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Gemma Pasqual es una autora de novelas juveniles de éxito contundente y perenne. Ha vendido más de medio millón de estos libros en catalán. Marina, L’últim vaixell, Llàgrimes sobre Bagdad o la saga de la Xènia son referentes obligados para generaciones y generaciones de estudiantes que, ya de mayores, han aumentado la lista de lectores que la siguen en otros géneros, como el ensayo o la novela de adultos, con títulos igualmente reconocidos como Torturades o La puta i la santa. Ahora ha ensayado éxito y estilo con la novela La vida és allò que passa mentre esperes un match. Influencia de John Lennon e injerencia de las redes sociales malditas nuestras de cada día. La vida és allò que passa… es un chick-lit, porque Pasqual observa y escruta qué funciona fuera, qué seduce a lectoras y también a lectores.

La actividad de Gemma Pasqual no se acaba en las páginas impresas. Da conferencias, escribe artículos y pisa bibliotecas e institutos en busca del lector lingüística y culturalmente despistado. Se define como feminista y marxista, y practica un activismo ferviente que la ha llevado a vicepresidir un montón de entidades, como Acció Cultural del País Valencià o la Associació d’Escriptors en Llengua Catalana. Ahora preside la Societat Coral El Micalet, una entidad icónica entre entidades en la ciudad de València, no tan hostil a la cultura como mucha gente piensa.

Gemma Pasqual sonríe, siempre sonríe, ríe a menudo y mira a quien la mira con unos ojos grandes y marrones que desarman maldades. Es locuaz y contagia la velocidad verbal a los músculos, que no paran. Si le dieran un banderín, inmediatamente atraería tropa detrás de ella.

Usted nació en Almoines, comarca de la Safor.

Sí. Yo nací en Almoines, después viví en Gandia, donde estudié la EGB, luego nos desahuciaron y me fui a València…

¿Qué quiere decir que los desahuciaron?

Mi madre tenía una tienda de ropa, mi padre era constructor y lo perdió todo, y a los catorce años me fui a vivir a València, no a la calle de Colom, sino al barrio de Barona [barrio de la inmigración de los años cincuenta y sesenta]… Y no teníamos ni para comer, pero literal. Yo me crié en el barrio de Barona, hasta los 18 años, cuando me hice programadora y comencé a ganar dinero, compré una casa a mis padres en otro barrio y me casé y me fui a vivir a Museros. Pero estoy muy anclada aquí en Barcelona.

¿Ha vivido en Barcelona?

No, pero paso largas temporadas, porque por cuestiones de trabajo paso al menos una semana al mes, de lunes a viernes. A veces, dos; a veces, tres. A veces subo y bajo.

Dice que estudió para ser programadora, analista de sistemas…

Yo iba a las Escolapias [ríe]… si se hace largo, me lo dices… Cuando desahuciaron a mi padre yo no tenía ni el graduado. Lo perdimos todo, contenido y continente. Mi madre me dio una maleta y me dijo que solo metiera lo que cabía en esa maleta. Éramos seis personas y cuando llegamos al barrio de Barona fuimos a una casa con dos habitaciones. No teníamos para comer, no teníamos nada y comencé a hacer escaleras, empecé a limpiar y mi padre me apuntó a Formación Profesional. Hice dos años de FP y mi padre me dijo que podía continuar si seguía haciendo escaleras y limpiando, recogiendo patatas… Hacía mil cosas.

Cuando terminé esos dos años mi profesor de Matemáticas me dijo que tenía que seguir estudiando. Porque soy una mujer científica, soy muy buena en matemáticas. Y eso me pasa también con la informática, que no conocía, porque, imagínate, si teníamos la luz a 125 voltios en casa… Yo quería trabajar en El Corte Inglés, porque en El Corte Inglés cuando hacía calor estaba fresquita y cuando hacía frío, calentita. Pero entonces me llamaron para trabajar en una empresa y mi padre vino conmigo. Cuando ya nos íbamos él les preguntó: “Eso de la informática, ¿Gemma ganará dinero con ello?”. Y le dijeron que mucho.

De esa manera me fui a IBM a estudiar con una beca. Yo creía que solo había operadora, programadora y analista de sistemas. Como no sabía inglés ni había visto un ordenador en mi vida, pensaba que me sacaría lo de operadora, pero no. Me saqué primero lo de operadora, luego, el de programadora y después, el de analista de sistemas. Y así fue como me dediqué a la informática un tiempo. Hice muchos trabajos, incluso trabajé en Acció Cultural del País Valencià como telefonista. Y cuando nació mi hijo fue cuando me puse a escribir.

Dice que hizo de telefonista, pero también trabajó como analista de sistemas…

Sí. Yo trabajaba como analista, pero en aquella época eso era como reconvertir empresas. Porque cuando informatizabas una se perdían muchos puestos de trabajo. Se ganaban los de los informáticos, es cierto, pero, por ejemplo, en una empresa de muebles donde trabajé se perdieron muchos. Y entonces ya vi que eso no… Yo soy marxista, ya sé que no se estila, pero yo tengo una ideología y pienso que hay cosas que no están bien. Eso no lo veía. Total, que volví a València y buscaba otra cosa. Tenía muchas ofertas, muy buenas, de mucho dinero, ya había ganado mucho, les había comprado el piso a mis padres, y entonces salió el puesto de telefonista de Acció Cultural, porque conocía a la gente de allí, y lo tomé.

Eso era muy divertido, porque, por ejemplo, yo no sé hacer paquetes. A veces, los paquetes me los hacían los otros y yo les hacía a ellos los informes que les habían encargado. Eso duró un tiempo hasta que nació mi hijo Guillem. Le escribí un texto y en ese momento de ninguna manera pensaba en hacerme escritora, pero, mira, la vida…

¿Cómo fue exactamente eso?

Cuando nació Guillem me inventé una historia. No era una novela ni nada. En esa época no había TikTok, no había redes, no había nada… Y nuestro peor enemigo es la mente. Me inventaba una historia mientras Guillem lloraba o cuando yo no podía dormir. Mi marido me dijo que había hecho una novela juvenil y le contesté que no, porque yo no tenía ninguna relación con ese mundo…

Pero no era una novela para su hijo.

No, no. Era una historia…

Era una historia que escribió porque su hijo no podía dormir…

Exacto. Yo tengo que tener la mente ocupada. No lo sé, a mí no me han diagnosticado nunca nada, pero quizás tengo un TDAH o algo de eso. Nuestro peor enemigo es la mente y yo quería tenerla ocupada. Chico, me puse en eso y mi marido me dijo que había hecho una novela juvenil. La llevó a Alfaguara, que era Santillana, porque él tenía contactos allí, y lo que nunca pasa, pasó: me la publicaron. Pero cuando fui a negociar el contrato, me di cuenta de que allí no había dinero que ganar. Entonces pensé: “¿Soy escritora porque he hecho una novela? No”. Y dije: “Si hago otra, a ver si…”. Entonces escribí Marina, que es mi longseller y que habla del fascismo en el País Valencià.

Era una novela juvenil y el editor no me la quería publicar, porque “eso no es”. Me volví a casa, estudié todo el catálogo de Santillana e hice un informe. Les expliqué que la editorial también tenía ese tipo de libros, como Rebeldes. El hombre se quedó tan de pasta de boniato, que me la publicó. Con ella gané mi primer premio, el Samaruc, al mejor libro publicado ese año. Hice otra, que hablaba de los desaparecidos en Chile, y volví a ganar el Samaruc.

Entonces mi marido me dijo: “¿Pero tú qué quieres ser?”, porque en realidad yo no había elegido nunca ser nada. Y le dije: “Escritora”. Escritora en catalán, en el País Valencià y en el tiempo del PP de la primera época, porque mi hijo nació en el 95! Y me respondió: “Va, pues, hagámoslo”. Lo dejé todo y me saqué el autónomo de escritora. Al principio pagaba más de cuota de autónomos que ganaba con royalties. Nos dimos dos años, porque yo pagaba hipoteca, y al principio fue un desastre, pero yo soy muy terca y me hice especialista en literatura juvenil y comencé a mirar qué se hacía fuera. No qué se hacía aquí, sino qué se hacía fuera, qué quería la gente, y aquí estoy.

Eso quiere decir que usted se inspiraba en la literatura juvenil que triunfaba fuera.

Sí. Yo miraba tendencias y pensaba: “Si mis libros tienen éxito porque son diferentes, tenemos que hacer cosas distintas”. No es hacer un producto para vender. Mis libros son comprometidos, pero a ver, si ahora se estila la literatura chick-lit, vamos a ver qué es eso. Yo no soy Manuel de Pedrolo ni Joan Sales, pero pensaba: “¿Qué hacemos para que nuestros jóvenes lean cosas que hacemos aquí, con nuestra manera de hacer las cosas, y no que vengan de fuera?”. Si me gusta a mí, lo hago. Y además, si lo hago yo, será literatura feminista, literatura social, tiene otros puntos. Y la fórmula hasta ahora ha funcionado.

¿Cómo se siente marxista la hija de un constructor?

[Pagada] Porque mi abuelo era de la FAI. Yo no podía ser anarquista, que eso era demasiado [ríe], pero… A ver, yo soy marxista a mi manera.

¡Uy, uy, uy! ¿Sabe qué decía de eso Joan Fuster? Que el marxismo era una doctrina, un catecismo, que no se podía espigar y sacar cosas o ponerlas. Si la compras, la compras entera, El capital incluido…

Lo sé, lo sé. He leído a Marx y es verdad que… La gente me dice: “Mira que el marxismo ha hecho cosas malas”. De verdad que sí…

La aplicación a la realidad el marxismo no ha sido ninguna ganga…

Pero mi experiencia es otra. Soy nieta de represaliados. En Torturades la mayoría de mis mujeres eran comunistas. Lo hago a mi manera. No milito en ningún partido. Soy demasiado libre para militar en ningún partido. Pero sí que pienso que la idea es buena. Más buena que el capitalismo. Porque sí, Rusia ha hecho mucho mal, pero el capitalismo mata más gente.

¿Es una competición, a ver quién mata menos?

No, no. Yo creo que, si hay una idea buena, es que se debe repartir la riqueza entre todos. Eso es una buena idea. La idea buena es que toda la riqueza no quede en manos de unas pocas personas. Y que Trump, el señor Facebook, Elon Musk y toda esa gente no nos digan qué tenemos que hacer. Eso es muy utópico, ya lo sé.

Es intentar cambiar la realidad. Se puede hacer desde diversas ideologías, mirar que la realidad no sea tan bestia.

Es lo que yo pienso. Como no soy una mujer política, aunque yo soy fusteriana y sé que todos hacemos política, no tengo un partido y me llevo bien con todos. Soy independentista y la gente lo sabe, pero me lo hago bien con la gente. Ahora, mi idea es esa. Creo que repartir la riqueza es mejor que no que se la queden unos pocos.

¿En qué momento usted ve que las ventas le facilitan ya del todo la vocación profesional?

Marina. Escribo Marina, que es mi segundo libro, gano el premio Samaruc y veo cuando entro en las aulas, donde yo no había ido nunca, que puedo hacer cosas. Marina es el libro que nos hace pensar que podré hacer una carrera. Los profesores y mis editores me dan mucha fuerza. Ahora, comienzo a pagar los autónomos en 2000 y mi carrera tiene un punto de inflexión muy importante en 2007, que es cuando gano el premio Barcanova con Llàgrimes sobre Bagdad. Aquel es el primer libro que me traducen al italiano, sin pasar por el español. A partir de ese momento mi carrera da un salto.

Ha escrito una pila, de novelas juveniles y para adultos.

Entre todos, unos treinta libros.

Y la serie Xènia…

De Xènia, solo tres.

No es poca cosa.

Sí, Xènia también ha sido otro punto de inflexión importante.

¿Cuántos libros ha vendido usted?

De Xènia, quizás 300.000 o 400.000. Yo no los cuento. Claro, hablamos de diez años. Muchos libros. De Marina, debo haber vendido un montón también. Ahora mis libros también se traducen al español. El último, que ha publicado Bromera, Drames i likes a l’institut, lo han traducido al ruso. Mis libros se traducen a muchas lenguas. Y eso nos da también muchas oportunidades. Pero básicamente mi público, y donde vendo muchos libros, es el de los Países Catalanes.

Hablaba antes de Manuel de Pedrolo. Escribía mucho, publicaba mucho y vendía muchísimo. ¿Lo está igualando…?

Más que yo, vende mucho Jordi Sierra i Fabra. También es verdad que en literatura juvenil, como se prescribe en las escuelas, se vende mucho. Pero mis libros también se compran en las librerías. Hubo un año, no hace mucho, en tiempos de pandemia, que, tanto en las bibliotecas valencianas como en las de aquí, los míos eran los libros más prestados. Marina, L’últim vaixell, la Xènia…

Quizás es la autora, el autor en genérico, que consigue un éxito tan grande en todas las partes del territorio a la vez. Hace un triplete fantástico. Usted es un fenómeno…

Sí, sí, yo hago el triplete. [Ríe]. La Xènia se ha vendido igual en Barcelona que en Orihuela.

Pero si en Orihuela hablan en castellano…

Eso es otra cosa. Mis historias interesan a los jóvenes. Lo que hace la editorial es que elige la lengua: catalán oriental o catalán occidental. Lo que no pienso aceptar es que hagan dos modelos. Esto lo intentó Barcanova, que yo no quería, y se ha dado cuenta de que no hace falta. La Xènia está en estándar, pues perfecto. Y en Orihuela la leen en estándar.

«La idea es hacer un contenido que guste a los niños» /Barcelona/ Anna Munujos

¿Estándar? ¿Qué estándar? ¿El del catalán central? ¿Y los jóvenes oriolanos compran muchísimo un libro donde se lee “digui, pugui i vingui”?

Sí. De hecho, se adelantó tanto el libro, que no pudieron hacer la doble versión, porque ya se estaba vendiendo mucho y en todas partes. También los niños de Cataluña leen L’últim vaixell, que ha sido un éxito, y está escrito en valenciano. A ver, si los niños de aquí en segundo de ESO ya dan las variedades dialectales… Leen perfectamente en cualquier variante. Y la mayoría de profesores… Piensa que en Cataluña hay muchos de valencianos, también. La idea es hacer un buen contenido que guste a los niños.

En el País Valencià eso puede dar problemas con algunos padres…

Yo también lo pensaba, pero no he tenido, de problemas. Algún problema he tenido sí, porque no vivimos en un mundo de wokes. Ha habido con algún padre, algún profesor… Pero piensa que son libros que se leen en la ESO y en la ESO los profesores valencianos son licenciados en literatura catalana. Leen de todo. Leen a Mercè Rodoreda, que ahora quieren quitar de las escuelas… Quizás ahora el PP y VOX me vetarán, pero… Algunos me vetan, sí, pero las ventas son como son. Puede que pueda pasar, pero cuando llegue eso ya pasaremos el puente.

¿Cuántos libros juveniles ha vendido en total?

Medio millón. No los cuento, de verdad, soy un desastre, pero imagínate. Solo Marina se edita cada año y es un éxito. En el País Valencià es un éxito muy grande. Me pasó algo muy chulo. Por Sant Jordi estaba en un hotel y el chico de allí, que debía tener unos veinte y pocos años, me dijo: “¡Ah, usted es escritora!”. Había leído a la Xènia. Según la edad han leído a la Xènia, Marina…

¿Un hotel de dónde?

Del barrio de Sants. Mucha gente me reconoce y, de hecho, algún político me ha dicho de hacerse una foto conmigo porque por primera vez se ha encontrado con alguien importante que conoce [Ríe].

¿Rivaliza usted con El zoo d’en Pitus…

También es verdad que en literatura juvenil se vende mucho. Tengo la suerte de que me prescriben en las escuelas. Pero la prescripción también puede ser un mito, porque si el libro no funciona, no lo ponen. Yo tengo muchos y me ponen muchos. No es solo la Xènia. El Like, por ejemplo, ya lleva tres años que el gobierno de Andorra lo recomienda. Lo leen todos los segundos de ESO. Tanto el Lycée como el Colegio Español. Todos. Yo pensaba que no repetirían y repiten porque les gusta. También es verdad que yo voy mucho a los institutos. Y conecto muy bien. Me lo estudio mucho. Es una manera de hacer normalización lingüística y política. Ir a hablar, no de política, sino de libros. También es importante que vean mi acento.

¿Qué le cuesta hacer una novela juvenil?

Depende. A ver, no soy Mary Shelley. Yo en un día no hago un libro. Yo lo que hago es que estoy pensando un libro, estoy escribiendo un libro, estoy promocionando un libro y ya estamos preparando las carpetas de los próximos. Por ejemplo, tenemos contratos a dos, a tres y a cuatro años vista, porque, si no, esto no funcionaría. Yo te diría que un año, pero no es verdad. Hay libros que, como Torturades o L’últim vaixell, he estado cuatro años, cinco años, investigando y haciendo, pero, cuando me pongo a escribir, un año o más de un año. Investigando, más, porque yo hago unos dossiers que a lo mejor tienen cuatrocientas páginas. Hago localizaciones y todo. Me encanta escribir. Es que es muy chulo escribir y no tengo prisa. Hombre, tengo prisa, el plazo que me ponen las editoriales, pero todo eso lo hacemos consensuado. De normal, saco un libro al año. Eso es así.

A ver las cuentas… Un libro por año y ha escrito treinta, eso hace treinta años…

Mi hijo tiene treinta y uno y empecé a escribir al nacer él. A veces he hecho dos en un año también, porque he ido más rápido… Se puede hacer uno en medio año perfectamente.

¿Vive de escribir?

Sí.

Debes ser de las pocas escritoras, de los pocos escritores catalanes, que viven de ello…

También lo hacen Jordi Sierra i Fabra o Ferran Torrent, que conozco.

Creo que Ferran Torrent hace otras cosas…

Pero sí que gana suficiente dinero para vivir de ello. A ver, hablamos de vivir, después puedes hacer otras actividades. Yo hago algún artículo, alguna conferencia que también cobro, hago de asesora en algunas editoriales… Hago muchas cosas, pero la verdad es que vivo de escribir, a veces mejor, a veces peor. No soy J. K. Rowling, pero aquella niña que se crió en el barrio de Barona y que iba a limpiar las casas ya tiene aire acondicionado. Eso es guay.

Ha hablado antes de Isabel-Clara Simó… Fue una excepción, que, además, vivía en Cataluña. Casi toda la novela que se hacía en los años sesenta en el País Valencià, la hacían las mujeres: Maria Ibars, Maria Beneyto, Beatriu Civera…, pero, de repente, en los años setenta, cuando aparece el género moderno, las mujeres desaparecen y hasta hace cuatro días no ha habido. O muy pocas.

Pocas.

¿Por qué?

No lo sé. Sí que es verdad que hicieron un estudio en el que los hombres compran literatura de hombres y las mujeres compran de hombres y de mujeres. Supongo que, como es tan difícil publicar en catalán en el País Valencià… Yo no lo sé. Isabel ha sido un fenómeno, sí. Pero es cierto que vivía en Cataluña. Era muy amiga mía en la última etapa. También es verdad que los Premios Octubre todos tienen nombre de hombre, excepto el Andròmina, que no tiene nombre de nada. Al de novela no le pusieron el de ninguna escritora, tampoco. Eso es extraño. Porque ya había escritoras que se movían…

No les hacían tanta gracia, no las debían considerar tan modernas como Joan Fuster o a Vicent Andrés Estellés.

Yo no quería decirlo, pero también es verdad que en esos setenta no había muchas mujeres escribiendo. Alguna poeta…

Fina Cardona y poco más. Pero de novelistas, ninguna, hasta hace cuatro días, que ha habido un estallido.

Eso sí que es verdad. A mí me gusta mucho la novela. No he hecho nunca poesía. Nunca. Mira que he jugado con el teatro, con el ensayo, que me gusta mucho escribir, pero le tengo mucho respeto a la poesía. Le tengo mucho respeto.

Y es el género que se presta más cuando una literatura no tiene suficiente consistencia. Solo hay que mirar el País Valencià o la misma Cataluña en el período de la Renaixença… Usted debe ser un poco rara…

Eso no te lo discutiré [Ríe].

Usted también ha escrito novelas para adultos: Viure perillosament, La puta i la santa… Ahora ha escrito una novela, La vida és allò que passa mentre esperes un match… Con esto prueba un género que tiene éxito, el chick lit…

Es que yo defiendo que en literatura catalana debemos tocar todos los géneros.

Eso también lo decía –y lo hacía– Pedrolo.

[Ríe]. Espero no acabar como él, pobre. Le tengo mucho respeto, pero… Yo hice Viure perillosament, que eran cuentos para adultos. Me gustó mucho. Después hice ensayo. Pero antes ya había comenzado a escribir La puta i la santa. Por circunstancias personales, porque había fallecido mi marido, necesitaba reír. Mi cuerpo necesitaba reír. En Bromera, para la fundación, hice una novelita muy corta de esas que se encartan para la promoción del valenciano, que era un poquito la idea de Martina, la protagonista de La vida passa… Su embrión. Lo hice y la gente reía mucho. Empecé a apuntarme historias que me contaba la gente del Tinder, porque yo no tengo ni sabía cómo funcionaba. Te lo prometo. Me apuntaba todo lo que me decían las amigas. Y a partir de aquello entré en un género que también, quieras que no, si la Xènia ya tiene diez años, ha ido recogiendo a mis lectoras de la juvenil. Ha sido un éxito, porque la gente tiene muchas ganas de reír.

Eso le quería comentar también. Usted arrastra ahora generaciones de lectoras. ¿Son solo mujeres? ¿Más mujeres que hombres? ¿De todo?

Tengo la suerte de tener de todo. No puedo decir que sean solo lectoras. Hago una presentación y vienen hombres y mujeres.

Quizás los hombres vienen acompañándolas.

No. En las redes sociales, por ejemplo, donde estoy muy integrada, porque tengo un máster en marketing y comunicación, me he trabajado mucho cómo conectar con la gente. Me he trabajado mucho las redes. Hay un feeling, he creado un feed-beack y la gente interactúa mucho conmigo. Y sé que tengo tantos lectores como lectoras. Hay muchos hombres que han leído Viure perillosament. Hombres y mujeres leyeron La puta i la santa porque ya me conocían. Soy activista, no lo negaré ahora, y la gente me conoce. Quien ha sorprendido mucho a la gente, sobre todo a los hombres, es Martina, la protagonista de La vida és allò que passa… Los ha sorprendido gratamente y yo estoy muy contenta. La gente tiene ganas de reír.

Si le dicen que usted hace una literatura excesivamente fácil, ¿se enfada?

No, porque no lo es. La literatura juvenil es una literatura complicada…

Pero La vida és allò que passa es una novela para adultos…

Hacer reír es muy difícil. Es más fácil hacer llorar. Eso también lo dicen los cineastas. Evidentemente, La puta i la santa me costó mucho más escribirla. Y Viure perillosament. Esta, Martina, la he hecho en un año… Yo la llamo Martina porque es el nombre de la protagonista. Sí, es más fácil escribir a Martina que La puta i la santa… Ahora estoy haciendo una importante… En todo caso, creo que no hay literatura fácil. La literatura es literatura. Yo la hago y muy cuidada. La gente que lee lo ve.

Agatha Christie hacía literatura de género, que es un tipo de literatura más fácil que la gran novela del final del siglo XIX o comienzo del XX. Es una literatura de consumo popular. Es eso lo que le digo.

Sí. Es verdad. Porque La vida és allò que passa mentre esperes un match es más fácil de consumir que La puta i la santa. Sí. Y no pasa nada. A mí lo que me interesa es que a la gente le gusten mis libros. Y si no te gusta, ¡es que no te lo tienes que leer! Yo tengo treinta libros y lo tengo estudiado. Puedes espigar y elegir, pero, si no, no pasa nada. Hay más autores y más autoras. Es una literatura más fácil, sí. De consumo más popular, de acuerdo. Y no me enfado, no.

¿Cómo la trata la crítica?

Muy bien. Estoy tan acostumbrada a que la gente me trate bien, que cuando no me tratan bien digo: “¡Ay!”. La verdad es que llevo mucho tiempo escribiendo. Siempre he tenido críticas muy buenas. Un día me hicieron una mala, hace veinticinco años. Una sola. De un libro que se llama Quan deixàrem de ser infants, que es una biografía de Estellés. Todas las críticas fueron buenas y una que salió en el Postdata era para matarlo. Me encerré en la habitación y lloré, porque el crítico, que es conocido, me quería matar. Y pensé: “¿Por qué dice eso de mí?”. No lo entendía. Claro que no estaba tan metida como estoy ahora. Entonces un amigo me dijo: “Las críticas, te las tienes que tomar como vienen. Las buenas y las malas”. Y ahora ya me lo tomo así. Ni soy tan buena como dicen algunos ni tan mala como pensaba aquel. Ahora, de malas, tengo pocas, pero tampoco me las miro. Es fácil.

No le hacen daño.

Ahora ya no.

Ha madurado.

Supongo que sí. Eso es como las redes sociales. Tienes que aprender. Yo tengo Twitter, que ahora se ha hecho X y es muy agresivo… No te puede afectar lo que te dice gente que no conoces. Cuando voy a un aula la primera cosa que les pregunto es a quién no le ha gustado el libro. Porque aprendo mucho del niño a quien no le ha gustado el libro. Si no le ha gustado la Xènia, es porque no le gustan las novelas románticas. Y lo es. Yo soy feminista hasta el tuétano, pero no puedo decir que la Xènia no es una novela romántica. Te lo tienes que tomar como viene… con… deportividad. No es que no me afecte, pero me lo tomo con deportividad.

El chick lit engloba novelas románticas de humor, de mujeres modernas, urbanas…

No lo negaré.

Manolo Gil, que ha hecho una larga reseña, destaca el carácter, pero agrega que usted aporta compromiso social, feminismo e identidad.

¿Que qué! [Ríe]. En todos mis libros. No es que mis libros sean feministas, es que yo soy feminista. Entonces, mis mujeres son empoderadas. Sí que es verdad que el chick lit se diferencia de la novela romántica porque hablamos de textos como El diario de Bridget Jones. Ahora no me pondré estupenda y diré que Helen Fielding es Simone de Beauvoir. [Ríe]. Ya lo sé, pero es verdad que mi mujer, Martina, no tiene un cuerpo normativo, es una mujer muy liberada y hablo también de la gentrificación. En todas mis novelas encontramos lo que yo pienso, lo que yo quiero. Y eso no excluye que sea una literatura de consumo y divertida.

Una literatura de consumo comprometida socialmente y nacionalmente. ¿Usted qué es, qué se siente nacionalmente?

Yo lo tengo muy claro. Yo soy valenciana de nación catalana, pero soy valenciana. Orgullosa de ser valenciana. Y eso, donde voy. Yo reivindico mi valencianidad. ¿Que de eso alguien quiere hacer un conflicto? Pues, ya estamos hablando de política. También podemos hablar, pero yo puedo sentirme de la nación que a mí me dé la gana y soy valenciana. De nación catalana. A ver, si soy de Almoines, al lado de Gandia. En Beniarjó…

No sé si todos los de Almoines se sienten valencianos de nación catalana…

No, pero quiero decir que nosotros, claro, somos de la tierra de los Borja, somos de la tierra de Ausiàs Marc. ¿Qué nación tenían ellos? ¡Claro! Entonces, yo me siento de nación catalana.

¿Eso le ha dado algún disgusto?

Pues, claro.

A la hora de vender, a la hora de publicar…

Yo siempre he dicho que las ventas no se deben forzar. Quien no quiera comprar un libro mío, que no lo compre. No pasa nada. Los vendo en Italia y en Sudamérica y no sé si la gente los compra porque soy indepe o por qué los compra. Si alguien por mi manera de pensar no compra un libro, que no lo compre. Ahora, otra cosa es cuando los vetan. Por ejemplo, la Generalitat valenciana ahora, todos los vetos, todo eso que hace… Claro que nos da disgustos. Pero eso no es personal. Eso es una batalla que tenemos que tener por la libertad individual y por la libertad de pensar.

¿Le han vetado algún libro suyo ahora en los institutos o en las bibliotecas?

Lo que hacen ahora es que no nos llaman. Yo iba a las bibliotecas, donde presentaba libros, y ahora no me llaman. Pero, de verdad, Vicent, que yo no quiero personalizarlo en mí nunca. Ser independentista tiene un precio. Todos hemos tenido precios, pero yo no seré la protagonista. Es una cuestión colectiva. Nosotros tenemos que luchar para que no haya estos energúmenos que hay ahora en la Generalitat valenciana. Pero no solo en la cultura. Mira con la dana. Es en todo y tenemos que ir todos a una. ¿Qué problema tenemos? Que nos gobierna la incultura. Que no me digan a mí ahora los señores del PP que el problema que tienen es un libro mío. Eso no se lo cree nadie. Pero yo no quiero ser protagonista de esta película. [Ríe].

¿Qué quiere decir eso?

Que sí que me pasan cosas, que me han pasado, pero que no las denuncio como que me han pasado a mí. Siempre voy en colectivo.

«Que somos Países Catalanes está clarísimo» / Anna Munujos

La idea pancatalanista, la idea de los Países Catalanes, ¿no ha hecho daño también al valencianismo político?

Creo que no. La gente se lo inventa para montarse chiringuitos. Ahora sé que hay gente que dirá… A ver… Que somos Países Catalanes está clarísimo.

¿Quién lo tiene claro?

Quien no lo tiene claro es porque no se hace las preguntas adecuadas. Yo conocí a Joan Fuster, que no iba diciendo Países Catalanes por todas partes y cada día.

No, pero vivía una catalanidad desde una pretendida normalidad que no era tal.

Exacto. Está claro que hablamos una misma lengua…

Los valones y muchos suizos hablan francés…

Exacto. No podemos negar la unidad de la lengua. Tal como está ahora el mundo, los Países Catalanes pueden ser una utopía. Yo no digo que no. Pero en mi manera de pensar hacen más fuerza los Países Catalanes unidos, como consumidores, ante Europa, para todo, hacen más fuerza que yendo separados. La gente del País Valencià ¿qué piensa? Hay quienes están a favor y hay quienes están en contra. Como aquí en el Principat.

¿De qué porcentaje hablamos? ¿De un tres por ciento? Los demás están en contra, incluso desde el valencianismo político, precisamente porque lo ven contraproducente…

Creo que debemos ser firmes. También pasa en el País Valencià que hay mucha gente que en un mitin se proclama muy valencianista y luego es de Países Catalanes pero que no lo dice porque se piensa que es contraproducente. Lo que tienen que hacer los políticos en el País Valencià –si es que hablamos del País Valencià, pero aquí también, que cada vez se valencianizan más– es tener un proyecto claro. Mira el Correllengua nuevo que han hecho los jóvenes. En el País Valencià ha tenido un éxito grande. Y eso es Países Catalanes. Pasó pueblo por pueblo y había un montón de gente esperándolos. Quizás el problema que tiene la gente no es en los Países Catalanes, sino en los políticos, que deberían hacer un pensamiento.

No lo entiendo. ¿Qué quiere decir que deben hacer un pensamiento?

Que ya no podemos decir que la gente está en contra del catalán porque en el País Valencià eso ya no tira. La mayoría de jóvenes se han educado leyendo libros de todo tipo. Eso funcionaba antes y es un discurso que aún mantiene alguien, pero que ya no funciona… ¿En contra de los Países Catalanes? Si hay gente en contra, es porque no sabe qué es eso y se piensa que vendrán los catalanes, nos invadirán y nos quitarán la paella… Quizás si todavía se piensan eso, estarán en contra. Pero, si se explica bien, yo creo que no. Nuestros políticos deberían pasar la pantalla al siglo XXI y empezar a gobernar sin tanto miedo.

¿Usted cree que Compromís tiene miedo de explicar estas ideas?

Compromís tiene muchas familias. Yo les he dado apoyo en muchas cosas. Cuando estaba en la Associació d’Escriptors en Llengua Catalana, cuando estaba en Acció Cultural… La única cosa que sé es que Compromís en la primera legislatura se comprometió en su programa –y yo tuve el díptico en la mano– a entrar en el Institut Ramon Llull. Después de ocho años no entramos. Y aportaban dinero al Institut Ramon Llull, porque estaban en los lectorados. Pero no tocaba. ¿Sabes eso de Pujol? No tocaba. Eso es un problema que tienen. Ahora, yo qué quieres que te diga? Ellos deben saber los problemas que tienen. Ya se apañarán, pero creo que deben ser más valientes. Cuando entra la extrema derecha hace las cosas muy rápido, las cambia muy deprisa. No entiendo cómo no…

La extrema derecha ahora ha cambiado el nombre del instituto de Alcúdia de Crespins. Se llamaba Isabel-Clara Simó y ahora a saber cómo se llamará…

Por contra, que los partidos del Botànic pusimos el nombre de Guillem Agulló a una calle nos costó la vida. Presionamos desde Acció Cultural y al final, pobre mío, pusieron su nombre a un paseo dentro del jardín de los Viveros.

Queda claro que el valencianismo y la izquierda en el País Valencià actúan con muchísima más cautela que la derecha.

A mí me decían: “No, Gemma, vamos más despacito, porque vendrá la derecha”. Si yo los entiendo, pero es que ha venido igualmente. Si hubieran ido más rápido, habrían hecho más cosas. Que es más complicado, que ellos lo hacen más complicado, seguro. Yo me estimo mil veces más que esté Compromís o un Pacte del Botànic a los que hay ahora. Que les doy apoyo, también. Pero soy crítica. Yo no soy de ningún partido. Soy muy crítica.

También es crítica con el Procés. Como valenciana que se siente de nación catalana ¿cómo lo ha vivido?

Lo he vivido desde dentro desde hace muchos años. Yo me muevo aquí y todo. Estoy decepcionada. Es que soy de las bobas que… Cuando la declaración de independencia mi marido vivía. Nosotros nos casamos el 27 de octubre, mi marido y yo. No lo celebramos ese día porque iban a proclamar la independencia. Estuvimos allí mirando la tele, mi marido se fue, mi hijo me dijo: “Mira qué han hecho los tuyos” y yo estaba esperando que pasara algo. Pensaba: “Hay un plan”. Pasó un mes, mis amigos se discutían conmigo y yo les decía: “No, no, no. Hay un plan”. Y mi hijo me preguntaba: “Madre, ¿dónde está el plan?”.

Yo pensaba que aquello no podía ser, que había un plan… Soy crítica, sí, con ellos, pero creo que deberíamos cambiar el lenguaje agresivo. No compro el lenguaje que denuncia traidores. No compro ese lenguaje tan agresivo que hay ahora. Es verdad que creo que las personas no lo hicieron bien y que habría que mirarlo, habría que revisarlo, y que nos deberían explicar todo lo que hicieron. Estoy de acuerdo. Pero también debemos ser conscientes de que iban contra el Estado español. Creo que no midieron las fuerzas. Pienso que, si somos tan duros con nuestros líderes, nadie querrá serlo.

O solo los más trepas, los más arribistas…

Soy crítica, eh? He estado en la cárcel con ellos, he estado en el exilio. Conozco a la mayoría de ellos, he hablado… Soy muy crítica, pero creo que deberíamos bajar el tono. Y pensar una cosa. Hace unos años, porque yo ya tengo una edad –como tú también– cuando hablabas de independentismo la gente en el Estado español solo pensaba en los vascos. Y ahora ya hablan de los catalanes. Del independentismo catalán. Hemos avanzado mucho. Si hiciéramos una línea en el tiempo… Yo soy una científica: ensayo, error y adelante! No podemos continuar así todos peleados, porque lo único que hacemos es perder todo lo que hemos ganado. Eso es lo que no puedo entender. Que nos dejemos manipular tanto, porque está claro que todos somos víctimas de una manipulación. Y que están ganando los españoles.

La lista de activismo social suyo, de entidades de las que ha formado parte, es tan larga como la de premios que le han dado. Vicepresidenta de Acció Cultural del País Valencià, vicepresidenta de la Associació d’Escriptors en Llengua Catalana, vocal del consejo asesor de la Institució de les Lletres Catalanes, miembro del patronato de la Fundació Reeixida, miembro del PEN català, patrona de la Fundació Llull, patrona de la Fundació Sambori y ahora presidenta de la Societat Coral El Micalet…

Y siempre me lo piden, eh? Te prometo que yo no lo pido nunca. No me apunto ni voluntaria para una paella. Que nadie se equivoque. Es verdad que mucha gente se apunta a lo que sea por protagonismo. Yo no lo necesito. Pero también es un deber social. Cuando ves que puedes ayudar –y yo creo que tengo suficiente experiencia para ayudar– y me lo piden los socios, digo que sí. Y siempre me llaman cuando las cosas van mal, eh?

Ha sido un honor ser vicepresidenta de Acció Cultural, estar en la Institució de les Lletres Catalanes, donde aprendí muchísimo, ser vicepresidenta de la Associació d’Escriptors en Llengua Catalana y ahora el orgullo más grande que he podido tener nunca es ser presidenta de la Societat Coral El Micalet. Para la gente que no lo sepa, es el ateneo más antiguo de València. Y de los Países Catalanes. Nosotros fuimos los primeros socios de la Federació de Cors Clavé. En 1829, si no me equivoco, porque soy muy mala con las fechas. Creo que es el lugar del que me siento más orgullosa. Para mí es un honor.

¿Qué significa hoy día en una ciudad tan complicada como València una Sociedad como El Micalet?

La gente no sabe qué es Micalet. El Micalet es música. Nosotros somos conservatorio, somos escuela de música, somos sede de asociaciones… Tenemos la puerta siempre abierta. No hacemos distinciones. Cualquier persona que nos necesite, unos niños que quieran montar no sé qué, pueden venir y nosotros los acogeremos. El Micalet es del pueblo. Eso es muy importante. Nosotros lo hacemos en catalán, pero allí vienen un montón de niños de Ciutat Vella, muy necesitados. Les regalamos durante un año el instrumento, porque hay gente que no se lo puede comprar. Hacemos lo que a mí me gusta. Ayudar a la base social.

Además, el Micalet tiene mucha voz. Tiene una voz social muy importante. Piensa que nosotros vamos a la procesión cívica del 9 de Octubre… Es verdad [sonríe] que este año no hemos ido, pero tenemos derecho, por ser quienes somos. El Ateneo de València cuando hace algo cuenta con nosotros, porque somos de la misma quinta. Y eso es muy importante.

Y esta derecha tan españolista que lo acapara todo no ha querido hacerse con el control?

No. Ellos son de tierra quemada. Prefieren que desaparezcamos. Nos han quitado las subvenciones, nos dan mucha caña, van a por nosotros, siempre nos tienen en el punto de mira… Hemos aguantado unos ataques, ya lo sabéis… Pero nosotros aguantamos y hacemos las cosas bien hechas.

No han sufrido ningún intento de entrismo, entonces?

En los Estatutos eso lo tenemos bastante controlado. Ya pasó con Lo Rat Penat y ya tenemos la experiencia. Ahora no ha pasado y miramos que no pase. Nuestros socios no lo permitirían. Tenemos 800, que son muchos para ser un ateneo. Por cierto, pertenecemos a la Federació d’Ateneus de Catalunya, que ahora ya es de Países Catalanes, porque estamos nosotros [sonríe]. Y somos de los que más socios tenemos. ¿Podría pasar? Ya prestamos atención para que no pase. El Micalet es un legado y tenemos la obligación de que eso no pase.

¿Y qué ha pasado con el grupo de teatro? Ha habido un enfrentamiento interno muy fuerte y el episodio ha terminado como el rosario de la aurora, o el baile de Torrent, si hablamos de música…

Me sabe mal. De verdad que me sabe mal. Tener un grupo de teatro en el Micalet estaba muy bien, pero no era nuestro grupo de teatro. Se llama la Companyia de Teatre el Micalet y es una sociedad limitada. Nosotros estábamos muy orgullosos, pero lo que pasa es que ellos tenían un contrato de alquiler de la sala y pagaban tan poco dinero, que no cubrían ni los gastos. Nosotros queríamos recuperar la gestión, porque tenemos una coral, una orquesta, el grupo de danzas Alimara… Y queremos el teatro también para poder hacer cosas. Ellos se negaron y no llegamos a un acuerdo.

Ellos querían ser los dueños de la sala, y los dueños de la sala son los socios. En realidad, quienes decidieron sobre esta cuestión fueron los socios. Hicimos una junta, expusimos el tema, por dos veces, y arrasamos. La junta nos dio confianza. Y fueron ellos quienes dijeron que no querían continuar con el tipo de gestión que les proponíamos. El contrato se había terminado y les hicimos una prórroga para que así pudieran pedir una subvención. Después todo se ha hecho muy grande…

Es lógico que se haya hecho muy grande, precisamente por la importancia de la institución y el impacto cultural que suponía anualmente la temporada de teatro en el Micalet…

Es una lástima. A mí me habría gustado mucho llegar a un entendimiento, que tenía que ser económico, porque aquello es un teatro. Para que os hagáis una idea, cuando yo entré como presidenta pagaban 1.500 euros al mes por el alquiler de la sala, sin los costes de luz ni de agua ni de nada más. Habríamos tenido que llegar a un entendimiento en el uso de la sala, que era la mejor manera de continuar, pero la tenemos que gestionar nosotros.

¿Formarán otro grupo, mantendrán las temporadas?

Ahora mismo la hemos llenado de música con nuestras agrupaciones, pero nos lo tenemos que mirar bien. La gente nos lo pide, pero no se puede hacer tan rápido. Nos llegan ofertas, pero las tenemos que estudiar.

Usted fue militante del MDT. En este episodio se ha enfrentado con el líder histórico del independentismo catalán en el País Valencià, Josep Guia, que es vicesecretario de la junta… ¿No le sabe mal?

¡Es que no nos hemos peleado!

¿Cómo que no se han peleado? ¡Se han peleado mucho! Él había tomado partido por la compañía…

Teníamos dos puntos de vista diferentes. Josep Guia es un miembro histórico del Micalet y él defendía que se quedara el grupo de teatro porque él piensa que hay muy poco teatro en catalán en València. Y tiene razón. Si se van ellos, claro, eso es importante. Pero tienen otra sala y lo harán en otro lugar. Ahora, piensa que nosotros estamos en deudas, tenemos una crisis económica… Si hubiéramos estado bien de dinero, tampoco nos habría importado, pero, claro, no podemos hacer según qué. El punto de vista de Josep Guia está bien, pero nosotros no podíamos mantener la situación.

Es decir, que sí que se han peleado…

Teníamos dos puntos de vista diferentes…

¿Han terminado como amigos?

Josep y yo nos conocemos de toda la vida y no podemos ser enemigos. Él es una persona con un carácter muy fuerte, no quería que el grupo se fuera, pero incluso cuando pedí una línea de crédito, porque la necesitábamos, las personas que nos la dieron me hicieron ver que con el teatro no podíamos continuar así. A mí me gustaría que nos tocara la lotería y que todo fuera más fácil, pero… La diferencia entre la posición de Josep y la mía es que nuestros socios, no yo, quieren que la gestión del teatro dependa de la Societat Coral El Micalet. Y eso se tiene que estudiar, no es fácil. Pero lo han decidido ellos, de verdad que sí, en asamblea…

¿Cuál es el futuro inmediato del catalán en el País Valencià, ahora que en Cataluña ha brotado una enorme preocupación por la cuestión?

Creo que Cataluña debería mirarse en el espejo del País Valencià. No lo hace lo suficiente. Dicen que los valencianos somos unos meninfots, pero nosotros hemos mantenido la lengua. Con todo lo que nos ha pasado. Ya sé que es hacer historia, pero nosotros fuimos el último bastión de la república. La gente habla de Guernica, pero nosotros tenemos Alicante. Tenemos las fosas comunes más grandes, éramos el paredón del régimen. Y hemos mantenido la lengua. Cuando la gente habla de Estellés, habla de Fuster, ¿de dónde son? Creo que nosotros mantendremos el catalán, como hemos mantenido el Micalet, como lo hemos mantenido todo. Nos costará, sí, haremos batalla, ahora mismo nuestros profesores lo están haciendo, pero creo que esta gente, esta pandilla de energúmenos que nos gobiernan ahora, harán todo lo que quieran, pero no podrán con el catalán. Es complicado, eh?

No soy woke, de verdad que no, pero sí que pienso que ahora, por ejemplo, los profesores reivindican también el valenciano. Por primera vez ahora la gente habla valenciano porque lo han estudiado. Todos los niños que estudian ahora han estudiado en valenciano y no pueden decir que no lo entienden. Han leído libros míos, libros de más gente…

«¿Tan poca gente ha votado a Illa para que nos digan que los valencianos votamos mal?» /Barcelona/ Anna Munujos

Una cosa es entenderlo, otra cosa es hablarlo y aún otra es hacer un uso habitual.

¿Vienen momentos difíciles? Sí. ¿Se perderá el catalán en el País Valencià? Yo creo que no. Ahora, que tenemos que tomar medidas, seguro. Cuando se vayan los del PP, porque se irán… La gente no lo entiende, pero va de pocos escaños. Es como aquí. Cuando nos dicen que los valencianos votamos mal, ¿tan poca gente ha votado a Salvador Illa para que nos digan eso? [Ríe]. Creo que los nuevos gobernantes tendrán que tomar decisiones. Cuando toque gobernar a Compromís, al PSOE o a quien sea, debe apostar por la lengua. No hay otra.

¿Y cómo se recupera una ciudad, como ahora València, que usted pisa tanto, o Alicante o Elche, para la lengua?

En Alicante y en Elche hay mucha gente que habla catalán.

No sé si llegan al 10 por ciento. Y que lo sepan hablar, no que lo usen de manera habitual…

¿Pero qué quieren ustedes si no tenemos ni medios de comunicación en catalán? Es que tenemos que poner el catalán de moda. Y poner algo de moda, los publicistas se lo dirán, no es tan complicidad. Pero hay que poner dinero, ganas y recursos.

Y escritoras como usted…

[Sonríe]. Como yo, no necesariamente. Por ejemplo, la literatura en el País Valencià tiene muy buena salud. Tenemos escritores fantásticos. Se produce más que nunca en catalán. Tenemos que apostar también por la gente joven, que yo ya tengo una edad… Estoy muy contenta de que la gente se lea mis libros, pero ahora necesitamos líderes jóvenes, necesitamos gente valiente, que hay. En el Correllengua, de verdad, he visto tanta gente joven en la calle, tanta gente con ganas de hacer cosas, que… Solo nos pueden salvar los jóvenes, ya sé que la gente es muy crítica con ellos, pero hay de muy comprometidos. Tenemos que dejar de hacer tapón.

[Sonrío]. Le toca retirarse, eh?

No, no, no. No digo retirarse, sino darles

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