Nos han enseñado a creer que el amor es un sentimiento universal, que lo puede todo, y que si hay amor, lo demás viene solo. Pero, ¿qué pasa cuando el amor está presente, pero la sensación de ser amado se desvanece? Aquí es donde reside una de las grietas más grandes y dolorosas en muchas relaciones modernas, una realidad que puede erosionar incluso los vínculos más fuertes.

Dejemos de lado los clichés románticos por un momento. Porque, si el amor fuera tan simple, ¿por qué un porcentaje tan sorprendente de personas, con pareja estable, no consigue conectar con esta emoción tan básica?

La cifra es un auténtico golpe sobre la mesa: un 40% de las personas encuestadas declararon sentirse insuficientemente amadas por su pareja. Este dato alarmante surge de una investigación clave, recogida en el libro «Cómo sentirse amado», de los profesores Sonja Lyubomirsky y Harris Reis, que nos ilumina sobre la compleja construcción de esta percepción vital.

Sentir amor o sentirse amado: el matiz que lo cambia todo

Filósofos como Aristóteles ya debatían si era mejor amar o ser amado. Él defendía que amar es una acción, mientras que ser amado es una recepción pasiva. Pero los expertos actuales, como la sexóloga clínica Bárbara Montes Saiz, lo dejan claro: «Amar y hacer sentir amado no son exactamente lo mismo«. Podemos sentir un amor profundo por alguien, pero si ese amor no llega al otro de una manera que pueda reconocer, es como si no existiera.

La percepción de que nuestra pareja nos entiende, nos valida y tiene en cuenta nuestras necesidades es fundamental. Esto se traduce en una mayor intimidad y seguridad dentro de la relación. Un estudio de 2026, «Feeling loved versus being loving: perceived partner behavior predicts relationship satisfaction», reveló que la satisfacción de una relación se explicaba mejor por cómo percibíamos el comportamiento de la pareja, no por cómo nos comportábamos nosotros mismos.

Piénsalo: ¿de qué sirve que nos quieran si no somos capaces de sintonizar con ese sentimiento de sabernos amadas? (Sí, es una reflexión incómoda, pero imprescindible). La psicóloga sanitaria Noemi Domínguez subraya que no todo el mundo se siente amado de la misma manera. Este «lenguaje del amor» se construye desde la infancia, en cada vínculo que creamos.

El balancín de las relaciones: más que una simple reciprocidad

Lyubomirsky y Reis hablan del «balancín de las relaciones», una idea sencilla pero poderosa: la reciprocidad. Si A ama a B, B amará a A. Si C escucha a D, D escuchará a C. Parece obvio, ¿verdad? Pero la realidad es más compleja, y a veces este intercambio no se produce. Y cuando esto pasa, puede ser una señal de alarma de que la relación no funciona.

La historia de Carmen, una mujer de 52 años, es ilustrativa. Su expareja siempre le decía que su percepción de no sentirse amada era un error suyo, que debía quererse primero a sí misma. «Realmente estaba convencida de eso», confiesa Carmen. Pero con su pareja actual, ha descubierto que sentirse amada acelera el proceso de aprender a quererse a una misma. Es una auténtica autopista de doble sentido.

A veces creemos que debemos resolverlo todo solas, que amarse es un viaje solitario. Pero la verdad es que ser amada puede ser el mejor propulsor para nuestra autoestima.

La psicóloga Noemi Domínguez confirma que ciertas creencias de «no merezco» o «no valgo» dificultan sentirse amado. Pero, del mismo modo que hay vínculos destructivos, también los hay sanadores. Cuando en una relación basada en el buen trato comenzamos a sentirnos amadas, el proceso de curación puede ser sorprendente.

Los gestos que hablan más fuerte que las palabras (o los grandes regalos)

¿Qué nos hace sentir amadas? La psicóloga y sexóloga Gloria Arancibia apunta a los «pequeños-grandes gestos» cotidianos. Habla del reconocimiento, de saberse escuchada, de contar con ayuda cuando se necesita, de resolver problemas amablemente, de una buena comunicación, del respeto a la libertad del otro, la complicidad, la reciprocidad y de no dejar mal a la pareja delante de otros. Estos detalles del día a día pesan mucho más que los grandes regalos o las ostentosas demostraciones de amor.

En este baile sutil de percepciones, también influye el sesgo de género. Hemos recibido educaciones diferentes. El libro de Lyubomirsky y Reis diferencia entre la «charla relacional» de las mujeres (más centrada en emociones) y la «charla informativa» de los hombres (centrada en datos). Un hombre puede amar profundamente y expresarlo cuidando materialmente o resolviendo problemas, mientras que su pareja espera palabras o contacto físico.

Pero también ocurre al revés. Que socialmente se nos haya permitido expresar más emociones no significa que sepamos pedir lo que necesitamos. La competencia emocional real, según Bárbara Montes, no es solo sentir o hablar mucho, sino ser capaces de expresar nuestras necesidades y escuchar las del otro sin sentirlo como una crítica. Esto es un auténtico truco de magia para la comprensión mutua.

Muchas de nosotras podríamos pensar que el malestar por no sentirse amado afecta más a las mujeres. Pero, las investigaciones recientes sugieren algo muy curioso: las relaciones sentimentales son más importantes para el bienestar de los hombres que para el de las mujeres. La felicidad y la satisfacción existencial de ellos a menudo dependen más de la pareja, mientras que nosotras solemos obtener apoyo emocional de fuentes más diversas (amigas, familia, trabajo).

El secreto definitivo para la pasión y un deseo que crece

Sentirse amado no es solo crucial para crear vínculos profundos, sino que es también uno de los mejores afrodisíacos que existen. Saber que interesas, que te tienen en cuenta, hace que te intereses más por el otro. La sexóloga Bárbara Montes establece una relación directa entre sentirse comprendida, atendida y valorada por la pareja y el deseo sexual. Percibir a la pareja como receptiva se asocia a un aumento del deseo.

Esta idea desmonta la creencia extendida de que para aumentar el deseo debemos hacer «algo sexual». A menudo, intentamos tener más sexo para sentirnos conectadas, cuando quizá lo urgente es recuperar primero la conexión emocional para que el deseo vuelva a aparecer de manera natural. Es un error común que podemos corregir.

Claro que nuestra infancia tiene mucho que ver con esto. Gloria Arancibia, psicóloga, apunta que la manera en que nos sentíamos de pequeñas, si sufrimos maltrato o si teníamos padres ausentes, puede influir enormemente. Pero no solo en casa, también en la escuela, con los amigos. Los miedos al rechazo o el abandono se arraigan en esos años formativos.

Bárbara Montes concluye que estamos muy entrenadas a preguntarnos qué necesitamos, qué queremos, qué nos aporta una relación. Todo esto es legítimo, por supuesto. Pero el problema surge cuando la pareja se convierte exclusivamente en un escenario donde una debe sentirse bien, en lugar de ser un vínculo donde también se debe aprender a hacer sentir bien al otro.

Quizás la clave definitiva no es solo buscar que nos amen, sino ser agentes activos en la construcción de esta percepción, tanto en nosotros como en nuestra pareja. ¿Estamos preparadas para este trabajo?

Nou comentari

Comparteix

Icona de pantalla completa