David González Rubio es periodista. Dice que de los últimos. Cuando terminó la licenciatura en Humanidades se le ocurrió hacer la autopsia al ser humano actual. La ha publicado en Cancelar lo humano (editorial Albada), un manual clarividente y valiente que intenta responder a dos preguntas: “¿Debemos dejar de ser humanos para ser libres?” y “¿Estamos condenados a ser máquinas?”. Por el laberinto de Ariadna, el forense González Rubio, recto como una vara, trepana el mundo de los cíborgs y el de sus defensores: transhumanistas bioconservadores y bioliberales, posthumanistas tecnoliberales, anarcocapitalistas, singularistas y aceleracionistas. Una tropa heterogénea en los matices que ha llegado a la conclusión compartida de que el ser humano ha fracasado y hay que abrir paso a la existencia postbiológica para alcanzar la virtualidad eterna. Es decir, la inmortalidad. ¿De todos o solo de unos cuantos? González Rubio se opone, con argumentos aún humanistas, sin el post: “Las consecuencias políticas y sociales del marco que dibuja el proceso de ciborgización pueden ser letales para una vida que se considere digna”. En la cúspide de la tecnoeuforia, ejerciendo el máximo control, están Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Peter Thiel o Samuel Harris Altman. La élite de Silicon Valley aspira a la inmortalidad. “¡Que no son los robots, que vienen los cíborgs!”, alerta David González. ¿Quién puede resistirse cuando todo el mundo lleva un policía digital en el bolsillo?
¿Qué es un cíborg?
Una entidad mitad humana y mitad maquínica. Mitad organismo biológico y mitad organismo artificial. A los cíborgs se une lo que sería la naturaleza y la cultura en el grado máximo.
Obviamente, Robocop debía ser un cíborg…
Es eso. Eso es un cíborg. Hay los cíborgs de la ciencia ficción, sí, los de las películas. Los míos son los de cada día. Nos estamos convirtiendo, porque nunca hemos tenido la tecnología tan cerca de la piel en nuestra actividad cotidiana como la tenemos ahora.
Pero una cosa es una persona con un móvil o con cristales artificiales después de una operación de cataratas y otra un medio humano…
Una cosa, sí, es el uso de la tecnología con intención terapéutica y otra si busca otros objetivos. Ni que decir tiene que la evolución humana y el progreso nos llevan a la incorporación de una parte biónica porque nos solucione un problema físico o biológico; un corazón artificial, por ejemplo. El ser humano y la tecnología desde el principio de los tiempos van ligados. Piensa en la película 2001: una odisea en el espacio. Desde el momento en que aquel primate lanza al aire aquel hueso después de haberlo convertido en un arma nos ligamos absolutamente a la tecnología. Yo eso no lo cuestiono. Cuestiono otras intenciones.
El transhumanismo dice: “Ya que tenemos tecnología para usarla de manera terapéutica, para mejorar estos problemas que tenemos de salud, digamos, en un momento dado, ¿por qué no ponernos unas prótesis que nos puedan hacer correr a 300 kilómetros por hora”? ¿Por qué no ponernos –como, por ejemplo, vende el señor Elon Musk– un chip que se llama Telepathy que te lo pones en el cerebro y tú puedes dar órdenes directamente a un ordenador? Tú dirás: “¡Oh! ¡Esto es fantástico!”. Bueno, sí. Pero también te las pueden dar a ti, ¿eh?, a través de ese chip, las órdenes. Es muy tenue la línea que separa lo que sería la mejora terapéutica de lo que los transhumanistas llaman mejora de la especie.
Los transhumanistas defienden la aplicación de la tecnología al cuerpo humano sin límites.
¡Sin límites! Los transhumanistas afirman que la especie Homo sapiens, la especie homo, es defectuosa. Tiene muchísimas limitaciones biológicas, físicas, y tenemos algo al alcance que se llama tecnología que las puede resolver. ¿Por qué no usarla para mejorar esto? Debemos escapar de lo que nos hace fracasar. Es muy interesante la diferencia entre los posthumanistas filosóficos y los transhumanistas. Los segundos quieren escapar de la condición biológica, “porque es un desastre, porque me moriré. Y yo no me moriré”. Cuando Xi Jinping y Vladímir Putin los enganchan en una conversación donde dicen que quieren vivir 150 años, todo esto, que nos puede parecer ciencia ficción, resulta que ya está en las alturas más altas de los que rigen los destinos de la humanidad.
Volvamos al transhumanismo. Los transhumanistas dicen que somos una especie fracasada, que somos una caca. No aguantamos. Por eso hemos tenido que inventar toda esta tecnología y toda la cultura. Porque, si no, es que no habríamos sobrevivido como especie. Pero podemos superar este destino. Con la tecnología. Y el posthumanismo filosófico dice: “Nosotros lo que somos es un fracaso ético y político”. Desde mi perspectiva personal puedo estar de acuerdo en el 80 por ciento con este análisis.
Los posthumanistas proponen que la centralidad deje de ser el ser humano y pase a los robots o a las nuevas especies, que deben ser los cíborgs. Reclaman que estos no humanos tengan derechos y sean tratados como Dios manda.
El posthumanismo filosófico defiende que la especie humana desde el punto de vista ético y político es un fracaso, más allá del punto de vista biológico. Porque el antropocentrismo ha sido nocivo para todo el entorno. En el trato con las otras especies animales y en el trato, también, con las máquinas. Aquí yo discrepo. Porque el nuevo hombre o el nuevo proyecto de ser sustitutorio del humano que propone este posthumanismo, que simplemente es una especulación filosófica, es un peligro.
Ellos no hablan de ponerte chips, que es lo que defiende Elon Musk, que es un transhumanista. Quieren hibridarse con la máquina. Lo que sería la izquierda posthumanista al final acaba confluyendo con lo que podríamos decir, en un ejercicio reduccionista, la derecha posthumanista, que no tiene ningún límite de ningún tipo. La derecha sería tecnolibertaria. Y con ellos nos vamos acercando a esos señores que mandan en el mundo. Y la izquierda afirma que el cíborg nos lleva a un mundo en el que ya no habrá guerras. ¿Sabes quién ha dicho esto? Eudald Carbonell.
Que se considera comunista…
Eudald Carbonell, que es una eminencia como antropólogo, se define como comunista, sí. De hecho, una de las derivadas de estas nuevas corrientes de pensamiento es el cosmismo, que propone realizarnos al final en el universo. En un mundo Flash Gordon. Esto viene del marxismo. En el siglo XIX ya se empieza a hablar del cosmismo. Recuerda que el marxismo cree en el progreso. El marxismo dice máquinas, máquinas, máquinas, porque así trabajaremos menos y seremos más felices. Después, si quieres, ya lo ligamos con la IA.
Estas ideologías, que se presentan como totalitarias o no, como el comunismo, el fascismo o el nazismo, aspiran a la perfección. A seres humanos perfectos en una sociedad perfecta…
El autor que me ha interesado mucho, junto con Martin Heidegger… Heidegger afirma que la tecnología no es peligrosa en sí misma, sino que lo peligroso es desconocer su naturaleza. Estoy de acuerdo. Para ser breves, diré que la tesis principal de Heidegger en todo este ámbito defiende que la tecnología no es neutral. También es la tesis principal del papa León XIV en la encíclica Magnifica humanitas. Me quería referir a otro pensador. A Günther Anders, otro filósofo de la época de la bomba atómica, que defiende que tenemos esta tendencia, no solo a considerarnos imperfectos, sino que, además, cada vez que hacemos tecnologías más avanzadas, más pequeños nos sentimos ante los nuevos artefactos que creamos. Esto es la vergüenza prometeica. La tesis de la vergüenza prometeica dice: “Soy una absoluta minucia al lado de esta grandiosidad de las cosas que estoy creando”. Y tú dices: “Un momento, un momento, pero ¿no me dice que es usted quien las ha creado?”. ¿Nos olvidamos? De esta manera, el ser humano sale del centro de la escena, donde ponemos todas las máquinas.
En el centro de las sociedades teocráticas siempre está Dios. En el centro de la sociedad desde el Renacimiento y la Ilustración siempre está el hombre. Estas nuevas tendencias ideológicas deberían entender que es el hombre quien crea la máquina, antes de desplazarlo del centro…
Ellos hacen esta opción prometeica. La tecnología lo facilita. Los avances científicos al final siempre nos llevan al doctor Frankenstein. El hombre quiere ser Dios. Yo no sé si la tecnología que estamos haciendo ahora nos está haciendo más divinos, pero, en todo caso, nos está haciendo mucho menos humanos. No sé si conseguiremos ser dioses con la IA, pero la aceleración que se está produciendo, absolutamente disruptiva, en los últimos treinta o cuarenta años, nos lleva a una situación en la que nuestra condición humana quedará al borde de ser superada por la tecnología. La reflexión que planea por todo mi libro pregunta cuánta libertad estamos dispuestos a ceder a la máquina para, en teoría, ser felices o ser una especie nueva, renovada, fantástica que podrá vivir 150 años como quieren Xi Jinping y Putin.

Hay una corriente que aún va más lejos. Los defensores de la singularidad. ¿Qué defienden los singularistas?
Los singularistas, encabezados por Ray C. Kurzweil, que es el gran gurú, dicen… Por cierto, Ray C. Kurzweil es un señor que es ingeniero de Google y que ha hecho algo que se llama la Universidad de la Singularidad que financia la misma Google desde hace un montón de años, donde invierte millones y millones y millones de dólares para investigar estas cosas que pueden parecer tan extrañas o tan distópicas. Retomo el hilo. La singularidad dice: “Oiga, acabemos de una vez. Hay una manera de ser inmortales, que es a donde nos lleva todo esto, que es descargar nuestra mente en una especie de ordenador central gigante, que debe regir todo el universo”. Todo esto liga con el cosmismo de los marxistas que viene del XIX.
Estos señores afirman que eso es posible hacerlo y que llegará un momento en que la aceleración de la evolución tecnológica será tan bestia, que habrá una IA que lo controlará todo. Kurzweil dice que eso será el año 2029. Dentro de cuatro días. La IA ya superará absolutamente toda la inteligencia humana. Él hace preguntas y respuestas en la introducción de uno de los libros que ha escrito y se plantea: “¿Cómo sabré yo que ha llegado la singularidad?”. Es algo que me parece muy y muy interesante [hace un chasquido con los dedos] porque permite entender de una tacada todo esto. Kurzweil se contesta: “El día que usted reciba un millón de correos en su bandeja de entrada, porque querrá decir que será capaz de procesarlos”. Ya tenemos aquí al cíborg. Ya tenemos al cíborg en marcha. Para poder hacer eso mi cerebro debe estar conectado a un ordenador.
Los expertos dicen que eso es bastante imposible. ¿Tú podrías llegar a descargar tu conciencia en un ordenador? Sí. Pero lo que descargues es una copia de ti hasta ese momento. Esto es como el río de Heráclito. No te puedes llegar a bañar dos veces en el mismo río. Suponiendo que se pudiera hacer.
Es decir, que tú envías una copia, pero tú continúas viviendo y la tendrías que actualizar a cada instante para que fuera tú mismo…
Una cosa hasta cierto punto divertida de los singularistas es que se olvidan del cuerpo. ¿Dónde quedará mi cuerpo? “No se preocupe. Usted vivirá dentro de esta nube como conciencia descargada y podrá elegir el cuerpo que quiera”. Es como un episodio de Black Mirror al final. Usted podrá elegir la experiencia incluso de convertirse en su esposa, su hijo o en el Capitán Trueno.
¿Sin el cuerpo?
Todo se lo proporcionará esta superinteligencia que acabaremos conformando todos a partir de nosotros. Hablamos de una existencia virtual. Esto al final es Descartes elevado a la enésima potencia. Pienso ergo existo. Pues, efectivamente, eso. Usted existe como pensamiento, no como cuerpo.
Es curioso que todos estos pensadores solo plantean utopías. Un mundo mejor en un futuro más o menos próximo. La imaginación humana, en las últimas décadas, cada vez que ha proyectado el futuro en la literatura o el cine, siempre lo ha hecho en forma de distopía. De futuro sórdido. Desde El Planeta de los simios hasta Resident Evil.
Porque le dan a la tecnología la facultad o la capacidad esta de redimirnos. La tecnología nos salvará. Eso dice esta gente.
¿Hasta qué punto esta tecnología continuará siendo nosotros?
Lo que dice Kurzweil es que el copyright será nuestro. Nosotros creamos eso. Pero le podríamos preguntar: “¿Y usted cómo lo sabe?”.
Si yo le pregunto qué elige, ser humano o máquina, ¿usted qué me contesta?
Ser humano. El ser humano siempre tiene retorno. La máquina, no necesariamente. Es un mecanismo repetitivo hecho por humanos. La máquina no nos dará la alternativa. Estoy bien convencido. Nos la dará siempre el ser humano. Aunque quizás el ser humano, todos colectivamente, decidamos inmolarnos.
Hace poco le pregunté a la memoria artificial que me facilita Google, que se me ha colado en todas las consultas, qué conciencia o ética tiene ella como máquina. Me contestó: “Como inteligencia artificial, yo no tengo conciencia propia o emociones, sino que funciono como un espejo del conocimiento humano gracias a la programación y a los datos con los que he sido entrenado. Mi ética no nace de la moral personal, sino de un marco operativo muy definido”. Me pareció muy sincero, muy interesante y muy peligroso, también.
[Ríe]. ¡Eres un cíborg! Está programada, esta máquina, para decirte eso. Cuando haya todo esto que quieren Kurzweil y Musk, que es la inteligencia artificial general, la máquina dirá que piensa igual que tú y estará en proceso también de tener sentimientos. Lo cual contradice a todos estos señores también.
Si la máquina tiene sentimientos, tendrá envidia, ambición y ansia de poder. Ya será del todo humana. Y no al revés.
Eso es HAL 9000, el ordenador inteligente de 2001: una odisea en el espacio.
Ahora hay otra, que se llama La residencia, en la cual una escritora es becada por una fundación que controla una corporación. Ella busca apoyo técnico, porque la ayude en su proceso creativo, pero la máquina aspira a chuparle todo, la creatividad e incluso los sentimientos. Y lo consigue.
Yo le pedí a la IA que me hiciera un resumen de mi libro. Una IA de estas sencillitas. El resumen estaba bastante bien. Después le pregunté, a raíz del conflicto entre Estados Unidos, Israel, los palestinos y Irán, si podría haber llegado el momento en que, según la fe chiita, puede aparecer el imán oculto. Esta es una discusión teológica del Islam profunda y complicada. Me hizo un razonamiento muy completo e interesante. Ahora, esto ya lo habíamos hecho toda la vida. La máquina nos procesa toda la sabiduría humana a una velocidad increíble. Hasta aquí, ningún problema.
¿Y si le preguntamos quién tiene la razón en la guerra de Gaza?
Por ejemplo. ¿Y sabemos si Donald Trump, Benjamin Netanyahu o Mojtaba Khamenei le han preguntado qué lugares deben atacar? Sí que lo sabemos. Llega un punto en el que ella está comenzando a decidir. Esta es la diferencia. Según los expertos en la materia, la primera vez que esto pasó en tecnología militar fue durante la guerra de Corea. Los americanos le preguntaron si atacaban o no. La respuesta analizaba incluso las consecuencias económicas de la intervención. Por primera vez en la historia de la humanidad una máquina decidió si era procedente iniciar un conflicto bélico. En todo caso, el punto que deberíamos mantener es si le hacemos caso o no. El equilibrio radica en el hecho justamente de que aún seamos capaces de decidir por nosotros mismos cuál es nuestra razón. Kant no se equivocó. Nos sigue identificando como seres humanos la posibilidad de decidir.
¿Qué máquina asesora a Donald Trump en el ataque a Irán? Debe ser muy humana y se equivoca…
Es que las máquinas son muy humanas. Seguro que hay una que lo ha asesorado. Sin ningún tipo de duda. La máquina puede ser un desastre absoluto. Y quizás hay otras que le han dicho que pare, porque la economía mundial se va a pique. Quizás Trump aún tiene autonomía frente a la máquina, Y eso ahora es lo que está en cuestión.

Ya que hablamos de Trump. Al final, los tecnocapitalistas no son perfectos, y acaban peleándose, como le ha pasado a Elon Musk.
Elon Musk ha hecho una acelerada de caballo y una parada de burro. Él consigue finalmente entrar en la Casa Blanca y se piensa que tendrá a su disposición todo el presupuesto público de los Estados Unidos. De hecho, lo ha tenido. Porque todas estas empresas como SpaceX tienen unas ayudas públicas descomunales. Sin estas ayudas públicas no funcionarían. También nos podemos preguntar si este señor, que es el primer trimillonario de la historia, no tiene suficiente dinero. No. No tiene suficiente, porque necesita controlar una tecnología para tener una IA general que le permita llegar a Marte. Todo esto lo hace como transhumanista. Y debe decirse: “Qué putada, ¿no? Resulta que soy el tipo más rico del mundo, tengo toda la tecnología a mi servicio, puedo desestabilizar la economía mundial, pero me moriré dentro de cuatro días”. Necesita invertir dinero y más dinero en esta investigación. Esta tecnología es carísima. Y esta es la gran paradoja, porque solo puede conseguir más dinero con el apoyo público, los concursos y las adjudicaciones, que él combate.
Tanta tecnología y al final todo acaba sufriendo los mismos defectos y todos se mueren todavía. Incluyendo a Elon Musk…
Es eso. Yo no he hecho un panfleto contra la tecnología. Esto forma parte de la experiencia humana. Precisamente porque todo esto forma parte hasta la médula de la experiencia histórica de la humanidad, a mí me dice lo que hemos visto y hemos podido comprobar con el uso de las tecnologías muchas veces que esto no nos puede salvar de ninguna manera. En el sentido este de trascendencia que le dan los transhumanistas, los posthumanistas y los singularistas. No nos puede salvar la tecnología porque es demasiado humana. Está sometida a demasiados intereses humanos. Yo normalmente voy en transporte público. Para venir aquí he cogido Rodalies, el Tranvía y el metro. Y te dices que estas tres tecnologías en esencia no han avanzado…
Nada. Sobre todo, Renfe.
Siguen siendo las mismas que en el siglo XIX. Vengo en la línea de Mataró, que fue la primera de la península Ibérica. Esto nos lleva a una reflexión interesante. ¿Cómo es posible que estas tres tecnologías, de las que depende tanta gente en una conurbación humana como la de Barcelona, no hayan avanzado al ritmo de lo que lo hace la tecnología de los móviles?
Han avanzado, pero discurren sobre una infraestructura que no se ha mejorado mucho… Al final, si Renfe avanza pero Adif no…
[Ríe]. Porque no interesa, porque los intereses que hay sobre todo esto no son los mismos que mueven el negocio de los móviles o de la IA.
¿Elon Musk es un fascista?
Prefiero llamar a todo esto que hace él y todos los que son como él tecnopopulismo. El fascismo es una cosa de los años 30 del siglo pasado. Sí que tienen actitudes fascistas, porque, si tú haces el saludo romano… El aire que transmite esto es este. Pero, en todo caso, si tenemos que hablar de tecnofascismo, porque hay autores importantes que hablan de ello, a mí no me importa. Pero nos quedaremos cortos. Estamos en otra cosa que va mucho más allá. Para los fascismos clásicos, el hombre nuevo era un hombre político. Para el fascismo o para los totalitarismos, porque los estalinismos o los marxismos más radicales de los años 30 también proponen el homo sovieticus. Un tipo de hombre nuevo, que es un planteamiento ideológico, que liga más, si quieres, con los posthumanismos filosóficos. Es una especie de hombre nuevo. Pero esto de Musk es tecnorracismo. Como la película Gattaca. Los humanos mejorados y los otros. De los otros, se burlan. Y los humanos mejorados pueden ir a Marte. Y los otros, si arden con el planeta, pues ya se las arreglarán. Y instaura un concepto que no existe desde que se extinguieron los neandertales, que son dos especies de seres humanos. Los mejorados y los otros. Esto para mí es el peligro más grande que hay detrás de todo esto.
El otro día repasaba cosas sobre la Ilustración. En la época de la Ilustración en Europa dicen: “¡Ostras! ¡Somos una única especie! ¿Y ahora cómo nos las arreglamos? ¿Cómo justificamos la esclavitud o el trato que damos a las mujeres? Esto es una putada, pero somos una única especie”. Esto es Rousseau, un autor que no me gusta en otros aspectos. Él dice que todos nacemos libres. No podemos atribuir derechos si no es a partir de esta convicción igualitaria. No somos perros, ni cocodrilos, ni felinos. No, no, no. Somos todos iguales. Hay una única especie humana. Por eso te decía que no es exactamente fascismo.
Elon Musk propone elegir entre ser cíborg y ser gato…
¡Cierto! Ahora, ¿pensamos que todos tendrán acceso a los dispositivos que nos harán ser superhombres? Sí, pero solo mientras a él le interese hacer dinero para conseguirlos. Durante mucho tiempo se nos ha alertado de la llegada de los robots. No. No vienen los robots, vienen los cíborgs. Es una vieja discusión que he tenido con mis amigos de hace veinte años. Vienen los cíborgs. Porque el capitalismo aún no ha conseguido superar la fase del consumo. Necesita individuos que consuman. ¿Cuál es el cambio? Que ahora estamos en la fase en la que lo que consumimos y producimos son datos. Datos. Antes producíamos y consumíamos productos industriales o agrícolas. Ahora suministramos datos continuamente y los consumimos. El robot es una máquina pura y dura, más o menos avanzada, que no tiene sentimientos y que no consume. En cambio, el cíborg, sí. El capitalismo solo se acabará cuando se acabe la especie humana tal como la conocemos ahora. Entonces vendrá otra cosa.
Imagina que eres un ser inmortal, que puede vivir de manera consciente tantas vidas como le dé la gana. Cuando llegas a esta fase ya no tendrás que consumir, pero ahora todavía sí. Y estos señores necesitan todo este músculo económico para sacar adelante todo esto. Toda esta locura.

Ha dicho antes que no ha querido hacer un panfleto antitecnológico. En el libro avisa: “El texto que tenéis delante no pretende ni puede ser un panfleto contra la tecnología, pero sí contra los ingenuos y los caraduras que se sirven de ella, sean hombres o máquinas”.
¡Exacto!
Pero al cabo de un rato remarca: “La tecnología no redimirá al humano, sino que lo anulará”. Se contradice…
Estas ideologías o movimientos filosóficos o culturales, que son el paraguas del posthumanismo, lo que dicen es esto: “La tecnología nos salvará”. Y yo digo: “¡No, no, no. La tecnología no nos salvará!». Siempre irá con nosotros. Y podremos hacer cosas buenas. No soy antitecnología. No puedo serlo porque soy profundamente prohumano. Y si soy profundamente prohumano, no puedo ser antitecnológico. Pero lo que nos dice esta gente es que la tecnología ya está en otra dimensión. La disocia de la humanidad. No, no. Esto es lo único que hemos producido. Nos salva como especie. Pero ellos dicen que nos salva si nos convierte en otra cosa. Y yo estoy en contra.
Es eso que decía del chip de Neuralink. No me niego, si tengo un problema físico, a que alguien me instale un chip en el cerebro que me permita hacer funciones que ya no puedo hacer. Caminar, por ejemplo. Perfecto. Pero ¿acepto que me puedan controlar a través de este chip? ¡No!
Eso no se lo dirán cuando se lo instalen.
Mis amigos ya me dicen que eso no lo puedo evitar. Pero al menos lo quiero saber. Si lo sabemos, quizás podamos encontrar alguna alternativa. Solo reclamo eso. No soy un Quijote, ¿eh? Pero no podemos tener una actitud ingenua ante todo esto. “¡Esto es fantástico!”. “¿Fantástico el qué? ¿Que usted me vigila desde el móvil mientras yo duermo?”.
Dice usted también en el libro que todos llevamos un policía digital en el bolsillo. Ya es eso. Y lo soportamos.
¿Crees que es normal que 5,500 millones de personas de los 8,000 que hay en el mundo vayan con el móvil?
Debe de ser normal porque es corriente…
He visto personas en lugares donde no tienen nada que llevan uno. Tienen una estera donde intentan venderte el tapón de un bolígrafo y un vaso. ¡Y el móvil!
En Barcelona verá a los sin techo sin techo pero con móvil.
Esto no es el teléfono de toda la vida, ¿eh?
Tampoco quiere decir que a usted le dediquen una atención espía especial.
Pero me pueden controlar. Como se demostró con la pandemia. Nos decían: “Ya puede ir a hacerse la prueba usted y su familia”. Y cuando estabas llegando al CAP ya me decían si encontraría un poco de cola.
Eso no es terrible. Ni le tiene que llevar a la conspiranoia…
No. No quiero entrar, porque, si no, todo es… No entremos en teorías conspirativas, pero debemos saber en nuestra vida cuántas cosas hacemos porque las decidimos nosotros y cuántas hacemos porque las decide la IA. Empecemos por pensar eso. Y si decidimos que ya nos está bien que la IA nos tenga que ir informando, no pasa nada. Pero yo estoy en contra de la euforia cíborg, porque con eso no lo tenemos todo resuelto ni solucionado. Y porque entonces tienes detrás los Elon Musk, los Peter Thiel… Toda esta gente. Peter Thiel dice que la libertad y la democracia son incompatibles. ¿Qué concepto de libertad tiene este hombre? Él piensa: “La libertad empieza y acaba en mí. ¿Los otros? Me da igual”. La democracia, no. Si es una democracia que realmente funciona, la tendrá que controlar y la puede detener. Thiel llega a esta conclusión en 2009, en plena crisis financiera mundial. Y dice: “Más libertad aún, pero libertad libertaria”.
Si no hay Estado, ya veremos quién les paga según qué bromas…
Esta es una de sus grandes mentiras. La Reserva Federal tuvo que rescatar a los grandes bancos que se hundieron entre 2008 y 2009. Con dinero público. Esta gente también ha hecho su dinero con un impulso público tremendo. Peter Thiel es el señor de los drones. Me da pena decirlo, porque es una contradicción, pero Ucrania aguanta a los rusos con sus drones. Pero también se han utilizado esos drones para arrasar Gaza.
Y los drones rusos que atacan Ucrania quizás no son de él, pero…
Son de un Peter Thiel ruso. Aquí está la gran contradicción. Él resume su ideología en dos o tres principios. Uno es que la libertad ha dejado de ser compatible con la democracia. Y dice también estar en contra de cualquier intervención del Estado en la economía. Falso. Porque él hace sus negocios con los Estados. El tercero es que está en contra de la inevitabilidad de la muerte.
Es decir, el señor que fabrica las herramientas de espionaje y de destrucción telemática más bestias que hemos conocido en la historia de la humanidad hasta ahora –y de espionaje, no te olvides del espionaje, del Palantir, que, además, tiene nombre de Señor de los Anillos, aquella piedra que lo veía todo–, este señor dice que él cree que la muerte no es inevitable y que, por tanto, debemos poner todos los medios para ser inmortales. Y dices: “Ostras, realmente el ser humano en relación con la tecnología hace emerger todas las contradicciones que tenemos”. Nuestra relación con la tecnología hace emerger todas las contradicciones, todo lo que es bueno, lo mejorcito, y todo lo que es peor.
¿Cómo puede acabar todo esto?
El mío no es un libro sobre la IA, pero la IA tiene que salir, sale, porque es algo concreto, que ahora manejamos. Pues, yo digo que la IA ni nos hará más ricos, ni nos hará más sabios, ni por supuesto nos hará más libres. ¿Nos hará más ricos? No. Hará a algunas personas ultrarricas. Esto no ha pasado siempre así. No siempre ha habido trimillonarios. Es que esto es muy bestia. No nos damos cuenta.
Una cosa no excluye la otra. La inteligencia artificial hará ricos a los empresarios que la patenten, pero también puede ayudar a la economía de mucha otra gente.
Mira, de entrada, a mí me echará a la calle. Tú y yo somos de los últimos de la civilización humanística. De los últimos. Quizás vendrán dos generaciones más y se acabó. Se acabaron los que escribimos y juntamos letras. Esto se ha terminado. Tú eres profesor universitario. ¿Cómo se hacen la mitad de los trabajos que corriges? Hace cuatro o cinco años aún era fácil detectarla. ¿Y ahora?
No me importa que se use, siempre que la persona que le pida ayuda sea capaz de entender qué le dice y lo pueda explicar con solvencia…
De acuerdo.
Ahora, si no entiende nada y se limita a copiarlo sin entender nada… La IA puede servir para hacer el trabajo, como antes servían los libros de consulta, pero después el alumno lo tiene que entender, lo tiene que saber explicar y lo tiene que saber razonar.
El 50 o el 60 por ciento de mi libro está redactado sobre otras referencias, con citas de autores, como se suelen hacer estas cosas. No he preguntado nada a la IA en ningún momento. Solo en la parte final le he preguntado si estos personajes de los que estamos hablando, Elon Musk o Peter Thiel, son posthumanistas, transhumanistas o qué son. Y ella responde. Al final del libro lo encontrarás. Sí que me sirve, pues, pero con limitaciones.
Si tú externalizas tu capacidad de razonar a una máquina, la máquina te dirá cada día qué tienes que hacer. Esto da unas ventajas enormes al poder que se ejerce contra el individuo. Al final, todo el tiempo estoy hablando de derechos individuales. De la soberanía mínima del individuo. Estamos dando unos poderes totales a los señores que controlan todas estas máquinas. Y eso nos deja en una desventaja absoluta.

Ya sabe cuáles son las contrapartidas. ¿A usted le gustaría vivir siempre?
No.
¿Por qué?
Es una perspectiva que no forma parte de la naturaleza humana.
¿Y qué? Puede ser posthumana. ¿No quiere ser posthumano?
Si me das la opción… ¿Pero me la darán? Dame la opción.
Imaginemos que la tiene. ¿No le gustaría ser inmortal?
No. Creo que no sería bueno. La naturaleza humana no solo es finita, como los otros animales, es que también se caracteriza por la conciencia de la finitud. Los elefantes o las ballenas van a un lugar concreto cuando se sienten morir, de acuerdo. No lo sé. Pero lo que sí sé es que nosotros a partir de no sé qué minuto de nuestra vida somos conscientes de que un día nos acabaremos.
¿Y eso nos ayuda a ser mejores?
Nos puede ayudar, sí.
¿Usted cree en Dios?
Mmmmm… ¿Me tengo que confesar?
Más o menos. Si quiere.
Ahora me tendría que perdonar mucha gente, pero, ¡ostras!… Respeto que haya gente que haya llegado a la conclusión de que cree en Dios o en un equivalente de Dios. Los respeto profundamente. En todo caso, lo que yo creo es que el ser humano tiene esta voluntad de trascendencia. Yo me tengo que morir como todos, pero tengo esta voluntad de trascendencia. Escribo un libro, esperas que algún estudiante de aquí a cincuenta años lo encontrará y le encontrará una utilidad…
Quizás se siente un poco Dios con esta voluntad…
Quizás sí, pero Günther Anders decía: “No debemos hacer todo aquello que podemos hacer”.

