«No hay lugar como el hogar«, afirmaba Dorothy en la película El mago de Oz, al regresar a casa. La frase podría traducirse como «ningún lugar como el hogar» y fue una libertad que se tomó el director de la cinta, que basaba su historia en la fabulosa novela de Lyman Frank Baum. Es la mística del enorme valor del regreso a casa. Uno de los dos grandes elementos de las grandes historias que Albert Sánchez Piñol describe con perfección en Les estructures elementals de la narrativa. Hay docenas de grandes ejemplos: de la Odisea a Forrest Gump, de Salvar al soldado Ryan a cualquier aventura de Astérix y Obélix. La Cataluña política contemporánea también tiene este elemento y ¡vaya con qué peso! Y este miércoles por la noche, en Terrassa, con la llegada del conseller Lluís Puig, se ha demostrado.
De hecho, la historia del retorno de Puig sintetiza en parte un proyecto político que generó una de las movilizaciones más importantes de Europa de los últimos años, lo que se ha convenido en definir como el Proceso, entronizado en el referéndum del Primero de Octubre. La represión del Estado español contra el movimiento llevó al exilio o a la prisión a los principales líderes institucionales y civiles del independentismo. Entre los cuales está Lluís Puig, el conseller de Cultura del tramo final del gobierno de Carles Puigdemont –aún en el exilio–, terrassense, bombero jubilado y diputado de Junts per Catalunya.
Además, Puig ha sufrido la consecuencia de haber estado en el lugar menos oportuno en el momento menos indicado. Sustituyó a Santi Vila al frente de la conselleria tras la operación patrimonio que orquestó Mariano Rajoy y su arquitecta en jefe, Soraya Sáenz de Santamaría. Un dispositivo político después de que el entonces conseller de empresa, Jordi Baiget, en julio de 2017, admitiera en una entrevista que prefería la prisión a perder el patrimonio por las consecuencias del Proceso. Puig aceptó el cargo, donde estuvo apenas tres meses y ha pasado 9 años en el exilio. Pero, la casuística ha querido que, además, su exilio haya sido un ariete jurídico contra la represión y la punta de lanza de la internacionalización del Proceso. Su retorno es un recibidor del cierre de una etapa a la espera de que las nuevas generaciones de independentistas, revitalizadas la pasada Diada, tomen el relevo.

Agradecimientos
Después de que el lunes el magistrado instructor del Proceso, Pablo Llarena, retirara definitivamente las órdenes de detención a los exiliados procesados por el delito de malversación, Puig ha regresado a su ciudad natal. Lo ha hecho en un espacio simbólico de la resiliencia del Proceso, el encuentro diario del colectivo Cants de Llibertat frente al Ayuntamiento de Terrassa. Un total de 3.263 días cantando, cada día desde el 14 de noviembre de 2017, en defensa de los presos políticos –los primeros años– y reclamando el retorno del exilio. «Mi mujer ha venido cada día, llueva o nieve», se jactaba Manel, un hombre que respondía a lo que se conoce como un señor de Terrassa. Corbata bien atada, camisa azul celeste y gafas metálicas con cristales impecables.
Manel, como Carme, Dolors o Josep no han querido perderse el regreso. «Lluís es un gran tipo», afirmaba Ramon mientras esperaba su llegada desde la Rambla. Debe serlo porque incluso han venido a recibirlo personas de Matadepera y, lo que es más serio para los terrassenses, de Sabadell. Celdoni Fonoll, el rapsoda, ha sido el encargado de pronunciar poemas de Vicent Andrés Estellés para recibir al conseller, pero la llegada de Puig ha interrumpido la rapsodia. El estado mayor de Junts también se ha volcado, con Jordi Turull y Míriam Nogueras al frente, y la representación institucional ha estado a cargo del presidente del Parlamento, Josep Rull, ex preso político y también militante del terrassenquismo. Y también han asomado la cabeza el escritor Vicenç Villatoro o el meteorólogo Francesc Mauri. En cambio, el alcalde, Jordi Ballart, no se ha dejado ver.
Puig ha llegado con su habitual gorra plana, eso sí, visiblemente emocionado. De hecho, ha tenido los ojos llorosos todo el tiempo. Su discurso ha sido costoso por la emoción y articulando agradecimientos, tanto a la gente que lo ha acogido en la Cataluña Norte los últimos tiempos como a los voluntarios de la casa Macià de Prats de Molló, que este miércoles se han desplazado a Terrassa. Pero sobre todo, ha agradecido el apoyo y el calor que ha recibido durante estos años de la resistencia catalana, la de cientos de personas anónimas que, protegidas por un lazo amarillo, han mantenido la llama del Proceso y la crítica persistente a la represión española.

Una victoria por 2 a 0
En su discurso, Puig ha recordado que su regreso es una «anécdota» y que aún quedan un centenar de personas por ser amnistiadas. En una plaza donde bien había un millar de personas, Puig ha reivindicado la amnistía como una victoria contra el estado español. «Hoy es un 2 para Cataluña y un 0 para el estado español», ha exclamado. «Hoy ha perdido la judicatura española que quiere hacer política sin presentarse a las urnas», ha denunciado y, por otro lado, ha añadido, que hoy también se ha demostrado que la judicatura ha hecho lo que hace nueve años debería haber hecho.
Ahora bien, Puig ha obviado en su discurso entrar en los detalles importantísimos de su exilio. El conseller discreto que, por las casualidades de la historia, ha sido la palanca de la lucha judicial en el exilio. La negativa de Bélgica a extraditarlo a pesar de la petición de Llarena sirvió para iniciar un camino procesal espinoso pero finalmente beneficioso para los intereses independentistas. Bélgica no vio clara la petición, puso en duda que el Tribunal Supremo fuera el tribunal natural por ley para el caso y desconfió de la acusación de rebelión y malversación.
La decisión de los belgas abrió un nuevo paisaje. Llarena presentó siete cuestiones prejudiciales sobre Puig a las cuales se sumaron el resto de exiliados. Siete preguntas al Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) para forzar la devolución del conseller. El TJUE dictó una sentencia emblemática a favor de la justicia belga e incorporando al lenguaje jurídico popular de Cataluña el concepto GOIP, acrónimo de Grupo Objetivamente Identificable de Personas. En resumen, un concepto que permitía respetar el sistema legal y las garantías del estado de derecho español pero que, en cambio, constataba que a los miembros del movimiento independentista se les aplicaba otro trato. Es decir, que la judicatura española no era la ley del embudo pero, en caso del independentismo, chirriaba.

El primer retorno
Puig es el primer exiliado que regresa, tras el regreso fugaz de Puigdemont el 8 de agosto de 2024. Aunque, alguna vez, desde Prats de Molló y desde la Guingueta d’Ix ha pisado la Cataluña del sur. Alguna vez por accidente y otras para contactar con la familia. Puig se ha jubilado en el exilio y la justicia española lo ha llegado a absolver de la acusación de desobediencia por el caso de Sixena. Y no en una absolución cualquiera, sino por uno de los magistrados que más se puede identificar con la práctica del GOIP, el expresidente del Tribunal Superior de Cataluña (TSJC) Jesús María Barrientos.
Si el regreso de Carles Puigdemont tendrá un indiscutible ascendente político y el de Comín aún está por definir, el regreso de Puig es un regreso popular. Un hombre corriente, amante y gran conocedor de la cultura popular catalana, que si no hubiera sido conseller, podría haber trabajado en la Caixa y habría sido presidente de un ateneo o un foro que tanto identifican el carácter de Cataluña.
El activismo político a través de la cultura y el debate, o en pocas palabras, ver el mundo de manera catalana, sin complejos y con un compromiso natural. De hecho, desde el exilio lo ha demostrado con la hiperactividad sociocultural y política en la Cataluña Norte. La bienvenida que le han dado este miércoles por la noche en Terrassa confirma el potencial de Puig. Como le han expresado solo al subir los dos escalones del edificio consistorial: «Conseller Puig, bienvenido»


