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Els ‘halcones’ del BCE reservan subidas de tipos con un ojo en Irán

El Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo llevó el debate de política monetaria de marzo, celebrado en Frankfurt los días 18 y 19 del mes pasado, hasta la prórroga. Las actas de la reunión, que tuvo lugar dos semanas después del inicio de la guerra en Irán, dejan entrever que los primeros efectos inflacionistas del conflicto han golpeado con fuerza el ánimo de los reguladores; especialmente de aquellos más temerosos de los aumentos estructurales de precios. Los halcones del BCE, mayoritariamente concentrados en Europa central y del norte, insistieron tanto como pudieron en cortar de raíz las amenazas a la cesta de la compra que generaba la ya más que establecida crisis petrolera. Los palomas, mucho más amigos de la expansión monetaria -tipos bajos, dinero barato y crédito fluyendo- alertaron que hacer un movimiento demasiado agresivo demasiado pronto podría ser letal para unas economías comunitarias que ya llegaron al cierre del estrecho de Ormuz con una salud más que dudosa. Según consta en el documento, la decisión que finalmente aplicaron -mantener una reunión más los tipos de interés intactos- fue tanto un acuerdo como una patada hacia adelante: «dado que la siguiente reunión sería en solo seis semanas, la opción de esperar fue la más apropiada para la ocasión», recoge el documento. El margen temporal, sin embargo, no ha servido para calmar las tensiones entre bandos, especialmente después de un salto inflacionista de más de un punto porcentual para cerrar el primer trimestre. Tanto es así que la misma presidenta del organismo, Christine Lagarde -vista en los círculos financieros como una centrista en términos de política monetaria- está confundida. «Cualquiera de mis colegas que les diga que la próxima decisión irá en un sentido o en otro, honestamente, no lo saben«, declaraba el martes en una entrevista en el canal televisivo de la agencia norteamericana Bloomberg.

El mercado, cabe decir, tampoco ha sabido adivinar la dirección que tomará el BCE a corto plazo. El Euríbor, el interés de préstamos interbancarios que suele servir de referencia para las hipotecas en la UE, suele ser un predictor fiel de los movimientos del precio del crédito. Si se le hace caso, es más que asumible que se espera un endurecimiento monetario inminente: durante el mes de marzo, el índice se disparó tres décimas, hasta el 2,5%; y los movimientos diarios ya lo han llevado este jueves a rozar el 2,8%. El mercado de renta variable, por otro lado, no está tan seguro, y ya ignora los estragos de la guerra con una cierta estabilidad diaria, hasta el punto de que el Ibex-35 ha más que frenado la sangría y supera los 18.200 puntos incluso después de una jornada bajista. El mundo empresarial comunitario, pues, tiene las mismas pistas que Lagarde para entender el futuro inmediato de los tipos de interés; y los mismos gobernadores, con posiciones a menudo contradictorias, han contribuido a encender la especulación.

El espejo roto de Ucrania

Las actas muestran una coincidencia absoluta en los peligros que supone el cierre del estrecho de Ormuz -entonces solo en manos de Teherán, ahora atacado también por Washington- para las economías europeas. No por los efectos directos, sino por los agujeros en cadenas de valor globales, como las petroleras y gasistas, que acaban provocando daños colaterales en Europa. Aunque el conflicto es mucho más lejano, los halcones del Consejo no pueden evitar ver en la respuesta económica a las bombas un paralelismo con los meses posteriores al inicio de la guerra de Ucrania. Los representantes de los 27 temen, de acuerdo con las actas, que el componente energético del choque inflacionista que se ha notado en marzo «pueda llevar a un incremento más amplio de precios a través de efectos indirectos y de segunda ronda». Es decir, que la tensión en el IPC se convierta en estructural e independiente de la guerra.

El presidente del Bundesbank, Joachim Nagel / EP
El presidente del Bundesbank, Joachim Nagel / EP

Los más conservadores entre los gobernadores nacionales apuntan a los salarios como primera chispa para el incendio: de acuerdo con las actas, el consejo planteó que, tras la experiencia ucraniana, los sindicatos querrán garantizar más rápidamente el poder adquisitivo de los empleados. Es decir, que la oleada de protestas para elevar los sueldos a los niveles de la inflación no esperará a que los precios de consumo crezcan a un 14% interanual para calentar la economía. «Los trabajadores podrían reaccionar con más velocidad a la pérdida de poder adquisitivo, lo que supondría un riesgo al alza para las previsiones de mejoras retributivas» y, a su vez, un elemento de presión inflacionista -con sueldos más altos, los ciudadanos están dispuestos a pagar más por los mismos productos; o a endeudarse más para consumir-. Las disputas salariales serán, de hecho, uno de los factores determinantes para la decisión que se deberá tomar a finales de abril. «Los próximos convenios colectivos informarán al consejo sobre si las demandas salariales se disparan por una inflación muy elevada o si quedan ancladas por un crecimiento económico débil», reflexionan.

Tras la reunión, algunas voces conservadoras han saltado a reivindicar sus posiciones. La más alta ha sido la del gobernador del Bundesbank, el alemán Joachim Nagel, que ha insistido en varias ocasiones que la guerra puede tener unos efectos devastadores sobre la cesta europea de precios si no se ponen frenos más pronto que tarde. «Mientras la situación en Ormuz no se resuelva, el peligro inflacionista continúa creciendo», razonaba Nagel en una reciente entrevista con Bloomberg. Según el economista, por ahora -incluso en un escenario de tregua frágil- «el escenario oscila entre la lectura media y la más adversa». En este sentido, y evitando indicar una posición clara, ha instado a sus colegas a «dejar todas las opciones abiertas» de cara al 30 de abril, la próxima reunión del consejo. En palabras de un banquero germano, esta llamada a mantener la mente abierta es una pista clara de la presión de la facción más dura para volver a encarecer los préstamos. De hecho, en declaraciones a la agencia Reuters, el experto de ING Carsten Brzeski deja clara la lectura: «el BCE no tiene prisa por actuar, pero claramente se ha girado a favor de los halcones«.

Mantener los tipos

Por otro lado, los palomas, más concentrados en el sur y oeste de Europa -con la excepción del representante español, el exministro José Luís Escrivá, visto como un moderado con tendencias hawkish– alertan que una subida de tipos en abril puede ser «demasiado atrevida» para el estado de las economías europeas. Las actas, de hecho, recogen la impresión de algunos gobernadores de que «es importante no actuar prematuramente en escenarios adversos o severos, a menos que los datos indiquen que cada vez están más cerca». Incluso de cara al discurso de Lagarde, los partidarios de la flexibilidad crediticia lucharon para evitar «pronunciarse demasiado a favor de endurecer las condiciones financieras». Ante la batalla dialéctica que ha dado Nagel, representantes de la otra trinchera han salido a los medios a alertar contra el malestar que podría causar una subida de tipos demasiado intensa. El gobernador del Banco Central de Finlandia, Olli Rehn, defendió el martes en una conferencia en Washington «mantener la calma». «No importa la subida inmediata de precios, sino analizar si el choque inflacionista es persistente. Y, ahora mismo, no está nada claro», analizaba el finés, uno de los grandes doves del Consejo, junto con el italiano Fabio Panetta y el francés François Villeroy de Galhau. En este sentido, ha asegurado que «el pensamiento tranquilo ganará a las prisas» en la próxima reunión. Similar fue la lectura que hizo el estonio Madis Muller, que ha destacado que «no hay datos duros todavía» que sirvan para abanderar unos tipos más altos.

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