Hay malentendidos que se convierten en el mejor pilar de un proyecto, y el nombre de Renaldo & Clara es el mejor ejemplo, aunque también es verdad que una vez decidido es difícil cambiarlo. A pesar de que muchos aún buscan un Renaldo de carne y hueso, detrás de esta identidad solo se esconde la mente compositiva de Clara Viñals. Renaldo no existe. El nombre del grupo, extraído de una película de Bob Dylan, nació como el refugio ideal para alguien que nunca se ha sentido cómoda bajo la etiqueta clásica de «cantautora» y que siempre ha tenido el alma pop y el espíritu de un grupo. Con una trayectoria plenamente consolidada dentro del pop cantado en catalán, Clara Viñals destaca por su capacidad de hacer equilibrios y malabares con las emociones, y también con las letras y las melodías con las que hace un ejercicio de depuración absoluta. Son simples, pero complejas, y cuentan historias de la cotidianidad para acabar tocando de lleno contradicciones tan humanas como el amor, los celos o el drama, a menudo relativizados con un punto de ironía saludable. Musicalmente, el proyecto ha sabido viajar desde el minimalismo más tranquilo hasta ritmos más bailables, pero manteniendo siempre una premisa innegociable: la honestidad de un esqueleto sonoro donde no sobra ninguna nota. Defensora de la riqueza de hablar y cantar desde su Lleida natal, que también se dibuja en las canciones, Clara Viñals habla con El Món para desnudar el proceso creativo de su último trabajo, reflexionar sobre el peso de la imagen y la simbología, y explicar cómo convive con una industria donde, cada vez más, los números de Spotify amenazan con distorsionar el valor de la música. Escuchen el nuevo disco L’Encant, porque les atraparán las melodías y esa voz de Lleida, y no Lérida, que saca disco cada tres primaveras.
Ya avisas en la cuenta de Instagram, pero ¿cuántas veces has tenido que explicar que Renaldo no existe y el nombre nace de una película de Bob Dylan?
No lo he contado, la verdad. Muchas veces. Desde el principio del grupo, que le puse este nombre, que realmente es confuso, lo he tenido que ir aclarando. Porque, además, la gente es que no lo aprende.
¿Te sirve como una especie de escudo?
En parte, sí. Claro, el nombre lo decides al inicio, cuando creas el proyecto. Tenía muy claro que no quería que se llamara Clara Viñals porque nunca me he sentido una cantautora en el sentido clásico de la palabra, aunque soy compositora y canto las canciones, pero siempre me he sentido como un grupo de pop. No se me había ocurrido un nombre más de grupo estándar, y encontré este medio-medio que tiene un punto que define la realidad.
Que incluía tu nombre.
Exacto, que incluía mi nombre, porque realmente sí que es muy yo, pero a la vez es un formato que parece que es de grupo de pop.
Y el nombre también proviene de una vinculación con la música.
Sí. Al final, todo y ser confuso, refleja bastante la realidad del proyecto. Toco con gente, y gente muy importante, que aportan sus manos a tocar, sus arreglos, etcétera. Pero sí que es verdad, que soy la única compositora, que soy la cara visible, y entonces realmente tiene mucha parte de mí también.
Acabas de ser madre y acabas de sacar un disco L’Encant con nueve canciones. ¿Pura coincidencia?
No, no (ríe). Creo que los últimos discos tienen 9 canciones. A mí me pasa una cosa, que es que yo escribiendo elimino mucho. Luego me quedo mucho en el esqueleto de lo que quiero decir y depuro mucho las frases para que quede muy conciso. Y lo mismo con la música, no hago repeticiones porque sí. Entonces, me acaba pasando que me queda muy comprimido, como una cápsula, y eso hace que los discos acaben teniendo pocas canciones y cortas.

¿Cómo vives este primer disco siendo madre?
A ver, ya tenía todas las canciones hechas, o me faltaban acabarlas, pero ya estaban muy encaminadas, y me coincidió el embarazo con la grabación del disco. Lo he vivido más diferente en cuanto a la logística.
L’Encant puede ser un hechizo, una virtud o un lugar físico. ¿Qué buscabas bajo este concepto?
Es ese sentimiento de algo que te fascina, que tiene un punto misterioso, que desprende encanto. Cuesta definir la palabra encanto, porque tiene diferentes significados, y me gusta que tenga varios significados. Me resumía bastante el disco. Muchas canciones son de amor, pero no la típica canción de amor, sino que buscan un sentimiento contradictorio, como cierta fascinación. Me gusta el concepto de encanto porque tiene ese punto que te quedas fascinado por algo.
¿Y la serpiente de la portada tiene que ver con este hechizo?
Sí, exacto, un poco esta imagen. En la canción Repartit, que es la canción donde aparece la palabra encanto, me venía a la cabeza esta cosa de los encantadores de serpientes y de la simbología de la tentación. Me daba un significado muy coherente.
¿Es una Clara Viñals más intimista que en los dos discos anteriores? ¿Es volver a los orígenes?
Exacto. Es decir, por un lado, sí, pero por otro, no. Este disco no lo habría podido hacer sin los dos últimos, pero a la vez no he buscado que fuera continuista de los dos últimos discos, que eran un poco más grandes, buscando algo más rítmico.
Una música más urbana.
Exacto, y de buscar unos arreglos más llenos. Aquí he querido recuperar un piano acústico, que quizá en el disco anterior no habría encajado, una guitarra española, que quizás puede recordar más a los inicios, y eliminar mucho el ritmo este bailable. Como que alguna canción han quedado más acústicas, sin batería, sí que ha quedado más minimalista y más tranquilo. Pero a la vez también hay canciones que sí que están más enlazadas con el anterior, con un punto más…
¿De darle cierta continuidad?
Sí. Entonces, para mí tiene un punto de equilibrio. Hacer un poco malabares, también, para cómo encajar estos dos mundos porque, aparentemente, son bastante diferentes, pero el disco es coherente. Por lo tanto, el trabajo más grande que he tenido ha sido encontrar el equilibrio entre las dos cosas.
La nota de promoción plantea el disco como unos grandes éxitos de material nuevo. ¿Estás de acuerdo?
Cuando me lo dijeron pensé que es una definición muy solemne. Cuesta mucho a una misma tomar la perspectiva de ver si son grandes canciones, o no son tan buenas, pero entiendo un poco lo que se quiere decir con grandes éxitos. El disco tiene un punto que podrían ser canciones de diferentes épocas, pero todas son bastante chulas.
¿Y por qué has introducido este instrumento japonés el omnichord?
Es un instrumento que puedes tocar sin tener muchos conocimientos de música, porque tiene unos botones que te hacen los acordes. Y en el disco, aparece de manera anecdótica, en una canción, M’hauria agradat solo porque noté que faltaba algo y pensé que quedaría muy bien un omnichord, que tiene un sonido muy peculiar.

Es anecdótico en el disco, pero en el formato físico no lo es tanto.
Exacto, el pre-order, grabé cuatro canciones con el omnichord. Al final, es un instrumento muy limitado. Aparte de los acordes, tiene varios ritmos y parece muy variado, pero, al final, todo acaba sonando muy similar.
¿Y cuando escribes una canción, cómo notas si has encontrado el encaje sonoro que le conviene?
Creo que eso es algo muy subjetivo, que lo notas o no lo notas. Es decir, es algo totalmente emotivo. Si te emociona, es que es eso. A veces sientes que no te representa, o que lo notas forzado. Me guío mucho con el oído, el sentimiento que me genera, y si a mí no me impresiona en el momento, mal asunto.
Es decir, debe cautivarte al momento.
Sí. Es decir, aunque es un proceso muy, muy lento, porque yo soy muy lenta haciendo canciones y grabando también hago muchas pruebas… Es eso, el momento que sé que debe ser eso es cuando me gusta. Así de claro. ¿Y el motivo de por qué me gusta? Pues no lo sé, pero porque me emociona. Y ese momento es un estallido de euforia.
¿Y el mejor momento del proceso productivo es cuando cierras escribir una canción?
Cuando me cierro a escribir, en realidad, es un proceso extremadamente lento. Son muchísimas horas, muchísimos días. Entonces, aunque yo me lo paso muy bien, es un momento que el 90% del tiempo, o el 95%, no avanzo. Es así. No diría que es el mejor. El mejor es cuando realmente tienes esos momentos de inspiración que realmente avanzas.
¿Que tomas impulso, no?
Sí. De todo el tiempo que dedicas, casi la mayor parte del tiempo es frustrante, porque no se te ocurre nada o solo se te ocurren cosas que no son las que buscas. Cuando avanzas sí que es el mejor momento. La gente se imagina a la gente escribiendo canciones en diez minutos, como arte de magia, pero es como un proceso que tienes que tener mucha paciencia.
Porque tus letras son simples, pero son complejas a la vez.
Exacto. Expresamente, busco esa sencillez en la apariencia, pero para conseguirla, he hecho muchas pruebas. También soy muy consciente de qué palabras escojo. Podría buscar una apariencia complicada y utilizar palabras interesantes, pero no quiero que sea así. Entonces quiero usar palabras muy cotidianas, o metáforas también las más sencillas que pueda, para explicar un sentimiento a veces que es complejo.
¿Jugar con palabras comunes?
Sí, exacto, y parte de eso es la gracia de buscar esa sonoridad pop. Y también, por otro lado, debe encajar una melodía. Por un lado que la letra influya y tenga su significado, pero que rime o que no rime, si lo decides así, porque la sonoridad es importante. Pero en este disco hay muchas rimas buscadas y eso se debe encajar todo con la melodía. Es como un rompecabezas.

¿Escribir es para ti una herramienta de protección o de transformación de la realidad?
Es como un espacio donde encuentro que puedes expresar de una manera muy concreta cosas que en la vida real quizás costaría mucho explicar. Creo que la música, las canciones, tienen ese poder de capturar un momento o un sentimiento. Y la música, mezclada con la letra, te lo transmite de una manera muy directa, muy emocional.
¿Y la cotidianidad de estas historias está vinculada al pop?
Valoro estas cosas sencillas, un poco del día a día, de la cotidianidad. Al final, todas las personas se enamoran y se desenamoran. Les pasan cosas, tienen celos, sienten atracción. Hablar de sentimientos tiene ese punto universal.
¿La Clara que escribe las letras es la misma que lo vive?
Pues sí y no, porque eso es muy difícil. Una persona tiene muchas salidas. Escribiendo me siento muy libre, más libre que en la vida real, ¿no?, que hay como más normas, unas convenciones sociales, que debes comportarte de una manera, que debes ser correcta, etcétera. Y es verdad que escribiendo es como que siento que no tengo normas y que puedo decir mucho lo que quiero. Entonces para mí tiene un punto de libertad.
¿Y de escapatoria?
Exacto, sí. A veces haces canciones sobre algo que no está bien que pienses, pero ¿qué problema hay en cantar sobre algo que no está bien que pienses? Para mí es parte del atractivo de hacer música.
¿Es más fácil escribir desde la alegría o la tristeza?
En general, la gente dice sobre la tristeza porque cuando estás contenta es como que no te pones a hacer una canción, pero para mí está a la par. Cuando estás triste quizás lo sacas todo sin filtro. Como vomitar todo aquello. Pero eso tiene un peligro, que es pasarte de exagerada. Y al día siguiente, aquello que has escrito, quizás piensas que no es para tanto. Entonces, cuando escribo canciones tristes intento no pasarme de dramática, intento relativizarlo. En cambio, me gusta ser exagerada en las canciones alegres porque me gusta reafirmar que aquello es positivo.
Tu voz tiene una sonoridad muy característica con tu acento de Ponent.
Sí. ¿Tú eres de Lleida? Te lo noto por el acento. (Ríe)
Sí. En un mundo del pop a menudo dominado por el catalán oriental, ¿es una declaración de intenciones?
Sí, totalmente. Ahora, para mí, es una cosa extremadamente normalizada porque llevo ya muchos discos. Es decir, cuando empecé era una cosa bastante única. Que lo diga yo puede sonar un poco pedante, pero es que es la verdad. Como grupo de pop cantando en lleidatà no había prácticamente nada. Ahora hay más, pero si lo comparamos con la cantidad infinita de grupos con acento oriental, siguen siendo una cosa minoritaria. Y aun habiendo salido muchos grupos y estarse normalizando, considero un hecho a destacar de Renaldo & Clara. Continúo intentando pronunciar tal cual hablo y, al final, me hace gracia que gente de Barcelona, por decir algo, cante mis canciones en lleidatà. Encuentro que es curioso, porque no…
¿Te has sentido alguna vez un poco ‘rara avis’ por el hecho de cantar en lleidatà?
Sí y no. Recuerdo al principio que me preguntaban mucho sobre el acento, y en su día me molestaban un poco porque simplemente canto tal como hablo y quería que me preguntaran por las letras, que es donde he puesto más esfuerzo. Pero debo decir que ahora, con perspectiva, ya no me molesta nada porque encuentro que es algo a remarcar. Pero no me he llegado a sentir rara avis.

Al principio te recomendaron que no cantaras en lleidatà?
No, la verdad es que no. También supongo porque me fijo mucho en cómo suena la canción. Esa sonoridad, ese ritmo, todo eso, ya lo hago teniendo en cuenta mi acento. Queda muy natural, en parte, porque soy muy consciente de la sonoridad que queda. Es decir, juego con el acento.
¿Qué hay de Lleida en tus canciones?
Creo que bastante. El hecho este que te decía de sentirme muy libre escribiendo, creo que también es en parte porque viviendo en Lleida notas que estás un poco apartada del foco, que nadie te está escuchando. O sea, yo tengo un poco aún esa sensación, aunque sé que hay gente que me escucha. Un poco como sentirme que, como si nadie me estuviera mirando y yo puedo hacer allí mi movida, y luego ya la presento en sociedad. Creo que eso es una cosa muy de carácter leridano, de sentirte que nunca estás en el foco.
¿De querer pasar desapercibido?
Sí, un poco, sí. Al final en Lleida no es donde tengo más público, ¿sabes? Quiero decir, al final tengo más público en Barcelona, o incluso creo que en Madrid, que en Lleida. Sí que tiene ese punto de no sentirte especialmente protagonista de nada.
Yo, que soy de Lleida, cuando escucho tus discos es una forma de conectar con mi ciudad. Por ejemplo, Història, de L’amor fa calor, me hace volver al Instituto de Estudios Ilerdenses o a la Seu Vella.
Estas cosas cuestan de ver cuando estás justo allí viviendo, pero también creo que hay algo de Lleida. Y también hay un poco de la mentalidad de los leridanos. Somos muy críticos con la ciudad, pero si alguien la critica desde fuera nos molesta. Como un hermano con el que tú puedes enfadarte, pero que nadie se meta con él. Hay esa mentalidad. Somos un poco ariscos, pero también somos acogedores y cariñosos con la gente. Son caracteres que, como los tienes muy adentro cuesta de ser muy consciente, algo hay.
Te alejas mucho del ritmo frenético que marca la industria. Tres años entre cada uno de tus cinco discos. ¿Eso es querido?
Al principio no era ni consciente y creo que fue con el tercer disco cuando me lo dijo un periodista. Hasta entonces no me había fijado. Y desde ese momento creo que sí que es más querido. Y es querido, pero no pienses que lo tengo hecho y me lo guardo. Es el tiempo que tardo en hacer las canciones, que lo grabo y que sale publicado. Acaba coincidiendo con el hecho de que son tres años.
Y te alejas tanto de la industria que, en lugar de publicarlo un viernes, lo publicas un miércoles.
Como que todo el mundo publica viernes y los medios van cargados, entonces la gente también empieza a mover las fechas. Hay tantos grupos que, a veces, lo que cuesta es poder que te hagan caso o la gente se entere de que has hecho un disco.

¿Tiene sentido esta vorágine?
Estamos un poco saturados, pero, a la vez, nunca de la vida querría decirle a alguien que no se merece hacer un disco. Es complicado. Además, como que todo nos llega mucho a través de las redes sociales, también cuesta enterarte de algo muy alejado de ti. Es como que el móvil con el algoritmo te va mostrando lo que tú misma le has pedido, y se hacen pequeñas burbujas que hacen que cueste llegar a la gente.
De hecho, el consumo ha cambiado mucho. Porque antes la gente descubría canciones, discos o grupos a través de la radio o iba a una tienda de discos y se compraba un disco teniendo de referencia alguna canción.
Exacto.
Ahora eso no pasa.
Ahora no. De hecho, hay gente que escucha un disco tuyo y no se lo comprará. Por ejemplo, en este caso dan dinero al señor de Spotify y tú no ves un duro y te ha costado mucho dinero hacer el disco. En este sentido, el sistema está haciendo mucho daño a la música.
¿Por qué?
Porque hay mucha competitividad con números, con oyentes…
¿Y la música queda en un segundo plano?
Sí, exacto. Y pervierte. Elimina libertad creativa a costa de que alguien pueda pensar que quiere sonar en una lista de reproducción y entonces debe sonar de una manera muy concreta porque si no suena dentro de este estándar ya no la pondrán…
O sea, el artista se aleja de su interés musical…
Yo creo que sí. Es un momento en el que hay como cierta presión respecto a los números y todo acostumbra a sonar un poco igual.
¿Trasladar este disco al directo será más complicado que los anteriores?
Un poco más complicado sí, porque hay canciones que son pop estándar y otras son más tranquilas, pero las tranquilas también las tocaré en un formato más íntimo. Es un poco más difícil, pero se hace.
¿Qué queda de aquella Clara Viñals de hace 15 años?
Creo que soy la misma. Habiendo hecho muchas más cosas por el medio, pero me sigue fascinando igual hacer canciones, que me parece un misterio. Aunque hayan pasado los años, es como que no he resuelto el misterio. Y a la vez me siento con mucha más experiencia, porque tienes claro lo que te gusta y lo que no, y vas haciendo tu camino, pero con la misma curiosidad.
¿Y más segura?
Sí. Lo que pasa es que cuando terminas un disco y te has vaciado el cerebro, me sigue pareciendo imposible hacer otra canción aunque sé que la haré.


