Todo gira en torno al PSC y sus intereses. Este es el relato político real del país. El PSC ha logrado que los grandes debates que han sostenido la estructura nacional del país en la última década hayan desaparecido de la agenda. Sin conflicto, sin ningún precio visible. Ya no se habla de referéndum ni de mesa de diálogo. Solo de presupuestos autonómicos, de números, porcentajes y repartos. Y se anuncia una financiación cuyo impacto en la mejora de la calidad de vida de los catalanes nadie sabe. Y también se habla de culpas. Si no hay presupuestos del PSC -es decir, si Salvador Illa no tiene estabilidad- la gente sufrirá y el estado del bienestar colapsará. Mientras tanto, ERC y Junts, cada uno de forma diferente, viven atrapados en la gravedad que impone el PSC.

A ERC se le presupone que debe apoyar los presupuestos, porque sin su sí, el país se detiene. Pero si presiona y lucha por mejorar la propuesta del Gobierno, se le acusa de mercadear, mientras en paralelo, la centralidad política se reduce a un espacio de gestión y cálculos impuesto por el PSC. Un marco mental que busca ahogar cualquier iniciativa propia. Junts, por su parte, juega la oposición como le dicta el PSC. No pacta, pero la agenda ya está definida por el rival y se vuelve inamovible. Sus críticas acaban transformadas en reproches internos que no conducen a ninguna propuesta transformadora. La posibilidad de hacer política real en el Parlamento queda secuestrada por el ritmo que marca la centralidad socialista.

Este dominio tan evidente del PSC a pesar de estar en minoría lleva la política catalana a un debate reducido a números y gestiones técnicas. Pero no es una cuestión de personas o de líderes puntuales, sino de dinámicas de poder ya consolidadas. Cuando todo gira en torno a un partido que dicta la agenda, los demás actores solo pueden adaptarse. Y en este escenario perverso, la política deja de ser un proyecto compartido y se convierte en un laberinto donde el único objetivo es sobrevivir y gestionar, sin liderazgo ni visión.

Y esto le pasa al independentismo: orbita alrededor del PSC -y en Madrid, del PSOE- sin una centralidad propia basada en ideas y proyectos. Todo ello, reforzado por el relato ideológico de los socialistas ‘estás conmigo o estás contra mí’ frente a la extrema derecha.

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