El 7 de marzo de 1946, el Boletín Oficial del Estado publicaba una orden del Ministerio de Gobernación que incluía el reglamento de la Hermandad Nacional de Arquitectos, “una institución de carácter ético-beneficente y de previsión, investida de personalidad jurídica plena y con capacidad patrimonial y incluida en los beneficios del artículo 10 de la Ley de 6 de diciembre de 1941 sobre mutualidades”. Esta institución, de hecho, funcionó a partir de ese momento como una mutua, que acumulaba patrimonio con las cuotas de sus asociados, los arquitectos, que debían afiliarse obligatoriamente para poder trabajar.

En 1970 se creó el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos, que fue de carácter obligatorio para todos estos trabajadores, con la excepción de ciertos profesionales que debían continuar adscritos a las mismas mutuas. En el año 2026, un arquitecto que nunca haya trabajado en plantilla dentro del régimen general de la Seguridad Social cobra de esta Hermandad, que ahora ha cambiado de nombre y de principios fundacionales, 343 euros mensuales como única paga mísera de jubilación. Arquitectos pobres, pues, como Alfons Santamaria.

Usted es arquitecto.

Sí, soy arquitecto. Desde el año 1972, que es cuando terminé. Tengo el título, si no me falla la memoria, desde marzo del 73. Aquellos años es cuando había todos los movimientos de la universidad, las luchas contra el régimen… Salimos de la universidad, vamos al Colegio a colegiarnos, para que nos den el acta, y se cuece el gran problema que después comentaremos…

De todos los años que ejerció, ¿de qué está más contento? ¿Cuáles son los proyectos que le hacen más feliz?

No estoy contento con mis obras. Esto no quiere decir que no esté contento con mi profesión. Pero la vida te lleva hacia unos momentos y unos ámbitos profesionales determinados. Cuando yo empecé tenía ilusión de hacer cosas, pero la realidad me ha llevado a tener que hacer otras.

¿Quiere decir que usted quería hacer catedrales y terminó haciendo pisos?

No va por ahí. [Ríe]. Más bien tenía ganas de hacer proyectos, de hacer cosas que fueran innovadoras para la sociedad. Y al final, ¿en qué terminas? Sales, tienes unos gastos y tienes que ajustarte a la vida. Yo vengo de una familia donde había más bien necesidades. Me pagué la carrera y tenía que ayudar a mis padres. A los quince años me puse a trabajar, haciendo cosas muy diferentes. Hice incluso de secretario de un cónsul. Y después terminé en empresas constructoras, donde no cobraba nada. Recuerdo de manera muy positiva que pasé por el despacho de arquitectura de Barba y Corsini, que hacía selección de estudiantes. Allí pude estar los últimos años de la carrera. Como no me podía quedar, tuve que salir a la calle. Y tuve que devolver a la familia lo que me había dado. Esto me llevó a montar mi propio despacho. Había despachos de arquitectura más o menos importantes, pero yo monté el mío. Allí comenzó mi lucha y vi que lo que yo habría querido hacer ya no podía ser.

Usted, entonces, montó su propio despacho.

Sí. Con una anécdota curiosa. Tuve que echar fuera a mi primer cliente. Yo me monté un despachito en la calle de Casanova, en un edificio que estaba haciendo La Caixa de Pensions. En este edificio alquilé un despacho de veinticuatro metros cuadrados. Un despacho que era una sola nave con un pequeño lavabo. Con todos mis esfuerzos, compré, nada, un pequeño mueble allí en el Mercado del Ninot, una mesita blanca, tres sillitas, la mesa que yo tenía entonces de dibujo, las típicas de dibujo de entonces, una Paralex, detrás, con una cortina de pita que separaba ese ambiente. Y el primer cliente que tuve, que entró, no sé ni cómo es que vino, se estuvo mirando las paredes, aquella situación tan rara, y me dijo: “¿Usted es arquitecto?”. Y yo le dije: “Yo soy arquitecto, pero usted no será mi primer cliente”. Me levanté y le dije: “Váyase”. Esto lo digo así, pero es que lo repitió varias veces: “Este despacho, esta cosa…”. Es decir, aquello no era el despacho del señor arquitecto.

Cuando yo digo que no estoy satisfecho es porque entonces me volqué en la profesión, con un compañero aparejador, que me facilitó el camino. Son aquellos años en que la gente se compraba unos pequeños terrenos donde se hacía la torreta. Me vi abocado a este mundo. Había trabajo. Reuní compañeros en dos despachos ya grandes, de alquiler, de La Caixa. En una zona céntrica. Un edificio bonito y tal. Comencé a hacer proyectos de lo que hoy llamaríamos casas unifamiliares. Entonces las llamábamos el chalet. Siempre tuve un cierto resentimiento. Algunos compañeros me decían: “¿Cómo es que tú estás haciendo esto?”. Y yo les contestaba que allí era donde me había llevado la vida. Recelo de ello hasta muchos años después, hasta diría que hace poco tiempo, cuando un amigo supo resolver este conflicto que tenía.

En aquellos momentos era como un médico de cabecera, como un médico de familia de un pueblo, de una gente que necesitaba alguien que les hiciera planos. Yo me dedicaba mucho. El domingo, como aquel que dice, compartía el arroz. Los acompañaba en sus visitas cuando iban a ver cómo iba la casa. Esto obviamente no es el trabajo del arquitecto elitista. Aquello me carcomió mucho tiempo, hasta que me di cuenta de que aquello también fue un servicio. Y por lo tanto, tengo que admitir que me debe dar satisfacción, porque, si no, ¿qué habría hecho aquella gente? Y además, ahora tengo la satisfacción, a pesar de estar jubilado, de que todavía me vienen nietos de aquellas familias. Yo les había hecho la casa para el abuelo. Vienen y me dicen: “Mi padre me dijo que usted…”. Esto me llena un poco en este sentido.

Pero usted, ¿qué quería hacer?

Yo quería contribuir con algún proyecto que sirviera para la ciudad, sistemas de construcción…

Obra grande.

Obra grande o obra muy significativa. Aquella fue una época convulsa. Como estudiante no viví la época típica en que estudias en la universidad y te enseñan cosas. A mí me enseñó salir fuera. La bofetada. En la primera obra que me encontré pensé: “Bien, ¿y si pongo el forjado de esta manera, cómo aguantará esto?”. Veníamos de una universidad cerrada. Ahora no entraré en la cuestión, pero, en todo caso, una vez fuera ves que la realidad es otra. Y comienzas a aprender la realidad. No llegué a cumplir mis ideales de estudiante.

Pudo haber sido peor. Podría haberse encontrado con un promotor de obra barata que le hubiera pedido el máximo ahorro en los materiales, por ejemplo, para su máximo beneficio.

Pues, en eso tuve suerte. Porque mi promotor era Juan, Antonio y María. Ellos iban a buscarse el material con el coche. Cuando yo llegaba me decían: “Ya viene el chico de los dibujos”. Y yo pensaba: “El chico de los dibujos… Y yo he hecho una carrera para llegar a esto”. Pero incluso me gustaba. “Pase y tómese una cerveza, que estamos echando el arroz”. Sí que trabajé con algunos promotores, pero nunca me dijeron de hacerlo tan económico como fuera posible. Mi masa de clientes era la otra. Y también he trabajado para promotores que me encargaron grupos de viviendas. He hecho incluso de ciento veinte. Pero siempre con la insatisfacción de decir: “Me he quedado con algo por hacer”. En medio de estas historias sí que he tenido ilusiones profesionales, pero que me han llevado a la ruina.

¿A la ruina?

Ahora te preguntaría si conoces el hotel Miramar. Si miráramos el expediente, veríamos que aparece un arquitecto desgraciado que se llama Alfons Santamaria, que es el que entra los proyectos de un edificio que se debe hacer rápidamente para los Juegos del 92. Allí me drogué de inquietud profesional. Pensé que aquella sería mi obra. Aquel edificio se hizo sobre los estudios de Televisión Española. Fui el primero que entró con la policía a ver cómo estaba todo aquello. Me puse con toda el alma. Y pagando, como quien dice, para que aquel proyecto saliera adelante. Aquello fue mi ruina. ¿De qué me sirvió? Allí está. El promotor no llegaba. Tenía muchos problemas. Y además, me decían que vendría la familia olímpica y que pasaría por delante. ¿Y qué haremos con este edificio en obras sin haber logrado terminarlo? Tuve que ir a la productora de teatro Focus a pedir unos cilindros de aire que de noche tenían colores y no sé qué, que ocultaban que el edificio aún no estaba terminado.

«Quizás los profesionales estamos siempre en las nubes»/ Anna Munujos

No lo terminaron para los Juegos.

No, no, no. El edificio se quedó a medias. Tuvimos que desmontar la grúa. La familia olímpica pasaba por allí cuando venía desde el Estadio Olímpico. Montamos lo de los cilindros y me dijeron que no me preocupara, que tendría un premio a la arquitectura efímera. Y tan efímera. Aquello se voló y se fue al traste. ¿Y qué significa esto? Que me lanzo en algunos momentos cuando es necesario, pero que la realidad, al final, se impone. La vida te devuelve al punto de partida. Cuando terminé aquello volví a los promotores particulares. Y a las crisis, siempre las crisis.

Estos días estoy haciendo limpieza de todos mis proyectos. Y quemo carpetas enteras de edificios que no se llegaron a hacer, que no llegué a cobrar. En los despachos profesionales tuvimos que salvar todas estas crisis. Pones muchas ganas en un proyecto y al final, nada. Quizás los profesionales estamos siempre en las nubes. No supe verlo a tiempo. Aquellas obras no se llegaron a hacer. En aquellos momentos yo tenía diez o doce personas en el despacho. Los días 30 o 31 de cada mes eran dramas. Tenías que controlarlo y responsabilizarte. Tienes que fastidiarte para salvar aquel despacho. Y todo aquello te genera una fuerte tensión entre creatividad y actividad profesional.

Tienes que estar en la misa creativa y repicando las nóminas…

Este es el flash del promotor. ¿Tienes alguna satisfacción? No he tenido ninguna. Ni he sido un Gaudí ni he tenido un mecenas. Soy un genérico de la profesión. Y estos genéricos nos encontramos con lo que nos encontramos ahora. Unos han podido salvar más la situación que otros. Depende de la posición personal.

Hablemos de eso que se han encontrado ahora. Usted después de tantos años ha querido jubilarse. ¿Y qué le ha pasado?

Llega un punto en el que tengo una gravísima enfermedad. En aquellos momentos incluso me tenían que llevar al médico porque no tenía ni tiempo para ir. El médico dice que me tiene que operar de una neo rápidamente y que me olvide de todo, que no sabemos si saldremos de esta. Me operan un 23-F de 2010 y a partir de ahí empiezo a contactar con la Hermandad Nacional de Arquitectos. Les digo que tengo que cerrar el despacho y que no sé cuánto tiempo tengo que continuar para cuadrar fechas y números. Y entonces es cuando veo que no tengo nada. Ni una baja para cobrar. No tengo nada. Tengo que aguantar un año más el despacho, donde ya solo trabajaban dos personas más, para llegar a un proceso normal de jubilación. Me jubilo y voy a mirar en la Hermandad qué es lo que tengo. Veo que me corresponde una miseria por toda una serie de razonamientos que después puedo detallar. Esta es la realidad con la que nos encontramos muchos.

¿Qué significa una miseria?

Miseria significa que en estos momentos, en mi caso personal, por ejemplo, cobro cuatro tres cuatro, 434 euros al mes de la pensión después de más de cincuenta años de haber estado trabajando. Y aquí debemos decir que, desde un inicio, aportando comunitariamente un 4 por ciento de todo lo que facturaba. Me dicen: “Te toca esto”. Eso sí, esta cantidad la cobrarás toda la vida. ¿O quieres cobrarlo todo de golpe? Porque lo que nos dan no es una jubilación. Es una prestación económica. Llegado, pues, el momento de la jubilación me encuentro que mis esfuerzos de cincuenta años han quedado reducidos a 434 euros mensuales. Y debemos protestar porque no hemos tenido ninguna información previa en cuanto a qué nos correspondía o a actualizaciones. Entendemos que hemos sido engañados con otras expectativas.

Explique qué era esta Hermandad donde se acogían los arquitectos colegiados.

Esta Hermandad –la Hermandad Nacional de Arquitectos– se creó en 1944. La creó el Estado español en aquellos momentos. Era una asociación de los profesionales de la arquitectura. Servía para dar prestaciones, asistencia social, con un fondo de pensiones. Los profesionales debían ir aportando dinero y la misma Hermandad tenía otros fondos. Todo aquello se repartía comunitariamente. El decreto de creación de la Hermandad preveía que, en caso de defunción, la familia del hermanado debía recibir 1.000 pesetas al mes. La misma cantidad que debía cobrar un jubilado. Un afiliado que llevara inscrito tres años ya tenía derecho a estas cantidades.

«La afiliación a la Hermandad Nacional de Arquitectos era obligatoria» /Barcelona/ Anna Munujos

La afiliación era obligatoria.

Era obligatoria, sí. Así lo decretaban los estatutos fundacionales. Para que un arquitecto pudiera trabajar debía estar colegiado e inscrito en esta Hermandad. Esto englobaba en aquellos momentos a todos los profesionales. Uno que trabajara en la administración y uno que actuara por su cuenta. Esta Hermandad se fue consolidando y fue creciendo. Todos los arquitectos hemos estado aportando el 4 por ciento de lo que cobraban. Los honorarios en aquel momento eran reglados y oficiales, con modificaciones anuales. Cuando yo comencé el Estado sabía qué había cobrado y qué no había cobrado y cuánto había cotizado. La Hermandad era de todos los colegiados. Éramos nosotros. Obligados, pero satisfechos.

En el año 73 usted se da de alta. En aquellos momentos lo que ahora entendemos como un autónomo no funcionaba como ahora…

Comenzaban a funcionar. Ahora no podría decirte fechas concretas, pero, en todo caso, la inscripción en la Hermandad equivalía a unos autónomos. Nosotros podíamos combinar las dos cosas…

Pues, alguien les podrá reprochar ahora por qué no lo hicieron…

¡Claro! ¿Y pagar dos veces?

La vida es dura.

¿Dos veces dura? Esto pasó en el caso de los arquitectos que, por ejemplo, entraron a dar clases en la universidad, que también cotizaban en el régimen general de la Seguridad Social. Algunos de ellos continuaban en la Hermandad porque así podían continuar haciendo trabajos profesionales. Era el caso también de los arquitectos que trabajaban para la administración. Podían trabajar externamente siempre que estuvieran afiliados a la Hermandad Nacional de Arquitectos.

Los arquitectos que entraron en el régimen general de la Seguridad Social, por tanto, ahora no tienen el mismo problema que ustedes.

No. Si tienen treinta y cinco años de cotización en la Seguridad Social, lo tienen todo cubierto. Pero si tienen menos, se encuentran con el mismo problema. Los años que cotizaron para la Hermandad no los cuentan.

De acuerdo. Por lo tanto, ustedes piden una pasarela que les permita pasar de un sistema al otro.

Sí, pero hay que explicar otra cosa. La Hermandad, a partir del año 2000 muta a Grupo HNA, que en 2001 cambia de acrónimo y se hace llamar HNA Servicios Corporativos. A partir de ese momento se convierte en una mutua con capital privado, pero reconocida oficialmente por el Estado. Esto lo complica todo. No sabemos quiénes son los compromisarios de esta mutua. Ahora hay elecciones que comportarán un nuevo cambio y no sabemos qué puede pasar allí. Escapa de nuestro alcance. Esta mutua articuló una base con nuestro fondo, que nosotros desconocíamos. Cuando se creó nos dijeron: “Si tú pones tanto, tendrás tanto”, pero nunca ha actualizado esas cantidades. Aquellos mínimos ahora son más mínimos aún. Yo cobro 434 euros por doce pagas. Si el Estado no acepta ninguna pasarela, yo continuaré recibiendo esta cantidad hasta que muera, pero no tengo claras dos cosas. Por un lado, ¿qué puede pasar cuando se agote la cantidad que aporté como mi fondo? ¿Dejaré de cobrar? Y por el otro, ¿qué puede pasar con la mutua? Siempre ha ido cambiando y no hemos tenido ninguna posibilidad de incidir en esos cambios.

La pasarela…

Le pedimos al Estado que reconozca las cantidades que le aportamos dentro de la Hermandad. Y más aún si consideramos que la sanidad universal se implanta en España en 2012. Hasta ese momento nosotros nos pagábamos los médicos. Había quienes estaban dentro de la Hermandad, pero a menudo te los tenías que pagar fuera. Pasaba igual con los medicamentos, que teníamos que pagar. Soportamos, pues, unos cargos que los autónomos no tenían que soportar.

«Hemos tenido que llamar la atención a los colegios profesionales» / Alfons Santamaria/16-3-2026/Barcelona/ Anna Munujos

¿Cuándo dejó de ser obligatoria la afiliación a la Hermandad? ¿En qué momento los arquitectos que no estaban inscritos pudieron trabajar sin esta exigencia?

En el año 97. Mucha gente ese año la dejó y se inscribieron en los autónomos. Pero entonces perdías todo lo que habías aportado. No te reconocían esa cantidad, que se quedaba allí.

Esto se asemeja a una estafa…

Bueno, en todo caso, renunciabas y perdías todo aquello. Por eso luchamos por la pasarela.

¿Y qué dice el gobierno español?

Toda la cuestión ahora ha tomado forma de proposición de ley, que fue aprobada sin ningún voto en contra. Solo con la abstención de VOX. Ahora ya no se puede introducir ninguna enmienda más. El Consejo Superior de Arquitectos de España habla con todos los grupos parlamentarios. Y con el ponente, que será el grupo socialista. Esta pasarela es reivindicada por otros afectados, como ahora los abogados. Nosotros como arquitectos mutualistas nos hemos unido con una asociación que se llama ANMARQ, porque tenemos muchas reticencias respecto a la representación que pueda ejercer el Consejo Superior. Queremos que la ley sea universal, que no discrimine posiciones personales. Los colegios no se han definido históricamente por la inquietud respecto a esta problemática. Les hemos tenido que llamar la atención. El Estado sí que se plantea acabar con el problema. El gobierno ha dicho que quiere regularizar todas las mutualidades antes del 27.

¿Realmente el gobierno español actual quiere resolver este problema?

Creo que sí. Por eso hay esta pasarela, con abogados, arquitectos, procuradores… Somos los últimos de Filipinas de las mutuas. Parecen decididos a hacer algo. Aparte de ANMARQ, sin embargo, hay otras asociaciones que plantean diferencias en la resolución del problema. Esto me preocupa.

Si no se arregla todo esto, ¿cómo le afectará a usted concretamente?

No quiero convertirlo en una cuestión personal. No es una lucha personal. Es por todo lo que es la profesión y por todos los compañeros. Mi preocupación es conseguir una solución digna para todos. Hemos dedicado muchos años a la profesión, con una responsabilidad asumida en todas las obras. Al final de nuestra vida no podemos añadir otras preocupaciones.

Yo, como me he espabilado, tengo algún alquiler y un pequeño fondo personal. Pero, si no me pagan un alquiler, ese mes no tengo nada más. Pero no quiero mirarlo como un tema mío personal. Cuando tengo un compañero al lado y estamos hablando, quizás ese compañero me cuenta su vida y su problema. Y dice: “Yo con esto que tengo no puedo dejar de continuar trabajando”. Este es el problema. Los arquitectos jubilados pasivos deben continuar trabajando. Yo he decidido que no me responsabilizo, pero… Es que hay otra cosa. Tú continúas trabajando firmando un plano y te responsabilizas. Entonces tienes diez años de responsabilidad civil sobre esa cosa. ¿Quiere decir que, si con setenta años estoy yo firmando algo, cuando tenga ochenta, si estoy vivo, todavía tendré esa agonía encima? ¿Y si me pasa algo antes, tengo que tener un seguro complementario para que la familia no reciba todo aquello? Hombre, ¿no podemos descansar de una puñetera vez hablando en plata?

Si hubiera podido elegir, con esta perspectiva, entre ser arquitecto o dentista, ¿qué habría hecho?

¡Arquitecto! Pero abriría más los ojos.

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