La irrupción de la inteligencia artificial ha profundizado la crisis del sistema de evaluación de las universidades, que arrastran un problema de absentismo visible en la mayoría de aulas del país. “Antes solo copiaban los que no habían aprendido, ahora copia todo el mundo que quiere tener mejor nota”, constata el vicerrector de Política de Digitalización de la Universidad de Barcelona, Xavier Triadó. Su homólogo en la Universidad Autónoma de Barcelona, Antoni Espinosa, recuerda que el fraude “siempre ha existido” pero advierte que ahora “es más difícil de detectar”. Ambos piden volver a lo básico y aceptan que es necesario cambiar el sistema para que la esencia de la universidad –profundizar en conocimiento– vuelva a ser atractiva.
Los expertos fijan el primer punto de inflexión en septiembre de 2024, cuando diferentes empresas tecnológicas permiten el acceso gratuito a sus sistemas. “Es una herramienta práctica, pero que nos ha puesto a los docentes frente a un espejo”, comenta el exjefe del Departamento de Matemática Aplicada y Análisis de la UB, Jordi Vitrà. “Te das cuenta de que no lo estamos haciendo tan bien y te preguntas si tal vez no estabas evaluando aquello que pensabas que evaluabas”, añade.
En este sentido, el modelo catalán se ha alejado de otros europeos, como el italiano, más centrados en la oralidad. “Ahora tenemos una crisis con la textualidad, que es lo que incentivó el Plan Bologna; trabajos por proyectos, tareas grupales, trabajo autónomo…”, reconoce también Carlos Alberto Solari, doctor por la UPF. “Pero esto no significa que debamos abandonar los trabajos o los exámenes, hacer una evaluación oral en una situación de masificación en el aula es difícil”, recalca el docente, que apuesta por innovar con vídeos, pódcast u otras herramientas que permitan ver si un alumno “sabe de qué está hablando”.

Jordi Vallverdú, catedrático y docente de Filosofía en la UAB, ve más bien un problema en el uso que hacen los alumnos de todas estas herramientas. “Yo no estoy en contra, pero el problema es que no saben qué preguntas deben hacer a una IA para que sea efectiva”, comenta. Este docente ha innovado en clase, incorporando la IA a los trabajos y evaluando, no solo el trabajo final, sino también las conversaciones que los alumnos mantienen con ChatGPT. “Hay formas de continuar el proceso docente integrando la IA”, se reafirma.
La IA acentúa el absentismo
La irrupción de la IA ha obligado a las universidades a estudiar nuevos escenarios futuros. El vicerrector de la UAB Antoni Espinosa sitúa dos elementos en el centro de la discusión: cómo debería quedar la evaluación en grupos grandes (los exámenes en las clases magistrales) y cómo evaluamos el conocimiento que un estudiante adquiere en su casa. “Las herramientas para detectar si se ha hecho o no uso de la IA en un trabajo generan muchos falsos positivos y no son fiables, y esto no permite salvaguardar el derecho de los estudiantes”, comenta. Además, puntualiza, el rol de un docente “no es detectar las trampas sino enseñar”. En todo caso, Espinosa apunta que un posible camino puede ser diluir el peso de las entregas en la nota final para aumentar el de todo aquello “que te permite tener una relación directa con los estudiantes”.
Sea como sea, desde las universidades se apunta que la IA ha “acelerado” una reflexión ya iniciada y que hasta ahora se había centrado en el absentismo de los estudiantes. La asistencia a las aulas ha ido bajando, lo que ha obligado a las universidades a revisar “el sentido de las clases presenciales”. Espinosa recuerda que es “costoso” acceder al campus de Bellaterra y constata un cambio social que disminuye la importancia de los docentes. “Si lo que veo no me aporta mucho y solo voy para obtener el título, si además el transporte público me falla y tengo herramientas para seguirlo desde casa, dejo de ir a clase”, comenta.

Desde el rectorado de la UB ponen el acento en la figura “del buen profesor”. Xavier Triadó admite que hay de todo, docentes entregados a la causa y otros que han optado por la comodidad, abusando de los exámenes tipo test o incluso utilizando la IA para corregir trabajos. “En un trabajo, un buen jefe no lo acepta todo; un buen jefe lo revisa, te da feedback y te ayuda a crecer. Un profesor debe ser igual. Es así que la universidad tiene un sentido”, reflexiona. “Más en un mundo en el que encuentras vídeos bien hechos en YouTube que te lo explican todo y tienes ChatGPT que te resuelve dudas”, añade.
El responsable de digitalización de la universidad barcelonesa reconoce que los docentes deben competir con un formato digital hiperactivo, con múltiples inputs y una concentración muy fragmentada. “Los vídeos en las redes duran un minuto, pero una clase dura más de una hora. En este contexto, la figura del profesor debe ser aún más importante, debe ser un buen comunicador para que lo que explique sea atractivo para el alumnado”, concluye Triadó.

