Hay una escena que seguro conoces. Es esa imagen del adulto que, en un juego de mesa, con niños pequeños, no puede perder. De ninguna manera. Celebra la victoria como si fuera una final olímpica y, si pierde, su humor se derrumba durante horas. Nos incomoda, nos sorprende y, a menudo, lo tildamos de «competitivo». Pero la psicología dice que estamos completamente equivocados.
Este impulso obsesivo, que va mucho más allá de la simple pasión por el juego, esconde una verdad mucho más profunda. No es competencia sana, ni ganas de ganar. Es una alerta, una señal que nuestro subconsciente nos envía, llamando nuestra atención sobre una posible baja autoestima.
Sí, lo has leído bien. Los expertos son claros: si necesitas ganar siempre, incluso contra un niño de seis años, es probable que tu seguridad interna esté más dañada de lo que crees. Esta condición tiene un nombre: hipercompetitividad, y es un secreto que la psicología ha destapado con datos crudos.
La psicología no confunde la ambición saludable con esta urgencia de vencer a cualquier precio. La competitividad sana nos impulsa a esforzarnos, a disfrutar del reto y a mejorar. Es un motor. Pero la hipercompetitividad es una necesidad casi obsesiva de ganar, sin importar el rival ni el contexto. (Incluso si el contrincante apenas entiende las reglas.)
Cuando ganar no es un juego, es una necesidad
Esta revelación no es nueva. El psicólogo Richard Ryckman y su equipo fueron pioneros. Ya en 1990, desarrollaron la primera escala científica para medir este rasgo de la personalidad. Su trabajo se inspiró en la teoría de la neurosis de la psicoanalista Karen Horney, que ya hablaba de la gente que necesita ganar a toda costa para mantener su autoestima.
Es decir, si necesitamos ganar, probablemente es porque nuestra autoestima es baja. Esta hipercompetitividad está ligada a una autoestima inestable, que sube y baja según el resultado de cada partida, de cada discusión, de cada pequeño enfrentamiento diario.
La victoria aporta un chute momentáneo de validación externa que no dura. Hay que buscar la siguiente para sentirse bien de nuevo. Tu paz interior depende del marcador, no de una seguridad interna estable. Es una cadena de dopamina que puede ser fatal a largo plazo.
Ganar a un niño en un juego de mesa, en este sentido, funciona como cualquier otra victoria. Aporta un impulso de validación externa que es muy, muy breve. Por eso, la persona necesita buscar la siguiente victoria rápidamente para sentirse bien de nuevo. Es un círculo peligroso, una autoestima que depende del resultado y no de una seguridad interna sólida.
Las raíces del problema: una mirada a la infancia
Este patrón no surge de la nada en la edad adulta. Un estudio clave publicado en la revista Personality and Individual Differences en 2019 rastreó el origen de la hipercompetitividad hasta la infancia. Los resultados son reveladores y, incluso, contradictorios a primera vista.
Factores como una disciplina parental excesivamente dura, o bien, una sobreprotección materna intensa, están asociados con un mayor desarrollo de este rasgo en la vida adulta. En ambos casos, el niño crece con la sensación de que su valor depende de un factor externo: cumplir ciertas expectativas o destacar por encima de los demás. Esta idea se traslada después a cualquier situación que se pueda interpretar como una competición, por pequeña que sea. (Una solución para los padres: el equilibrio es la clave).
Más allá del juego: las consecuencias ocultas
Las consecuencias de este patrón van mucho más allá de resultar «pesado» en una cena familiar o una reunión de amigos. La misma investigación de Ryckman y estudios posteriores han encontrado relaciones preocupantes entre la hipercompetitividad y otros rasgos de la personalidad.
Hablamos de narcisismo y niveles más altos de neuroticismo. También hay una mayor tendencia a la hostilidad y a la agresividad verbal cuando las cosas no salen como se espera. No es casualidad que estas personas muestren una menor necesidad de conexión genuina con los demás, sustituida por un deseo insaciable de admiración y reconocimiento constante.
Reconocer este rasgo, tanto en nosotras mismas como en alguien de nuestro entorno, no sirve para juzgar. Sirve para entender qué hay detrás de una actitud que, a primera vista, parece solo un exceso de espíritu competitivo. Porque detrás de la necesidad urgente de ganar una partida a un niño, a menudo se esconde algo mucho más frágil que el simple deseo de divertirse jugando. La sensación de que, si no se gana, el propio valor como persona queda en entredicho. Y eso, amiga mía, es un problema real.
Ahora que conoces este secreto de la psicología, ¿qué harás la próxima vez que veas esta escena? O, más importante aún, si la reconoces en ti misma, ¿qué cambiarás?