Quería escribir una novela. No. Le pidieron que escribiera una novela. Para ser más exactos, según su amiga Natza Farré y madrina del proyecto, el encargo que le hicieron la obligó a sacar la novela que llevaba dentro. Y ha salido un libro increíblemente divertido del que no le importa que digan que puede ser de autoayuda. Esto es lo que pasa cuando se pone a escribir cada mañana de 6 a 9, antes de comenzar su jornada laboral como consultora tecnológica, una novelista novata que, aunque demuestre esta capacidad de autodisciplina monástica, es desobediente por naturaleza y vive instalada en la ironía. Si todo esto es un escudo para caminar por la selva de la vida, lo dejamos al criterio de quien tenga la formación para analizarlo. El resto de mortales –y sobre todo las mortales– lo que debemos hacer es leer Totes les cases felices y reír, que es muy saludable. Sin dejar de percibir la mordida letal que clava a algunos tabúes. Se trata del libro que acaba de publicar Esperança Sierra Serra (Terrassa, 1974). Lleva años escribiendo, incluida la serie de cuentos Els cacaus. Podría considerarse novata en cuanto a novelas, pero ni eso. Sus relatos en Contenidor en flames, su cámara propia en Catorze, que se clavan como cuchillos mientras te partes de risa, son micronovelas.
Lo detectó la editora de La Campana (Penguin) Mireia Lite, que estaba convencida de que debía estar escribiendo una novela no-micro y que debía tener editores haciendo cola. Lo explicó en la presentación del resultado de su obstinación, en la Bookeria de la librería Ona, llena de mujeres y con algunos hombres (pocos) que, por razones desconocidas, se atrevieron a dejarse caer por allí. «Daba por hecho que estaba escribiendo alguna novela y que la tendría apalabrada con 25 editoriales detrás. Pero hablé con Natza y me dijo que no estaba escribiendo ningún libro pero que tenía una novela dentro. Así que contacté con Esperança y me dijo que sí. ¡Nos ha tocado la lotería!», dice entusiasmada una editora que debe tener cola de manuscritos que quieren ser publicados.

Cuatro protagonistas, cuatro patrones de vida, cuatro amigas
El resultado es una novela con una historia de sororidad –una palabra que, curiosamente, no se mencionó ni una sola vez en la presentación: no hacía falta– con humor satírico y amor –entre amigas. Cuatro protagonistas femeninas que son cuatro arquetipos de su generación –rondando los cincuenta, como la autora– pero a la vez son de carne y hueso. Helena Homs, Míriam Masfarré, Raquel Ruiz de la Riva y Sita Sarrat: cada una con su nombre y apellido comenzados por la misma letra, porque el orden es otra de las obsesiones de Esperança Sierra i Serra –que aún debe reprochar a su madre no haberle puesto un nombre con S. Los maridos e hijos –quienes los tienen– de las protagonistas también van por la vida con la misma letra, lo que facilita la vida a los lectores, que además disponen de una pequeña guía inicial, como si se tratara del árbol genealógico de Cien años de soledad. Una vez situadas las protagonistas, llega el momento de abrir las puertas de las casas falsamente felices de Vallubach, recreación literaria de la Matadepera donde creció la autora y donde aún se la debe ir a encontrar de vez en cuando.
La suya, aunque no lo diga así, era una casa feliz –sin piscina, a diferencia de las casas de muchas de sus compañeras y amigas, pero feliz. «Pero, ¿qué es una casa feliz?», le pregunta Natza Farré, presentadora de la presentación. «Una casa feliz es una casa cómoda, donde no tienes que esconderte de nada, donde no tienes que vigilar qué dices ni cómo lo dices, donde puedes ir en ropa interior. Yo crecí con padres, hermano, abuelos y animales. Éramos muchos, tres generaciones en una masía, pero cada uno tenía su espacio, podía ser rara, pero era cómoda». Y en su libro «no hay nada de esta casa». «Es al revés», asegura ella.
Lo que ocurre tras una puerta de una casa con jardín
Por contraste, por observación y por reivindicación, Sierra Serra quiere atravesar las puertas que se cierran y, una vez cerradas, no se sabe qué pasa en aquellas «casas con jardín y con recursos». Por si aún quedaba alguna duda, habla de violencia de género, y hasta aquí podemos escribir pero teníamos que escribirlo para entendernos. «Lo que pasa en este libro es algo que muchas veces la gente piensa que no ocurre en estos jardines y estas casas, y piensan que ocurre en lugares sin jardines y sin recursos. Los hombres muchas veces nos hacen daño de manera poco elegante, y quería llevar esta rudeza a una casa bonita y con recursos», explica. Y aún dice más: «He escrito esta historia para que las mujeres a las que les ocurre esto se sientan acompañadas». De hecho, aparte de la violencia central, en el pequeño universo de Helena, Míriam, Raquel y Sita hay «una suma de muchas pequeñas cosas que nos pasan a las mujeres cada día y a todas las mujeres, en mayor o menor medida. Y leerlo te hace compañía o te da una bofetada, y también puede ir bien».
Estructurado en capítulos muy cortos –deliberadamente cortos, disciplinadamente cortos, «enseguida encuentro que me enrollo demasiado y me sabe mal por la gente que lo tiene que leer»–, Totes les cases felices es una deconstrucción demoledora –es decir, una demolición en toda regla– de la hipocresía, un llamado a la liberación de cada mujer –que debe ser auto liberación, de rebeldía– y una reivindicación de la amistad femenina y del feminismo. «Para mí, que soy célibe…». «Eso es una fase que está pasando», la interrumpe Natza Farré dirigiéndose al público, al que también hace saber que la autora, además de célibe temporal, es «estudiosa de la Biblia», un cóctel que la hace «lo más parecido a Rosalía que tendremos cerca». «Lo que me da más paz [continúa Esperança Sierra, como si lloviera] son mis amigas». «Y además estoy bastante enfadada con las mujeres que dicen que no son feministas ni machistas [«Son idiotas», la voz de Natza de nuevo], porque el simple hecho de ser mujer implica un feminismo latente, y me fastidia cuando una mujer lo corta», remata.
Y salta la pregunta desde el público: «¿Te molestaría que te dijeran que este libro es de autoayuda?». «¡Me encantaría!». No hay más preguntas. Solo que Natza siempre quiere tener la última palabra: «Es un libro que parece mucho más frívolo de lo que es, parece fácil pero no lo es, hay que leerlo bien, da una bofetada importante a la invisibilidad de determinadas cosas. Es un libro rotundo, necesario y muy bien escrito». Queda dicho. Y debe quedar leído.


