él mismo. Nadie coge una película de Woody Allen y dice: “Míratela, reirás y no te hará pensar”.
Hice un club de lectura hace dos semanas y un asistente me dijo que su librera se lo había dado así. [Recupera el gesto y la voz de desprecio]: “¡Toma!”. [Ríe]. A todos nos han dado un libro así. No hace falta que lo repita, pero sí, es que tiene menos peso. Tiene menos peso intelectual. No estoy de acuerdo, eh, pero creo que a la hora de comunicarlo cómo se entiende es como brrrrr, hace reír. En cambio, si te hace llorar, te rompe, te cuesta recuperarte, tienes que salir de un duelo, parece que ese peso sea superior.

Se lo vuelvo a decir. Una de las novelas más divertidas que he leído es el Tirant lo Blanc y no sé si hay algún librero que tenga la osadía de decir: “¡Toma!”, perdonándole la vida… En todo caso, ¿ha encontrado lectores de aspiraciones intelectuales supremas que le hayan agradecido su novela?
Es que yo no digo que esté de acuerdo con la librera que dice eso [con voz de asco]: “¡Toma!”… Y sobre todo, eh, gracias a las libreras! Hay muchas, muchísimas, la gran mayoría, como también muchas amigas y muchos amigos, y no solo con mi libro, sino con el humor en general, que no hacen eso. Perdona, he perdido el hilo… ¿Me puedes repetir la pregunta?

No me acuerdo. [Sonrío]. No, es mentira. Si ha encontrado lectores intelectualmente muy exigentes que les haya gustado.
Sí. ¡Madre mía! Gente que no tiene ningún problema ni ningún complejo de decirlo. Creo que uno de los secretos es que hay mucha gente que piensa que será eso de pasar por encima, porque tampoco tendrá mucho contenido, tampoco está muy trabajada… Yo, cada frase, la he pensado y la he sudado muchísimo. Quiero decir que hay mucha intención. La gente piensa que será algo mucho más superficial de lo que después se encuentran. O quizás una literatura menos trabajada. Y se dan cuenta de que, por muy que pueda parecer sencilla, hay muchísimo trabajo detrás. Porque me pasé moooooltos años y cada página me la he estudiado cientos de veces. Todo este trabajo se nota. Todos estos años, toda esta intención y este pensarlo todo, que si un círculo redondo, todos los simbolismos que a mí me gustan… Y de repente tienes una sensación que te sorprende.

Cuando quise ponerle la palabra calces, recuerdo que mi padre me dijo: “¡Ostras, quieres decir ponerle calces, con el trabajazo que te ha costado? Todos estos años… y ahora le pones calces?”. Yo estaba tan segura, estaba tan segura de cómo había trabajado, que me daba igual. Siento orgullo por cualquier página que abro de esta novela. Me daba igual, pues. Y sí, hay mucha gente que me lo reconoce.

En todo caso, supongo que esta novela no gustaría mucho a Carles Riba, Martí de Riquer o Josep Pla. Me imagino qué dirían si les preguntaran por Calces al sol…
Ya. ¡Sería brutal saberlo! [Ríe]. No lo sé… Hay lugar para todos. Pasas tres días leyéndote Les calces y luego te vas a otra. No competimos. Cada persona es tan diferente y única como la persona que la escribe. Me parece absurdo hacer ciertas comparaciones.

Cuando la escribió ¿su intención final era de trascendencia o la movía más el hecho de escribir algo que luego funcionara con el público general?
No pensaba en el público. No, no, no. Nada de eso. Lo vuelvo a decir. Yo no había publicado nunca nada. Es lo que explico en Crispetes de matinada. Yo estuve muchos años que quería escribir, pero me buscaba por esta frontera mía, me buscaba por voces e historias ajenas que pensaba que debían tener peso objetivo, como las historias de contrabandistas que me contaban mis abuelos y que a mí me fascinaban. Hice mi máster de guion sobre esto y todos los cursos de escritura creativa, pero no me salía nada, porque en realidad quería escribir sobre aquel cerdo de pene extensible que pusieron aquellos niños. Pero a mí me nació esta semilla escribiendo esos emails desde Atlanta. ¿Qué pasa? Que aparqué eso porque pensaba: “¡Hostia, tía, no harás una novela sobre tu historia de au-pair”.

Todo eso cambió cuando me harté de mí misma, porque de hecho por eso se llama Crispetes de matinada, porque fue esa noche, a las seis de la mañana, cuando ya estás harta de mentir, agotada de contar una historia en la que no crees, cuando comes esas palomitas marranas y piensas que te da igual todo, en ese momento vi que el impulso artístico era más fuerte que mis reticencias. Cuando entré en aquel edificio abandonado en medio de Gràcia y encontré a toda esa gente que tenía sueños tan locos o tan aspiracionales como yo, dije: “Mira, escucha, me sale así y lo intentaré así”. En ese momento pensé que esto me hace muy feliz, no sabía qué pasaría, sí que sabía que algún día me gustaría publicarlo, pero no iba más allá.

Y luego vende más de 100.000 ejemplares. ¿Cómo se quedó cuando lo iba sabiendo, qué piensa ahora?
Es que todavía lo estoy asimilando. Lo veo en las caras de los editores, que me dicen: “No es normal”. Veo las caras de ilusión y hago buaaaaaaa! No lo es. Miras los números que son habituales y dices: “¡Qué raro!”. Yo soy muy soñadora, pero de verdad. Cuando me explico ahora aquí, contigo, a veces miro de domar la ilusión que siento por la vida, como si fuera una flipada. Cuando escribo no lo evito, la dejo libre.

Creo que la gente conecta porque lo que siento es de verdad, lo siento así. El resultado aún ahora me sorprende mucho. Eso lo veo cuando por fin puedo conectar con los lectores y las lectoras. En este sentido, me van muy bien las redes. Hay ese momento precioso de cuando acabas de leer una novela que te ha impactado mucho y escribes a la autora. Y pienso: “¡Ostras, qué guay que lo que yo siento haya traspasado las páginas y haya hecho sentir algo similar a quien la ha leído”. No pienso en los cien mil. Obviamente, cien mil son muchos y digo “¡Uau!”, pero no asimilo la envergadura. No la sé ver. Me quedo mucho más en esto de decir: “Qué guay que a tanta gente le haya llegado lo que yo quería que les llegara”.

¿Se puede vivir de esto? Poquísimos escritores en Cataluña pueden vivir de los libros que publican…
He podido vivir de ello dos años y medio.

«Los americanos de mis tours todos se llevan Les calces» / Anna Munujos

Pero hace otras cosas, rutas gastronómicas…
Sí. Yo continúo trabajando. Hoy he hecho una brutal. Además, todos se llevan Les calces. La guinda es que todos se van con Les calces en inglés hacia Estados Unidos. A plantar semillas, a ver cuáles florecen.

¡Ya domina el inglés!
[Sonríe]. Sí, hombre, al final lo logré. Ahora, de hecho, he abierto el Insta y de repente me he visto hablando en inglés. Me hicieron una entrevista, me hicieron hablar en inglés y enviarle un mensaje a Obama. ¡Madre mía! Estas cosas aún me sorprenden mucho. Poder abrir el Insta y que salga yo en una entrevista que me hicieron hace un mes. No lo puedo escuchar. No puedo, no puedo. Paso, paso, porque me da mucha vergüenza. ¿A ver qué dije? Porque, además, claro, te hacen esos cortes desubicados, los titulares, los reels, que son una cosa peligrosísima.

[Fatalista e irónico] Nosotros, señora, y el público, funcionamos así.
Ya lo sé, ya lo sé.

Obviamente, queremos despertar la curiosidad con esos cortes y esos titulares, para que los lectores piquen y miren el resto. Siempre ha sido así.
[Ríe]. Eso lo puedes poner.

A veces eliges la tontería más tonta.
Ya, pero no me gusta.

Es el signo de los tiempos. Conozco artistas, escritores, que lo evitan y algunos que se resignan y hacen declamaciones fatalistas, de mea culpa…
No, ¡si a mí me encanta!

Entonces no se queje, ¡fuego a la barraca!
[Ríe]. Yo no me tengo que esconder de nada, porque no soy personaje y soy exactamente igual. Ningún problema. Pero sí que depende de lo que dices y cómo lo dices. Ya lo sabemos. Esos cortes… Conté aquello de Matt Damon una vez y ahora en todos los titulares –por favor, no pongáis a Matt Damon en los titulares– sale Matt Damon. Al final este hombre me denunciará. Pero es verdad, le envié unas calces a Matt Damon, lo conté y entiendo que es muy apetecible. Y más ahora.

Un titular es un titular.
[Ríe] Clarísimo.

En todo caso, el éxito de la novela deja claro que diferentes culturas compartimos los mismos resortes del humor…
¿Sí, eh? Eso es lo que más ilusión me hace: hacer reír. Cuando te lo pasas bien con un libro, es que es todo. Si un libro te exige una atención del mil por ciento y que te tienes que evadir al cien por cien, porque si no, no lo puedes leer, que, además, puedas reír, avanzar sus páginas con una sonrisa… ¡Ostras! Me imagino a la gente en Varsovia, esta que me ha escrito desde el metro de Nueva York… Es como… ¡Buaaaaa!

¿Y en Tokio? ¿Cree que los japoneses la entenderían?
Yo creo que sí. 

Según como, son muy escrupulosos. Quizás por el título lo venderían dentro de una bolsa negra. O en la sección de mangas porno.
[Ríe]. Sí, pero mira, todos hemos crecido con Son Goku y Bulma, por ejemplo, significa calces. Creo que la entenderían más de lo que pensamos. Porque, además, son unas calces de abuela.

Usted se identifica totalmente con Rita Racons. ¿La novela refleja la realidad al cien por cien?
Yo siempre digo que es real, pero no literal. Todo lo que he escrito me ha pasado, pero lo he puesto en un orden para que me funcione como novela…

Le deberían dar un premio, porque ¡vamos!
[Ríe fuerte]. ¡Yo me quedo corta, eh! Estoy como abierta a la vida, al hecho de que me pasen cosas.

¿Lo ha suavizado?!
Hombre, he suavizado muchas cosas, claro.

¡Pero eso es muy bestia, porque Rita hace cosas del tamaño de un campanario!
[Ríe más].

Esa gente, más que con cortinas, ahora volverán al bañador de cuerpo entero!
¡Ahora me voy allí! Pero, mira, en Les calces hay una trama que me inventé. La del padre de la familia con un actor porno.

¡Ostras! ¿Eso es inventado? ¡Pobre! ¿Y qué dice él?
He tenido que hacer un comunicado oficial aclarándolo, ahora que voy.

Para esta familia, la novela es un trago. Y para el padre… Si alguien deja la novela a medias, se llevará una idea equivocada…
Es bastante bestia, sí. Cuando lo escribía no pensé que llegaría un momento en que tendría que hacer un comunicado oficial diciendo que el señor Fulbright Bookland no tiene un asunto con un actor porno. Tuve que escribirlo para que todo el barrio lo sepa. Pues bien, ha llegado este momento y ahora me voy, el 1 de octubre seguramente, a explicar esta anécdota.

¿Esta pobre familia la ha leído, la novela?
Sí, sí, sí.

¿Y les ha gustado?
Sí. Hombre, él precisamente me decía: “What the fuck?”. Iba diciendo “What the fuck” y yo le contestaba: “Sigue leyendo, sigue leyendo”. Al final me dijo: “Ok!”, pero no dijo: “Ah, qué guay!”. No. No estuvo cien por cien contento. Pero es que no lo pensé. Pero a ver, acaba bien y se entiende perfectamente.

Si llegas al final.
Si llegas al final [da una palmada]. [Ríe]. Yo creo que engancha lo suficiente como para que llegues.

¿La han perdonado?
Sí, hombre, y tanto.

¿Y el lesbianismo? ¿Cómo no se quedó después de probarlo? Usted escribe: Los labios de una chica son más tiernos. La nariz es más fácil de encajar, la piel es más fina… […] Durante lo que me parecen horas levitamos ante el auditorio invisible en un espectáculo de gemidos y virginidad lésbica hasta que la escena final llega después de un camino de maravillosa agonía. El orgasmo explota en un espasmo que me inunda por todo el cuerpo, me arquea la espalda y me provoca espasmos en la cara en tics que me arrugan la nariz y las mejillas”. ¡Uau! La verdad revelada. Es brutal.

¿Sí? ¿Te ha gustado?
Me ha gustado. Y siendo hombre hetero, si me prometen este paraíso, lo probaría y quizás me quedaría. Y usted ahora tiene marido y dos hijos…

Ya te digo que es real y no literal. No quiere decir que…
No fue tan bonito.

O sí [ríe]. Pero quiero decir que puedes tener experiencias amorosas o sexuales maravillosas y que luego no te interese el resto de la persona.

No digo que se case. Quiero decir que, si descubre la homosexualidad y le encanta, ¿por qué no se queda?
¿Quién dice dónde me he quedado?

Jo no digo nada…
Han pasado dieciocho años y… [Ríe maliciosamente].

De acuerdo.
Es una suposición.

¿Ha leído a Laura Calçada?
No, pero, qué fuerte, ahora leía un whatsapp suyo… Fucking New York… No la he leído…

Es bastante más bestia que el suyo. Pero es cierto que aquello también es Nueva York y no Atlanta… Le gustará.
Sí, sí. Me la tengo que leer. Este viaje me ha traído muchos amigos y muchas amigas interesantísimas, como ahora Laura Calçada, de los cuales no me he leído todavía sus libros. Es que no hay suficiente tiempo. Cuando estaba acabando de escribir Crispetes tenía tantas ganas de leer… Porque mientras escribo no puedo leer. Y pensaba: “Tengo ganas de que trabaje alguien más y leer yo”.

¿John existe?
¿Por qué crees si es tan interesante saber si existe o no? Porque lo que tiene que pasar es que esto funcione.

Porque, si existiera, a usted le habría tocado la lotería y yo me habría quedado.
[Ríe]. Sí, pero Rita es una tía muy auténtica que…

Hemos quedado que Rita es usted.
Es mi alter ego, pero no literal. No quiere decir que no me tome algunas licencias. ¿Sabes qué pasa? Si no me las tomo, estoy totalmente encorsetada y yo necesito tener libertad. Que sea irrelevante si es verdad o no. Que funcione el viaje como novela.

¿Me deja ser chismoso o no?
John es un collage de Johns.

Es un collage… Caramba…
[Ríe mucho]. Ahora todavía quedarás más inquieto.

Se lo repito. Yo encuentro un John así y no me vuelvo.
Aunque seas heterosexual hombre, te quedas.

Nadie es perfecto.
Es que es esto que te digo. La parte guay de Rita en Les Calces y en Les Crispetes, que ya lo verás, es que a ella le interesa mucho más… A Rita le acaba interesando más ella misma que cualquier otra cosa…

Evidentemente. Es una novela autoreferencial. Por tanto, a usted también.
¡Claro! Ella va allí a buscar su vocación, la encuentra y siente que solo la puede ejecutar como la quiere ejecutar si vuelve a su casa. Y esto es más fuerte que cualquier hombre. Y cualquier historia de amor que sea apoteósica, como es el caso. Pero, como todavía no te has acabado el Crispetes, no te puedo decir más cosas de John.

¡Aaah! ¡Cuánta maldad! Todavía en Les calces. El bolígrafo de John, por tanto, es un recurso literario…
[Lo piensa y pone cara todavía más malvada]. O no. [Ríe]. No, no, no lo es. Pero podría ser un bolígrafo muy importante de otra empresa.

¿Lo tiene?
[Resignada]. ¡Sí! [Ríe]. ¡Esto es prensa del corazón!

¿Y qué?
Maravillosa y necesaria.

¿Tiene algún problema?
No. Ninguno.

Hay muchas preguntas que la gente que ha leído las dos novelas se deben hacer. ¿Por qué no las he de hacer?
Preguntas que recibo cada día. ¡Fantástico!

«Contesto a menos gente de la que me gustaría»/ Anna Munujos

¿Cuánta gente le escribe cada día?
Unas diez personas.

¿Les contesta a todos?
Muchos menos de los que me gustaría, porque a veces se quedan como… Entre whatsapps, Instagram y algunos que no te llegan de Instagram, que se quedan en no sé qué grupo de solicitados o no sé qué… ¡Uy! Había una carpeta que no sabía qué era y un día la abrí y tenía muchos mensajes de hace meses. Me supo muy mal. Pero tampoco quiero salir en un vídeo y decir: “Perdonad todos los que no os he contestado”, porque parecería que de repente me hubieran escrito millones de personas… Pero sí, es muy bonito. Y después te escriben cosas extrañas.

¿Hay gente que la busca?
¿Cómo? ¿Amorosamente?

Evidentemente.
¡Hostia! ¡Es brutal! [ríe].

Nooo. Solo lo pregunto.
Pues, mucho menos de lo que me esperaría. Yo pensaba que ligaría más. Soy felizmente casada y tal, pero, quiero decir, ¡nadie nunca me ha tirado la caña!

¿Nunca!?
Hombre, como autora. ¡Nunca! Nadie nunca me ha tirado la caña como autora.

¡Es peor Cataluña que Atlanta!
Peor que la cortinilla de Atlanta. Solo un tío por Sant Jordi me dijo: “¡Hostia, qué caliente me he puesto con Les calces al sol”. Y dije: “¡Buenooo. ¡Ya era hora!”. Y ya está. Nadie me ha dejado ningún teléfono. Nada. El otro día le preguntaba a Mikel Santiago, que es un autor de Bilbao, que hace thrillers y que ha vendido muchísimo: “¿A ti te han tirado la caña?”. Y me contestó: “Muy pocas veces”. Y este tío ha vendido dos millones de libros.

¿Pero es guapo o no?
¡Eso es irrelevante! ¿No existe la erótica del autor? ¿No está? La erótica del poder no se traspasa a la erótica de la autoría.

Si la erótica del poder la perpetra el fantasma de la ópera sin máscara no siempre funciona.
[Ríe]. Yo no sé quién la perpetra, pero no. No he ligado.

¿Y le han hecho alguna crítica que le haya sabido mal? Entre esta gente que le escribe, ¿hay alguien que le haya dicho algo que no le haya gustado?
No.

Todo son alabanzas y dulzuras.
No, pero supongo que la gente para insultarte no te escribe.

¡Eh! ¡Ay!
[Ríe]. Al menos a mí, no. El otro día vi uno que me dijo: “Me he quedado en la página cien”. OK. Pero el noventa y nueve por ciento de… No. Mentira. Miento. De hecho, colgué un post porque un día entré en Google Reels y había mensajes de esos moooolt cachondos. Claro, yo parto de un privilegio extraordinario, que es que me ha ido muy bien. A partir de ahí puedo entrar en Google Reels con toda la pachorra y reír en voz alta de la gente que… Había uno que decía: “Este libro ha sido una de las tres peores experiencias de mi vida”. [Ríe mucho]. Y yo pensaba: “¡Qué vida más de puta madre tienes que tener para que un libro sea tu tercera peor experiencia en la vida”. Pero hay gente muy graciosa y muy brillante.

El otro día fui a un club de lectura y una mujer del público me dijo: “Mira, yo estaba leyendo Les calces al sol y al principio pensaba que todo esto era muy inverosímil. Todo esto no puede ser. Pero, claro, ahora te he conocido a ti y entonces me lo creo todo”. [Ríe]. La gente no debería conocerme a mí para que todo eso fuera inverosímil o no. Un libro tiene que funcionar solo y punto. Sin la necesidad de saber nada del autor.

Demanda mucho. Este es un país muy pequeño. De campanarios vecinos. Si yo conozco a Eduardo Mendoza y me dicen que él es el detective grillado de sus novelas, no me lo creeré. En su caso, como usted misma se identifica con su protagonista, las derivadas son lógicas… Pasan cuatro años y ahora publica Crispetes de matinada. Antes ha comentado que le costó muchísimo escribir la primera novela. ¿Y la segunda?
Yo me hice escritora escribiendo Les calces al sol. Allí encontré mi voz, mi tono. Me ubiqué. ¡No había escrito nada! Cuando me pongo a escribir Crispetes, ya tengo una mochila, tengo un bagaje, tengo un oficio. Y lo noté muchísimo. Fui un poco más ágil, más tranquila y me dejé llevar totalmente. Es alucinante cómo fui el canal y dejé que pasaran cosas que yo no había planeado, como una historia de amor increíble.

¿Vive la vida pensando que luego la tendrá que escribir? ¿Le afecta en el comportamiento este condicionante?
No, pero es un miedo que tengo. Es algo que he hablado con escritores. Un amigo mío me dijo: “No sabes con la cantidad de gente que me he acostado para luego poder escribirlo”. Y pensé: “¡Uau!”. Esto no lo cortéis. Que quede esta frase. [Ríe]. No me pasa, no. Yo traspasé la puerta de cristal de Crispetes de matinada porque tengo una actitud hacia el mundo. Aquella puerta de aquel edificio era un filtro de toda la gente que nos encontramos allí dentro, porque había muchos que no les interesó. Dijeron: “¿Quiénes son estos pijos de aquí?”. Pero yo traspasé esa puerta y dije: “¿Qué es lo que está pasando aquí dentro? No me muevo de aquí en cuatro años”. Y eso hice. Es que yo siempre he vivido la vida igual de abierta.

Por tanto, ¿tener que explicarlo después no la condiciona a la hora de buscar más experiencias?
No. Es algo que, si algún día identifico, me pondría triste.

¿No tenía miedo de que la segunda novela, con una gran expectación después del éxito de la primera, no llegara al nivel de la primera?
[Rotunda]. No. Me puse a escribir con total libertad y total alegría de tener a todas estas lectoras que me esperaban. Sí que es cierto, pero, que una vez había salido, en ese momento, de repente sí que tuve miedo. O un poco de vértigo. Por suerte eso no pasó mientras escribía. También incidía la distancia temporal, saber que estaría dos años escribiéndola. Pensaba: “La gente no está pensando en mí y yo soy en este parque tranquila y tengo moooltos meses por delante y no sé qué pasará”.

Cuando salieron Les calces piqué mucha piedra. Compré muchas, las envié… Pero estaba yo sola. Nadie esperaba nada de mí. Nadie me conocía. Fue algo como muy orgánico. El boca a boca fue creciendo, pero piqué una de piedra alucinante. Allí había toda mi ilusión, toda la fuerza que puse. La editorial publica muchos libros y el arranque lo tienes que hacer tú sola. Es algo que yo no sabía. De repente se publica, como se publican diez más cada semana, y, o haces algo, o no pasa nada. Se coloca en unas librerías, evidentemente, pero, si tú quieres despuntar y un extra de comunicación, lo tienes que hacer tú. Yo tenía tanta, tanta ilusión, que invertí mucho tiempo, mucho esfuerzo y toda la alegría. Creo que Les calces habría sido un boca a boca independientemente de lo que yo hiciera, pero…

Esto ha pasado siempre.
Sí. Tú puedes poner todo el dinero del mundo en un libro, que no funcionará si la historia no traspasa. Pero es muy diferente cómo arrancamos con Les calces de cómo hemos arrancado con Crispetes. Ahora la gente ya me conocía y ya me esperaba.

«Para mí lo más importante es que yo esté convencida de lo que hago»/ Anna Munujos

Pero eso le digo si no sentía el horror vacui de decepcionar, de no llegar al mismo nivel que la primera…
Yo no lo llamaría horror. También tienes el feed-back de gente que ya se la ha leído y tú puedes verles a los ojos qué pasa. Vi los ojos de estas primeras lectoras y me quedé tranquila. Después pasa lo que tenga que pasar y he tenido suerte otra vez y ha funcionado. Pero sí, hay un momento de vértigo.

He leído críticas a esta segunda novela más duras que las de la primera.
Sí.

¿Por qué?
No he leído muchas, eh? Pero claro, con Les calces hay la ilusión de alguien que no conoce nadie y de repente todo el mundo quiere ir con el perdedor y que triunfe. Con el segundo tienes un hype, una espera, alucinante. Para mí, en el fondo –lo digo de verdad y de corazón– lo más importante es que yo esté convencida de lo que hago. Eres tú sola, delante de estas páginas, y ya está. Y es muy importante que lo que haya llegado a estas páginas es lo que yo quería. Así no podrás fallar nunca. Que luego llegue a más gente o no o guste más o menos… Lo más importante es que no me haya traicionado a mí, porque si me traiciono a mí para que luego guste a más gente, eso es una derrota. He perdido.

Estas críticas dicen que esto ya fluye, que usted ha tirado por la fórmula fácil, que no hay muchas novedades y que, si las hay, son peores…
Eso es mentira, porque para mí es una historia completamente nueva y una estructura completamente diferente. No me he fijado en Les calces al escribir Crispetes. No he querido buscar el personaje de la abuela… He dejado, de verdad, que me fluyera otra cosa diferente.

Si una persona cuenta las cosas que le pasan, tiene un límite, que es ella misma y las cosas que le pasan. Rita Racons tiene como límite Regina Rodríguez. Quizás llegará un momento en que ya no tendrá más vida para contar…
¡Madre mía! ¡Madre mía! ¿Sabes qué pasa? Que yo me enrollo mucho. Yo puedo hacer una novela de un día entero. Tengo muchas novelas. Pero sí que es cierto –y ahora me estoy dando cuenta– que, por mucho que Rita sea mi alter ego, no quiero encorsetarme, porque, cuando llegue el momento –yo qué sé, me lo invento– que encuentre la pareja de su vida no quiero sentir que, si le quiero poner un amante, todo el mundo piense que yo tengo uno.

Será así.
Pues, no lo quiero. Porque eso limitará profundamente mi literatura.

Eso quiere decir que en un momento concreto Rita Racons tendrá que abandonar a Regina Rodríguez y cobrar vida propia.
Sí. Ya lo hace. Me tomo licencias.

No. Vida propia de verdad.
Es que ya lo hago. Lo que pasa es que la gente no lo sabe. Solo yo sé dónde divergen. En el fondo, también me lo invento. Eduardo Mendoza no es el detective loco, pero cómo actúa, cómo piensa y cómo opina es él. Muchos lo son y no lo dicen.

¿Se le ocurre algo que pueda hacer Rita Racons cuando la deje de seguir a usted, aunque sea con licencias?
Ya te lo diré. No lo sé. Ahora lo que me sale es pensar en una tercera, que me muero de ganas de escribir. Tengo tantas ganas de escribir… Con nuevos puntos de vista. Creo que todavía dará más amplitud al humor… Si Rita piensa algo que de repente me invento y por equivocación acaba con unas uñas a lo Rosalía y no puede ni comerse un bocadillo, si alguien opina desde fuera, da un nuevo volumen al humor que tengo muchas ganas de explorar.

¿Ya lo está trabajando?
Sí. Lo estoy trabajando aquí [se señala la cabeza]. Estoy todo el rato con el estómago y con el corazón pensando en la tercera.

Las dedicatorias de Crispetes a la matinada son las más largas de la historia de la literatura…
Pues, me he quedado corta, eh? Pero es divertido. Las próximas las haré o mucho más largas o mucho más cortas, para no dejarme a nadie.

¿Qué es escritura jardinera?
Un concepto que sacó George R. R. Martin según el cual puedes escribir como un arquitecto o como una jardinera. Las escuelas de escritura te tienen que enseñar un sistema donde situarte. A mí no me interesa el método arquitectura. Mi cabeza funciona diferente. Yo no puedo decir que en el capítulo tres pasará esto. Puedo hacer una estructura general. El jardín como metáfora funciona. En Crispetes me he dejado llevar mucho como jardinera. Tiro por aquí y a ver qué florece a mi alrededor. Yo sé que este caminito quiero que serpentee así, pero no sé si saldrá tomillo o un rosal, pero dejaré que salga y lo regaré, si veo que tiene sentido.

No lo calcula todo desde el principio.
No. Tengo la trama controlada, sé cuál es el camino, pero la decoración y cómo mi proceso neuronal decide explicar cómo avanza ese camino es una sorpresa bastante fascinante de experimentar.

Algún crítico le reprocha eso, un cierto caos…
Gracias por sacar todas las críticas que no me he leído [ríe]. Es que el caos es intencionado. La vida de Rita es un caos absoluto que ella intenta domar y que no doma hasta que no cruza la puerta de cristal. Esa era la intención. Y allí empieza el orden y encontrar a las personas que la ayudan a ordenar este camino. ¿Has leído alguna buena, por eso?

¡Y tanto! Las que aparecen en las fajas de las novelas.
[Ríe].

Los editores esto lo trabajan muy bien. Solo publican las partes buenas y cortan por las adversativas. Josep Pla decía que Cataluña es un país de envidiosos, que la envidia es el principal pecado. ¿Tiene esa sensación?
Eso me lo dicen mucho.

Pla decía que cuando le preguntaban cómo se encontraba siempre decía fatal, para evitar las envidias…
Va contra mi religión decir que estoy fatal porque no lo estoy y porque soy una persona alegre. En Crispetes hablo mucho de eso. A veces me he tenido que sentir mal por estar contenta. ¿No puedo estar contenta? ¿No puedo decir que estoy muy contenta? ¿Qué pasa si estoy muy contenta?

Eso es el carácter del país.
¡Claro! [Ríe]. Pues, no. ¡Soy una catalana total y estoy contenta! ¡Y soy alegre! ¡Y he tenido que luchar para hacerme escritora!

Sirvent es un apellido muy vinculado al País Valenciano…
No.

¡Ay!
Viene de Perpiñán.

En origen, seguro.
¡Hostia! ¡Soy catalana y estoy muy contenta! ¿Qué pasa? ¿Que es un oxímoron o qué?

Sí.
Pues, no. Y hay muchos catalanes y catalanas contentos porque se han leído esto y es lo que querían leer. ¡Están contentos! Y la vida puede ser maravillosa y lo es. Yo la veo así, la encuentro así, la siento así y la escribo así. Y me han pasado putadas enormes en la vida. Bueno, sí, pero es que cada uno es como es.

La parte de su abuela que cuenta en Les calces es verdad…
¿Qué parte?

La muerte.
Bueno, sí. Está desubicada en el tiempo, pero sí, fue… Sí, sí, es que es esa edad en la que te pasan cosas duras. Mi abuela de Alp era una persona supermegaimportante para mí. Y murió en ese momento de la vida.

¿Era como usted cuenta en la novela?
Mi abuela, la abuela Natàlia de Rita, es una mezcla de mis dos abuelas Natàlias. La parte de vínculo, del día a día, es la que yo tenía con mi abuela materna, la madre de mi madre, que son de Alp de siete generaciones.

¿Y la carta final de la novela?
Eh [ríe], ¡eso es un espóiler muy grande! Mmmmm… Son licencias que no diré. Quizás no fue exactamente así, pero todo lo que dice es cierto.

¿El escritor nace o se hace? ¿Le ayudó ir a clases de literatura en Atlanta y luego a la Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés?
Ostras es que…

No me diga que Roberta es ficticia, porque me dará un disgusto…
No. Es real. De hecho, le he dedicado el libro. Solo que, en lugar de ser una mujer negra, es un hombre blanco. Le dije: “Robert, te hago ser mujer negra”. Y me contestó: “¡Perfecto! ¡Mucho mejor!”. ¡Es un crack! De hecho, ahora nos veremos en Atlanta y será un momento estratosférico.

¿Lo ve? En América hay de todo…
Sí. Yo estoy muy en contacto con los americanos. De hecho, cada semana tengo aquí una familia americana. Todo el mundo dice: “Tienen este presidente porque lo han votado”. Sí, es cierto, pero hay muchos, la mitad, que no. Y están absolutamente destrozados. Vienen aquí con la cabeza baja pidiendo disculpas. Los americanos que yo viví fueron unos americanos generosísimos. No solo por abrirme las puertas de su casa, sino para ayudarme en todo lo que pudieran. Hay una escena de Les calces en la que la profe de tenis me dice: “Escucha, que te he buscado, que mi hijo y tal…”. Eso es un continuo. El tour que haré por Estados Unidos, me lo están organizando clientes que he tenido aquí y las familias que conocí allí.

¿Se lo pasa bien con los clientes de aquí?
¡Uf! [Ríe]. ¡Me lo paso muy bien! Es muy guay. Porque cada tour, que son unas cuatro horas, de repente me voy de vacaciones con una familia. Y Barcelona es otra. Y todos tienen historias fascinantes.

¿Y hace recorridos diferentes?
Hay un tronco común, pero sí, porque cada uno… Hay una tienda que es mágica, que en algún momento transformaré en literatura, que explica muy bien qué es un tour. Es un anticuario. Tiene tantas cosas diferentes… y todo el mundo ve una tienda diferente. Es brutal este momento. A mí me encantan las baldosas de Barcelona, las que van del 1400 hasta ahora, o me gustan muchísimo los cuadros al óleo mediterráneos, y es donde me fijo más. Pero, de repente, por ejemplo, tuve unos clientes que eran judíos de una comunidad de Odesa y que se habían conocido en Los Ángeles, y la primera cosa que vieron cuando entraron fue un tintero de plata judío de Odesa. Ese tintero había estado allí treinta años. Y solo lo vieron ellos. Y lo compraron. A mí eso me fascina. Y ver cómo toda esta gente lee la ciudad… Todo el mundo lee Barcelona de una manera diferente. Unos ven los grafitis, otros ven tatuajes, otros ven plantas en los balcones… Cada uno tiene su perspectiva de la vida. Yo redescubro Barcelona cada vez a través de estas familias.

Barcelona está saturada de turistas. Muchos barceloneses están hasta el pirri…
Sí. Incluida yo.

¿Incluida usted? ¿En qué quedamos?
Mis tours son de dos personas o de una familia de cuatro. Son gente muy respetuosa, muy viajada. Cuando cogen un tour como el mío están genuinamente interesados en la cultura y en vivir una ciudad de una manera respetuosa. Hacen gasto en los lugares locales, se quedan en un hotel y se van. Es un turismo de mucha calidad. Yo vivo en la Barceloneta y el Born y sé qué es eso…

¿Usted vive en la Barcelona y en el Born?
Bueno, vivo justo en la frontera, sí.

¡Ah! Entre la Barcelona y el Born.
Sí. No tengo dos pisos, no, a cinco minutos de distancia. [Ríe].

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