El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se niega a abandonar su estilo, ni siquiera en los contextos más institucionales. En su primer discurso público desde que ordenó los primeros ataques sobre Irán, el mandatario ha seguido la línea de las últimas semanas, oscilando entre la certeza de que la guerra terminará pronto y la agresión más extrema. En aproximadamente 20 minutos de intervención, Trump ha asegurado que «nunca en la historia de la guerra nadie ha sufrido pérdidas tan devastadoras» como el régimen de Teherán; y ha dado por hecho que la ofensiva durará solo unos días más. Pocos segundos después, ha borrado cualquier vislumbre de paz, con un compromiso explícito de «golpear extremadamente fuerte» todos los activos iraníes en la región. «Durante las próximas dos o tres semanas, los devolveremos a la edad de piedra, a donde pertenecen», ha estallado el inquilino de la Casa Blanca.

En el 33º día de una guerra que borra todas sus promesas de campaña, Trump se encuentra en el centro de un huracán político. Los efectos devastadores sobre la cesta de precios del cierre del estrecho de Ormuz, el petróleo en máximos y la inestabilidad en una de las regiones más calientes para las últimas administraciones estadounidenses han hundido su apoyo entre la población estadounidense. Según el seguimiento diario de encuestas que publica The Economist, la ratio de aprobación del mandatario se sitúa en un -20, la peor que ha tenido un presidente un año después de ser nombrado en la historia reciente del país. Para comparar, Joe Biden solo llegó a caer hasta el -7%, a pesar de que pasó los primeros 12 meses de mandato en plena pandemia; mientras que el mismo Trump tocó fondo en un -11 a principios de 2027. En este contexto, la Casa Blanca protagoniza una huida hacia adelante para cerrar el episodio bélico por una vía u otra.

Después de haber asegurado durante días que había «conversaciones productivas» entre Washington y Teherán -que los Ayatolás han negado con vehemencia-, e incluso de haber insinuado que llegaría un cambio de régimen a corto plazo, Trump ha elegido la ofensiva total. En su intervención, ha calificado al gobierno iraní de «terrorista»; y ha asegurado que su programa nuclear es una «amenaza intolerable» que «nunca» será realidad durante su presidencia. Cabe recordar que el ejército estadounidense ya bombardeó instalaciones nucleares iraníes durante 2025; un ataque que llevó al presidente estadounidense a dar por hecha la derrota del programa atómico del país. Ya entonces, Washington fue incapaz de demostrar que las plantas bombardeadas se estuvieran utilizando para explorar un explosivo nuclear. Además, posteriormente, altos mandos militares de los EE. UU. han reconocido que el ataque no sirvió para detener el programa energético del gobierno iraní más que unas pocas semanas.

Columnas de humo tras una explosión en Teherán / EP

Ormuz se abrirá «de manera natural»

La estrategia de presión que mejor ha funcionado para el gobierno de los Ayatolás ha sido el bloqueo del estrecho de Ormuz. La vía marítima que separa Irán y Omán canalizaba, antes de la guerra, el 25% de todo el comercio petrolero del planeta, dirigido especialmente a los países asiáticos. A pesar de que ni los Estados Unidos ni Europa figuran entre los grandes compradores de crudo de las monarquías del Golfo, el bloqueo logístico ha desestabilizado el mercado petrolero, y las referencias para el barril, tanto el Brent comunitario como el West Texas estadounidense, se han disparado en más de un 60% desde las primeras ofensivas, el encarecimiento más intenso de la historia. Ormuz ha formado parte de las bravatas de Trump, quien ha llegado a calificar de «injusto» el cierre cuando sostenía que «ya había ganado la guerra». Ahora, con un nuevo giro belicista, no parece tener ningún plan para reabrir el paso de los petroleros, y considera que el estrecho volverá a funcionar sin obstáculos «de manera natural» una vez termine la guerra.

En las horas antes de su discurso, el petróleo había rebajado parte de la tensión acumulada en la primera mitad de la semana. Los inversores esperaban, especialmente desde las primeras horas del miércoles, que Trump mostraría una cara más conciliadora, y pondría una fecha límite para dejar atrás la guerra. El Brent, entre la euforia del capital, cayó por debajo de los 100 dólares, y hizo volar las bolsas europeas. En las primeras horas del jueves, sin embargo, la tendencia se ha revertido, y la referencia comunitaria se dispara cerca de un 7%, hasta superar los 107 dólares. También lo hace el West Texas Intermediate, a un ritmo similar, y abre el día por encima de los 106 dólares. A la espera de la apertura de las bolsas, la confianza del mercado en el presidente parece haberse desvanecido; pero los valores son tan volátiles que es difícil prever el sentido del próximo vaivén.

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