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Ansiedad, agotamiento y estrés: la nueva epidemia silenciosa que alertan los médicos

Por qué el cansancio permanente se ha convertido en una señal de época

El agotamiento actual no siempre se parece al cansancio físico de un día duro. Es una mezcla de fatiga mental, presión sostenida y una sensación de carga que no se apaga. Se nota al levantarse, se arrastra durante la jornada y se intensifica cuando llega la noche: cuesta desconectar, cuesta conciliar el sueño y cuesta sentir que el día ha sido suficiente.

En este escenario aparecen síntomas muy repetidos: tensión muscular, irritabilidad, dificultad para concentrarse, apatía o una hiperalerta constante. No es que falte voluntad. Es que el sistema está en “modo respuesta” demasiadas horas.

A partir de aquí llega el dato clave que ha puesto sobre la mesa el médico José Manuel Felices: estamos viviendo una pandemia del cansancio asociada a la ansiedad y al estrés. En una entrevista, describe una presión invisible que se ha instalado en la vida cotidiana y que empuja a muchas personas a sentirse constantemente cargadas.

El ruido de fondo: cuando el cuerpo no distingue entre urgencia real y urgencia inventada

Parte del problema es la sensación de urgencia permanente. El cerebro interpreta estímulos continuos como “tareas pendientes”: notificaciones, mensajes, comparaciones y recordatorios de que siempre hay algo que mejorar. Esta tensión no requiere un gran evento traumático para activarse. Basta con sostenerla durante semanas.

Felices señala un detonante que se repite en la consulta y en la conversación pública: la sobreexposición a mensajes sobre cómo deberíamos vivir, cuidarnos o rendir. El problema no es solo la información, sino el efecto emocional acumulado: si todo parece obligatorio, todo pesa.

Estrés crónico y cortisol: el mecanismo que hace que el desgaste se note en todo

El estrés activa respuestas biológicas útiles para situaciones puntuales. El problema llega cuando el estado se mantiene. Felices lo resume con una advertencia directa: el estrés sostenido afecta todos los sistemas del cuerpo y el exceso prolongado de cortisol deja de ser un recurso para convertirse en una carga.

La evidencia clínica coincide en el impacto del estrés crónico. Instituciones sanitarias explican que, cuando el estrés se prolonga, aumenta el riesgo de problemas de sueño, alteraciones digestivas, tensión arterial elevada y cambios en el estado de ánimo. La Mayo Clinic describe cómo el cortisol participa en la respuesta al estrés y por qué, mantenido alto durante mucho tiempo, puede perjudicar al organismo.

El origen que más se repite: consejos universales que generan fracaso constante

Una de las trampas más frecuentes en bienestar es la “talla única”. Rutinas perfectas, dietas ideales, mañanas productivas, listas interminables de hábitos. El resultado para mucha gente no es salud, sino frustración: si no lo cumples todo, sientes que has fallado.

Felices critica precisamente esta dinámica. Plantea que no todos los consejos sirven para todos y que asumirlo lleva a una conclusión destructiva: “no llego”, “esto es imposible”. Esta sensación de fracaso alimenta el estrés y empuja al abandono, justo lo contrario de lo que se buscaba.

La metáfora que cambia el enfoque: hábitos como un traje a medida

En su entrevista, Felices utiliza una comparación clara: igual que no se va a un acto importante con una prenda de talla única, tampoco tiene sentido construir hábitos como si todos viviéramos la misma vida. La propuesta es simple y exigente a la vez: diseñar un bienestar que encaje con tus horarios, tu energía, tu contexto y tu personalidad.

Este cambio tiene una consecuencia inmediata: reduce la culpa. Cuando el plan es realista, deja de ser una carrera contra un ideal y se convierte en un sistema que puedes sostener.

El componente emocional: obligación contra disfrute

Otro punto central del planteamiento es dejar de hacer las cosas por imposición. Felices insiste en mover el foco del “tengo que” al “me hace bien” y, sobre todo, al “lo disfruto”. No es una frase motivacional: es una estrategia para mejorar la adherencia. Si todo se vive como un castigo, el cuerpo lo registra como estrés añadido.

Señales que no es un día malo: indicadores que conviene mirar

Hay días flojos, y eso es normal. La diferencia está en la persistencia y en el impacto. Si el cansancio te acompaña incluso con descanso, si la ansiedad aparece sin un motivo concreto o si el estrés se ha convertido en la base de tu rutina, es momento de revisar el sistema, no solo el síntoma.

Checklist rápido para distinguir fatiga puntual de desgaste sostenido

  • Duración: llevas semanas sintiéndote “al límite” sin un período claro de recuperación.
  • Sueño: duermes, pero no descansas, o te cuesta desconectar a pesar de estar agotado.
  • Somatización: tensión muscular, molestias digestivas, cefaleas o palpitaciones se repiten.
  • Atención: te cuesta concentrarte en tareas simples o sientes niebla mental.
  • Estado de ánimo: irritabilidad, apatía o sensación de saturación se vuelven habituales.

Cómo “desintoxicar” el día a día sin convertirlo en otra obligación

Si el problema es la presión constante y la sobrecarga de mensajes, la solución no suele ser añadir más normas. Suele ser quitar ruido, ajustar expectativas y recuperar control sobre decisiones pequeñas que, repetidas, cambian la sensación de fondo.

Tabla práctica: detonante, efecto y ajuste realista

Detonante habitualQué provocaAjuste útil
Sobrecarga de consejos en las redesComparación y culpaLimitar ventanas de uso y elegir fuentes concretas
Agenda sin pausasHiperalerta todo el díaMicrodescansos de 3 a 5 minutos cada 90 minutos
Hábitos imposiblesAbandono y frustraciónVersión mínima sostenible del hábito
Todo por obligaciónEstrés añadidoConvertir el hábito en actividad agradable o social
Desconexión nocturna pobreSueño fragmentadoRutina breve sin pantallas antes de ir a dormir

La idea que resume el cambio: recuperar las riendas

Felices plantea que muchas veces el cansancio no nace de “hacer demasiado”, sino de vivir el día a día como impuesto. La salida pasa por desmarcarse, decidir qué sí y qué no, y construir hábitos que encajen en la vida real. Este ajuste no elimina problemas de un día para otro, pero reduce la fricción diaria que alimenta la ansiedad y el estrés.

La diferencia se nota cuando el bienestar deja de ser una lista inalcanzable y vuelve a ser una estrategia personal: menos exigencia, más dirección, y un plan que no te pida ser perfecto para funcionar.

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