“Los pueblos americanos / de los Estados Unidos / con todos nuestros bandidos / hicieron sus ciudadanos; / y el presidio hecho nación / que al Dios Dólar rinde culto, / disfrazó tras el insulto / la codicia del ladrón”. Si preguntáramos a alguien cuándo han sido escritos y publicados en una revista satírica estos versos, probablemente no nos diría que son de hoy mismo. Primero, porque ahora no hay revistas satíricas. Pero también porque en el estilo y el vocabulario se adivina cierta edad, una moda antigua. En cambio, en los conceptos y en algunas palabras, el lector actual de estos versos vería semejanzas con ideas y adjetivos que sí pertenecen a la actualidad. Esta idea de los Estados Unidos como un país de naturaleza criminal, el presidio hecho nación, ha aparecido incluso en declaraciones actuales, en el marco de la guerra en Irán, de exministros españoles de la actual mayoría de gobierno en España: “Cuando se le permite a un país criminal, como es EEUU, que secuestre a un presidente, que bombardee ilegalmente países, estamos todos en peligro». Y la idea de que los Estados Unidos se mueven solo por el dinero –que al Dios Dólar rinde culto– y que nunca se les debe atribuir ninguna iniciativa generosa, equivocada o no, movida por ideales nobles también es recurrente en la actualidad y la encontraríamos ampliamente expresada.
Ciertamente, vivimos actualmente dentro de una retórica profundamente hostil a los Estados Unidos, dentro del estado español, que ha sido adoptada incluso por el gobierno español y las fuerzas políticas que lo componen. ¿Es una reacción a la elección como presidente de Donald Trump y a las políticas y declaraciones extraordinariamente agresivas que ha impulsado? En parte seguramente sí, porque Trump da muchos motivos particulares. Pero si buscamos en las hemerotecas esta retórica antiamericana no nace hace unos cuantos meses, sino que la encontramos presente en conflictos anteriores, sobre todo referentes a América Latina, también en las guerras del Golfo, y bajo presidencias de los Estados Unidos de todos colores, demócratas y republicanas, desde Nixon a Obama, pasando por Bush o por Carter. O incluso por Kennedy. El desprecio por un «imperialismo yanqui» –la expresión vuelve a estar en boca de dirigentes políticos españoles actuales- que se considera siempre cínico y economicista, basado en la fuerza bruta al servicio de los intereses económicos, es una constante en una parte importante del discurso público español, más que en cualquier otro lugar de Europa occidental o al menos con menos contrapesos, desde mucho antes de las actuales crisis, tan dolorosas y graves.
¿De dónde viene esta retórica, que no es de hoy? ¿Cuándo nace y desde dónde? Tendemos a atribuirla en buena parte a la época de la guerra fría, de los dos bloques, con la guerra de Vietnam y la crisis cubana como escenarios principales. Ponerse bajo el paraguas ideológico de uno de los bloques conllevaba automáticamente hablar mal del otro. Pero es posible que en el caso español esta retórica antiamericana, que ciertamente revive y se alimenta con la guerra fría, tenga un origen anterior. Y por eso unos versos que nos suenan, por el estilo, como suficientemente antiguos, como los que citábamos al principio, nos pueden parecer actuales en el concepto, porque son de la época en que se genera el fundamento de esta retórica que en diferentes mutaciones ha sobrevivido hasta ahora. Quiero decir que en la retórica anti-norteamericana que está tomando en el ámbito español hay el impacto de la actualidad, hay la herencia de la guerra fría, pero hay también una raíz en la reacción del nacionalismo español ante la guerra hispano-norteamericana del año 1898. Lo que conocemos como la guerra de Cuba, pero que de hecho –en aquella fase- es una guerra en Cuba, entre España y los Estados Unidos. Que todos saben cómo terminó. En lo que se llamó el desastre del 98.
España y los Estados Unidos, dos mundos opuestos
Aquellos versos con que se abría este artículo fueron publicados el 28 de mayo del año 1898 por Leopoldo Cano en la revista satírica El motín. Son los primeros de un poema más largo del mismo estilo, cargado de invectivas contra los Estados Unidos, algunas más indirectas contra el mundo anglosajón en general, y de elogios a Francia y a España. Leopoldo Cano fue un militar español, general del ejército, que también hacía a ratos de poeta y dramaturgo y que llegó a ser miembro de la Real Academia Española de la Lengua, supongo que no precisamente por este poema. Y la revista El motín era de tendencia más bien republicana y anticlerical. En el momento que se publicó, los Estados Unidos llevaban un mes de haber declarado oficialmente la guerra a España, después del incidente del Maine, a mediados de febrero de ese mismo año. La guerra terminaría formalmente muy pronto con una absoluta derrota militar española y con un tratado de paz con los Estados Unidos firmado en el mes de diciembre por el cual España renunciaba a Cuba y cedía a los Estados Unidos las Filipinas, Puerto Rico y la isla de Guam, poniendo fin a su imperio colonial transatlántico.
Estos versos de Leopoldo Cano no son una expresión aislada, sino un ejemplo de toda una retórica contra los Estados Unidos que el nacionalismo español había puesto en marcha ya antes de la guerra, que exultó con llamadas bélicas durante el conflicto y que acogió el resentimiento por la derrota cuando terminó. El alcance y la amplitud de esta reacción retórica fue extraordinaria. Desde las llamadas entusiastas a entrar en guerra con los Estados Unidos y la convicción en una victoria militar que quienes tenían la información necesaria ya sabían imposible, hasta las lamentaciones porque con aquella guerra terminaba un imperio español nacido de unos fundamentos ideológicos del pasado que habían sido derrotados y nacía un imperio nuevo, el yanqui, sobre unos fundamentos que auguraban otro futuro: “El año desaparece (1898) / y al extinguirse pregona / que este globo pertenece / a la raza anglosajona. / (…) Para despojar a España, / maltratada por la suerte, / una nación rica y fuerte / se amparó en la Gran Bretaña. / Si a alguien le choca o le extraña, / de poco se maravilla: / hay una razón sencilla / para unirse tantos cacos / y es que todos los atracos / suelen hacerse en cuadrilla”.
A lo largo del siglo XIX España había ido perdiendo todo su inmenso imperio colonial. No eran pérdidas menores: de ellas nacerían Argentina, Chile, México, Perú, Colombia… Y a pesar de ello, ninguna de estas pérdidas coloniales tiene la perduración en la memoria y el impacto emocional de la guerra de Cuba y la pérdida de Cuba y Filipinas. ¿Porque era lo último que quedaba? ¿Porque era lo más valioso? Lo era de alguna manera. Y los intereses particulares españoles e incluso la emigración se mantuvieron en Cuba después de la guerra. Pero hay una diferencia esencial y absoluta. La mayor parte de las guerras coloniales en las que España es derrotada serían, en un sentido ideológico, guerras civiles: guerras entre la metrópoli y los hijos de la metrópoli convertidos en propietarios de las colonias. La Constitución de Cádiz decía que la nación española estaba formada por “la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”. Las guerras coloniales del XIX, incluida la guerra de Cuba propiamente dicha, eran guerras, por tanto, entre españoles según la definición constitucional. Son guerras entre los peninsulares y los criollos, pero todos de la misma matriz ideológica (contrarreformista), con la misma lengua, con la misma mirada al mundo, aunque se lo miren desde lugares diferentes. Pero la guerra de 1898 es otra cosa. Es entre España y los Estados Unidos. Es una guerra con el otro, no con tus propios hijos que quieren emanciparse. Y eso permite la operación central de la retórica antiamericana del 98: decir que España y los Estados Unidos representan dos maneras antagónicas de ver el mundo, dos sistemas de valores contrapuestos. Los de un imperio que desaparece y el de un nuevo imperio que nace, sobre bases diferentes. Las bases de la modernidad. Protestante, además. Los Estados Unidos representarían entonces los defectos y los pecados del mundo moderno, de la modernidad occidental, mientras que España representaría los viejos buenos valores contrarreformistas del honor, la religión, el valor. El honor contra el dinero. El dinero contra el honor. Españoles contra anglosajones.

Otro poema de aquellos momentos, destinado a empujar la opinión pública a la guerra contra los Estados Unidos, presenta este conflicto militar como el choque entre “un pueblo de soldados caballeros” y “una turba vil de mercaderes”. Por eso dice que España debe ir “al combate resuelta” porque “más vale morir con honra que vivir sin ella”. Otro, en Nuevo Mundo, el 27 de abril, cuando la declaración de guerra, clama por boca de Leopoldo López de Saavedra: “Guerra a la turba mercenaria, inquieta, / que si algún senador se lo propone, / en su bolsín cotizará el planeta / y hará la guerra a Dios, si Dios se opone. / Guerra a los matarifes, solo atentos / a hacer su flota y a cobrar su flete, / y que de historia y de poder sedientos / creen que la humanidad es su juguete”. Los Estados Unidos son siempre esto: mercantilismo, economía, obsesión por el dinero, falta de honor y de tradición, de Dios y de bandera. Codicia y prepotencia, fundamentada en su superioridad económica y tecnológica. España es todo lo contrario, es el honor, es el desprecio de la economía, de la vida y el bienestar, será el Viva la muerte si es necesario, porque Dios está de su lado. Por eso se debe ir a la guerra, porque “Mañana / sabrá por fin la plebe americana / que no ha muerto la raza de Castilla”. Y si los barcos americanos son superiores técnicamente, no importa, porque “más vale honra sin barcos que barcos sin honra”. España tiene el honor y el valor de la raza de Castilla. Los Estados solo tienen –solo- los dólares y los barcos.
Odio a los Estados Unidos y a lo que representan
“¡Guerra al infame yankée! ¿Muera, muera / ese pueblo de ayer, pueblo de un día, / sin Dios, sin unidad y sin bandera” ¡Muera ese monstruo lleno de falsía, / tan ambicioso, que capaz sería / de vender el honor… si lo tuviera”. Así lo proclama, evangélicamente la revista España cristiana el 7 de mayo de 1898, en plena guerra, en un soneto titulado Mueran los yankees. Para alabar la España imperial y contrarreformista de Felipe II, que está a punto de caer derrotada, el nacionalismo español de todos los signos ideológicos lo contrapone a la modernidad vencedora, rica, científicamente avanzada, protestante y sobre todo codiciosa como lo son los mercaderes. Eso son los Estados Unidos, y por eso deben morir. Y es odioso todo lo que se le asemeja, todo lo que respira esos valores de la modernidad. Inglaterra, la pérfida Albión, por supuesto: “Caerás, Albión! (…) y tu memoria / mancha será en la Historia, mancha será para el linaje humano, que al mundo envileciste / y envileciendo al mundo también fuiste / vil esclava del oro, ¡tu tirano!”. Albión ha engendrado la modernidad basada en la economía, en el dinero, en la tiranía del oro, y eso se contagia. La retórica antiamericana es una retórica contra los mercaderes, contra los que piensan en comprar y vender, en fabricar, porque hay cosas que “ni se compran ni se venden”. Y, por tanto, esta retórica contra la modernidad, que toma forma en la guerra contra los Estados Unidos, terminará usándose contra cualquier «turba vil de mercaderes” desde los valores de los “soldados caballeros”. Contra americanos, contra ingleses, contra judíos o contra catalanes.
La retórica propagandística antiamericana nace sobre todo de los sectores más conservadores, o más reaccionarios, del nacionalismo español, pero termina empapándolo todo. Tiene por fondo una confrontación ideológica, una defensa de los viejos valores contrarreformistas, del Ancien Régime, pero acaba saltando por encima de los argumentos y convirtiéndose en una pura expresión de odio. La Provincias escribe sobre y contra la bandera de los Estados Unidos: “¡Escribo por despreciarte / y ansioso de destruirte! / ¿(…) Te odio con el alma entera! / ¡Parodia vil y rastrera / de las barras de Aragón!”. Se hace burla y sarcasmo del presidente de los Estados Unidos, William McKinley, proteccionista, expansionista, partidario de los aranceles, que es caricaturizado como un carnicero. Escribe La Coruña Católica “¿Qué extraño es que Mac-Kinley / cometa mil groserías? / Nunca un tratante de puercos / hará más que porquerías”. Pero al final, cuando rascas, siempre sale la contraposición: el dinero contra el valor, el lucro contra el honor, el de ahora contra el de antes, el americano contra el español. “Buscad el lucro que soñó en mal hora / vuestra perfidia sin igual ¡Bandidos!; / fingid amparo a Cuba que os ve ahora / en sus explotadores convertidos. / Mas sabed que a la lucha, sin demora, / se aprestan los valientes dedicidos. / Hijos de España son que, temerarios, / han de acabar con vuestros mercenarios”, escribe El latigazo.

Pero esto termina como el rosario de la aurora. El «león hispano” –que, a pesar de estar dormido, debería haberse despertado con la provocación yanqui– pierde ostentosamente la guerra contra el Tocino vestido con copalta y chaqueta de millonario, a quien cuando lo pinchan no le sale sangre, sino dólares (así los dibujan en la prensa satírica). La opinión pública española, enardecida por la retórica antiamericana, cae en una profunda depresión. Será el espíritu del 98, convertido en el año del Desastre. La “España sin pulso” de Francisco Silvela. Y una parte de esta opinión pública tiene la sospecha de que sus gobernantes, sus dirigentes, que han puesto en marcha esta retórica reaccionaria antiamericana, ya sabían que esto no podía terminar bien de ninguna manera, que tendría consecuencias muy negativas para la misma España, pero que habían preferido el populismo y el halago a la sentimentalidad nacionalista que la verdad y la responsabilidad. En un enfrentamiento con los Estados Unidos, España solo podía perder. Sacar pecho, hacer el galleta, solo podía llevar al desastre. La opinión pública se siente perdida y engañada, traicionada. Pero persiste por debajo la retórica antiamericana, ya no para ir al combate, sino para expresar el resentimiento contra quien les ha despertado del sueño. “Quedó el horrendo crimen consumado; / cedió el derecho sobre la fuerza, mudo; / no nos sirvió de escudo / nuestro valor heroico y resignado”, escribe El Cardo.
Para el nacionalismo español, la derrota ante los Estados Unidos es la prueba de que los tiempos han cambiado. Llega ahora con los americanos el tiempo de la fuerza (como si el imperio español se hubiera construido sin invasiones, solo con palabras) y se acaba el tiempo del derecho (que debe ser el justo derecho de conquista). “No hay modo; esa gran República (los Estados Unidos), / grande tal vez por lo bestia, / lo salvaje, lo indecente, / lo ladrona y sin vergüenza, / no reconoce el derecho / que escarnece y atropella / y nos roba indignamente,/ prevalida de su fuerza”. Lo escribe, irado, otra vez El cardo en noviembre de 1898, deseando al presidente de los Estados Unidos que coja un cáncer, que todos los yanquis se mueran de peste o de lepra y que los generales americanos tengan toda clase de enfermedades dolorosas. Esta maldición contra los americanos, este desprecio profundo, deja una huella. No se apaga en un día. Renace actualizada cada vez que conviene. Pero con argumentos de fondo muy similares. Y a menudo con las mismas ideas y las mismas palabras. Tal vez porque España, a diferencia de otros países europeos, no tiene en su territorio cementerios de guerra de los soldados americanos muertos. Pero en cualquier caso esta incomodidad respecto a la modernidad occidental, este aislacionismo ante el presente, marcará la dramática historia del siglo XX español.
Maragall y la respuesta catalana
Durante el tiempo de la guerra, y tanto la que enfrentó a España con el ejército mambí independentista como la que la enfrentó a los Estados Unidos, la opinión pública catalana, en su mayoría, no se diferenció mucho de la española. Ciertamente, un catalanismo cívico, minoritario, había manifestado su escepticismo ante la política cubana del gobierno español y proponía solucionar el problema cubano con una mayor autonomía. Y también se puede adivinar en la retórica en catalán sobre la guerra un cierto distanciamiento irónico, con mucha menos carga dramática de la que planteaba la retórica antiamericana en castellano. En La campana de Gràcia, después de la voladura del Maine, que los americanos atribuían a los españoles y los españoles a los americanos, y que fue uno de los desencadenantes de la guerra, se plantea irónicamente que lo que ahora tocaría sería una indemnización, no una guerra, con una caricatura de los americanos como gente ingenua e interesada: “Lo que ahora correspondería / mirándolo sin pasión / es que ustedes nos dieran / alguna indemnización. / ¿No piden ustedes siempre / que les toquen solo un dedo, / o les inquieten al dentista / o les nieguen las buenas noches?”. Y la misma Campana de Gràcia, cuando ya se ha perdido la guerra de Cuba, responde –en otro poema humorístico- con un sarcástico “no era para tanto”: “No, no, aquí / no la sentimos, la ruptura. / Al contrario: lo que sentimos / es haber sido tan mansos / de no romper antes. Cuántos miles / o millones de reales tendríamos / que a estas alturas no tenemos. / Cuántas vidas rescatadas! Cuántos disgustos suprimidos!”. Con una tintura diferente, pero en buena parte dentro de la misma retórica. Que dejó también, ciertamente, su poso: aún los catalanes, en una habanera moderna sobre la guerra de Cuba –una guerra colonial contra el independentismo cubano, en el que participaban muchos catalanes de Cuba, y que desemboca en el conflicto con los Estados Unidos- acabamos cantando a pleno pulmón “Tingueren la culpa els americans”!

Pero la respuesta seria a la retórica de guerra la da sobre todo Joan Maragall en su Oda a España, publicada el mismo año 1998, con la guerra perdida. Como lo será también, en otro sentido, L’hèroe de Santiago Rusiñol. Maragall -como Rusiñol- no contradice los ataques a los Estados Unidos. Pero en aquella dialéctica entre el “pueblo de soldados caballeros” y la “turba vil de mercaderes” sí contradice los valores sobre los cuales ha construido su retórica el nacionalismo español, tal vez porque en el fondo la sociedad catalana de finales del siglo XIX se identifica más con los mercaderes modernos que con los antiguos soldados caballeros. “Te han hablado demasiado de los saguntinos / y de los que por la patria mueren”. Y continúa: “Yo quiero hablarte de otro modo. / ¿Por qué derramar la sangre inútil? / Dentro de las venas es vida la sangre, vida para los de ahora y para los que vendrán, derramada está muerta”. La respuesta es inequívoca: “Demasiado pensabas en tu honor / y demasiado poco en tu vivir”. Viniendo de aquello de los barcos sin honra, el posicionamiento de Maragall desde Cataluña en la dialéctica que propone el nacionalismo español en la confrontación con los Estados Unidos es inequívoco. Y su rechazo, radical: “¿Dónde estás, España? No te veo en ningún lado. / ¿No sientes mi voz atronadora? / ¿No entiendes esta lengua que te habla entre peligros? / ¿Has desaprendido a entender a tus hijos? / Adiós, España!”.
En la vida catalana, la reacción a la retórica, fundamentalmente antiamericana y nostálgica, que había puesto en circulación de una manera tan amplia y presente el nacionalismo español, fue de rechazo. Un rechazo que se encarnó poéticamente en este «Adiós, España» de Maragall y políticamente con la emergencia del catalanismo político, que, en palabras de Josep Pla, dejó de ser un movimiento excéntrico y algo pintoresco en la sociedad catalana para ser un movimiento masivo que llenaba las plazas, que estallaría con la generación de 1901 y que pondría los cimientos, en su momento, de la Solidaridad Catalana.

