“Hay poetas que cuando se disponen a escribir ponen sobre la mesa el cenicero, las tijeras, el tintero, el secante y muchas cosas más. Calculan las distancias desde la cabeza al papel. Discretamente ensayan poco después la postura. Finalmente escriben, y escriben cosas pulcras, quizás renacentistas, perfectamente inútiles, sin las cuales los hombres trabajan, aman, mueren”. Hay estos poetas y está Vicent Andrés Estellés. Sin el cual muchos hombres no trabajarían, no amarían y no morirían de la misma manera.
Daniel Berdala, pintor que quiere fijar el acto de pensar, ha tomado a Estellés –ha tomado Coral romput– y ha hecho un libro lleno de color, de gestos estellesianos, con manchas hechas de acuarela, acrílico y carboncillo. Quien más quien menos conoce Coral romput gracias a Ovidi Montllor y Toti Soler. Ahora Berdala, que partió de la versión que hizo Pere Arquillué, ha construido fragmentos a medida, a lo largo de doscientas páginas o más, porque no están numeradas. Los cuadros tampoco se numeran. “Y hay quien escribe versos y los limpia con una caligrafía noble, demorándose en las curvas, sintiéndose satisfecho”. La caligrafía noble de Daniel Berdala, que se siente, también, satisfecho.
¿Por qué Estellés?
Cuando escuché Coral romput me enamoré. Aunque no lo escuché dicho por Ovidi Montllor, después me adentré y comencé a informarme. La entrada, aquella noche de verano de 2024, escuchando a Toti Soler llenando con la guitarra las palabras de Pere Arquillué, me impresionó de manera tan profunda, que me emocioné leyendo y releyendo una y otra vez los versos de Vicent Andrés Estellés. Fue algo muy potente.
¿No había leído a Estellés hasta ese momento?
No. Me sabe mal reconocerlo, pero uno debe ser modesto y hacerlo. No lo conocía. Después de leerlo, reconozco que hacerlo es un placer y una suerte. Todo lo que escribió ese hombre en Coral romput es maravilloso. Es una maravilla.
¿Cómo ha hecho para elegir los textos que conforman su libro?
Yo soy caótico. Soy un artista plástico que, a medida que voy haciendo, me voy emocionando, voy construyendo, voy encontrando… ¿Con el poemario Coral romput, qué hice? Al día siguiente de haberlo escuchado como espectador en un festival de verano, lo tomé, lo imprimí y comencé a recortar trozos que tuvieran sentido. Y los fui pegando en un bloc de papel de acuarela. Cuando lo tuve todo pegado me di cuenta de que había muchas partes que tampoco podía pintar. Por tanto, hubo una parte que quité, pero que dejé bajo control. De esta manera fui trabajando y pensando. Pero siempre desde el caos.
Yo, por ejemplo, en esta entrevista intentaré evitarlo, pero puedo hacer como siempre: abro carpetas continuamente. Y me digo: “¡Dani, intentemos centrarnos!, hazlo bien”. “Berdala, pon el ojo… aquello… donde toca”.
Fui construyendo este poemario, fui construyendo estas líneas, estos dibujos, estas formas, de aquellos trocitos de poema que iba digiriendo y que me interesaban muchísimo y que me emocionaban. Cuando iba haciéndolo iba pensando como si fuera Estellés. Yo ayudaba a Estellés a representar aquello. Aquellas formas, aquellas ideas. Yo pensaba cómo Vicent Andrés podría haber hecho aquello. Creo que es lo más bonito. Pensar en trabajar para aquella persona que había construido aquello anterior. Creo que es honesto, lo que toca hacer. Pensar como aquella persona que ha escrito aquello. Y una vez pienso como ella, lo traspaso a formas y colores…
Le debe haber costado. [Sonrío]. Estellés y usted no se parecen mucho… Un señor de la calle Nou de Burjassot y un señor de la calle de Casp del Eixample de Barcelona. No lo imagino a usted diciendo: “Te he mirado las piernas y me he puesto caliente”.
[Ríe mucho]. No, exacto. Tengo entendido que tú tuviste la suerte de conocerlo…
Sí. Por eso se lo comento. Es muy grande la distancia en todos los sentidos. No debe ser nada fácil ponerse en su lugar.
Sí, pero como artista, como pintor, a mí lo que me gusta es poder pensar que lo que me ofrecía Estellés yo lo plasmé sobre aquel papel. Después ya sale el trazo de Berdala, porque no puedo evitarlo, pero creo que en esta vida si tú escuchas y te tomas un poco de tiempo antes de trabajar, haciéndolo de una manera más cercana a lo que has leído o a lo que te ha parecido, haces un puente entre tu trabajo y el del otro. Si no, sería de un lado, ¿no? No, no. Tiene que haber emoción, tiene que haber cercanía.
Usted es de Barcelona…
Soy de Barcelona. Nacido en el Eixample, en Casp con Sardenya y ahora vivo en Girona con València…
En el primer volumen de la Obra Completa de Estellés Joan Fuster muestra recelo ante la reacción de lectores de otros territorios, incluso por la estupefacción que les puede suponer el sociolecto y el dialecto del poeta.
A mí es que me gusta la emoción. Me gustan las narraciones, las historias, que te aporte alguien que no conocías y de repente, pum, caes en su mundo. Puedes hacerlo con un libro, con una película, con un concierto, escuchando música… Esta emoción da igual de dónde venga. Si la persona es sensible, lo capta y luego lo transforma en lo suyo. Es un poco el trabajo que yo creo que hago. El punto de partida es obviamente el mundo de Estellés, que es maravilloso. Y además, hablando contigo me explicas que aquel hombre era como era y tenía su carácter.
Pero eso lo vi después, porque yo cuando empecé a hacer el libro no pensé en nada más que hacer el libro. No había hablado ni con la hija de Estellés ni con nadie para tener los derechos. Lo empecé a hacer cuando lo terminé. Después de 200 páginas pintadas comencé a pensar: “Bueno, quizás debería empezar a pedir permiso a alguien para hacer esto”. Por eso te digo que soy caótico. A la hora de hacer me lanzo, me entrego y me dejo arrastrar por aquellos fragmentos, aquellas frases, aquella poesía, eso tan bonito, y después ya pensaremos en ello.
Estellés es una montaña rusa de informaciones, angustias, imágenes e ideas. Desde la referencia –oculta o velada– a un clásico latino hasta una rata muerta a pie del portal. Muerta y purulenta. La vida cotidiana de un centauro –híbrido entre cultivo injertado y maleza de marjal– explicada por él mismo: un alma ilustrada que se presenta como un señor de pueblo valenciano. Todo eso, para pintarlo quizás lo habrá hecho más caótico de lo que ya es usted…
El ser humano, aunque sea de una ciudad de Asia, de Europa o de donde quiera ser, tiene algo en común, que son los sentimientos compartidos. Nos los vamos pasando a medida que vamos viviendo. Esto, en cierto modo, nos une. No sé si une es la mejor palabra, pero, en todo caso, nos hace tener unas proximidades entre gente muy diversa. Cuando ves a alguien que amas te emocionas y lo abrazas, lloras por la muerte de un ser querido, te alegras por una buena noticia… La cosa va por ahí. Eso lo compartimos todos. Yo creo que Estellés cuando explicaba aquello lo explicaba para tanta gente… Pero era su punto de vista y eso es lo que me gustó. Desde su punto de vista, desde su pequeño mundo en Burjassot o en València, abría un universo que era precioso. ¿Lo ves? Ahora no me acuerdo de la pregunta que me habías hecho. Eso es el caos.
¿Cómo ha podido ligar este mundo poético tan personal con su pictórico?
Lo intenté separar. Todo junto era como una locura, una locura. Si lo tomas parte por parte y lo vas desglosando… Por eso tomé aquellos fragmentos. Yo soy muy respetuoso con el trabajo de los demás. Y voy pensando: “A ver si esto, tan fragmentado, tan fragmentado, no acaba ofendiendo a alguien que lo lea después”. Pero, de momento, hasta hoy, nadie me ha tirado una piedra en la calle. Me he acercado a lo que él hizo desde mi trazo natural. Porque, además, hice algo propio para mí. No era un encargo. No tenía ninguna editorial detrás. Lo pude hacer como quise. Cada día hacía dos o tres páginas –o más, incluso, depende–. Como eran acuarelas, ahora dejaba secar una y mientras pintaba otra. Fui navegando entre aquellas páginas y me lo pasé muy bien.

Usted dice que pinta lo que observa y Estellés escribía también lo que observaba…
Yo pinto lo que observo porque forma parte de mi vida. Aquí detrás tenemos estos cuadros con unos saltadores que saltan a la vida, porque debemos vivir la vida de una manera positiva y coherente. Y ser valientes. Y disfrutar de cada momento. Creo que Estellés también hacía eso. Disfrutaba de cada momento. A su manera. Todo el mundo debe hacerlo a su manera. No queramos que todo el mundo haga la misma cosa en cada momento. Sería muy aburrido eso. Hagamos que todos tengan su carácter, la propia identidad. Estellés la tenía y a mí eso me atrapó mucho. Intentando pensar como él, transmitía su mundo con los colores y la forma. Podría ser una equiparación bastante buena…
¿Cuánto tiempo le ha dedicado?
Empecé un mes de julio mirando y recortando. Estudiando. Ahora esta no me gusta, lo vuelvo a hacer y lo vuelvo a pegar… Después a finales de agosto empecé a hacer el lápiz y cuando ya lo tenía todo, le puse el color. A finales de octubre ya tenía todo el libro. Fue muy rápido. Trabajaba sobre esta mesa, nadie me molestaba para nada y seguía haciendo, seguía haciendo. Algunas páginas, las quise hacer dobles. Otras, normales. Es un placer cuando puedes trabajar sin la presión de nadie.
Privilegios de pintor y de poeta… Pero Estellés, a pesar de ser periodista, tenía la presión, cuando lo despidieron, de llegar a fin de mes…
Los pintores también tenemos la presión de llegar a fin de mes. Aquí no se escapa nadie. Pero cuando un proyecto es tuyo y nadie de momento mete la cuchara, puedes seguir haciendo.
Usted se lo editó.
Me lo he editado yo, sí.
¿Por qué?
Porque se lo enseñé a gente, pero temblaron y dijeron: “¡Uy, uy, uy!”. Cuando digo gente me refiero a gente del mundo editorial. Todo el mundo me decía: “Uy, no, demasiados colores, esto es muy complicado…”. También hay otra cosa. Yo soy posibilista. Soy un artista que, si puedo llegar hasta aquí disfrutando, ya me está bien. Hay otros que, si no llegan al top, al diez de diez, ya no quieren hacerlo. Y dan problemas a todo el mundo, a los de la imprenta, a los de no sé qué… Hacer un libro es un proceso. Hazlo de la mejor manera que se pueda hacer. Pero después habrá 50.000 más que vendrán detrás. No tengas el ego tan grande de pensar que eso cambiará el pensamiento de nadie. Es una gota más dentro del marco cultural donde vivimos. Por tanto, más vale ser posibilista y llegar a hacer algo que esté bien.
No encontré a nadie que se animara y fui dando pasos. Una persona me llevó a otra, hasta que acabé en la imprenta de dos hermanos que viven en las Casas del Congreso, en la entrada de Barcelona. Son dos bellísimas personas que me han ayudado mucho. Además, les dejé el original. “Os dejo aquí el libro y cuando tengáis tiempo vais haciendo”. Se lo dejé en mayo de 2025. De vez en cuando les enviaba un correo y les preguntaba cómo lo tenían. “Bien, bien, ahora estamos ocupados, pero…”. Claro, esta gente trabaja a nivel familiar. Trabajan bien, pero van con muchos frentes abiertos.
En enero de este año me dijeron: “Daniel, tienes que venir aquí a la imprenta, que te quiero enseñar algo”. Llego allí y me enseñan el borrador, la prueba piloto, del libro. Quedé muy contento. Porque al principio pensaba que no se podría hacer, que daría muchos problemas. Pero ellos también son posibilistas. Y pudimos hacer un acuerdo y hemos podido hacer un libro muy especial. Cien unidades solamente. Solo hace falta que cien personas puedan disfrutarlo y yo ya estoy contento. Así se hacen las cosas. No hace falta querer llegar a la luna y volver. No. ¡Pasémoslo bien durante el proceso!
Y hizo un micromecenazgo para poder asumir los costes.
Y hice un crowdfunding con la empresa Verkami, que también me ayudó mucho. Fue bastante fácil. Un amigo mío, gestor cultural, me insistió: “Escucha, haz un crowdfunding, que te irá muy bien”. Yo, como idealista, pensaba que solo pidiéndoselo a la gente que conozco ya sería suficiente.
Al menos para pagar a los de la imprenta…
¡Exacto! [Ríe]. Hemos ganado poco por todo lo que ha supuesto, pero a mí como artista lo que me interesa es hacer estas cosas. Estoy muy satisfecho. Hacer este crowdfunding, llegar a alcanzar el importe para pagarlo todo… Está muy bien.
¿Cómo se definiría usted como pintor… He leído de usted, por ejemplo, de un crítico local con cierto renombre, que es heredero del expresionismo alemán…
¿Expresionismo? ¡Para nada! No sé quién ha dicho eso, pero, por lo que yo entiendo del expresionismo alemán… Yo suelo hacer nieblas y difuminados. No sé cómo definirme con una idea o una palabra, como se hacía durante el siglo XX. A mí lo que me gusta es utilizar las atmósferas que creo. Yo creo unas atmósferas –de cielo, tierra, mar…– e intento que el espectador pueda entrar en ellas. Luego, de vez en cuando, añado alguna figura humana. Desde que pasamos el covid en 2020, que casi me quedo allí, volví a poner figuras humanas en mis pinturas. La figura humana me ayuda y ayuda al público a entender la referencia entre el fondo y el objeto, a dar profundidad, a crear todo un mundo que va más allá.
Durante años no lo había hecho…
Porque me enfadé con las figuras humanas que me salían. Me salían cosas muy oscuras durante una época de mi vida, relacionada con la muerte de un amigo y la muerte de mi padre. Aquello me hacía sacar unas bestias, unos personajes, que no quise que aparecieran más. Los aparté y construí estas atmósferas de diferentes maneras. Después del covid me apeteció volver a intentarlo, con una madurez diferente. Habían pasado unos años –creo que habían pasado veinte– y ya podía añadir la figuración.
Aunque he hecho otras, de figuraciones. Ahora estoy presentando una exposición en Reus sobre la Guerra Civil. En esta exposición sí hay figuras humanas, porque he trabajado sobre fotografías hechas por Robert Capa y Gerda Taro. Hice versiones para explicar qué pasó durante la Guerra Civil. Pero eso es otra cosa. Los pintores podemos tocar muchas teclas y muchos puntos diferentes. Lo que es mi pintura, la que me sale del interior, son estas atmósferas. Definir en qué ismo puedo entrar yo no sé ni si me corresponde. Ni me preocupa mucho, tampoco. Gerard Richter dice que a él le da igual todo, que él solo quiere pintar. Y le gusta lo que le apetece en ese momento. Es eso. La pintura debe ser expresión bien entendida por parte de quien la hace. Y debe hacerla de la mejor manera posible.

La pintura debe ser también llegar a un público, que alguien valore su obra y que la compre?
Con los años he ido mejorando todo eso. Al principio no lo llevaba tan bien. Al principio me costaba mucho, como a cualquiera. Ahora podría dar un máster de cómo gestionar tu obra y cómo ser consciente de que una cosa es el tempo que vivimos cada día y otra cómo los artistas trabajamos con nuestras obras, las mostramos y las intentamos vender. Eso es muy diferente. Son dos niveles muy diferentes. Tienes que tener una capacidad de marketing, a través de redes, tienes que trabajar mucho, mostrarlo mucho, compartirlo mucho… De vez en cuando, te llega gente que te ha encontrado por redes, que se interesan por una pieza tuya y que te la compran. Estos lo explican a otra gente. Es un goteo. A medida que pasan los años pasan cosas. Es interesante.
Si alguien lee esto, es un artista y es más joven, solo le recomiendo que tenga mucha calma. Y que haga muchos trabajos que nunca sean el principal. Que pueda hacer trabajos y de esta manera siempre tendrá un goteo económico que le permita seguir su camino. Su camino es lo más importante. ¿Por qué este libro de Estellés es interesante? Bueno, creo yo que es interesante… Porque lo he hecho sin ninguna pauta y porque lo he hecho como yo creía que debía hacerlo. Siendo posibilista, que está bien, hazlo y algún día harás otro si hace falta. Ir haciendo. Haciendo camino.
¿Qué busca un pintor al final?
Llegar a un punto de belleza, de estética, en el cual el público pueda jugar. Que se pueda acercar y sentir una emoción. Me gusta que la gente pueda disfrutar de ese momento, que pueda disfrutar de esa pintura, que la mire, que la tenga colgada en una parte de su casa y que la pueda inspirar. Quiero que mi trabajo pueda ayudar a inspirar, a pensar, a razonar. Y tengo la suerte de poder decir que mucha gente que tiene obra mía me lo dice: “Dani, es que esa pintura está en casa y convive con nosotros”. Siempre les pregunto: “¿Cómo va esa pintura? ¿Te trata bien? Tiene que haber un poco de… Soy muy inocente en estas cosas.
Lo que más define la poesía de Estellés es alterar los sentimientos del lector…
Totalmente de acuerdo.
¿Cree usted que por su parte lo ha conseguido? ¿Que las imágenes, como el texto, despiertan sentimientos?
Mira, te tengo que decir algo que aún no he explicado a nadie. Hubo un amigo que leyó el libro y me dijo que costaba mucho de leer, que había ocultado mucho el texto, que debería haber hecho las letras más grandes. No le dije nada, pero después pensé que yo no he hecho un libro al uso, normal y corriente. Yo he querido hacer un libro donde me he atrevido a tapar a Estellés. Hay momentos en que cuesta encontrar los textos porque quiero que el público los busque, que encuentren la página, que se fijen, que entren, que profundicen en ello. Creo que es mi parte más ego en esto del libro, más mía… Para mí ha sido una aventura. Ha sido una aventura de forma y color con la que me he sentido muy a gusto. Porque también tengo una parte… Todos tenemos partes oscuras. Y tengo esta parte oscura que Estellés también demuestra. Claro, Estellés la demuestra abiertamente. Yo, no. [Sonríe]. Yo me la quedo para mí dentro.
Quizás he encontrado una… Usted se define como un “art consultor”. Y dice también en su página web: “Quiero mejorar la productividad de sus trabajadores a través de la pintura creativa”. ¿Qué es eso? ¡Ostras!
[Ríe]. No, no, no. A ver. Yo te explico. Hace quizás quince años, Franc Ponti, un amigo que es profesor de Creatividad e Innovación dentro de la Empresa, de la Escuela EADA, me dijo: “Dani, escucha, ven y ayúdame a hacer un curso”. Allí hacía dibujar a los alumnos. La gente se imaginaba productos de pastelería, un croissant de tres puntas, no sé qué… A partir de aquello surgió que podía compartir mi creatividad con el mundo de la empresa, sea de la línea que sea.
Por ejemplo, el pasado viernes hicimos un taller aquí donde estamos ahora, en el Gimnàs de les Arts, con trece personas de una empresa, de un departamento. Estas personas ni son pintoras, ni saben pintar, ni les interesa la pintura. A lo sumo, observarla. Pero a mí me gusta compartir también estas ilusiones. Si tú a esta gente les das papel, pinceles y colores y les dices que piensen sobre su presente dentro de la empresa y los diriges y los ayudas, y luego les das otra tela más grande y, en lugar de trabajar individualmente, trabajan en grupo, y hablan del futuro… Mientras pintan hablan y piensan. Y piensan en posibles soluciones o actitudes o maneras de cómo mejorar este departamento, ese grupo.
¿Y eso funciona?
¡Funciona! He pasado por muchísimas empresas. Esa gente, por activa o por pasiva –porque hay gente que se esconde y no hace nada o otros que lo hacen todo y hablan demasiado– se escuchan entre ellos. En el fondo, lo que consigo con estos talleres es que la gente hable de lo que hace, de lo que vive, de lo que pasa, del proyecto aquel que tienen en la empresa y que en el día a día no se atreven a verbalizar de una manera más creativa. Así lo hacen. Eso funciona.

Antes me ha dicho que durante años solo le salían personajes sórdidos. Si ahora le pide a la gente que hable de su empresa, quizás la sordidez todavía sea más intensa…
No, no, no. Una vez hice un taller para un departamento que tomaba teléfonos de las grandes áreas de supermercados. Era una empresa de productos lácteos. Estaban quemados tres pueblos más allá. Una de las personas tomó la tela, la pintó de negro, se pintó la mano de rojo y estampó la mano sobre la tela. Está clarísimo que esa persona necesitaba explicar aquello. Necesitaba explicar el momento aquel, necesitaba que alguien la escuchara, necesitaba hacer un cambio. Si a través de eso logras que la gente pare y piense, a mí ya me está bien. Es lo que decíamos antes del listoncito. No hace falta poner el listón muy alto. Dales cuatro herramientas, ayúdalos y llévalos por allí y que piensen. Eso son los talleres que hago.
Quizás ha descubierto la psicopintura…
[Ríe]. No sé qué he descubierto, no lo sé, pero la gente entra en mis talleres asustada: “Escucha, es que yo, esto, desde que estaba en la escuela…”. Después, con el tiempo, cuando termina la sesión, todos agradecidos, se lo han pasado muy bien. También los cuido. En la media parte tienen su cafecito, todo… Cuido a la gente como me gustaría que me cuidaran a mí, y a mí me gusta que me cuiden bien.
¿Se ha encontrado algún buen pintor entre toda la gente que ha venido?
No. Yo diferencio un buen pintor de un artesano. El artesano es el que sabe copiar o incluso imaginar un paisaje, pero no aparece el alma. El alma solo aparece cuando es un artista quien hace esa pieza. Es complicado de explicar. Tú me entiendes. Estoy seguro.
Pero nunca ha encontrado a ningún artista en potencia que estuviera escondido hasta ese momento?
He visto trabajos que… Pero es que también necesitas una continuidad enorme. Sí que se ven maneras… Pero es que los peores son los que se piensan que saben y vienen allí y te hacen el cromo. Yo no lo quiero, el cromo. Yo quiero que hables de tu proyecto laboral. No que me hagas un cuadro bonito. Pero entonces aparece el ego de esa persona en relación con los demás, las relaciones que mantienen entre ellos… Son como hongos. La gente pintando habla de muchas cosas sin darse cuenta. Es muy interesante.
¿Sus jefes están también?
También. Vienen todos.
¿Y no les pintan la nariz o les tiran el bote de pintura en la cabeza?
[Ríe]. A veces. Lo más importante es que la gente pueda comunicarse y es verdad que, con el estrés que llevan del día a día y trabajando de la manera que trabajan, de vez en cuando una experiencia como esta es muy útil. Ayuda mucho a cohesionar el grupo, a hablar, a bajar el tono, a disfrutar de ese momento…
Y está contento.
Sí. Porque ayudo. Ayudo a la gente a pensar de otra manera. Y cuando termino los talleres la gente se lo ha pasado bien.
¿Cree que Barcelona sigue siendo un centro de irradiación de arte importante?
No. Barcelona es donde yo vivo y es el caso que mejor conozco, pero no es solo Barcelona. Es en todas partes. Vivimos una ligereza de pasar por la vida de puntillas, de gente que te habla sin tener conocimiento de lo que dicen, y que opinan… es algo decepcionante. No es mi caso, pero en la presentación de un libro o en actividades culturales de este tipo abundan los cabellos blancos. Cuesta muchísimo encontrar gente joven. Quizás es que me hago mayor y me vuelvo más crítico con el mundo en el que vivimos, pero creo que la gente es poco seria, se estima poco reflexionar, pensar, observar… Y como yo cada día lo soy más… Ya voy encontrando, pero. Hay pequeños tesoros en Barcelona. Espacios pequeños en Gràcia, en el Raval, aquí en el Eixample… Hay estudios, lugares donde hay artistas a los que les gusta explicar su mundo, compartir estos pensamientos en presentaciones de arte… Es como la música. Hay, para decirlo rápido, estas Operaciones Triunfo, y luego hay gente que tiene maneras más potentes y más profundas de trabajar.

Eso ha pasado siempre…
Ahora cada vez más. Es exponencial. Aumenta la frivolidad en esos trabajos que llaman culturales pero que no tienen ningún valor. Tal como suben bajan.
Ya que lo menciona, ¿qué le parece la política cultural de las instituciones públicas?
Es muy fácil. Yo tengo una teoría, que es la teoría del embudo. El dinero está arriba, las instituciones lo reparten y, cuando lo hacen, no va a parar a los artistas, sino a los gestores culturales. Estos gestores culturales lo dan a los artistas que ellos quieren, que ya trabajan con ellos. Y esto hace que siempre caigan en las mismas manos el dinero que viene desde arriba. Los artistas independientes –por decirlo de alguna manera– nunca acaban recibiendo ninguna ayuda. Es lo que acabo de decir hace un rato. En lugar de decir: “Id a buscar ayudas a la Generalitat, al departamento”, no. Yo nunca he hecho eso. Nunca he jugado a ese juego porque nunca he tenido la suerte de tener a alguien cerca que me ayudara.
Por lo tanto, he terminado haciendo de ayudante de albañil, de ayudante de fotógrafo… He hecho mil y un trabajos. Muchos. Siempre con fecha de caducidad. Desde hacer de técnico de sonido y de luz en escenografías en la Compañía Gelabert/Azzopardi cuando terminé la carrera de pintura en la Escuela Massana, durante quince años, los días del festival Sónar… Sería un no acabar. En mi casa se ríen. De mí, de los trabajos que ha hecho el Dani. ¿Por qué? Porque es un embudo. Es como el campesino que hace la fruta, el comercial que la compra y después cómo llega al cliente final. Todos los pasos que hay. Con la cultura pasa igual. Con el dinero que hay –que hay, pero hay poco– van a los gestores culturales y estos gestores culturales los reparten como les parece.
El MACBA y el MNAC. ¿Qué le parecen? ¿Salen adelante?
El MNAC, sí. Cuando quiero hacer una visita que me enriquezca un rato me voy al MNAC. Tienes arte de todas las épocas de la historia de Catalunya y puedes ver auténticas maravillas. Siempre hay algo que ver. Con el MACBA tengo un problema, que es que me aburre. Me aburre mucho porque encuentro que en la mayoría de los casos tienes que tomar el papel que hay al lado de esa pieza y leerlo. Espero que con el cambio de dirección pueda tomar un rumbo un poco más claro, que pueda ser más enriquecedor para la gente que lo visita. Me gustaría que pasara.
¿Las galerías son un buen instrumento para el trabajo de los pintores?
Deberían serlo, pero la mayoría de los galeristas de arte son tenderos. Tenderos que trabajan en el mundo del arte. Cuando tienen doce o quince artistas ya no quieren saber más. Ya tienen sus fichas. Hablo de los galeristas que conozco desde los años ochenta y noventa hasta hace poco. Esta gente se han hecho mayores y, encima, sus clientes o ya tienen la casa llena de arte o ya se han muerto. Y ahora estos tenderos se encuentran que ya no pueden vender su producto. Además, la manera de vender este producto ha cambiado. Todo cambia tan rápido, que los artistas ya no pueden vender a través de las galerías. Ahora hay otras maneras de vender que ni yo conozco.
¿Frecuenta usted las redes sociales? ¿Instagram? ¿TikTok?
Ya lo hago, pero en TikTok, no. No me gusta. Me siento demasiado mayor para TikTok. No entro. Pero soy muy activo en Instagram y me gusta poder explicar allí mi pintura. Además, a mí me gusta mucho la música y procuro poner algunas cancioncitas en los treinta segundos que te dan. Tengo un seguimiento no muy grande. En números reales ves que los que miran esto se sitúan entre 500 y 1,500 seguidores.
No está mal, si son buenos…
Pero tampoco es tan importante. Yo tengo un problema con mi trabajo. Cuando lo ves en directo te entra más que si lo miras en la pantalla de un móvil. La pantalla del móvil es un cromo y yo no hago cromos. Yo hago pintura. Pero bueno, volvamos, me conformo con que la gente pueda verlo así. Hay que ser posibilista. [Ríe].

Ahora usted expone en Dubai. Sin galerista fijo ¿cómo lo ha logrado?
Tengo un amigo que vive allí. Le dije que, si un día encontraba una galería para exponer, yo estaría encantado. Así ha sido. Expongo en Dubai. Es un mundo muy diferente. No tiene nada que ver con nosotros, como mediterráneos. Son árabes y tienen un público muy curioso. Millonarios que van a vivir allí, con unas condiciones y unas maneras muy diferentes. Cualquier mercado que sea diferente siempre es interesante. Tienes que tenerlo claro como artista. Puedes encontrar un mercado que no tiene nada que ver con el tuyo, pero donde les puede interesar tu trabajo. Adelante, entonces.
¿Cuál es la clave del éxito comercial? ¿Cuál es la diferencia entre Antoni Tàpies y Josep Guinovart?
La diferencia entre Tàpies y Guinovart es la esposa de Tàpies. La esposa de Tàpies fue quien le llevó el trabajo y quien hizo que Tàpies llegara donde debía llegar. Incluso la esposa de Tàpies se dedicó… Esto es sabido por todos… Se dedicó a tapar a los otros artistas, no sé si solo catalanes o españoles, de aquella época, para que el señor Tàpies avanzara. Esta es una. Pero, ¿cuál es la clave del éxito? Tú puedes hacer muy bien tu trabajo y puedes llegar lejos, como fue en Guinovart, pero en Guinovart era una persona discreta, tranquila… Tuve la suerte de hacer un taller con él. Cuando terminé la escuela Massana, un grupo nos seleccionaron para estar en la Tecla Sala y nos lo pasamos pipa. Él pasó poco tiempo allí. Lo recuerdo como una persona tranquila, muy mental, muy agradable, un hombre muy interesante. La soberbia no entraba dentro de este perfil. Por eso supongo que me interesó. Creo en el buen hacer, en el buen pensar, en el buen actuar.
¿La clave del éxito? El otro día le decía a una artista que empieza ahora –a una chica que debe tener alrededor de los 25 años–: “Tú eres un producto. Este producto durante un tiempo gustará y será de interés para ciertas galerías de arte, para espacios culturales… Aprovecha y durante este tiempo juega este juego. Tu juego es otro. Es crear, es pensar. Pero tú tienes que adaptarte al primero. Formas parte de él, porque tú quieres vender, te quieres ganar la vida… Tienes que dar cartas para que todos entiendan quién eres, qué haces y hacia dónde vas. Tienes que dejarte amar y tienes que dejar amar este producto por los galeristas, los críticos de arte, los comisarios, toda esta gente… Creo que este es el camino. Esa es la clave del éxito actualmente.
¿Por qué Marria Pratts tiene tanto éxito? ¿La conoce?
Ahora me has fastidiado. Sí, creo que sí, pero no estoy seguro. [Mira el Google]. Sí. La conozco. Entra dentro de esta tendencia… Te contaré algo. Hace años tomaron L’Hospitalet como centro alternativo, con galerías y estudios de arte, en lugar de Barcelona. Aquello era más económico. Si te acercas a ciertas galerías de arte con ganas de jugar el juego y hacer cierto marketing… es eso. Son operaciones de marketing.
Ella ha trabajado y trabaja para las de Barcelona. ¿Y usted por qué no se acerca, porque no lo quieren?
Porque supongo que no me quieren. Además, ¿yo quién soy? Mírame. 58 años, hetero, me gusta el fútbol, me gusta ir al gimnasio… Tengo hijos, tengo esposa. Soy muy aburrido para ellos. Si fuera de otro sector… Si fuera más moderno, si tuviera unas marcas más modernas dentro de mi trabajo, seguramente tendría más padrinos.
El pintor social en los últimos años más de moda en Barcelona, Perico Pastor, es heterosexual, mayor, blanco… No sé si le gusta el fútbol o si va al gimnasio, pero, en todo caso, hay un perico en cada casa…
Perico Pastor ha hecho una campaña de marketing continua de su trabajo muy bien hecha. Se le debe reconocer. Yo, no. Yo soy más tonto. Él se ha movido muy rápido y muy bien durante muchos años. Yo salía de la Escuela Massana y fui a ver a un señor que ya ha muerto, Jaume Cabaní, que después llevó el Pueblo Español de Montjuïc… Aquella vez, cuando yo era un cachorro de veinte y pocos años, ya me regaló una litografía de Perico Pastor, un regalo de Navidad que hacían para no sé quién… Perico siempre se ha colocado… Es que en esta vida no vale solo trabajar y trabajar y trabajar. Tienes que trabajar y colocarte al lado de quien tienes que colocarte para que tu trabajo sea visible. No es solo trabajar. Tienes que ver qué sombra te interesa. Estoy seguro de que Perico siempre ha tenido clara esta sombra.
Ahora usted quiere ilustrar poemas de Joan Brossa…
Hago Joan Brossa porque estuve mirando entre poetas y…
Después de Estellés le ha entrado el gusanillo…
Sí. [Ríe]. No será algo tan grande como el libro de Estellés, de 200 páginas. Tendrá unas 60, no llega. Brossa tiene un punto surrealista, un punto abstracto… Será muy bonito. Cuando hay poesía y hay abstracción, eso me da muchas alas para poder construir mis pinturas.
Joan Brossa no era solo poeta. Era también artista plástico. Muy diferente de usted. Puede que no le gustara esto que le hará.
¡Ya veremos!
No, ya veremos, no, porque él no podrá verlo.
Cuando lo vea terminado… Yo lo pienso, en eso. Lo pensaré mientras trabaje. Pensaré en Brossa, aunque no lo conocí. Tengo gente cerca que lo conoció y les preguntaré. Les enseñaré pruebas y les pediré qué piensan.
Lo engañarán seguro.
[Ríe]. ¡Seguro!
¿Y después, qué?
De Brossa haré dos o tres. Libros pequeñitos. Después… después continuaré pintando. Ahora, en lugar de estos saltadores que saltan a la vida, estoy preparando unos corredores que corren por la vida. La gente cuando corre, cuando los ves correr por la calle, a la orilla del mar o en la montaña, cuando hacen deporte y corren, este acto individual creo que es de pensamiento. Piensan en sus cosas. Es positivo que piensen…
[Río]. Ya era hora de que alguien se dedicara…
[Ríe]. Exacto. En algún momento están pensando. Eso ya me vale. Además, correr se ha hecho muy popular en los últimos años. A veces corren en grupo, a veces solos… Me interesan mucho estos cielos solos donde hay una figura que corre, sea hombre o mujer. Volvemos a lo que me interesa: cuando el ser humano para para pensar. Qué hace, qué vive, qué sensaciones, qué situación. Empezaré eso de cara a octubre. Ahora estoy preparando los libros de Brossa, más un par de cosas que quiero terminar. También me llevo unos blocs de viaje para pintar y hacer apuntes por donde voy. Una caja de acuarelas, unos lápices… El año pasado fuimos por ahí con la familia, olvidé los pinceles y daba color con los dedos…

En el arte, para expresar sentimientos profundos, ¿no hace falta sufrir un poco? No lo veo muy sufridor…
Eso siempre me lo decía un amigo: “¡Ostras, Dani, tienes que sufrir más, eh!”. No hace falta. Cada uno puede pintar desde su interior. Una cosa es la imagen que das y luego está tu mundo interior, que suele ser muy profundo. Al menos es así en mi caso. Si no, no podría hacer lo que hago. Cuando pinto un paisaje con una persona que esquía o esa mujer que juega al billar y es un trazo de una figura femenina a punto de tirar la bola, eso no es estética, no es una clase de dibujo. Hablo de feminismo, de calma, de pensamiento… Estas figuras antiguas que observan el paisaje del cielo, también. O una bailarina que hace un espagat de esos y salta. Cuando hago eso, aparte de la estética, hablo de cómo es de dura la soledad del deportista. No de los futbolistas que se ganan muy bien la vida, sino de las bailarinas o los bailarines que en una época de su vida no ganan lo que deberían ganar. Todo este punto de crear, de ser, de estar. Siempre hay un mensaje detrás. Y ese mensaje sale de mi interior, de mi pensamiento. No es solo estética. Hay mucho más.
¿Quiere mejorar el mundo con su pintura?
Me haría muy feliz.
¿Eso es posible?
Si hago razonar a la gente y se lo pasa bien y luego acaban comprando el cuadro, lo cuelgan y los relaja, cosa que más de uno me ha dicho que le pasa, ya me hace feliz. No hace falta ser el más grande de todos. No hace falta poner el listón muy alto. Pon el listoncito a tu nivel y sigue haciendo, sigue haciendo, sigue haciendo… El gota a gota es lo que vale, creo yo. Ya tenemos una edad para saberlo, ¿no, Vicent?

