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El debate sobre la independencia de Escocia se ha reactivado formalmente con el aval de Holyrood, el Parlamento escocés, para que el gobierno encabezado por John Swinney solicite a Londres la autorización de un segundo referéndum de independencia. Impulsada por el primer ministro, la iniciativa, incluida en su programa electoral y que debía hacerse efectiva en los primeros cien días de mandato, ha salido adelante con 72 votos a favor (SNP y Verdes) y 55 en contra. Los independentistas han logrado esta vez una mayoría más amplia que las dos veces anteriores –2017 y 2020– en que se ha formulado esta demanda tras el referéndum de 2014, cuando el 55% de los escoceses rechazaron abandonar un Reino Unido que aún no había salido de la Unión Europea por el Brexit.

A pesar del rechazo de Westminster en las dos solicitudes anteriores y el límite legal que fijó el Tribunal Supremo en 2022 después de que el ejecutivo de Nicola Sturgeon preguntara si Escocia puede convocar un referéndum de independencia, el independentismo escocés representado por el SPN, que lleva dos décadas en el poder, insiste en activar sus compromisos electorales. Para analizar la estrategia escocesa, los vetos por parte de Londres y sus vasos comunicantes con el caso catalán, El Món ha hablado con los politólogos Daniel Cetrà, Núria Franco-Guillén y Marc Sanjaume, tres expertos en la materia que aportan luz sobre un pulso que es tanto doméstico como plenamente conectado con las dinámicas globales de las naciones sin estado.

El primer ministro escocés, John Swinney, durante un discurso en Edimburgo sobre la independencia y el «derecho a decidir» de Escocia / Jane Barlow/PA Wire/dpa

Un mandato electoral y el agravio «irrefutable» del Brexit

Para Daniel Cetrà, politólogo en la Universidad de Barcelona, esta tercera solicitud que ha puesto en marcha el Parlamento escocés responde estrictamente al cumplimiento de un pacto: «El SNP se presentó diciendo: si ganamos las elecciones, este es el pacto sobre qué haremos los primeros 100 días», una hoja de ruta que incluía explícitamente esta votación. Cetrà recuerda que, a diferencia de las solicitudes de 2017 y 2020 —rechazadas por Theresa May y Boris Johnson—, esta cuenta con una mayoría parlamentaria más sólida. Pero ninguno de los tres expertos consultados creen que esta solicitud prospere por la oposición de Westminster. «Después de la ventana de oportunidad con David Cameron, hemos visto que la respuesta de Londres ha sido muy negativa», apunta Marc Sanjaume, profesor de Ciencia Política en la Universidad Pompeu Fabra. La doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Pompeu Fabra, Núria Franco-Guillén, piensa que es «razonable pensar» que el SNP lo seguirá intentando «independientemente de si se conjugan unas circunstancias favorables» para un nuevo referéndum. Pero se muestra escéptica con el futuro, porque en 2014 «casi todos acabaron saliendo mal. En cualquier caso, no ve al gobierno escocés desobedeciendo la ley.

El gran motor argumental del soberanismo escocés continúa siendo el Brexit. En 2014, el unionismo hizo campaña afirmando que votar ‘no’ a la independencia era la única vía para seguir en la Unión Europea; pero, dos años después, los escoceses fueron arrastrados en la salida del Reino Unido de la Unión Europea, a pesar de que el 62% de los escoceses votaron a favor de quedarse. Sanjaume expone que el argumento del Brexit para exigir un segundo referéndum es «irrefutable» para el soberanismo escocés porque provocó un «cambio material de la situación». Cetrà apunta que, aunque «se creó un agravio muy grande, paradójicamente no hubo un repunte inmediato del apoyo a la independencia», que se mantiene en un escenario que roza el 50%-50% entre partidarios y detractores. Con todo, manifiesta que el Brexit ha operado un cambio más de fondo: «Ha generado una cierta pérdida de legitimidad del Reino Unido como entidad que incluya a todas las naciones, que fueron ignoradas» durante el proceso de negociación para salir de la UE. Pero no es solo la salida de la UE, ya que Franco-Guillén recuerda que David Cameron, Ed Miliband y Nick Clegg prometieron una revisión del autogobierno si se votaba en contra de la independencia y luego eso quedó en papel mojado: «No es solo que se ha sacado a Escocia de la Unión Europea contra la voluntad de los escoceses, sino que las promesas que se hicieron en septiembre de 2014 no se han cumplido».

En este sentido, Marc Sanjaume destaca la distancia abismal que se está abriendo entre las culturas políticas de Escocia e Inglaterra: «La apuesta de la independencia escocesa siempre ha estado más bien basada en la cultura política, en las políticas públicas y la institucionalidad… Y este argumento ha ganado fuerza porque Inglaterra se ha ido distanciando, reforzando una posición conservadora, retrógrada y reaccionaria». Dani Cetrà señala que «el reto del independentismo escocés es convencer a aquella gente que votó ‘no’ a la independencia pero votó ‘sí’ a quedarse en la Unión Europea», defendiendo la idea de que apoyar la independencia es la mejor vía para volver a la UE.

La gestión de la frustración y el control institucional

Ante la certeza que tienen los tres expertos de que Londres volverá a rechazar la solicitud, el independentismo escocés ha diseñado mecanismos para evitar el enquistamiento y la «depresión colectiva» que se vivió en Cataluña, que, a diferencia del caso escocés, ha sufrido la represión y la guerra sucia de los poderes del Estado español. En efecto, la experta destaca que los factores «son diferentes en cada lugar», y remarca que en Cataluña durante el Proceso, «de alguna manera, se desobedecieron las negativas que venían del gobierno español y se llevó adelante un referéndum, y en Escocia se hizo todo siguiendo la ley». Sobre la gestión del momento, Cetrà detalla que el programa electoral del SNP preveía que en los primeros 100 días de gobierno se creara una Convención Constitucional, un foro no institucionalizado que reunirá partidos, académicos y sociedad civil para diseñar una futura Constitución escocesa o una ley de referéndum. «Es una manera de navegar por el ‘no’ del Estado, y demostrar que no se quedan de brazos cruzados».

Aunque tiene puntos de conexión con el Libro Blanco de 670 páginas que el ex primer ministro Alex Salmond presentó antes del referéndum de 2014, Cetrà matiza que aquello lo hizo el ejecutivo escocés cuando ya había un referéndum acordado, mientras que ahora se plantea como una herramienta transversal para «ganar tiempo» y extender la presión más allá de los partidos. «Esto no lo hace el ejecutivo, y contará con la participación de sociedad civil y políticos para seguir hablando de esta cuestión de fondo y generar presión para convencer a Londres en algún momento y hacerles ver que es un tema latente que vincula a mucha gente más allá de los partidos independentistas».

Una señora con un pañuelo con la estelada observa un conjunto de banderas escocesas y globos de ‘Yes Scotland’ durante la ‘V’ de Edimburgo del año 2014 / ACN

Al comparar el movimiento escocés con el catalán, los tres analistas coinciden en el control de las instituciones como factor clave, pero Núria Franco-Guillén también pone el foco en la «fragmentación más grande» que hay en Cataluña en comparación con Escocia, donde el SNP era y es el partido hegemónico. El SNP gobierna ininterrumpidamente desde 2007. «Son 19 años en que ha habido una crisis económica, un referéndum, el Brexit y la pandemia, y ellos siguen ganando elecciones», recuerda Cetrà. Y subraya que, por el contrario, el independentismo catalán perdió el ejecutivo y la mayoría absoluta en el Parlamento en las últimas elecciones, celebradas en 2024, que llevaron a Salvador Illa a la presidencia de la Generalitat. Un análisis que también comparte Sanjaume, que, además, destaca la «cintura política» con la cuestión de la independencia y la gestión de las expectativas que diferenció el inicio de ambos procesos. «El SPN ha seguido una estrategia muy fiel a los poderes reales que tenía», dice, y, por otro lado, recuerda que el independentismo catalán fijó un plazo de 18 meses para lograr la independencia y terminó con Quim Torra diciendo al final de su mandato que «la autonomía era uno de los obstáculos para lograr la independencia».

En este sentido, el experto de la UPF recuerda que el SNP inicialmente no quería un referéndum de «sí o no», sino una votación sobre más autonomía o independencia potencial, el marco binario lo acabó imponiendo el Londres de David Cameron. En 2014 se planteó como una estrategia win-win porque, según Sanjaume, «si ganaban, ganaban, y si perdían, ganaban también». «Allí se esperaba sacar un 30% y sacaron un 45%. A pesar de perder, los hizo crecer una barbaridad», añade el politólogo, que remarca que una de las consecuencias que trajo la derrota en el referéndum fue el crecimiento del partido. «Fue una victoria moral para el movimiento», añade Daniel Cetrà, que también destaca el momento de «estrella de rock» que vivió el partido tras perder el referéndum. «Llenaban el equivalente del Palau Sant Jordi en Glasgow y Nicola Sturgeon aparecía como una superestrella. Llegaron a aumentar más del triple el número de afiliados al partido, hasta llegar a los 200,000 en una nación de 5 millones de habitantes», apunta el experto. No obstante, Sanjaume también recuerda que el independentismo escocés ha cometido errores de peso, como, por ejemplo, ir al Tribunal Supremo británico en 2022: «Ir a pedir si tenían o no la competencia fue un error histórico. En un país donde no hay Constitución escrita, solo faltaba que te legisles tú mismo que no puedes hacerlo».

Un grupo de participantes en la ‘V’ de Edimburgo de 2014 muestran urnas con el lema ‘Vote Catalonia’ o ‘We are ready to vote’ / ACN

La nueva «ventana de oportunidad» para Cataluña: ¿el revulsivo ha de venir de fuera?

¿Es posible un segundo intento en Cataluña a corto plazo? Para Dani Cetrà, actualmente es «totalmente impensable» por la desmovilización social y la profunda división interna del bloque soberanista. Sin embargo, recuerda que el nacionalismo catalán es cíclico y que «algo sucede cada 15 o 20 años que hace que se reactive la chispa». Estos catalizadores suelen ser externos, sobre todo porque en el caso catalán no es capaz de generar por sí mismo un revulsivo estratégico ni liderazgos unificados, y, en este sentido, opina que el revulsivo que necesita el movimiento puede ser «un ejecutivo de coalición entre el PP y Vox». Un fenómeno similar, dice, se podría vivir en Escocia si un líder como Nigel Farage (Reform UK) llegara al poder en Londres, lo que generaría un fuerte rechazo del electorado escocés.

Marc Sanjaume comparte la tesis de que un escenario con un gobierno de PP y Vox en Madrid «podría abrir una nueva ventana de oportunidad política en Cataluña». Aun así, advierte que el contexto institucional español es rígido y el europeísmo no se cuestiona como en el Reino Unido. El problema principal, según Sanjaume, no es solo el catalizador externo, sino la capacidad interna de respuesta: «Esto podría abrir una ventana de oportunidad, ahora bien, en la medida en que el independentismo catalán se coordine y que, en medio de la fragmentación actual, sea capaz de acordar una mínima línea conjunta de actuación», matiza. «Estamos lejos de poder aprovechar una ventana de oportunidad», sentencia.

Una opinión compartida por Franco-Guillén, que opina que el soberanismo catalán sufre «una fragmentación bastante importante», con la aparición de «un partido de extrema derecha que intenta reescribir la manera que tenemos nosotros de definirnos». Además, señala que los problemas –el no reconocimiento de Cataluña como nación, el recorte del Estatuto y el no desarrollo de más autogobierno, el déficit fiscal, el caos de Rodalies– que desembocaron en el Proceso no se han solucionado pero hoy el «catalán no está tan enfadado». «Un gobierno de PP y Vox podría crear el caldo de cultivo para que el tema territorial vuelva a ser intenso, pero con la situación actual es difícil», concluye.

La ‘V’ de Edimburgo del año 2014 / ACN

Dos respuestas estatales diferentes

En última instancia, la distancia entre Escocia y Cataluña se resume en la naturaleza de los estados en los que se enmarcan, una «democracia de primera ola» contra una de «tercera ola», como es España. Como concluye Dani Cetrà, ninguno de los dos estados es receptivo a perder territorio, pero las formas difieren radicalmente: «Una activa herramientas de represión y envía policías, y la otra lo que hace es primero crear un vínculo a través de una negociación en 2014 y después decir que no es el momento». Con esto no quiere idealizar el caso británico, pero cree que comparado con el español, el Reino Unido es capaz de «acomodar mejor la diversidad nacional porque se entiende como una unión de naciones y no le crea estos problemas pensarse ella misma como una unión plural de diversos pueblos».

Marc Sanjaume también subraya que el «constreñimiento institucional» es diferente y lo ejemplifica con la monarquía: «¿Qué popularidad tiene la monarquía en Cataluña? ¿Qué popularidad tiene la monarquía en Escocia? La reina fue a morir a Escocia». También señala otras diferencias entre los dos casos porque los escoceses «no vivieron una dictadura, se aprovecharon del imperio británico, viven con unos estándares y con una autonomía correcta dentro del Reino Unido, no tienen la presión demográfica que hay en Cataluña, no tienen el peso económico que tiene Cataluña, etcétera, etcétera, etcétera».

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