En 1991 Joan Vizcarra llamó humildemente a la puerta de la revista El Jueves con una carpeta llena de caricaturas. Allí lo recibió, siempre hospitalario, Gin, quien lo encaminó por el sendero del buen oficio. Y allí comenzó un recorrido gráfico que este año cumple treinta y cinco. Vizcarra ha trabajado para una larga lista de publicaciones de estilos e ideologías diversas. Cabeceras a veces efímeras para un artista perenne, que no para. Ni parará, porque afirma, categórico, que morirá con los pinceles sobre la mesa de dibujo.
No hay nadie con un mínimo de proyección pública en este país –y en toda la galaxia– que no haya pasado por las baquetas del caricaturista, quien afirma, ávido de trazos, que el suyo es “un arte de denuncia”. Y a pesar de eso, los denunciados a menudo lo llaman para pedirle su dibujo. Así lo hizo Juanca, alias El Campechano aún en aquel momento, antes del dulce exilio. Miles y miles de caricaturas se apilan en casa de un artista que tiene pinta de roquero con chaqueta negra de cuero.
Agradecido por sus caricaturas, Santiago Segura le escribió como prólogo al libro Vizcarricaturas: “Si Vizcarra hubiera nacido en Estados Unidos, sus caricaturas estarían en pósters, en postales y ya habrían editado varios libros de lujo con su obra. Viviría en Beverly Hills, jugaría al golf con sus palos y tendría un avión privado (aunque fuera un ultraligero). Como ha nacido aquí, si quiere un avión, tiene que hacérselo de papel doblando un folio, llega justo a fin de mes y, de jugar, juega al minigolf que es más barato”.
Joan Vizcarra ha marcado estilo con impronta y trazo propios. Un vizcarra es un vizcarra. Inconfundible. Dicen los sabios que Ausiàs March fue uno de los primeros poetas de la historia que se identificó y autoafirmó en sus poemas: “Yo soy ese que me llamo Ausiàs March”. March, con seguridad granítica, se reivindicaba ante Dios y los hombres. Joan Vizcarra proclama, también, con rotundidad más humilde: “Yo soy Joan Vizcarra de El Jueves”. Apellido rotativo, especificativo, de tinta y lucha.
Su currículum es más largo que la obra completa de Tolstoi. Una actividad desenfrenada. Caricaturas, ilustraciones, libros, obras colectivas, exposiciones… Da usted mucha guerra.
Eso me dicen. Es verdad. Eso que de vez en cuando echas una mirada atrás y dices: ¡Híjole, menudo lío! Voy actualizando la bio en la web y todo lo que hago, porque me gusta tenerlo todo controlado. Por pequeño que parezca, siempre suma y al final se convierte en algo bastante importante. Al ser caricaturista e ilustrador, como he tocado tantas teclas, todo suma. No he hecho ninguna comparativa para ver si hay artistas gráficos que hagan todo esto, pero bueno…
¿Eso de anotarlo y publicarlo todo en la biografía es coquetería, deseo de trascendencia o currículum para conseguir aún más encargos?
Es simplemente orden mental. Tenerlo medianamente controlado. Ahora que hemos estado aquí mirando originales y esas cosas… Cuando estoy en el estudio y empiezo a mirar, a veces hay originales que ni recuerdo dónde están publicados, ni el año ni nada… Vas mirando y la memoria, amigo, no sé si te pasa, pero empieza a fallar. Y viene bien, pues, tenerlo todo anotado. Simplemente, es un tema de memoria, de tenerlo controlado y ya está. Porque, si no, se pierde. Creo que con los años se van perdiendo colaboraciones que has hecho, trabajos, exposiciones… Es la manera de tenerlo medianamente ordenado.
Usted estudió Bellas Artes. ¿Eso sirve para algo? Para un dibujante, para un ilustrador, para un pintor, ¿tiene sentido como carrera?
[Ríe]. Mira, para el 80 por ciento de la gente que estudia Bellas Artes, sí, porque acaban haciendo docencia. Para el 20 por ciento restante, que acabamos lanzándonos a la piscina y decimos: “Yo quiero ser artista y vivir de mi arte”, que es la minoría, realmente sirve para tener un título porque queda muy bonito en casa de tu madre. Allí, colgado en la pared, el diploma. La gente que realmente somos de raza y nos dedicamos a nuestro arte y eso, bueno… Está bien porque fueron cinco años geniales, la mejor época de tu vida, entre los 18 y los 23, aquellos cinco años que ahora son cuatro, que son fantásticos. Vale la pena por las fiestas que se hacían. Por el resto, cumplíamos el expediente y ya está. Pero nos lo pasamos muy bien.
De pequeño, como pasa con algunos otros ilustradores, ¿se dibujaba encima? ¿Se pasaba la vida haciendo dibujitos?
Vine a Barcelona a los dieciocho años. Yo vengo de Montblanc, del pueblo de Tarragona. Estoy aquí en Barcelona ya hace cuarenta años. Vine a los dieciocho y aquí me he quedado. Estudié y he trabajado aquí. Cuando vuelvo al pueblo, muchas veces, en la casa de mis padres, miro cajones de esos antiguos y eso, y hay una cantidad de papeles de cuando yo era pequeño y dibujaba, que yo ahora mismo pienso: ¿Cómo podía hacer yo eso? ¿Cómo tenía tanto tiempo para hacer tanta cantidad de dibujos? Y al final he llegado a la conclusión de que era algo como… híjole, alguien con una necesidad tan bestia de estar dibujando casi todo el día. Una cosa… No es enfermizo, pero casi.
Es un don, entonces…
Es un don y una necesidad a la vez de estar dibujando. Siempre me recuerdan mis compañeros de clase que el maestro estaba explicando la lección y yo estaba dibujando. Dibujando a los compañeros de clase, dibujando al maestro. En los márgenes de los libros de texto todo está lleno de dibujitos, de caricaturas que me inventaba, de caras, de compañeros de clase dibujados… Lo veo ahora con perspectiva y realmente a veces se me pone la piel de gallina al pensar: “¡Híjole!, pero ¿cómo?”. Ahora me parecería imposible poderlo hacer. Hacer tanta cantidad de dibujos… Realmente, no lo sé. No tengo la explicación para poder decir que es eso. No lo sé.
¿Tiene conciencia de cuáles fueron sus primeros dibujos?
No. Fue de muy pequeñito, de muy pequeño. Yo creo que con cuatro o cinco años estaba allí con el lápiz. Supongo que es como alguien al que le gusta tocar el piano y de pequeño se debe sentar en un piano y se pone a tocar. Sale de una manera como innata. Algo que llevas dentro. Es una expresión que te sale de manera espontánea. Debe haber alguna conexión cerebral en el caso de los artistas, ya sean ilustradores o músicos. Todo este tipo de mentes tan creativas… Debe haber algo, alguna conexión, que hace que tú [chasquea los dedos] inconscientemente vayas hacia allí. De manera [da palmaditas] que percute constantemente. Es algo muy de cada día [Ríe].
Usted cuenta que una vez estaba haciendo un examen de matemáticas y no tenía ni idea. Dejó en blanco la cara con las preguntas y por detrás le hizo una caricatura al profesor…
[Ríe]. Al final yo creo que estamos en este mundo para hacer… Cada persona está en este mundo para hacer una cosa o dos a lo sumo. Yo estaba para dibujar, está clarísimo, pero para hacer matemáticas, no. Has venido a este mundo para hacer algunas cosas y tienes que aceptar que hay otras que no. Tienes que conocer tus limitaciones y saber que por ahí no es tu terreno. Matemáticas era imposible. Ya en segundo de bachillerato no había manera. En aquel examen giré la hoja, hice la caricatura y no sé qué le puse. “¡Felices vacaciones!” o algo así. Creo que aquel hombre por compasión dijo: “Mira, como no nos veremos más, vaya pasando usted y que le vaya bien el dibujo”. Y ya está. Esta es una anécdota que creo que resume mucho el camino que alguien nos ha asignado. Es como un camino que tienes marcado y vas tirando. Lo que pasa es que hay que encontrarlo, ese camino. Hay mucha gente que es mayor y no lo ha encontrado todavía.
El otro día entrevistaba a Regina Rodríguez, la autora de Les calces al sol, que es un libro donde cuenta que le costó un año en Atlanta saber qué quería hacer en la vida…
Eso sí que es una vocación tardía. Este tipo de vocaciones creo que a los siete u ocho años ya te salen. Ya lo tienes clarísimo. Yo qué sé… Creo que Mark Knopfler, este chaval, con ocho años ya tenía clarísimo que debía ser guitarrista y cantante. Dalí, estoy convencido de que aquel chaval, a los diez años, sabía su camino y su objetivo en la vida.
Debe referirse a los artistas. Una fauna precoz y privilegiada…
Totalmente, evidentemente. Eso se tiene que decir [Ríe]. Siempre comento con colegas eso de dar gracias cada mañana por poder hacer algo que te gusta y vivir dignamente de ello. Es un privilegio absoluto.
Pero usted cuando terminó la carrera se dedicó a la publicidad.
Sí. Terminé Bellas Artes y…
¿No pensó en irse delante de la catedral y ponerse a hacer caricaturas?
[Ríe]. En la Rambla, ¿no? Mira, nuestro amigo Fer creó esa leyenda de que a mí me encontraron los de El Jueves porque fueron un día a la Rambla y me reclutaron allí. Es una leyenda urbana que siempre quedará por desvelar.

¿Nunca se le ocurrió ir a la Rambla?
No. Comencé a hacer publicidad porque salí de Bellas Artes a comienzos de los noventa. Era una época de efervescencia. Todas estas profesiones tenían mucha vida, había un gran movimiento. En el mundo de la publicidad, de las agencias de publicidad, buscaban muchos ilustradores. Además, se pagaba de maravilla. Se vivía muy bien, cosa que ahora no tanto. Era un recurso fácil. Seguidamente hice un salto a empresas de dibujos animados. A hacer animación. Y de allí pasé a El Jueves, directamente.
Ellos no lo fueron a buscar a la Rambla, pero usted sí que fue con una carpeta a ofrecerse…
Sí. Agarré una carpeta con caricaturas que tenía hechas de joven y fui directamente. Era 1991. Ahora hace 35 años. Fui a la redacción, que estaba en General Mitre, la primera redacción de El Jueves. Allí estaba Fer, estaba Gin… Fui directamente a Gin, que era el director. Tuve la suerte de sintonizar con él al segundo. Fue como una revelación. Así como yo hice cinco años de Bellas Artes, que fue como un protocolo, con Gin después tuve la suerte de estar trabajando cinco años codo a codo, cada día. Del 91 al 96. En el 96 nos dejó. Murió joven, pobre. Cinco años que para mí fueron la verdadera carrera docente. Un máster hecho con un artista de una categoría para mí tremenda.
¿Se enfada si alguien le dice que sus caricaturas se parecen a las de él?
Al contrario. Allí está la mirada de Gin. Porque lo que él me enseñó, me transmitió, fue a mirar. A mirar correctamente a la hora de analizar una cara y a la hora de pasarlo a hacer una caricatura simpática, divertida y sobre todo, que se parezca. Gin para mí fue el padre artístico. ¿Ves? [Toma una de las caricaturas que ha traído en una carpeta]. Esta ilustración es de las primeras que hice en El Jueves, en 1991. Es un Bruce Springsteen hecho a lápiz, con técnica seca. Esto es lo que empecé a hacer en El Jueves, pero él me dijo: “Tienes que empezar a tocar color. Acuarela, gouache…”. Y él fue quien me llevó a hacer cosas más elaboradas. [Toma otra con la plantilla del Barça y su presidente, Josep Lluís Núñez]. Esto es un original del 94. Está trabajado ya con una atmósfera de color. Tenía un nivel superior a lo que es el lápiz.
Por lo tanto, él le enseñó la técnica.
Sí. Tanto el nivel técnico como a la hora de captar las miradas de los personajes, a la hora de transmitir… Aquí hay mucho de Gin, ¿eh? Es una mezcla entre Vizcarra y Gin, porque yo podía hacer la cara de Núñez de maravilla y él me lo terminaba dando al cuerpo un toque humorístico…
Convirtiéndolo en un tapón de balsa…
[Ríe]. Sí. Es una caricatura estupenda. Él me dio las armas perfectas para que después yo supiera desarrollarme y crear un estilo propio. Pero siempre viniendo de donde vengo.
Dice usted que la caricatura es un análisis psicológico…
Sí. Exacto. Hay que captar el alma del personaje, la psicología. Lo que interesa es que la gente cuando mire una caricatura, no solo vea al personaje, sino que vea cómo es, que vea cómo puede ser. Si ese tipo es un malvado o una buena persona, qué transmite su mirada. Todo eso es muy sutil. Por eso tienes que tener una percepción muy fina, para captar estas cosas y luego saber llevarlas a un dibujo, que es la parte complicada.

Es más fácil si conoces al personaje. Quizás a uno que te viene de nuevo debe ser más complicado…
También con estas personas las tienes que mirar cara a cara, analizar sus tics, la manera cómo habla, cómo se expresa, cómo se comporta… Eso te va dando herramientas para dibujarlo –nunca mejor dicho– de una manera muy fidedigna. Pero, claro, no siempre tienes la suerte de tenerlos delante. [Lo explica ante una nueva caricatura]. Si tengo que dibujar a Angelina Jolie, ya me gustaría que viniera al estudio. “Siéntate aquí delante un momento, vamos a posar y te voy dibujando…”. Claro, tiramos siempre de imágenes de internet y tienes que tener suficiente perspicacia para captar su mirada, todo.
¿Hay gente más fácil que otra?
Sí. Con rasgos más acusados te lo ponen más fácil. Siempre digo que un tipo feo es más fácil de hacer que una mujer muy guapa. Las más difíciles siempre son las mujeres muy guapas, que tienen muy pocos rasgos remarcables. Tienes que tirar por algún lado, tienes que buscar… pero al final siempre sale. Al final yo siempre digo que todos tienen una caricatura dentro. Todos los que pasan por la calle tienen una. A mí me encanta entrar al metro y ponerme a mirar a la gente, por ejemplo. Hago caricaturas visuales y eso es como un entrenamiento mental. Eso me encanta. Ahora mismo te estoy haciendo la caricatura. [Señala su cabeza]. Tú no te das cuenta, pero estoy aquí retratándote.
Nunca me han acertado con una caricatura.
Parece fácil, pero no. Aquí tienen que captar esa mirada que tienes burlona, con unos ojos que tienes muy incisivos, que te miran y te analizan, las cejas levantadas… Eso es lo que se tiene que captar y no es fácil llevarlo luego al papel.
¿Tienes que leer a Freud para ser caricaturista…?
Sí. Eso también me lo enseñó Gin, que era muy psicólogo. Gin, si no hubiera sido caricaturista, habría tenido un gabinete de psicología. El tipo captaba a la gente. Sabes ese tipo de gente que tú no conoces de nada, pero en dos minutos…? Que tiene como una empatía, que cae de maravilla… Gin era de este tipo de gente, con una capacidad de empatizar y de captar el momento, siempre en el contexto adecuado.

El Jueves ha pasado por muchas etapas, algunas bastante complicadas. ¿Cómo las vivió?
Yo puedo hablar en primera persona, porque entré en 1991, que era la época de eclosión y de ventas semanales monumentales. Se vendían miles semanales…
150.000 ejemplares…
¡Venga! Esa fue la época dorada. Desde los años ochenta hasta principios de 2000. Esos años fueron los más bestias. Llegué en el momento y el lugar adecuados. Aterricé en el año 90 y ¡híjole!, ¡eso era tremendo! La parte más buena que tenemos artistas como yo, que hemos tenido la suerte de vivir esa época, es que gracias a esos momentos ahora somos reconocidos. Porque la gente que quería ver tu trabajo tenía que pasar por el quiosco, comprar eso y era algo muy exclusivo. Tenías que pagar para tener eso. Ahora hoy en día vas a internet y lo tienes todo. Los que hemos tenido la suerte de vivir aquella época tenemos la suerte de tener un nombre y podemos vivir de eso todavía.
En cuanto a las épocas que preguntabas de la revista, el primer golpe importante fue la muerte de Gin. En 1996. Perdona, no, el primero fue la de Ivà, que creo que pasó en el 93. Pobre, murió joven en un accidente de coche por allí por Soria. Eso también fue un golpe duro, porque él era un pilar tremendo, un number one de ventas brutal, con Makinavaja e Historias de la puta mili. Era un tótem de la publicación, un reclamo importante. Después, el segundo fue con Gin. Gin tal vez a nivel mediático no era una figura visible muy importante, pero a nivel de alma de la redacción era absolutamente un Màtrix. Era importantísimo, Gin. Hubo un vacío. Después José Luis Martín intentó tomar el relevo, como alma de la revista, y lo logró. Él y Òscar Nebreda, que eran los propietarios, también consiguieron una década estupenda. La década de los noventa fue brutal.
Después en 2006 se la vendieron a RBA y eso ya cambió. Tú estás en un espacio donde tú eres el dueño y es algo más familiar, más de tú a tú. Te vas a una gran editorial y pasas a ser una pieza más de las cincuenta cabeceras que tiene esa empresa tan bestia. Entonces eso perdió un poco de fuerza, cambiaron las relaciones, cambió todo… Un año más tarde, en 2007, hubo otro episodio importante, el secuestro de la revista por la caricatura de Felipe y Letizia…
Esa caricatura no era suya.
No.
Mala suerte.
O no [ríe]. Porque tuvieron bastante lío. Tuvieron que ir a Madrid, a los juzgados, un rollo…
El episodio terminó con una multa de 3.000 euros al editor y al dibujante, y la constatación de que hoy en día, con internet, la censura provoca el efecto Streisand. Les salió el tiro por la culata. Una portada que podrían haber visto miles de lectores llegó a millones de curiosos.
Exacto. Les salió al revés. Y también fue un punto de inflexión, porque, después, a raíz de eso, hubo como un pequeño motín y salieron unos quince dibujantes, porque no estaban de acuerdo en que desde arriba censuraran una portada…
Eso fue mucho más tarde, en 2014, cuando RBA decidió censurar una portada de Manel Fontdevila del rey Juan Carlos…
Sí, fue el tiro en el pie del mismo dueño.
Pero usted no se fue en ese momento…
No.
No quiso irse con la banda de revoltosos?
No tenía tampoco… Me daba igual.
Ahora sigue colaborando con El Jueves…
Mucho menos.
¿Por voluntad propia o por voluntad de la empresa?
Ha cambiado todo. Lo que te piden, cómo te lo piden… Además, ahora es bimensual y digital. Todos esos años tan florecientes de colaboraciones al final también se van acabando… Este tipo de publicaciones han ido cambiando y no para bien.
El papel hoy en día ya es un recuerdo del pasado…
Yo creo que todavía tiene sentido. Para los muy sibaritas… Claro, a las nuevas generaciones no se lo explicas. Pero yo creo que sí. Siempre pongo los ejemplos de los vinilos. Decían que se habían acabado y mira.
La diferencia es que antes podían vender mil millones y ahora venden 3.000 a lo sumo…
Sí, es claro. Es para un público minoritario.
La prensa digital ya no es el mundo de los ilustradores. No casan bien.
[Ríe]. Yo desde siempre trabajo con originales, originales. Tinta, acuarela, gouache… Yo no sé cómo se hace en digital una ilustración. No lo he hecho nunca.
Conozco muchos dibujantes que se han adaptado bien. Algunos me dicen que ya no podrían volver al papel y la tinta…
¿Y qué han conseguido?
Están muy contentos.
Pero al final en este trabajo, si quieres reivindicar algo que tenga valor, tiene más valor algo hecho a mano. Creo yo. Siempre reivindico la cosa artesanal hecha a mano. Siempre podrás vender ese original, tendrá más valor, que un dibujo digital. Allí solo tendrás una copia, una reproducción.
Ahora hay reproducciones buenísimas. Y además, hay las piezas NFT, que son archivos digitales asociados a un código de autenticidad y seguridad que garantiza que solo tengan un propietario legítimo. Se pagan fortunas.
Sí, muy bien. Yo vengo de los antepasados que lo trabajaban todo a mano. Además, es como disfruto más. A mí todo eso de las teclas… Con la pantalla hay una distancia que no supero. Todo eso, tan poco matérico y tan poco artesano, no me interesa. A mí me interesa disfrutar de algo hecho a mano y que la gente también lo disfrute como yo. Del trazo, de la textura, de todo…
Eso reduce estas obras a las exposiciones. En las publicaciones, salvo las supervivientes, esta manera de trabajar ha ido languideciendo.
En las exposiciones o a los coleccionistas que compren los originales y que los paguen como se merecen. Si los ves en digital, no puedes percibir todos esos matices y toda esa calidad. [Habla mientras palpa gustosamente algunos de sus originales].
¿Cuánto vale un original suyo ahora?
Depende.
¿De qué depende? ¿Del comprador?
[Ríe]. Yo tengo un abanico tan amplio de producción que, si me hablas de un original publicado en El Jueves [toma uno de gran formato y de color], pues… tiene un precio. Y si me hablas de uno hecho a lápiz [toma otro], que es [lo mira bien] de El Periódico de Catalunya, publicado en el año 97, que es súper chulo, un lápiz súper guapo, tiene otro… Y si me hablas de mi trabajo ahora con la Galería Corner4Art, donde hago un tipo de cartoon o de Disney Art para un tipo de coleccionista concreto europeo, pues, todavía tiene otro. Oscila mucho.
Trabaja usted mucho para Corner4Art. Aparecen caricaturas suyas de personajes de Disney y de la Warner que se subastan cada semana en Catawiki. Bastantes. ¿No se cansa?
No, porque es un público que no se cansa. El tipo de coleccionista tan bestia de este tipo de producto no se cansa. Mientras haya demanda seguiré haciendo… Al final, soy un dibujante y puedo dibujar tanto a Maradona como a Goofy. [Ríe].
Pero, si no para de hacer Goofys, todos similares… Al final, más que arte, eso parece una cadena alimentaria, un sistema de subsistencia.
Es un sistema de subsistencia. Es la base y luego vas haciendo otras cosas. Además, hago exposiciones, hago caricaturas a través de la web, toco bastantes teclas para que no me dé tiempo de quemarme con una sola cosa concreta.
Ha despistado y no me ha dicho al final ningún precio de sus originales. En Catawiki siempre se puede ver el precio final de cada subasta… No son nada caros.
Ya. Pero ese es un tipo de original pensado para esa plataforma concreta. Y los precios son los que son. Son precios bastante bajos. Las subastas son lo que son…
Entre 50 y 100 euros.
Sí, pero el producto es el que es. Son productos de rápida ejecución. Hechos a lápiz. Cosas tocadas, pim-pam. Y pensadas para esa finalidad en concreto.
Yo tengo uno.
[Ríe]. Y lo encontraste bien de precio, supongo.
Muy razonable.
No dejan de ser vizcarres, pero pensados para esa finalidad. No tiene más.

En 2020 se editó un libro, Vizcarra & Celebrities, lleno de fotografías donde se le ve a usted junto a mil personajes populares que sostienen una caricatura suya. ¿Estos originales, se los piden, los hace usted sin petición y se los regala?
[Ríe]. ¡Muchos personajes, eh!
¿Elige el personaje antes de hacer la caricatura y luego lo busca?
¡Y tanto! Hago un casting previo. Me pregunto: “¿En Barcelona quién viene?”. El otro día vino, yo qué sé, Mala Rodríguez, que es esa cantante de hip-hop. Contacto, quedo con ella, voy a Razzmatazz, pim-pam, hacemos la acción y ¡venga!, otra para la colección.
¿Vende el original o lo regala?
Depende. A veces son copias súper chulas firmadas y tal. A veces, si es un personaje con mucho peso, el original.
O sea, si es copia o original depende de la categoría del caricaturizado. ¡Qué tipo! [Ríe].
No, de la categoría, no. Depende de la implicación que tengo yo con ese personaje, con ese famoso… Depende de muchas cosas aquí. Yo llamo a eso, al final, friquismo a nivel top.
Pero usted también es un friqui…
[Ríe]. ¡Y a mucho orgullo! ¡De los buenos! Durante más de treinta años he ido consiguiendo una colección brutal. Eso es un libro que salió hace casi diez años. Ahora podría hacer una segunda edición con muchos más personajes. Creo que es como un complemento al trabajo que no hace nadie. Tú busca caricaturistas o ilustradores que tengan una colección similar con famosos. No deja de ser una frikada. ¿Verdad que sí?
Hay gente que lo colecciona a usted y usted, que colecciona gente.
¡Exacto! Mira la portada. Está Benicio del Toro. Una foto con Benicio del Toro y su caricatura, y el tipo posando para ti… Al final, tú estás complementando tu trabajo con un famoso y su caricatura. Mira esta. Johan Cruyff. Una foto única.
¿Tiene las paredes de casa llenas con estas fotos, como hacen algunos restaurantes?
[Ríe]. No, no, no. Eso ya no sería friquismo, sería egocentrismo. Algo muy enfermizo. Estoy un poco pillado, pero no tanto.
¿Cuál es la pieza que más ilusión le ha hecho?
Messi es uno. Cuando me hice una foto con Messi y con el cuadro de Messi que hice, que es un cuadro brutal…

Sí. Y hay esa tan grande del Tridente del Barça…
Con esta caricatura se hizo una subasta benéfica. Es una colaboración anual con los periodistas solidarios del Sport, que cada año hacen una donación a una causa benéfica. Yo colaboro con un cuadro…
¿Es un óleo?
No. Es un acrílico. El óleo es más lento de secar. El acrílico es de ejecución más fácil y más rápido de secar. Esta es una de las fotos chulas. Mark Knopfler también es una foto guapa… Hay muchas.
La primera que me ha enseñado es la de Bruce Springsteen. ¿Le gusta mucho?
Sí.
¿Y cómo es que no tiene ninguna foto con él?
No lo he conseguido todavía. Lo intentamos cada vez que viene. Ha venido muuuchas veces y hemos tenido muchas oportunidades, pero chico, no ha habido manera, pero, tranquilo, espero conseguirlo.
De la casa real española le pidieron una caricatura de Juan Carlos…
Sí, de Juanca.
¿Se la pagaron?
No. No, hombre, no. De gratelo, que se dice. “Señor Juanca, aquí tiene su caricatura. ¡Disfrútela!”
¿Qué se habrá hecho?
¡Híjole! ¡Debe estar en Qatar! ¿Dónde vive este hombre ahora?
En Abu Dhabi.
Pues, en Abu Dhabi. O tal vez Felipe le ha prendido fuego.
Alguna vez, aparte de la casa real, ¿alguien que le haya llamado mucho la atención le ha pedido una caricatura?
Sí, y tanto. Joaquín Sabina, Camilo José Cela… Y otro que era muy cachondo: Ruiz-Mateos.
¿Le llamó?
Llamaban a la redacción de El Jueves pidiéndola.
¿Tampoco la pagó?
Yo creo que no. ¡Híjole! Y después también llamaba mucha gente a la redacción, no para pedirla, sino para maldecir, porque no les había hecho mucha gracia aquello. Pero bueno…
Dice usted que la caricatura también es un arma de denuncia. ¿De denuncia de qué?
Del sistema. Con una intención política. Depende del medio para el que trabajes, pues, es eso. No es igual hacer una caricatura de Juan Carlos con maletas llenas de dinero que hacer una más blanca. Como esta de Magic Johnson sin ningún atributo. En función del diario puede tener una intencionalidad u otra. Siempre lo puedes graduar. Puedes graduar el nivel de mala leche o ser un poco más benévolo y ser políticamente correcto.
Usted ha trabajado para el Avui, para El Periódico, para El Mundo, para Interviú… ¿Le da igual la línea de la publicación?
Hombre, sí. Yo soy un mercenario. Yo soy del Barça, pero si el Madrid me pide algo, también lo hago. Si viene Florentino y me pide algo, no le diré que no.
Precisamente, esa caricatura de Florentino sí que tiene denuncia [señalo una caricatura del presidente del Real Madrid con un garrote]…
Tiene gracia. [Ríe].
A Laporta no le haría una así…
¡Y tanto! Sí que le hemos hecho, sí…
¿Con un garrote?
Algo le haríamos. Con un gin tonic. Sí, sí. [Ríe]. Al final, yo soy dibujante y me adapto a todo. Me encanta tocar todos los palos: política, deportes, televisión, friquismo, de todo… No tengo ningún problema.
Pero al final El Mundo y el Avui no tienen precisamente la misma línea…
Claro, claro. Pero una caricatura… Si son de su cuerda, intentas hacerlo más suave y si son de la cuerda contraria, pues…
Hubo un dibujante, Carlos Gómez Carrera, Bluf, famoso por sus caricaturas contra los militares rebeldes del 36 en la revista La Traca. En el año 40 lo fusilaron en Paterna, junto con el editor de la publicación…
¡Híjole! No sabía eso, pero era posible, sí. ¡Uf!
En la misma línea, pero mucho más reciente, el atentado contra Charlie Hebdo. Usted ha hablado muy poco de ese atentado…
Sí. ¡Híjole! es como… como muy cruel eso. Como muy desagradable. Es un… Como de muy mal rollo, eso. Sí, allí en El Jueves recuerdo que cuando pasó eso, híjole, había como mucho…, ¿sabes?, como una sensación muy desagradable, de… ¡Híjole!, es que fue heavy eso. Una redacción, lo que pasa. Yo ahora intento olvidarlo, pero claro, es que… y fue una época que incluso allí en El Jueves, que era RBA, me parece, cuando pasó, estaba todo el mundo bastante asustado, también, claro, hablando mal.
Hubo una llamada a las revistas europeas para que dibujaran a Mahoma en la portada, como solidaridad con los asesinados y por la libertad de expresión, y El Jueves hizo una donde se podía leer: “Íbamos a dibujar a Mahoma… ¡Pero nos hemos cagao!”…
Ya. Pues, mira. Ya te lo he resumido. Es que da muy mal rollo eso. Tú estás allí en tu redacción, haciendo tu trabajo, y, ¡híjole!, que pase eso es como muy extraterrestre. Tú tienes que defender la libertad de expresión, pero si hay gente que no lo ve así, tenemos un problema, ¿qué hacemos aquí?
Usted dibujaría a Mahoma?
Uuuuuuf. Pssssss. ¡Híjole! ¡Mal rollo! [Ríe]. Prefiero dibujar otras cosas. ¡Híjole!
Hay católicos que, ante una caricatura del papa o de un chiste sobre su religión, se quejan y dicen: “¡Ah!, con nosotros os atrevéis, pero con aquellos, no, ¿eh?, ¿valientes?”.
Sí, sí, sí. Es verdad. Tienen razón. Eso son temas muy delicados [suspira].

¿Qué es el humor? ¿Cuál es el límite?
Los límites son estos de los que hablamos ahora. [Ríe]. Un límite de eso de cortar de raíz. Si ves eso, ¿qué haces? O aquellos antecedentes de dibujantes del 39…
O la bomba de El Papus, en el año 77…
O la bomba de El Papus, claro.
El Jueves al final es el resultado de una escisión de El Papus después del atentado…
Sí. Son episodios muy xungos. Hoy en día dices: “¿Eso pasaba?”. Y sí, ha pasado, y tampoco hace tanto. ¡Vaya!
¿La corrección política marca mucho el humor actual?
¿La corrección?
Por ejemplo, hacer una caricatura de una mujer que pueda ser considerada sexista.
[Vuelve a suspirar]. Es que todo eso ahora también… Yo no sé. Yo no sé qué hacer…
O hacer una caricatura que destaque los defectos físicos de alguien que tenga uno muy marcado…
¡Híjole, sí! Eso con el tiempo, me da más reparo…
Pero eso es una caricatura.
¡Claro! Y no hacerlo va contra tus diez mandamientos de caricaturista. Pero cada vez me siento más incómodo remarcando defectos no deseados. Mejor meterse con gente corrupta, ladrones, gente así. La gente que tiene defectos que no ha escogido, pobres, ¡uf!, no sé.
Ya, pero si alguien es calvo, como yo, es calvo. Y si usted no me quiere herir la sensibilidad, dedíquese a otra cosa.
[Ríe]. Sí, sí, pero a mí me gusta más fastidiar a gente que se lo merece.
¿Y quién los elige? Usted dijo una vez que no apreciaba a ciertas personas, refiriéndose a José María Aznar y a Jesús Gil y Gil. Y entonces la caricatura es más bestia. Pero eso es…
Sí, claro. Eso es hacer trampa. [Ríe]. Aquí ahora rectificaría. [Ríe más]. Ya lo ha dicho antes usted: “O todos moros o todos cristianos”. Pero al final tienes que fastidiar a alguien que lo fastidian por todos lados. [Lo dice señalando dos caricaturas, una de Jordi Pujol y la otra de Gabriel Rufián].
La de Pujol [con un cartel que dice Andorra Catalunya is no Spain] es más dura que la de Rufián [que aparece haciendo de caganer]…
Sí, la de Pujol tiene más malicia…
Siempre lo paga él…
Sí, pobre. A mí me sabe mal, porque pobre viejito, ¡híjole! Esta de Juan Carlos [toma una en la que aparece el rey con unas zapatillas y cara de buenazo] también es humor blanco. El Campechano… A todos les caía bien. Míralo, tan llano. Y mira, si es un… Yo qué sé. Es que todo es muy…
A ver si acabamos la entrevista y decide dejar el oficio…
[Ríe]. Y me dedico a pintar paisajes. O bosques con setas. [Ríe]. Es lo que te decía antes. Los artistas plásticos pueden dibujar una caricatura o una marina.
Pero usted siempre ha hecho caricaturas…
Yo soy el Vizcarra de El Jueves. He estado en El Jueves treinta años. Eso marca muchísimo. Y todavía… Yo cuando voy a hacer salones del cómic, salones del manga, estoy en el estand, la gente viene porque les haga caricaturas. Cuando hago exposiciones de estos más de treinta años de profesión y la gente viene a ver la exposición y les hago caricaturas en directo, todavía me dicen: “Tú eres el Vizcarra de El Jueves”. O sea, es Vizcarra, de El Jueves. Es lo que te decía antes también, creo que nuestra generación ha tenido la suerte en aquel momento de hacer hueco, hacerse un nombre.
Si tuviera que empezar ahora de cero, empezar con dieciocho años a trabajar de esto, es que no sabría por dónde tirar. Ahora es súper difícil. Ahora lo tiene muy difícil la gente que se quiere dedicar a este tipo de profesiones tan diferentes, tan originales, tan exclusivas. Creo que es muy complicado hoy en día. Sobre todo, hacerse un nombre, hacerse una marca, que eso es importante, y tener prestigio en la profesión. Porque al final, ¡híjole!, ¿con Instagram conseguiremos cosas? ¿Solo Instagram? ¿Solo con TikTok? Haciendo estas cosas, ¿qué conseguiremos? Tener una carrera larga e importante como nuestros referentes, como lo que hemos vivido nosotros? Yo no lo sé… Todo esto lo encuentro un poco…
Efímero, frívolo.
Claro. Yo lo llamo fast food, de todo eso. Esto es fast food. Es como la música. Es pim-pam. ¡Híjole!
A mí esto me recuerda un poco a los niños prodigio del cine del franquismo. Joselito, el pequeño ruiseñor; Pablito Calvo; Marisol, ángel de España… Su éxito fue efímero…
Los quemaron, sí. Yo ahora siempre hago el paralelismo con la música, que para mí está muy ligada al arte, a la ilustración. En música hoy en día todas estas tendencias musicales como la urbana o el hip-hop son muy del momento, de consumo masivo del momento, pero de aquí a cincuenta años, ¿se recordarán? ¿Esto tendrá la trascendencia que ha tenido, por ejemplo, un Elvis Presley o un Michael Jackson, por decir algunos, con una trayectoria artística que ha aguantado cincuenta años, contra viento y marea? Bad Bunny, por poner un ejemplo. Este señor cuando tenga setenta años, ¿qué será?
Quizás dentro de cincuenta años la gente ya no sabrá tampoco quién era Elvis o los Beatles…
¡Híjole! Yo creo que sí. Eso es cultura pop. Han trascendido del mundo de la música este tipo de referentes, estas icónicas… Un Lemmy Kilmister de Motörhead, esa imagen de ese tipo, perdurará…. Estos músicos tan bestias yo siempre los comparo con todos estos que hay ahora, que llenan estadios y que hacen diez de consecutivos. De aquí a cincuenta años, ¿qué pasará con todo este grupo? Y eso va en paralelo a todos estos artistas, como comentábamos, que ahora llenan Instagram o TikTok… Todo lo que quieras. Es una marabunta tan bestia, que es inabarcable. Todo esto, de aquí a unos años…
No debe ser que se hace viejo?
[Ríe]. Es posible. Sí, ¿no? Si yo me sintiera hace treinta años, quizás diría…
Mi padre me decía que eso de los Beatles, comparado con Maria Callas…
Pero Maria Callas es un tótem!
Como ahora los Beatles…
En todo caso, ambos perduran. Como Aretha Franklin siempre será Aretha Franklin.
Para la gente de nuestra edad…
Pero es que lo es y lo será. La gente de ahora no le llegan ni a… ¿Rosalía será una Aretha Franklin?
¡Ep!
Vale. Pues, vale. [Ríe]. Yo tengo mi percepción. Y todo eso es lo que te decía antes. Es fast food. Todo lo quemamos al momento porque para la sociedad y para las nuevas generaciones todo es fast food. Todo es burger. Todo es McDonald’s. Pim-pam, ¡fuera! Y ya está. La música, te la bajas gratis. No le das el valor que debería tener. Presionas y pasas a la siguiente canción. Te lo comes de una manera, que es imposible digerirlo todo y sacarle la parte buena. Eso también está pasando con el mundo del arte. Y no te diré nada con la IA.
Habla usted como un boomer…
[Ríe]. Me da igual. Ya me está bien.
¿Y qué pasará cuando sea la IA la que haga las caricaturas?
Ya las hace.
¿Le gustan las caricaturas hechas con IA?
No. Se pueden imprimir, pero nunca será un original hecho a mano, con la firma de ese tipo. Sí que se podrá imitar hasta el último detalle la firma, la textura, lo que quieras, pero no.
Quizás podremos preparar también una IA para que, a partir de una base, evolucione y cree su estilo…
Sí. ¿Has visto Terminator 2, no? Y Almas de metal? Vale, vale… Que sí, que sí.
La IA puede evolucionar, pero usted, por ejemplo, no cambia mucho su estilo…
Depende. Tengo un estilo muy marcado, sí. Ves una caricatura de Vizcarra y sabes que es Vizcarra. Eso es un punto a favor. Tiene un estilo marcado y al menos tienes un espacio, una marca propios.
También, pero Picasso evolucionaba…
¿Me estás diciendo que espabile? [Ríe].
¿Ahora se gana bien la vida?
Sí. Voy aguantando.

¿Cómo se sobrevive cuando ya no quedan publicaciones de papel?
Yo tengo una página web muy potente, donde me llegan encargos de particulares, trabajo con la Galería Corner4Art, que es de las más importantes de España y yo creo que de Europa, a nivel de producción. Con esta gente trabajo desde hace diez años y encuentro que está muy bien. Es una galería que tiene en cartera la licencia española de Frank Frazetta, trabaja con Sanjulián, que es un tótem y que con 85 años todavía pinta al óleo sus historias cada domingo. Tiene también los derechos de Juan Giménez, de Luis Royo… Es una galería muy potente. Y con ellos trabajo y me gano dignamente la vida. Después hago exposiciones, hago libros… Toco tantas teclas, que voy aguantando. Puedo estar relativamente contento.
También hace acrílicos enormes, por encargo. ¿Quién se los pide?
Coleccionistas particulares que les gusta algún tipo de personaje. Y sobre todo, tienen espacio en casa para colgarse un cuadro de metro y medio por un metro. Son acrílicos bien trabajados. Caricaturas artísticas muy espectaculares. Es otra vertiente de todas las teclas que toco del piano.
También hace retratos.
Retratos más realistas, sí. De la vieja escuela. Más clásicos. También me gusta mucho. Es una manera de no deformar [Ríe]. Yo tengo la visión muy acostumbrada a hacer caricatura y también me gusta sacar retratos de facciones más realistas, más ortodoxos, más clásicos.
¿Cuándo se jubila un caricaturista?
¡Nunca! ¿Cómo quieres jubilarte? Mientras la cabeza y la mano aguanten, moriré con las botas puestas. En la mesa de dibujo cuando esté a punto de palmar haré así, zas!, y se acabará el tema. Haré el último trazo en la mesa de dibujo. Seguro.
¿Por qué nunca ha entrado en el cómic, en la historieta?
Porque hay mucha gente que lo hace y que lo hace muy bien. Este es mi espacio. Mi manera de

