Bautizar a un bebé con el nombre exacto del padre o de la madre parece, a primera vista, un gesto de afecto inocente o un simple respeto por la tradición familiar. Sin embargo, la psicología clínica ha comenzado a desmontar esta idea tan arraigada en nuestros hogares. (Sí, nosotros también hemos pensado alguna vez que era una decisión cómoda o un simple acto de orgullo de linaje).
La psicóloga Olga Albaladejo, directora del pódcast Bienestar sin parches, advierte que detrás de esta elección puede haber un mecanismo mucho más complejo de lo que imaginamos. La decisión de repetir la etiqueta parental suele esconder la tendencia inconsciente de proyectar sobre los hijos nuestras propias aspiraciones pendientes, aquellas metas que no pudimos alcanzar en su momento.
La sombra de las ambiciones pendientes y la ciencia del namesake
En el ámbito de la investigación académica, el fenómeno de poner a un hijo el nombre de un familiar se llama namesaking. No se trata de una manía aislada ni de una costumbre en desuso en nuestra sociedad. Un estudio elaborado por la investigadora Sharon Obasi en el año 2016 analizó 841 anuncios de nacimiento de una zona rural de Nebraska correspondientes a los años 1994 y 2014. El resultado reveló que aproximadamente uno de cada cinco bebés compartía el nombre con algún familiar directo mencionado en la misma publicación.
Repetir el nombre no revela por sí solo un mandato familiar, pero abre la puerta a analizar qué espacio real dejamos al hijo para ser diferente.
La cuestión clave aparece cuando el nombre elegido es precisamente el del padre o el de la madre. Un experimento realizado por el investigador Brummelman y sus colaboradores con 73 progenitores (mayoritariamente madres) demostró cómo funciona esta dinámica mental. El estudio concluyó que recordar las propias ambiciones incumplidas aumentaba el deseo de que los hijos cumplieran estas metas pendientes, especialmente entre aquellos padres que percibían un alto nivel de coincidencia entre su propia identidad y la de su hijo.
El miedo a la finitud y la continuidad simbólica
Esto no significa que cualquier padre que repita su nombre lo haga por un deseo de control o egoísmo. La misma Olga Albaladejo remarca que en esta decisión suelen convivir varios motivos perfectamente legítimos. El deseo de pertenencia a una historia colectiva, el homenaje a un vínculo de cariño, la continuidad de la tradición o la simple preferencia personal por un nombre determinado son razones que se entrelazan a la hora de ir al registro civil.
No obstante, la psicología experimental ha identificado otra motivación profunda y poco visible: la necesidad de trascendencia. La investigadora Amanda Vicary realizó un estudio donde comprobó que las personas a las que se les hacía pensar en su propia muerte expresaban una intención claramente mayor de poner su propio nombre a sus futuros hijos. La voluntad de dejar una continuidad simbólica actúa como un mecanismo de protección ante la conciencia de nuestra propia finitud.
Cómo afecta al hijo llevar la misma etiqueta que el padre
La gran pregunta que debemos plantearnos en nuestros entornos familiares es cómo vive la criatura el hecho de llevar este nombre heredado. La experta indica que la vivencia puede oscilar entre el orgullo, la modesta indiferencia o una incomodidad llena de sentimientos mezclados. El gran error de muchos padres es dar por hecho que el hijo debe sentirse automáticamente agradecido por continuar la saga.
Hay que escuchar la vivencia del hijo sin imponerle la paciencia de arrastrar un mandato ni exigirle un agradecimiento automático por heredar nuestra identidad.
Cuando la coincidencia de nombre genera un malestar silencioso, suele ser porque el menor percibe comparaciones constantes o una presión invisible para seguir el guion de sus progenitores. Para detectar si se está produciendo esta proyección, conviene observar si el hijo tiene la libertad de elegir estudios, profesión o estilos de vida diferentes sin que la familia cuestione su estima o su lealtad hacia el grupo.
Las cuatro preguntas clave antes de bautizar al niño
Para canalizar esta decisión de manera saludable y evitar que el nombre se convierta en una carga emocional, la psicóloga propone cuatro ejercicios de reflexión personal. El primer paso consiste en definir claramente la motivación: antes de elegir, debemos poner palabras a lo que queremos expresar para separar el afecto puro de las expectativas no declaradas.
En segundo lugar, se debe separar nuestro guion vital del futuro del bebé. El ejercicio consiste en escribir tres deseos para su futuro y analizar cuáles responden a intereses que la criatura ya muestra y cuáles proceden directamente de nuestra historia no resuelta. La solución no pasa por juzgarse, sino por tomar conciencia del límite entre nuestra vida y la suya.
La tercera reflexión evalúa nuestra capacidad de aceptación: cuando aparezca un deseo concreto sobre su futuro, debemos preguntarnos si seremos capaces de ofrecerle esa opción y aceptar que no la elija. Finalmente, si el nombre ya es compartido en casa, la recomendación es hablar de ello abiertamente cuando el hijo pueda expresarse, escuchando su experiencia sin ponernos a la defensiva y recordándole una frase liberadora: «Nos hacía mucha ilusión compartirlo contigo, pero tú le darás tu propia historia».
Asignar nuestra propia identidad a un hijo puede ser un puente precioso o una jaula invisible. Reconocer nuestros propios vacíos antes de elegir su nombre es quizás el mejor regalo de autonomía que podemos ofrecerle. Al fin y al cabo, ¿quién no querría que su hijo fuera el único arquitecto de su propio destino?
