Cuando el 17 de enero de 2010 el entonces presidente de la Generalitat José Montilla inauguró el aeropuerto de Lleida-Alguaire, culminaba un proyecto que había estado en los despachos de tres gobiernos y dos etapas políticas. La idea había comenzado a tomar forma durante los últimos ejecutivos de Jordi Pujol, con la voluntad de dotar a Cataluña del primer aeropuerto de titularidad íntegramente catalana y fomentar el desarrollo económico de las Tierras de Lleida. Con la llegada del primer tripartito, el consejero de Política Territorial, Joaquim Nadal, convirtió aquella idea en una prioridad política: desbloqueó su tramitación, impulsó las obras, iniciadas en 2007, y defendió el aeropuerto como una infraestructura estratégica para captar turismo hacia el Pirineo, dinamizar Ponent y reducir la dependencia de la red española de Aena. La realidad, sin embargo, fue muy diferente.
Con una inversión pública de unos 95 millones de euros, Alguaire entró en funcionamiento en plena crisis financiera y nunca logró consolidar una red estable de vuelos comerciales regulares. Las compañías abrían y cerraban rutas en pocos meses, los pasajeros quedaban muy por debajo de las previsiones y el aeropuerto se convirtió durante años en uno de los ejemplos más recurrentes del debate sobre las grandes infraestructuras impulsadas antes de la crisis de 2008. La etiqueta de aeropuerto fantasma -como por ejemplo, el de Castellón- lo persiguió durante muchos años.
Más pasajeros, pero otro rumbo
Los últimos datos facilitados por la Generalitat dibujan un escenario diferente. En 2025, Lleida-Alguaire registró 42.207 operaciones, la cifra más alta de su historia, y 53.848 pasajeros, el mejor resultado de los últimos cinco años y el tercero más elevado desde la inauguración. Pero este repunte no significa un retorno al modelo con el que nació el aeropuerto. Más bien, confirma la transformación de una infraestructura que ha dejado de depender de los vuelos comerciales regulares para convertirse en un centro especializado de aeronáutica e industria aeroespacial.

Del turismo de esquí a un ecosistema aeronáutico
Al fin y al cabo, la Generalitat asumió que competir con los grandes aeropuertos comerciales era prácticamente imposible y optó por reinventar Alguaire. Hoy, buena parte de la actividad gira en torno al mantenimiento y estacionamiento de aeronaves, el desguace y reciclaje de aviones, la formación de pilotos, los vuelos de prueba, las operaciones con drones y los proyectos vinculados al sector aeroespacial y al NewSpace.
El aumento de pasajeros de los últimos meses responde, en buena parte, a la consolidación de las rutas estacionales con las Islas Baleares, los vuelos chárter internacionales y otras operativas puntuales. Y en paralelo, el aeropuerto continúa ampliando la actividad industrial con empresas de mantenimiento aeronáutico, escuelas de pilotos, estacionamiento de aeronaves y proyectos vinculados a los drones, los combustibles sostenibles y las nuevas tecnologías aplicadas a la aviación.
El último paso en esta estrategia se ha anunciado esta semana: la puesta en marcha de un vivero de empresas aeronáuticas y espaciales, impulsado por Aeroports de Catalunya y gestionado por Plug and Play Tech Center, una de las principales aceleradoras de startups del mundo. El objetivo es atraer empresas emergentes para que desarrollen sus proyectos desde Lleida-Alguaire y consolidar un ecosistema empresarial especializado alrededor de la infraestructura.
Nuevos hangares y más actividad
La transformación del aeropuerto también conlleva el desarrollo de nuevos hangares que ampliarán la capacidad de la infraestructura para acoger operaciones de mantenimiento, reparación y revisión de aeronaves, un segmento con una demanda creciente en toda Europa. Y el campus aeronáutico continúa ampliando su actividad con escuelas de pilotos y centros de formación especializados, convirtiendo Alguaire en uno de los principales focos de formación aeronáutica del Estado. Una especialización que ha salvado aquel proyecto político de caer en el fuego de las decenas de infraestructuras fantasma que se construyeron en todo el Estado, a menudo como herramientas electorales sin estudios realistas de viabilidad económica y social.

Un impacto económico que se podría duplicar
Según un estudio elaborado por el Colegio de Economistas de Cataluña por encargo de Aeroports de Catalunya con cifras de 2024, la actividad actual de la infraestructura genera 37,5 millones de euros anuales de impacto económico y cerca de 300 puestos de trabajo entre directos, indirectos e inducidos. El mismo estudio concluye que, si se cumplen las previsiones de desarrollo de los proyectos previstos durante los próximos tres años, este impacto podría llegar a los 76 millones de euros anuales, con cerca de 900 puestos de trabajo y un retorno fiscal superior a los 21 millones de euros cada año. Más del 80% de este impacto se concentra en la demarcación de Lleida. La estrategia pasa por captar empresas que necesitan grandes espacios para estacionar aeronaves, desarrollar mantenimiento especializado, probar nuevas tecnologías o impulsar la movilidad aérea avanzada, actividades difíciles de desplegar en aeropuertos saturados como el de Barcelona.
Los objetivos fundacionales, crear un aeropuerto comercial con un volumen importante de pasajeros, no se han logrado nunca, pero Lleida-Alguaire ha recalculado la ruta y puede tener una vida útil que otras grandes infraestructuras millonarias, también pensadas inicialmente con criterios más políticos que de rentabilidad económica y social, no han tenido.
