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En 1955, Joan Fuster publicaba su primer gran ensayo, un libro pequeño, El descrédito de la realidad, aún vigente, en el que intentaba explicar con un estilo ya maduro y potente el concepto de la realidad aplicado a la pintura. Del renacimiento al surrealismo. El descrédito es, también y más bien, un paseo por la historia europea de la cultura, con la realidad como eje des/vertebrador.

El libro terminaba con unas estupefacciones equilibradas: “Hoy, claro, el arte es más feo que nunca. Todo lo que podemos hacer, en consecuencia, es preguntarnos si esto podía ser de otra manera, preguntarnos si nuestro tiempo podría segregar un arte distinto al que produce, un arte bonito. Y enseguida se nos plantearía un nuevo interrogante: ¿no sería la belleza una traición, o una burla, a la inquietud, al drama, a la desesperación, que sufre el hombre contemporáneo?”.

Y remataba: “Y aunque no fuera así –aunque no sea así–, poco nos debería importar la fortuna ulterior de nuestro arte. Basta que nos ayude a vivir y a morir, que nos dé noticia de nosotros mismos y nos enseñe a comprendernos, que nos consuele y nos estimule”.

Setenta años más tarde, las preguntas se mantienen. Aún más, se han simplificado hasta extremos en aquel momento inauditos. Porque, ahora mismo, ¿qué es arte? ¿Cómo nos puede ayudar a vivir y a morir una pintura –en el caso de la pintura– que se nos ha escapado y que ya no somos capaces de comprender sin instructores –sin prescriptores– que trabajan unos cánones que no entendemos?

Más vale que hablen los que saben. Como Jordi Mayoral, director de la galería que lleva su nombre en Barcelona, donde trabaja con su hermano Eduard. Hace 38 años sus padres la abrieron y han ido incorporando nuevos valientes y valores consolidados del siglo XX. Grandes valores. Los Mayoral afirman: “Guiamos a los coleccionistas en la adquisición de obras excepcionales, desde los grandes maestros de la posguerra hasta los artistas contemporáneos que definen nuestro tiempo. Aquí no es donde las colecciones se construyen por inercia. Se forman con discernimiento”.

Este discernimiento sorprende en un presente insólito, donde las seguridades son sospechosas. Hablemos, pues, con Jordi Mayoral. En el marco de una gran exposición donde se combinan, precisamente, los nombres sagrados con la osadía de una juventud que intenta sobrevivir al drama y la desesperación fusterianos.

Es su padre, Manel Mayoral, quien crea esta galería. Pero ¿qué hacía él antes?
Mi padre nació en Verdú, un pueblo al lado de Tàrrega. Mi madre es de Tàrrega. Vinieron a Barcelona en el año 89. En aquel momento decidieron dedicarse al arte y abrieron esta sala en la calle Consell de Cent. Yo tenía siete años y recuerdo perfectamente aquel día. Fuimos a la inauguración al acabar la escuela y fue una tarde memorable. Aquello ya forma parte de la sobremesa familiar. Fue un momento muy mágico: poder inaugurar en Consell de Cent una galería. Desde entonces hasta ahora llevamos treinta y ocho años de historia.

¿Esa inclinación le venía de familia a su padre? ¿Una familia con recursos y con sensibilidad artística?
No, no, no. Mis abuelos tenían una tienda de comestibles en Verdú, un pueblo muy pequeño. Antes mi padre había abierto una galería de antigüedades en Tarragona. Allí conoció el oficio y comenzó a familiarizarse con objetos y obras de arte. A partir de aquello fue desarrollando una carrera profesional con un olfato y una intuición muy agudos. Al lado de mi madre, que es una persona muy complementaria, porque se siente muy motivada por la cultura, por los libros, por catalogar las piezas. Con una tarea más de documentación. Mi madre dio consistencia a los pasos que iban dando. Mis padres se entendieron bien y captaron qué interesaba en aquel momento. Aquello que es fundamental en cualquier negocio, también en el mundo del arte, enlazar con los gustos y las preferencias de la gente.

Mayoral no fue solo una galería de arte contemporáneo, porque sus padres pronto se sintieron muy atraídos por los grandes artistas del siglo XX. ¿Cómo entraron con tanta fuerza en este mundo?
Evolutivamente. Es un camino largo. Un camino de aciertos y errores. Más de aciertos que de errores, en el caso de mis padres.

[Sonríe]. Sí, porque, si no, ya no estarían…
Aunque a veces también nos equivocamos. El arte también tiene un punto de incertidumbre. Cuanto más contemporáneo, más incierto es. Cuanto más histórico, más certezas tenemos. Todos sabemos que Picasso ya es leyenda. Como Miró y Dalí. A medida que te vas acercando a la contemporaneidad o entras directamente en el arte contemporáneo, hay más dudas, más interrogantes, pero más expectativas y más oportunidades, también. Todo a la vez. Ellos comenzaron con pintura catalana del final del XIX y entraron también en estos grandes artistas que por suerte también tenemos aquí como patrimonio cultural. En Barcelona y en Cataluña tenemos acceso gracias a colecciones particulares. Gente que, por los factores que sea, se pueden decidir a vender. Esto posibilita este camino.

Tengo un amigo de Madrid que se dedica a otros ámbitos del arte y que me dice que viene a Barcelona a comprar y que se vuelve a Madrid a vender. Que aquí nos lo vendemos todo y que allá le compran todo.
Eso es demasiado genérico. Hay de todo. En Madrid, es cierto, se ha concentrado el mercado del arte por la presencia de Arco como gran evento a escala estatal. Arco lo concentra todo y lo centrifuga todo en una semana. Esto genera una excitación muy alta durante esos días. En Barcelona somos más silenciosos. Hay un coleccionismo no tan vistoso, pero que existe. Hay gente que vende y gente que compra. Seguro.

¿Todavía hay burguesía catalana que se siente atraída por el arte?
No sé si la definiría así. Hay gente que tiene una capacidad económica alta. Hay de dos tipos. Hay gente que tiene dinero y hay quien no tiene tanto. Hay gente que tiene y, una vez han cumplido sus necesidades más básicas, les hace ilusión comprar arte, ya sea de su tiempo o anterior. Les hace ilusión crecer ellos y ver crecer a sus hijos con aquellas obras alrededor. También hay gente que no tiene tanto dinero, pero que tienen al alcance obras más económicas. No hace falta ser millonario para comprar una buena obra de arte. Eso es una buena noticia. A veces parece que el arte es inaccesible y no lo es. Es accesible según lo que quieras comprar. Puedes vivir rodeado de arte con un presupuesto normal, alto o muy alto. Todo es factible. Debemos animar a todos para que busquen también adecuar el arte a su realidad.

En Mayoral hacen también lo que antes se llamaba marchante: descubrir artistas, promocionarlos, gestionarles exposiciones, ponerlos en contacto con coleccionistas o museos… Aquí acabo de ver obras de Jordi Alcaraz o Marria Pratts. No son artistas precisamente baratos…
El precio siempre es discutible. Y más en el arte, que tampoco es científico. Depende de la oferta y la demanda, y a veces, también de la expectativa. Y de la prudencia. Es difícil poner precio en el caso de artistas nuevos. En cualquier cultura –y en la catalana, también– siempre buscamos la novedad. Como somos una cultura viva, queremos mantenernos presentes, descubrir cuál será la nueva voz que romperá el canon y se convertirá en una nueva estrella. Eso pasa en todas partes y también aquí. A veces puede pasar que haya una expectativa que después no se cumpla y a veces también pasa que hay gente que se queda en la retaguardia y después acaban tomando impulso y se convierten en los artistas que marcan una generación. Es decir, el precio es discutible.

Pagar 50.000 o 60.000 euros por una obra de un nuevo valor es muy arriesgado para según qué economías…
Seguro. Según para qué economías es inaccesible y según para cuáles, incluso lo pueden encontrar económico. Depende de cada uno. Entonces hay que mirar el foco. Hay que abrir el foco y valorar al artista. ¿Este artista, más allá del marco catalán, tiene presencia internacional? ¿Quién lo está comprando? Ya que lo mencionabas, Jordi Alcaraz ahora hará una gran exposición en Miami. En la Margulies Collection, que es una colección muy relevante en Florida. Esto le dará una dimensión y una importancia más fuertes aún. Los precios que por aquí podrían ser altos, para una persona de Miami, no tanto. La percepción es diferente.

¿Tienen compradores de qué edades? ¿Son más gente mayor?
Anteayer vino una pareja que tenían 32 y 28 años, muy jóvenes, a comprar un cuadro de 3.000 euros. Después puede venir gente de 85 años.

¿Saben qué quieren, entienden de arte o compran sobre seguro con la intención de invertir?
Son las dos cosas. Está el deseo, una obra que les gusta. Eso también es lógico. Si no te gusta, solo como inversión, tienes muchas otras otras posibilidades. La gente que compra arte tiene una motivación diferente, honesta. Obviamente, también valoran la cuestión de la inversión. Si alguien se gasta 100.000 euros, es normal que al menos quiera proteger esa inversión. Si alguien se gasta 1.000, probablemente no tendrá esa inquietud tan alta. Cuanto más sube el precio, el grado de no querer equivocarse –al contrario, de querer acertar– aumenta también. Es normal que haya esta doble mirada.

En cada momento siempre ha habido un artista social. Pintores, más o menos asequibles, que te encuentras en las casas de mucha gente con un cierto poder adquisitivo. Josep Niebla, Navarro Vives, Antoni Vives Fierro, ahora Perico Pastor…
Nosotros lo celebramos. Es positivo que la gente compre arte. Es bueno que este milagro continúe presente, que la gente esté dispuesta a gastarse dinero en algo que no necesita, que es el arte. Es muy positivo que esto siga pasando. Como dices, hay artistas más populares, que con su lenguaje conectan con mucha gente. Bienvenidos sean estos fenómenos.

¿Qué ha pasado con Arco? En el origen se podría haber quedado en Barcelona y fue a parar a Madrid. Perdimos una oportunidad importante.
¡Seguro!

¿Quién la perdió?
La economía catalana. ¿Qué pasó? En todo caso, el quid de la cuestión es si somos capaces de organizar una feria relevante en Barcelona aún hoy, que pueda tener interés internacional y que pueda poner la ciudad en el lugar que se merece de acuerdo con la relevancia artística que tiene. Sería lógico y coherente con el bagaje que tiene la ciudad.

Pero ¿por qué se perdió Arco, que podría haber sido esta feria que demanda?
[Sonríe]. Yo era muy joven en aquella época. No lo viví en primera persona, pero supongo que alguien consideró que Arco debía ir hacia Madrid. Desconozco si aquí había un interés muy alto. Allá seguro que era así.

«Hemos intentado impulsar una feria importante, pero de momento no lo hemos logrado» /15-10-2026/Barcelona/ Anna Munujos

Y si Barcelona necesita una feria importante, ¿por qué no se reúnen ustedes, los galeristas, con la Generalitat y la empiezan a encarrilar?
Lo hemos intentado, pero no lo hemos logrado de momento. No ha habido la manera de conseguirlo. Piensa también que se necesitan actores internacionales que sean capaces de inducirlo. Ha sido el caso del Mobile World Congress en Barcelona, que tiene relevancia internacional. No basta con juntar las galerías de Barcelona o de Cataluña para hacer una gran feria. Este solo sería el punto de partida. Atraer gente de los circuitos internacionales es otra cosa. 

Los galeristas pequeños dicen que la red de ferias importantes del mundo están controladas por lobbies de galeristas locales, que bendicen o excluyen nuevos candidatos. Este lobby aquí se llama Arts Barcelona, una agrupación donde está Mayoral…
Yo no lo veo así. Los comités de las ferias, sí, son galeristas, y eso hace que muchas veces la percepción de injusticia pueda ser más elevada, pero nosotros no nacimos dentro de Arco. Entramos más tarde y ahora hace unos años que participamos. No es algo cerrado, inaccesible para según quién. Es difícil, muy difícil, entrar, porque no depende de uno mismo y cuando algo no depende de uno mismo la percepción de dificultad es mucho más alta.

¿Las galerías que ya participan en estas ferias son un obstáculo para que entren nuevas?
No lo creo. También hay secciones más jóvenes en cada feria de estas. Hay espacios en los que precisamente lo que quieren es invitar e incorporar voces más jóvenes, que son imprescindibles para que las ferias no queden como antiguas. Si siempre son las mismas galerías, eso acabaría quedando como algo muy cerrado. Yo no creo que sea así. No es un club cerrado. Es un club abierto. Ahora, si caben doscientas galerías, hay quinientas que quedan enfadadas.

¿Con el mercado local del arte que tenemos las galerías de Barcelona aguantan?
Tienen buena salud, sí. Siempre aspiramos a más, claro. Sobre todo, si nos comparamos con Nueva York, con París o con Londres… Pero esta tampoco exactamente es la realidad de la economía de la ciudad. En proporción, hay una muy buena oferta. Hay una oferta rica y diversa en varios puntos de la ciudad. La calle Trafalgar, por ejemplo, tiene de contemporáneas que están muy bien. Las clásicas también están bien. Hay buena oferta, sí.

Las galerías de arte durante el franquismo tuvieron una función social. ¿Qué función tienen ahora?
Obviamente tienen una función artística y económica. Al final no hay que olvidar que la galería facilita que haya una economía que haga viable el oficio a muchos de los artistas que hoy viven en Cataluña. Después son una puerta abierta para la gente. Todos las pueden visitar. Y eso es una función social. Quizás no con la misma dimensión que en una dictadura. En un contexto de dictadura la sociedad civil hace un papel en todas las ramas del árbol superior al que en teoría le corresponde. Pero no puede ser de otra manera. Hoy hacen una función cultural, seguro. También económica e igualmente social, porque son lugares abiertos a la gente.

¿Cuántos artistas lleva la galería Mayoral?
Entre cinco y diez.

¿Cómo los eligen?
Es una decisión difícil, porque una vez más tienes que basarte en una intuición. Es una tarea muy… diría… Tienes que reunir diferentes factores. Que haya algo que te llame del artista, que te guste, que te emocione, que te excite, que te inquiete, que pase algo fuerte dentro de ti, porque también eso es lo que tú puedes transmitir a tus clientes. No solo te tiene que gustar, debe ponerte nervioso, que te genere algo nuevo en tu cerebro. Eso para mí es el punto cero, lo indispensable. Luego, cuando pasa eso, debes valorar o saber valorar –nosotros lo hacemos, al menos– la idoneidad de la persona. Si también creemos que puede haber un buen feeling con esa persona. Puedes considerar un día que sí y después que no. No pasa nada.

Las relaciones son así. Y después debe haber también que el público lo vea como lo has visto tú. Quizás tú crees que algo puede funcionar, tienes muy buena relación con el artista y después el público no te acompaña. Puede pasar, claro que puede pasar y pasa.

¿Se pelean los artistas, entre galerías?
No es el gran tema, pero también es normal que todos –galerías, discográficas, editoriales…– quieran tener los artistas que más funcionan o que más les gustan. Eso es lógico y también es saludable. Una competencia saludable es buena. Si solo hubiera una galería y solo hubiera un artista, quizás sería muy fácil, pero sería muy aburrido.

Las principales galerías internacionales son multinacionales donde trabajan cientos de personas. ¿Cómo se puede luchar contra estos monstruos?
La mejor opción que nosotros tenemos desde Barcelona, que es de donde somos, es crear un proyecto y creer mucho en él. Un proyecto arraigado y con una voz propia y genuina. A partir de esta realidad debe tener las ramas lo más grandes posible para poder crecer y poder ir a los mejores escenarios para competir de tú a tú, no con las grandes galerías del mundo, que están en otra dimensión, pero sí con muchos otros, con los cuales compartimos ferias. No creo que haya una receta mejor que dar la mejor versión de uno mismo.

¿Cómo ha cambiado su funcionamiento internet y la era digital?
Sobre todo, en positivo. Después también hay algo negativo o dudoso. Nos da mucha más capacidad de comunicación. Con los clientes, sobre todo. Podemos hablar con ellos cada día, tener una conversación. No tenemos que esperar para ir a Miami en diciembre para poder hablar con alguien de Miami. Todo es mucho más ágil. Esto nos facilita la vida y facilita que el comercio también sea más ágil. Eso es bueno. Hay cosas, sin embargo, no tan positivas, como algunas herramientas digitales que pueden sobrecargar o exagerar la relevancia de cada cosa. Hoy hay demasiada ansiedad y eso desregula probablemente la importancia de cada historia, de cada artista.

¿Cree en el arte digital, en el criptoarte?
Sí… En cada generación, en cada movimiento artístico, cuando ha aparecido siempre ha habido dudas, incertidumbre, incluso burlas. Pero ahora estamos más cultivados todos y aquello que se criticó tanto en aquella época después ha traspasado y al final hemos acabado formando parte y nos gusta. La novedad siempre genera controversia. Pero en esta generación encriptada seguro que hay algunos nombres que quedarán y que serán importantes. Estas herramientas también nos explicarán el momento actual a través del arte.

Pero para usted el arte no es papel, tela, materiales?
Puedes serlo todo, puede ser cualquier cosa.

Un certificado NFT es frío, extraño…
Como objeto, este arte no te lo puedes colgar en las paredes de casa, como estábamos acostumbrados. Venimos de los palacios de los reyes. Esto se mantendrá y continuará vivo, pero también estamos abiertos a los artistas, que son gente visionaria y que nos adelantan las cosas. Les debemos dar margen siempre.

En todo caso, el libro electrónico no se ha impuesto y la mayoría de los artistas eligen la tela o el papel…
Es que desde niños comenzamos a dibujar en un papel. Y así continúan de momento. El mundo aún no es tan digital, pero puede pasar. Ya veremos.

«La nuestra es una colección viva, no cerrada» /15-10-2026/Barcelona/ Anna Munujos

¿Qué pasa cuando un galerista se enamora de alguna obra y puede más el peso del coleccionismo que el del negocio?
Gran dilema. Depende del galerista, depende del valor de esa obra. Depende de la economía del galerista en ese momento. Hay gente que decide guardar obra y otros que no. También hay quienes no han podido. Cada casa es un mundo.

Ustedes tienen una colección propia de la galería.
Sí.

¿Es una colección familiar, patrimonial, o es al alcance de los compradores?
Es una colección viva. No cerrada. La mentalidad de hoy es mucho más líquida que no hace una o dos generaciones atrás. Aquello de: “Esta obra siempre ha estado aquí y me moriré con esta obra en casa. No se moverá de aquí nunca más”. Eso antes era más así y hoy es menos así. Eso no excluye que alguien tome un amor incondicional por una obra que le acompañe toda la vida. Puede pasar.

Se lo diré de una manera más clara. ¿Ustedes tienen algún cuadro que no se venderían?
[Lo piensa y lo repiensa]. Es que hay una cosa anterior, una parte emotiva, el recuerdo. También interviene la posesión. El galerista se ha acostumbrado, sin embargo, a desprenderse de las obras. A entender que forman parte de su propiedad durante un momento. Quizás un año o cinco o diez. O cinco minutos. Es un proceso de aprender que esto fluya. Pero también a veces hay obras vinculadas a la memoria de la persona. “Este cuadro lo compré aquel día con mi padre o mi madre…”. Entonces no es la obra sino lo que hay detrás de la obra. La pieza es memoria. Pero creo que el galerista se ha acostumbrado –nos tenemos que acostumbrar– a que gire la rueda y que hay una pieza que nosotros hemos amado y que ahora estamos contentos de que la tengas tú durante un tiempo, porque también tú la pasarás a otra persona y así seguirá. Es un proceso de uno mismo, de entender que esto suele ir así en el mundo.

Las falsificaciones… ¿Les han colado alguna?
Lo han intentado, evidentemente, y no han conseguido que pase. [Sonríe]. Al menos que seamos conscientes. Hay muchas barreras. La primera es la barrera humana interna. Somos nosotros, que debemos velar para que esto no pase. También ser muy inflexible en esto hace que no se acerquen según qué personas que ya están acostumbradas a vivir dentro de este modus vivendi. Somos radicales en esto. No transigimos.

¿Y si hay alguna obra que les haga dudar?
Entonces normalmente hay unos comités para cada artista. La familia, habitualmente. Él mismo si está vivo. O los sucesores…

Quizás son artistas muertos o ya sin sucesión…
Si son artistas relevantes en el mercado suele haber alguien, como el concesionario del coche, que dijo Miró un día, que son los que deben velar para que aquello continúe siendo como debe ser. Estos grupos, estas asociaciones, lo que hacen es defender la obra de cada artista. Cada artista tiene una. Se reúnen de vez en cuando para valorar la autenticidad de las piezas.

Se ha demostrado que Dalí firmó miles de hojas en blanco para que los editores pudieran “ahorrar tiempo”…
No lo sé. [Resopla]. Yo no estaba allí. Pero al menos hoy en día lo que debemos hacer nosotros es verificar que cada obra sea auténtica. Nos jugamos la reputación. Al final, te puedes equivocar porque eres una persona, pero nuestro trabajo es evitar eso, es hacer que la gente que compra compre tranquila. Y que compre bien asesorada.

Directores de museo y detectives de arte calculan que entre el 10 y el 40 por ciento de obras que hay expuestas o almacenadas en los museos son falsificaciones… Allí también tienen expertos para asegurarse de que esto no pase.
Ya. Eso dicen. Deberían decir también qué obras son. Si no, es marcar un número. Yo puedo decir un veinte o un noventa. Deberían ir al grano. “Vale, de acuerdo, pero de estas dime cuáles son las falsas”. Si no, es disparar al aire.

¿Vio el documental sobre Oswald Aulestia, el gran falsificador catalán?
Sí. Lo vi.

¿Vio cómo falsificaba un Tàpies? Vendió cientos…
Es que claro… Entonces lo que se debe hacer es trazar la historia de cada pieza. ¿De dónde sale este cuadro, quién lo ha tenido… Y después también está la certificación de la Fundació Tàpies, que es la que te da la tranquilidad. A ver, ¿dónde has comprado la obra? ¿Quién te la vende? ¿Te genera confianza o no? ¿La compras porque la ves barata y te parece que es una gran oportunidad? Así, es probable que te engañen. Si aquella persona que te la está vendiendo crees que si le llamas por teléfono, no te contestará… Así es bastante evidente que no vamos bien. Si quien te la vende tiene un espacio abierto en medio de la ciudad, es probable que al menos seguro que va de buena fe. Porque, si no, no estaría allí.

¿No les ha pasado nunca que después de vender una obra el comprador se haya quejado porque no era auténtica?
No. No.

Lo dice con mucha seguridad.
Que yo recuerde, no.

Esta última exposición que ahora tienen en Barcelona es un desfile de genios y obras geniales. Tàpies, Miró, Chagall, Picasso, Dalí… ¿Cómo han reunido esta colección?
Llevamos muchos años de historia y hemos tejido buenas relaciones. Las cultivamos cada día. La gente nos hace confianza. Y si alguien tiene obra y se la pedimos para una causa importante, como es esta exposición, también responden.

¿Todos los cuadros y las esculturas que presentan están a la venta?
Sí.

¿Hay gente que les cede obras en depósito o ustedes las compran previamente todas?
Las dos opciones son correctas.

¿Le parece que el porcentaje que se queda el galerista bien de un artista bien de alguien que les cede una obra es mesurado?
[Suspira]. Es difícil responder con un sí o no. Depende de cada caso. Normalmente, en arte contemporáneo, la galería se queda un 50 por ciento y el artista, otro 50 por ciento. La galería tiene unos costos, que a menudo son altos o muy altos. Y también pone el riesgo económico. Pone la sala, la instalación en una feria, que suele ser muy cara. También pone la credibilidad, pero eso no vale dinero. Lo que vale seguro es el alquiler, el costo de oportunidad… Son muchos dineros. El tanto por ciento me parece razonable. Internacionalmente funcionamos con estos estándares. Cuando los artistas son muy muy importantes, a veces este tanto por ciento se reduce. No es lo mismo Gerhard Richter que un artista que acaba de empezar. Para un artista de 25 o 30 años vender ya es un éxito monumental, porque puede despegar, puede hacer posible el sueño, puede hacer la carrera.

«Consideramos que París era un lugar ideal» /15-10-2026/Barcelona/ Anna Munujos

Ustedes tienen una galería en París.
Nosotros teníamos la ilusión de abrir un espacio afuera. Consideramos que París era un lugar ideal, porque, de entrada, hay la tradición clarísima, los artistas catalanes que han ido allí como ciudad símbolo…

Eso era antes.
Eso era antes, pero creemos que también tenía sentido continuar esta tradición, porque es una historia real, una historia bonita. Esto, además, puede incidir en nuestra voz, en nuestra presencia.

París ya no es París. Ya no tiene la importancia en el mundo del arte que tenía al final del siglo XIX o en las primeras décadas del XX. Esto ha cambiado muchísimo.
Ha cambiado, pero es que nada ya no tiene un papel tan central. Ni la Bienal de Venecia ni los museos, porque la información se ha fragmentado mucho más. Nadie tiene tanta fuerza. Pero París sigue siendo una capital absoluta del arte. Hay Nueva York, hay Londres y hay París, que siguen siendo las grandes ciudades del arte a escala mundial.

Pero los artistas ahora triunfan en Miami, en Dubái o en Singapur…
Eso son las ferias.

Y también las exposiciones.
Ya, de acuerdo. Pero también París ahora ha recuperado mucho peso. Han abierto colecciones muy importantes, como la Fondation Louis Vuitton, y se ha revitalizado mucho la escena. También el Brexit ha hecho que París remonte mucho el vuelo. Es un lugar activo.

¿Qué galería les va mejor?
Nosotros en Barcelona tenemos un espacio bastante grande, en medio de la ciudad, en una calle peatonal. Esto hace que venga mucha gente cada día. Aquí tenemos un rol más de liderazgo. En París la otra galería es pequeña, 35 metros cuadrados de sala. Estamos en la avenida Matignon, que es una vía relevante. Estamos muy contentos de estar allí, pero el rol de la galería allí es otro. Juega un papel diferencial, porque exponemos el arte vinculado a Barcelona, a Cataluña, pero el peso es diferente.

Esta exposición de ahora en Barcelona no es solo galerística. Es museística. Si tuviera que hacer una visita guiada a alguien, ¿dónde le diría que se detuviera, que respirara y que disfrutara?
¿De dónde es esta persona?

De Cataluña, por ejemplo.
Yo le diría que justo en la entrada hay una obra de Mari Chordà, que es una artista que hace diez años estaba casi fuera de radar. Nacida en Amposta, tiene ahora 84 años. Entre todos hemos conseguido que se le haya hecho un reconocimiento en vida. Eso en estos casos es fundamental: no tener que ir al entierro a decir que era muy buena. Ahora tiene una plaza en su pueblo, se le ha hecho una exposición muy importante y ya forma parte del canon catalán del siglo XX. Esto es un cambio de paradigma. Estamos muy orgullosos de haber contribuido a que esto sea posible. Hablamos de una obra, pues, quizás no tan habitual.

Después está esta pieza de Picasso que tenemos detrás. Una mujer en posición así, como de virgen. Es una obra muy picassiana, muy icónica, que conecta mucho con nosotros. Picasso es un artista que se explica muy bien a los catalanes. Es un artista que decidió abrir un museo en la ciudad. Hay una intrahistoria muy fuerte.

En la otra sala tenemos un Lichtenstein. En Barcelona tenemos una escultura muy bonita en el Moll de la Fusta que…

Que está hecha astillas.
Pues, también es una reivindicación de un artista fundamental de la cultura universal de los últimos cien años. Hay la oportunidad de verla en directo. Y acabaría con el Tàpies. Es una obra monumental, de seis metros. Es una obra que, aparte de ser muy grande, que lo es, es espectacularmente buena. En la técnica y el mensaje.

El Lichtenstein es obra seriada. Una litografía. ¿Le convence esta opción, concelebrada por los artistas del pop art, para llegar a mucha más gente con técnicas más asequibles por el precio?
Yo lo veo bien. El factor dinero hace que los artistas a veces sean inaccesibles para mucha gente que los sigue o que los ha seguido. La escultura pública, como decía antes, y las series, sean litografías o grabados, ayudan a llegar a más gente. Como pasa con los pósters, con mucho cartelismo. Es una manera de querer vincularse a la sociedad. De no quedar en un punto a veces alejado del pueblo.

Pero una litografía de Lichtenstein ahora ya no está al alcance del pueblo…
Porque todo eso llega al mercado y el mercado ya sabemos cómo es. El mercado selecciona. Y el paso del tiempo nos hace ver cosas que hoy tienen más importancia. Algunas obras que en su momento parecían importantes han cobrado más relevancia. Son los casos de Lichtenstein, de Picasso o de Dalí, nombres que han traspasado la historia y que quedan para siempre.

¿Warhol y Lichtenstein son importantes porque son figuras clave en el cambio cultural que provocó el pop o porque son estadounidenses?
Sobre todo por la primera premisa. Serían importantes aunque hubieran nacido en cualquier otro lugar. Picasso nace en Málaga y Miró, en Barcelona, y son importantes también. Ahora, hay confluencias históricas que hacen que las cosas pasen o que cueste más que pasen. En los casos que nos ocupan, que son Miró, Picasso y Dalí, sobre todo, hay París como lugar muy cerca que facilita que exploten. Estados Unidos también facilita que Warhol y Lichtenstein, por ejemplo, tengan la oportunidad de convertirse en grandes nombres. ¿Qué hubiera pasado si hubieran sido de otro lugar? Pues no lo sé. Pero estaban en el lugar adecuado en el momento adecuado y tenían el talento adecuado para que eso pasara.

Detrás tienen un Miquel Barceló también importante. ¿Barceló ha envejecido bien?
La película está aún en marcha. En Miquel Barceló hay una hipótesis que es la Sagrada Familia, que sea él quien termine la obra.

Que la termine con la fachada principal.
Correcto. Si acaba siendo así, esto puede ser algo muy relevante en su carrera. Creo que cerraría el círculo con algo muy bonito para nuestra cultura. Barceló ha trabajado con Gaudí en Mallorca. Si ahora tuviera esta oportunidad… Este factor es el que falta por ver. Si se diera el caso, veremos hasta dónde es capaz de desarrollar, porque el reto es estratosférico. La oportunidad también lo es.

«MACBA y MNAC? Ha habido una cierta incertidumbre, una falta de claridad» /15-10-2026/Barcelona/ Anna Munujos

Ha hablado antes de los museos. ¿Qué ha pasado en Barcelona con las disputas entre el MACBA y el MNAC?
[Resopla]. Ha habido una cierta incertidumbre, una falta de claridad en todo esto, pero creo que ya está solucionado. La ampliación del MNAC es ambiciosa y quiere resolver la cuestión. También hay una nueva dirección en el MACBA que esperamos que tenga el acierto y la audacia de encontrar una narrativa que tenga más interés para el ciudadano. Por suerte hay potencial. Si se hacen bien las cosas, creo que en estos museos podemos tener buenas noticias de aquí a cinco años. Es el momento de ver si esto puede acabar pasando. Y si pasa, puede ir muy bien. Sobre todo en el caso del MNAC, que ahora debe desplegar las alas y es el momento para que sea un museo que, además de tener un peso capital en el románico, lo tenga en el siglo XX.

Barcelona ha sido un centro de arte importante durante muchas décadas. ¿Qué momento artístico vive ahora?
Barcelona ha tenido la suerte de tener grandes creadores diferentes en diferentes disciplinas también. Ha habido momentos en los que el arte se ha situado en el epicentro. Pasó con la pintura, con la literatura, con la cocina. Incluso con el fútbol. Ha habido cambios en la manera de expresar el talento. Y eso se ha mantenido a lo largo del tiempo. Durante todo el siglo XX. Ha habido cosas muy relevantes, líderes mundiales con diferentes episodios en la historia… Yo diría que es normal –y debemos aceptarlo– que no siempre pase esto en el arte. No somos un país ni tan grande ni tan poblado para que haya tanto talento concentrado constantemente. Que en el arte haya un momento en que aparezcan tres genios concentrados de la historia, como Picasso, Miró y Dalí, es casi un milagro. Y que todo esto se vehiculase a través de Barcelona y de París.

Hay circunstancias sociales y suficiente nivel para que esto haya pasado. Podríamos tener ahora una nueva generación importante. Puede pasar de nuevo. Por eso estamos también nosotros. Somos un ecosistema de factores que deben hacer la conjunción astral. Pero puede pasar, puede pasar.

En algunos de esos momentos –modernismo, vanguardias, novecentismo– han convergido no solo pintores, sino también escultores, escritores, arquitectos… ¿Eso ya se ha acabado? ¿Ya no hay esas corrientes que congregaban diferentes disciplinas?
No tanto. La gente se ha hecho más individual. Cada uno va a lo suyo. Pero debemos considerar que el péndulo de la historia nos hace ir ahora hacia un lado y luego, hacia el otro. Se podría volver a propiciar un movimiento semejante.

¿Qué le queda al arte por reivindicar? ¿Qué más puede aportar a la historia de la humanidad?
Los grandes conflictos están siempre. El amor, el sexo, la muerte, la esperanza, las ideas de progreso, de democracia, de futuro, o también de desesperanza, de terror… Estos grandes temas que nos mueven a los humanos están y estarán. Cada generación lo expresa a su manera. Más que encontrar nuevos temas, se trata de saber explicarlos con la voz del momento. Encontrar los canales para conectar con la sociedad y que esa inquietud conecte con el arte y que se convierta en popular.

«Siempre ha habido comisarios que han decidido qué hacemos con nuestra vida» /15-10-2026/Barcelona/ Anna Munujos

Después de la muerte aparente del figurativismo y de todo lo que ha llovido, ¿quién decide hoy en día si un artista es bueno o no? ¿Quién prescribe arte?
Hay comisarios que hacen este trabajo. Siempre se ha tomado posición a favor o en contra de que haya gente que seleccione esto. Siempre ha habido comisarios que han decidido qué hacemos con nuestra vida. Está el mercado, que a veces es justo y a veces injusto. Y también están los que hacen la selección final, el canon, que son los museos en teoría. Es una conjunción. Pero sobre todo es el tiempo el que decide las cosas.

Hombre, pero decir el tiempo es muy fácil. Es más difícil decidir en el momento en que eso pasa.
El tiempo decide corregir algunas injusticias. De momento lo que se filtra es bueno, pero algunas cosas quedan escondidas. En todas las disciplinas. Claro que en el directo no es fácil.

Las mujeres siempre han estado apartadas de todos estos movimientos.
No solo en el arte. En todo. Pero hoy ya no tanto. Hoy y aquí yo creo que eso por suerte está muy igualado. Veníamos del desastre. Silencio absoluto.

Acabamos. Si tuviera realmente dinero, recursos de verdad, y tuviera que elegir un gran cuadro para usted, para su colección particular, ¿cuál elegiría?
Yo elegiría El Segador de Joan Miró, que desapareció. Me haría mucha ilusión que volviera a la luz y lo que haría directamente sería llevarlo a la Fundació Miró y que quedara allí para todos.

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