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Para Eva Comas-Arnal (Gavà, 1975), Mercè Rodoreda es la autora que transformó las casas del tiempo de silencio del franquismo y que, «antes que TV3», nos «regaló un modelo lingüístico de catalán que llegaba a todos». Por eso estudiarla es para ella un objetivo vital. Y, como desea contagiar ese entusiasmo a tantas personas como sea posible, no se limita a ser una de las académicas destacadas de la escritora, con obras como Afinar l’estil. Sin miedo de meterse en un lío al ficcionar la vida de una figura literaria de Cataluña, ya tiene en las librerías su segunda novela protagonizada por la autora de La plaça del Diamant y el hombre de su vida, Joan Prat, también conocido como Armand Obiols, el poeta con quien Rodoreda compartió tres décadas de una relación tormentosa y muchas decisiones literarias.

Nit blava a Ginebra (editada por Proa) recrea el proceso creativo de La plaça, pero también una evolución vital. Y, en paralelo, otra pareja tormentosa, formada por dos investigadores académicos del 2024, buscan una novela perdida de Rodoreda e intentan aclarar la relación entre la escritura de su obra más popular y un accidente de tranvía. Dos temas que ha investigado Comas-Arnal como académica, pero que ha compartido con el público con una novela antes de completar un ensayo. Por encima de todo, está la determinación de no dejar el conocimiento recluido en las bibliotecas de las universidades. Y tanto en la novela –que completa el díptico iniciado por Mercè i Joan, con la cual ganó el Premio Proa– como en esta entrevista hay una crítica, no feroz pero tampoco tímida, a ciertas dinámicas de la academia.

Ha escrito una novela que es una investigación en forma de novela.
Es una novela sobre unos investigadores que investigan cosas que son verdad. Por lo tanto, sí que hay investigación, pero al mismo tiempo también está novelado, porque Átic Dalmau y Aurora Darder no existen, me los he inventado. Y, además, en el caso de Rodoreda, en estas escenas que yo planteo también está novelado. Sí que sabemos que a las 8 de la tarde del 28 de octubre del año 1959 tuvo un accidente de tranvía en la plaza Cornavin de Ginebra, pero no sabemos que el conductor se llamaba Frédéric ni exactamente qué es lo que pasó. La base sí que es real, pero, cuando tengo que crear escenas, sí que invento algunos diálogos o necesito fabular alguna situación.

Pero usted ha hecho esta investigación sobre Rodoreda realmente. Es decir, el accidente lo explica usted por primera vez.
Lo había mencionado brevemente Quim Torra, que es quien me dio la pista. En 2024 publicó la biografía de Armand Obiols, en la cual sigue la agenda de Obiols del año 1959. Es una de las pocas que se han conservado, esta y la de 1971. Repasa todo lo que les pasa. Y hay un momento que dice que aquel día Rodoreda tuvo un accidente y que él se quedó hasta la una de la madrugada cuidándola. Y que retrasó el viaje que tenía que hacer a Viena, por trabajo, dos o tres días. Ya está. Torra explica eso.

¿Ningún detalle más?
No. Pero claro, yo, que conocía esa agenda, y que la había mirado pero que no había llegado a octubre, pensé, ¡ay, ay, ay! Y me pongo a mirar las cartas de Rodoreda, a trazar equivalencias y a decir, ¡ey, ey, ey, que esto puede ser más importante de lo que pensamos! Tomo las cartas y hay de Rodoreda a Rafael Tasis en las que dice: ‘Hace tres meses ya del maldito accidente y la broma aún dura. Por eso no he podido ir a Viena y me he quedado haciendo Colometa en Ginebra’. O sea que la convalecencia duró como mínimo tres meses. Además, Obiols, desde Viena, sabemos que estaba preocupado, porque le envía una carta en la que le dice: ‘Desde que sé que te pueden pasar accidentes como el de tranvía, sufro’. Y eso se lo dice en enero. El accidente ocurre en octubre y en enero aún está preocupado. Quiero decir que fue un accidente de cierta envergadura. Porque tres meses después, casi cuatro, aún hablan de ello. Pero solo Torra lo había mencionado y, además, como estaba concentrado en Obiols, que es lo que tenía que hacer, ni él ni nadie había caído en que Rodoreda empieza a escribir La plaça del Diamant convaleciente de un accidente de tranvía.

Eva Comas-Arnal, escriptora Barcelona 21.10.2026 | Mireia comas
Eva Comas-Arnal, el día de la entrevista | Mireia comas

Por tanto, ha hecho trabajo de investigación con esto y con la novela perdida…
A ver… la novela perdida. Rodoreda tiene muchas novelas perdidas, entre ellas, Les nits blaves, que es la que da lugar al título de la mía. Pero supongo que te refieres a Eine kleine Nachtmusik de Mozart.

Exacto, la que encuentran los investigadores imaginarios de Nit blava a Ginebra.
Hasta ahora, en esta novela, a la que Rodoreda le puso muchos títulos, entre ellos, El pont de les tres roses y La perla del llac, habían trabajado otros investigadores e incluso habían publicado algo. Pero solo habían identificado cuatro capítulos. Y, dado que hablan dos voces diferentes, la de un médico y la de una mujer, les había parecido como si la hubiera comenzado dos veces, como si fueran dos textos. Pero no, en realidad, como novela de amor, son dos voces que hablan juntas. O sea, no son dos textos diferentes, es uno. Y puedo decir que son 10 capítulos, no solo los tres o cuatro que se habían identificado hasta ahora.

Y estos seis adicionales los ha encontrado usted estudiando archivos…
Estaban dispersos en varias carpetas de los archivos disponibles y, dado que tenían varios títulos, había que relacionarlos y establecer un vínculo. Ahora estoy haciendo un trabajo académico. Pero claro, la academia es más lenta que el mundo editorial.

Por lo tanto, efectivamente ha hecho una investigación en la que amplía lo que se sabía sobre una novela de amor que quedó a medias y fragmentada…
Que es autobiográfica, además.

¿Por qué ha optado por comenzar por la novela teniendo en cuenta que usted es investigadora académica?
En primer lugar, porque lo encontré novelando. Es decir, la manera de hacer investigación académica suele ser una y, cuando preparas una novela, el método es otro. Para hacer una novela vas a los lugares, te fijas en detalles que no te fijarías en una investigación académica… Cuando estás haciendo una investigación académica, delimitas mucho el objeto de estudio. Aquí no. Yo encontré esto porque tomé la agenda de Obiols y las cartas de Rodoreda. Es decir, no me estaba fijando en uno de los dos, sino que, al unirlos, vi que el accidente tenía más envergadura de lo que parecía. Y como ya estaba metida, y tenía un encargo editorial de hacer una novela, decidí hacer una novela de eso. Pero al mismo tiempo pensé que debía mostrar que es parte de una investigación, haciendo que los protagonistas sean investigadores, porque eso me permitirá subrayar qué es verdad y qué no es verdad. Y luego, también, hay cierta crítica a la academia…

De hecho, hace un retrato muy duro del mundo académico. Los dos protagonistas se sienten maltratados por la academia, uno de ellos la ha dejado. Y hay un secundario que dice que es mucho mejor una narración que una tesis. ¿Ha vivido en carne propia estas malas experiencias?
Yo desde los 24 años que soy profesora en la universidad. Y he dado clases e investigado en muchas universidades. Y, en bastantes ocasiones, he visto actitudes y comportamientos muy criticables, que no ayudan en nada al conocimiento. Y creo que es bueno decirlo. También es verdad que me he encontrado con maestros fabulosos y que he estado en instituciones muy buenas, como la Universidad Autónoma de Barcelona, que es donde trabajo ahora. Pero sí que he sufrido en la universidad. Y me da pena haber sufrido, porque el mundo del conocimiento, aprender, enseñar, investigar, es lo que yo haría siempre. Aunque me dieran un millón de euros y me dijeran ‘dedícate a vivir la vida’, yo continuaría investigando, porque es lo que realmente me gusta. Por eso encuentro triste que en la academia, a veces, haya actitudes que no ayudan a aprender, a enseñar. Y, como lo había sufrido, inventé estos dos personajes que también lo padecen.

¿Y no teme que tenga consecuencias hacer esta denuncia?
No, no, no. Creo que tampoco es una denuncia fuerte, es bastante atenuada. No creo que se lea como algo descabellado o que no existe. Mucha gente que ha vivido el ámbito académico puede ver reflejadas cosas. Y, si tiene consecuencias, las asumiré.

¿Esto pasa más en Cataluña que en otros lugares?
Yo lo que más conozco es la universidad catalana. He estado en otros ámbitos, pero menos. Quizás diría que aquí, como es un país pequeño, estas cosas se acentúan, pero tampoco lo puedo asegurar al 100%.

Transitar entre la realidad y la ficción, y más con un personaje tan conocido como Rodoreda, conlleva otras dificultades, como asumir que habrá lectores que querrán saber qué es cierto y qué es ficción. De hecho, le hace decir a una de las protagonistas que eso, como lectora, la pone nerviosa. ¿Es una manera de curarse en salud, diciendo a los lectores que es consciente?
[Ríe] Es una de las cosas que lectores que leyeron Mercè i Joan me decían. Precisamente por eso también decidí poner en esta novela un personaje, que es el protagonista, que me invento que acabará siendo el narrador de Mercè i Joan, para que en cierto momento pueda subrayar ‘esto es verdad’. Entiendo que puede poner nervioso no saber si una cosa es cierta o no, pero también creo que la intuición de un buen lector también puede ver si estamos dentro de una escena recreada. Siempre que puedo, pongo cosas que son ciertas. Y no solo eso, sino que muestro los hallazgos.

En el debate que tienen los dos protagonistas sobre si se puede novelar una vida como la de Rodoreda, Aurora regaña a Átic y le advierte que lo ‘colgarán de un mástil’. A usted le daba respeto, pues, novelarla…
[Ríe aún más] De hecho, hay otro momento en que Átic dice, sobre el hecho de que nunca se haya explicado bien el accidente del tranvía, ‘me parece que es porque somos catalanes’. Ser un país pequeño, donde todos se conocen, donde todos tienen su pequeño espacio, lo hace todo más complicado. Sobre todo en el ámbito rodorediano, pero también en las letras catalanas en general. Lo hemos visto desde hace muchos años, hay mucha batalla. Por eso, haciendo humor, he querido quitarle hierro. Átic, que es un especialista en Stevenson, tiene menos miedo. En cambio, Aurora, que sí que es estudiosa de Rodoreda, dice ‘ey’…

Es una figura imponente. Ponerse a ficcionar una figura imponente, que muchos aún hemos visto viva, es muy atrevido.
Sí, pero ella, cuando llegaron los años en que la entrevistaban tanto, se quejaba de que quisieran convertirla en una figura imponente. Es una autora que ha conseguido tanto lo que se proponía, que es perdurar en el tiempo, gustar a todas las generaciones, que todos quieran ser el gran estudioso de esta autora. También, en el fondo, por eso hago una novela, porque yo no pretendo ser la gran estudiosa de Rodoreda, lo que quiero es estudiarla.

¿Y quiere que llegue a tanta gente como sea posible, por eso la novela?
Claro, es que la novela me permite eso. Yo soy académica e intento escribir de manera amena tanto cuando hago ensayos académicos como cuando hago novelas. Pero sé que si hago un ensayo académico, eso se quedará en una biblioteca y poca gente lo leerá, porque lo he experimentado. Por lo tanto, hacer una novela es la manera de llegar al público y que la gente se entere de que, mientras estaba haciendo La plaça del Diamant, Rodoreda no solo tuvo que superar un accidente de tranvía, sino que estuvieron a punto de desalojarla. Cuando me planteé hacer la novela, quería tocar sus años cruciales. Porque en Mercè i Joan pasan muchas cosas. Hay el exilio, la Segunda Guerra Mundial, es una novela muy acelerada. Y me faltaba explorar la creación de La plaça del Diamant, La mort i la primavera y esta otra novela que quedó perdida. El hecho de explicarlo en novela me hizo tomar todos los pequeños detalles, punto por punto, como el papel de la empresa inmobiliaria la Régie Naef. Si hubiera estado haciendo un ensayo académico, no me habría fijado tanto. En el momento en que haces una novela y necesitas todos esos pequeños detalles vitales, los pones en fila y sacas muchas conclusiones. Por ejemplo, que ella estaba lista para irse a Viena con Obiols y por el accidente se ve obligada a quedarse en casa y tiene más espacio, más tiempo libre, para hacer La plaça del Diamant.

Recupera una habitación propia.
Exacto, en el sentido de Virginia Woolf. Y, además, después, cuando están a punto de echarlos de casa, no tienen la documentación, los visados, y tiene que hacer un viaje a París en la época en que está convaleciente. Toda esta narración, con lupa, al menos en mi caso, ha surgido haciendo una novela,

Más allá de la curiosidad por el personaje, porque Rodoreda era un personaje, explicar todos estos hechos tiene sentido porque tienen efectos sobre su obra?
Sobre las condiciones materiales con las cuales ella escribió La plaça del Diamant, es evidente. Y, además, Átic Dalmau, que es mi narrador y que hace una interpretación biografista, aunque ahora no está de moda, considera que el hecho de que dentro de La plaça haya dos ocasiones en que Colometa está a punto de perder la vida bajo un tranvía no es coincidencia.

Y que le duelan las muelas a Quimet, cuando le duelen a Obiols, tampoco…
Es que Obiols pasa todo el tiempo que Rodoreda está escribiendo La plaça diciendo que le duelen las muelas y que le duele la pierna. Y a Quimet le pasa lo mismo. Yo no te puedo decir, porque no lo sabemos, si Rodoreda se inspiró en eso o no, pero mi personaje sí lo dice.

Es su alter ego…
No, porque también podría ser mi alter ego Aurora.

Ella es la que es más rígida. También pueden ser las dos caras de un alter ego…
Pero yo precisamente lo creé hombre y muy diferente de mí a propósito, para olvidarme un poco de mí. Pero no puedo negar que tiene algunas cosas mías…

Eva Comas-Arnal, escriptora Barcelona 21.10.2026 | Mireia comas
Eva Comas-Arnal, durante la entrevista | Mireia comas

Hace que la narración tenga una trama actual, la de Átic Dalmau, que habla en primera persona, y otra en el pasado, la de Mercè Rodoreda. Con el material que tenía podría haber hecho la narración solo entre los años 1959 y 1971, con un narrador omnisciente. Pero elige que el narrador sea visible, que tenga personalidad propia, y acompañarlo en su investigación, con ojos de 2024. ¿Por qué?
Porque cuando publiqué Mercè i Joan, las primeras personas que la leyeron y que tienen ascendencia sobre mí, que las escucho mucho, me dijeron que en el narrador había algo que debía explorar más. Me fijé y era un narrador omnisciente que era un poco como los del siglo XIX. La manera de hacer las frases… Posiblemente porque yo estaba trabajando con cosas del siglo XIX. Y, por otro lado, también me pasaba que, a diferencia de Mercè i Joan, donde sucedían muchas cosas seguidas, cuando te planteas explicar la historia de una escritora que está frente a su Royal de color carbón escribiendo una novela, te falta acción. Me venía bien tener un narrador que estuviera dentro de la diegesis de la obra, que pudiera aportar más trama y que, además, pudiera subrayar los hallazgos.

Y le pone un punto detectivesco…
Es que es lo que a mí me gusta de la investigación. Yo disfruto muchísimo en el momento en que descubro un dato nuevo. Y eso también quería ponerlo dentro de la novela. El momento en que descubres algo y sientes un entusiasmo inmenso. Da igual que después te hagan caso o no te hagan caso. Tú ves que Rodoreda comenzó a escribir La plaça del Diamant convaleciente, con la pierna mal, que quien trató a Rodoreda del accidente fue el doctor Naville, que eso Quim Torra no lo decía, y que la cuidaba una mujer italiana que Obiols buscó porque él estaba en Viena…

También hay la historia de amor, muy contenida, que queda como platónica, con el doctor Naville. Mientras Obiols tiene otra relación con otra mujer en Viena.
Esto que Obiols conoce a otra mujer en el año 1958, lo explica Montserrat Casals. El hecho de que eso suceda al mismo tiempo, o relativamente paralelo, a la entrada del doctor Naville, me ha hecho pensar. En el sentido de que, incluso cuando ambos tienen otros afectos, Obiols y Rodoreda no dejan de ser pareja literariamente. Aunque vivan en ciudades diferentes y que quizás se enamoren de otras personas, la literatura los une. Ella le envía La mort i la primavera por capítulos, en sobres, a Viena y él, después de estar trabajando en el Organismo Internacional de la Energía Atómica durante el día, por la noche los lee y le hace comentarios minuciosos, palabra por palabra. Es impresionante ver el diálogo que ambos van trazando. Yo eso lo había estudiado académicamente, y lo publiqué en Afinar l’estil, pero también me ha servido para entenderlos y para mostrarlo en esta novela.

La influencia de Obiols, que tiene una producción breve y mucho menos conocida, en la obra de Rodoreda, que es una figura internacional, ¿es mucha o poca? ¿Y es buena o mala?
Para responder a esta pregunta lo que debemos hacer es guiarnos por lo que hizo ella. Es decir, tanto yo, con La mort i la primavera, como Meritxell Talavera, con La plaça del Diamant, hemos estudiado qué hace Rodoreda con lo que le dice Obiols. Y lo que hace es sintomático, porque en más de un 80% de los casos acepta los comentarios que le hace Obiols y lo incorpora a su obra. Un ejemplo es aquel ‘pobre Maria!’ que aparece en La plaça, que le dice Quimet a Colometa de vez en cuando. Ella se vuelve loca pensando quién debe ser esa María, y cuando le pregunta a Cintet, el amigo de Quimet, él le aclara que Quimet nunca ha conocido a ninguna María. Esto Rodoreda lo ponía bastante adelante, en las primeras versiones, pero Obiols le dice que lo ponga ya en la primera cita, porque aún tendrá más efecto. Y Rodoreda puso el ‘pobre Maria’ al comienzo de la novela, con lo cual cuando lo lees resuena aún más. Rodoreda aceptaba el punto de vista de Obiols. Y ella, en entrevistas posteriores, lo dice. Es decir, en cierta manera es como si compartieran una estética. Eso que llaman ‘el estilo puro inesperado’, la idea de cómo debe ser una obra, tienen unas ideas muy similares.

Pero hay puntos de discrepancia. Ella le reprocha que está obsesionado por el lenguaje y ella reivindica la materia, que se debe tocar.
[Ríe] Eso es novelado, pero encaja con una mujer que hace la comida, que pasa la aspiradora por las cortinas, que cose, que viene de una familia que habían sido anticuarios. Y que encuentras actitudes de estas en sus obras. Por ejemplo, en Mirall trencat, Teresa de Valldaura, toca los cedros y toca la pared como si se los hiciera suyos. La materia para ella es muy importante. Y, en cambio, Obiols tiene esa personalidad de un hombre un poco en las nubes, como si solo los libros fueran importantes. El tema del accidente de tranvía es interesante sobre todo porque a mí me hizo plantear: ‘Si se hubiera muerto, no tendríamos ni La plaça, ni La mort i la primavera, y Rodoreda sería como Obiols casi’, que tiene mucha menos obra.

Ella hizo una evolución posterior que él no llegó a hacer. ¿Por qué? ¿Era prisionero de su propia obsesión por la perfección y por la depuración del lenguaje?
Probablemente, pero también porque él trabajaba muchas horas en la Agencia Internacional de la Energía Atómica. Ser traductor de la ONU es estar en la cima. Tenía un trabajo de mucha responsabilidad y además, por las noches corregía la obra de Rodoreda. No le quedaba mucho tiempo.

Una de las cosas que se dice en Nit blava a Ginebra, que lo dice Átic, es que La plaça tiene mucha más profundidad de la que parece y que explica un país. ¿El país que explica aún es el país que tenemos ahora?
Una de las citas que pongo antes del inicio, que es de una carta que le escribe a su editor, Joan Sales, dice: ‘Cuando la empecé, quería hacer una novela sobre la condición humana, rehabilitar a los que hicieron la guerra de buena fe –que los había– y poner en primer plano, en vez de personajes monstruos, personajes normales y llenos de bondad que aún quedan’. Hay un punto de vista cultural y político en la intención de Mercè Rodoreda. Sabemos que en esa época, tanto en los jurados de los premios a los que ella se presentaba como en los intelectuales que ella conocía, había la obsesión, porque eso sale en las cartas, de que se reflejara ‘la problemática’. Y ‘la problemática’ no era otra que la dictadura. A tu pregunta debo responder que nuestro país aún está marcado por haber tenido 40 años de franquismo y esto se puede ver incluso en el lenguaje que hablamos, que está lleno de barbarismos, que Rodoreda estaba en contra de poner barbarismos en las obras.

Obviamente que no es el mismo país, pero ha recibido consecuencias profundas de esos 40 años de silencio. Lo que hace Rodoreda es fantástico porque irrumpe en aquellos comedores de los años 50 y de los principios de los 60 donde había un silencio absoluto, para que los hijos no fueran a la escuela y dijeran ‘mi padre durante la guerra hizo tal cosa o tal otra’. Todos callados. Y esta gran escritora puso dentro de las casas una novela para que esas familias, en esos comedores silenciosos, se pudieran ver reflejadas y pudieran leer su historia. Eso es maravilloso. Antes de que existiera el circuito catalán de TVE y antes de que existiera TV3, existió Rodoreda. Es decir, es quien nos regala un modelo lingüístico de catalán popular que llega a todos pero con el cual se puede decir todo.

¿Destaca sobre los autores que eran sus coetáneos?
Es que conecta con la gente mucho más que los otros autores de su generación. No debemos olvidar que Rodoreda forma parte de aquella generación que cuando marchan al exilio es decir: ‘Aquí nos están prohibiendo en Cataluña hablar en catalán en organismos públicos, hacer teatro en catalán, escribir libros en catalán y nosotros iremos a París, a la capital cultural del mundo, a continuar haciendo obras de grandísima calidad y a contagiarnos de los movimientos vanguardistas para continuar salvando la cultura catalana’. Y eso lo hace toda su generación. Pero la que sobresale es la que, en principio, tenía una formación más pequeña, es Rodoreda. Ella también forma parte de todo este grupo que marcha al exilio con esta intención de preservar el legado, la tradición, el país. No son Ulises, sino que son Eneas, el que lleva a su padre encima y los Penates, y iban a conservar la tradición, la cultura.

En este proyecto, aparece la ambición de Rodoreda, que hace que se indigne cuando se presenta a premios y no la galardonan, por ejemplo con La plaça del Diamant, que presentó al primer Premio Sant Jordi y no ganó.
Tiene una gran ambición en un sentido muy positivo. Se ha puesto al servicio del exilio, se forma muchísimo, aprende inglés, francés, va a ver todas las exposiciones que puede, está en contacto con la flor y nata de toda la intelectualidad. Su voluntad es dar a su país una gran obra. Es ambicioso, pero ojalá todas las ambiciones fueran tan positivas como esta. En cartas y entrevistas lo explica, que mientras hacía La plaça tenía la convicción de que estaba haciendo algo muy bueno. Con otras novelas dice que le salían todos los complejos de inferioridad, pero con La plaça, no.

¿Cómo se combinan estos dos rasgos aparentemente opuestos de su personalidad?
Al final de su vida, Rodoreda explicó que cuando era joven salía a la calle de noche, en lugar de salir de día, de tan tímida que era, para que no la vieran. Esto contrasta mucho con el hecho de que después, cuando se va al exilio, se pone pantalones, se maquilla y ríe de aquella manera tan escandalosa. Y hay este contraste, entre la timidez y la no timidez, entre la ambición y al mismo tiempo complejos de inferioridad, que le explica incluso a Tarradellas. Le dice en una carta que tiene muchos complejos. Este contraste aparece en muchas otras facetas de su personalidad. Por ejemplo, dice que tiene tendencia al apasionamiento incluso al romanticismo, pero que intenta contenerse y disimularlo porque lo ve con malos ojos. Ella constantemente habla del equilibrio que considera superimportante para una artista.

En esta autoexigencia continua, después de La plaça piensa que La mort i la primavera tenía que ser mejor. ¿Lo es?
Ciertamente, Obiols le dice que es maravillosa a finales del año 61, cuando Rodoreda ya ha presentado La mort i la primavera al Sant Jordi, que otra vez queda sin premiar. Ella en esos momentos comienza a escribir Eine Kleine Nachtmusik de Mozart, pero la deja porque Obiols le dice que La mort es su gran obra. Y ella también lo dice. En las cartas a Joan Sales le dice: ‘Estoy trabajando, estoy haciendo una obra que quizás no es tan novela como La plaça pero que literariamente es muy superior’. El problema es que esta novela está inacabada. En el año 81, después de haber publicado Quanta, quanta guerra, tenía la pretensión de volver a trabajar en ella. Y sabemos que, como mínimo, escribió, en su vejez, 25 páginas. Estaba trabajando en ella, pero se enfermó y murió y no la pudo terminar. Yo la encuentro una novela fascinante, considerando que es una novela inacabada y que ella no la dio a imprenta. Pero que justo después de escribir La plaça tuviera la ductilidad y la fuerza de hacer algo tan diferente… y estéticamente, literariamente, es muy buena.

¿Y por qué la dejó? ¿Por qué se atascó?
No sabemos por qué se atascó. Sabemos que estuvo trabajando en ella dos años, desde abril del 61 hasta el otoño del 63. Y se le hace muy difícil. Ella dice que queda empantanada, que no puede avanzar… No sabemos por qué la deja.

No la daba por terminada pero la presentó a un premio…
La primera versión, en el año 61, la presenta al Sant Jordi. En esa época tenía la pretensión de hacer una novela por año e ir presentándolas al Sant Jordi. Pero entonces Obiols le dice que la rehaga. Sabemos que en esa primera versión que envía al Sant Jordi la novela tenía tres partes. Y luego la va rehaciendo e incorpora personajes nuevos, el hijo del herrero, el hombre del garrote, más material narrativo. La convierte en una novela en cuatro partes y está hasta el otoño del 63 trabajando en ella pero decide dejarla.

¿Ni idea de por qué?
Hay una hipótesis de por qué podría ser que la hubiera dejado. En ese momento lo que se valoraba en la estética era el realismo. Eso el mismo editor, que no la leyó en esos momentos, le iba diciendo: ‘Me da la impresión, por lo que me ha dicho Fuster, que es una obra muy irrealista’. Eso no conectaba con el mundo editorial en ese momento. Podría ser uno de los motivos. Ahora bien, es una hipótesis.

¿Eso nadie lo ha podido aclarar y quedará como un interrogante difícil de deshacer?
Pero como muchos. Los interrogantes nos van bien porque nos generan un vacío en la cabeza que quieres llenar y entonces investigas más. Son un motor.

Eva Comas-Arnal, escriptora Barcelona 21.10.2026 | Mireia comas
Eva Comas-Arnal se apasiona hablando de Rodoreda | Mireia comas

De todos los autores de la época que tenían un mismo objetivo, y que por eso se fueron al exilio, ¿por qué es ella la que acaba siendo la más popular? ¿Qué tiene que trasciende de esta manera y puede llegar a las masas?
Es significativo que llegue a conectar con el público a través de La plaça. Esta novela que trata la República, la Guerra, la posguerra… Para mí no es gratuito que Rodoreda toque la fibra del público por primera vez con esta novela. Pero yo creo que el hallazgo de Rodoreda es el estilo. La manera de hacernos ver las cosas, de ponernos delante de los ojos, a través de las palabras, una realidad que casi se toca, se huele, tan tangible. Y es interesante pensar que, justamente, Eine Kleine Nachtmusik la abandonó, cuando era una novela que hablaba de Ginebra. Se dedicó a terminar todas las que hablaban de Cataluña. La mort i la primavera, que es un mundo inventado completamente, no la termina tampoco. En cambio, Mirall Trencat es Sant Gervasi. Y La plaça es Gràcia. Y El jardí vora el mar es la costa catalana. Y El carrer de les Camèlies es la Barcelona de la época franquista. Eran las obras que conectaban con el público en aquellos años.

¿Continuará con más novelas sobre Rodoreda?
No. En novela, he hecho un díptico y lo he cerrado. Si hago más cosas sobre Rodoreda será con ensayo, que ya estoy trabajando en ello. Y si me dedico a hacer novela, probablemente será novela histórica y me iré más siglos atrás.

Antes decía que en parte hace novela porque ha hecho investigación y sabe que lo que de ahí sale queda allí, dentro del mundo académico, encerrado. ¿Es un problema del mundo académico que, dedicando tantas horas y tantos esfuerzos a generar conocimiento después quede recluido? ¿O la docencia ya cumple este objetivo?
Deberíamos apuntar, como país, hacia lo que hacen los anglosajones, que tienen una gran producción de ensayo que, teniendo un gran rigor académico, al mismo tiempo tiene un estilo y una manera de plantearse que llega al público. Eso los anglosajones lo han sabido hacer muy bien. Por ejemplo, Stephen Greenblatt con Shakespeare. Tienen mucha obra que acerca la alta cultura al público y en Cataluña esta disciplina podría ser más potente de lo que es.

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