En una tierra devastada por el cambio climático, una tierra sin alma, casi postapocalíptica, una joven musicóloga busca a un viejo y celebrado compositor desaparecido. Este es el punto de partida del escritor y creador audiovisual Jordi Lara (Vic, 1968) en su última obra, El gat i les estrelles, editada por Proa. En esta «fábula visionaria», tal como la definen desde la editorial, el escritor dibuja con gracia un mundo en el que un grupo de artistas se ha exiliado para huir de una sociedad que no ha sabido cuidar la naturaleza, y aún menos el arte. En este reducto artístico, anárquico, sin espíritu gremial, se encuentra un viejo compositor muy exitoso que ha acabado huyendo de la sociedad global al ver una gran pérdida de respeto por el arte. Desde este oasis artístico, aunque lo define como un vertedero lleno de personas, Jordi Lara se adentra en una profunda reflexión sobre el sentido del arte y su importancia para la vida.
Con un lenguaje comprensible y muy trabajado, Lara crea un imaginario simbólico que acompaña con las ilustraciones de Paula Bonet (Vila-real, 1980), escritora y pintora contemporánea. Unas ilustraciones que ayudan, aún más, a adentrarse en esta tierra devastada y «crear paisajes anímicos» sujetos a interpretación, diferentes para cada lector. El cromatismo de las pinturas, de tonos azulados y verdosos apagados, también permite al lector imaginarse este mundo postapocalíptico en el que faltan los recursos naturales más básicos, como el agua o la gasolina. Un mundo que puede recordar algunos clásicos del cine, como Mad Max, aunque el escritor no tuviera referentes pensados al comenzar a escribir el libro: «Yo tenía un mensaje y una pregunta. La imagen era la de un viejo artista caminando solo por el desierto, y la pregunta genérica que había detrás es: ¿cuál es el papel del arte en nuestra sociedad? Un arte profundamente comprometido con la condición humana», explica.
Jordi Lara recibe a El Món en la sala de ensayo del Orfeó Català, en el Palau de la Música, minutos antes de la presentación del libro. Una presentación bastante atípica, en la que el escritor ha presentado su última fábula ante sus lectores más fieles, con la música de piano de Bach como hilo conductor. Con el calor de los espectadores, Lara reflexiona, como hacen sus personajes, sobre el arte que te hace pensar: «El arte que te ayuda a explorarte un poquito a ti mismo. Y lo que más me interesa del libro, a reflexionar sobre lo que define la condición humana», relata. Un arte que va más allá del entretenimiento y del ruido capitalista en el que viven algunos artistas, empujados a crear constantemente. Un arte que se hace preguntas y no alecciona con las respuestas, como advierte que sí sucede en algunas ficciones. Para Lara, este es el espíritu de la literatura: «La tarea de la literatura es hacer que el lector se haga preguntas», argumenta.

Un viaje físico y reflexivo
La historia se centra en el viaje de la joven musicóloga, que es quien narra la obra -y no conocemos ni su nombre-, y el «celebrado» compositor, bautizado como Santos Haddouche, por los polígonos industriales y carreteras desoladas de este mundo futurista, de esencia postapocalíptica. Un viaje en el que ambos personajes se adentran en una reflexión sobre hacia dónde va el arte, y sobre si quien es artista puede dejar de serlo en algún momento, aunque ya no quiera continuar creando. De hecho, el objetivo final de la aventura por los caminos devastados es «retornar al ser humano la incierta dignidad de un último acto artístico». Porque, como bien escribe Lara, «el arte es simplemente la purga del pecado original de la conciencia». Y más en el contexto autoritario que sitúa la fábula, donde «pensar diferente es pensar en contra».
Jordi Lara cree que la vida no se puede entender sin el arte. Y menos ahora. «Yo quería hablar de qué puede aportar el arte a esta nueva humanidad, en la que nos tenemos que reinventar como humanos. Por eso, situarlo en un futuro me permitía plantear las consecuencias [de esta nueva humanidad]«, comenta el escritor vigatano, que hace referencia a la irrupción con fuerza de la inteligencia artificial. «Nos dicen que dentro de unos años la inteligencia artificial será más inteligente que el humano más inteligente [ríe]. Entonces, ¿dónde quedamos los humanos?», añade. También hace referencia al auge de los discursos reaccionarios de extrema derecha, que, desde el punto de vista del autor, quieren imponer una cultura «sin espíritu crítico», de la «mentira», del «pensamiento único». Una cultura vacía. Ante este escenario desolador, el escritor vigatano sitúa la importancia del arte como eje fundamental para salvar la humanidad: «El arte es un terreno en el cual, indefectiblemente, nos definimos como humanos respecto a otras especies y otras materias. Si nos queremos redefinir como humanos, lo tenemos que hacer a través del arte», defiende con firmeza Lara.

La importancia del Palau de la Música
La música es uno de los elementos más primordiales del libro, tal como el mismo Lara destacó durante toda la presentación. Es el antiguo oficio de Santos Haddouche, y también es el motivo por el cual la joven narradora va a buscarlo al exilio. También es la luz en los momentos de más oscuridad, y es el eje troncal que vertebra la reflexión sobre el sentido del arte. Esta inspiración musical viene, en parte, dada gracias al Palau de la Música, donde Jordi Lara ha sido escritor residente durante todo este año. Desde la dirección artística del Palau, como a cada escritor residente con quien colaboran, le encargaron la elaboración de un cuento. Jordi Lara se lo tomó al pie de la letra. Incluso, un poco demasiado, porque el cuento terminó extendiéndose más de lo previsto. Aún así, el mismo escritor lo sigue definiendo como un cuento. De aquí nace ‘El gat i les estrelles’.
Teniendo en cuenta que el encargo había sobrepasado los márgenes previstos, a la creación de la fábula se sumó también la editorial Proa, con quien recientemente ha comenzado a trabajar Lara. Aquí es donde Paula Bonet también se unió al proyecto: «Esto fue una propuesta de Josep Lluch [editor de Proa] que vio que era un cuento -me gusta llamarlo cuento- muy visual, cinematográfico. De alguna manera, tenía ganas de hacer visible aquello que el lector se va construyendo mientras lee a través de la mirada de una artista contemporánea», relata el escritor vigatano. El resultado es una obra coral, en la que la pintura y la palabra se entrelazan para hacer que el lector reflexione sobre el sentido del arte. Y más, en un contexto autoritario, en el que el pensamiento único prevalece por encima de todo.


