La ‘Navidad agónica’ de Felipe VI comienza el lunes en Barcelona

"De ahí la importancia de los discursos del 24 de diciembre y del 6 de enero: no cabe pensar que serán, como los de otros años, apenas un conjunto de generalidades y buenas palabras"

Si para todos estas fiestas navideñas van a ser sin duda más tristes que las del año pasado, habrá que convenir en que para Felipe VI y su padre serán algo más duras aún. De hecho, la ‘Navidad agónica’ –en el sentido unamuniano de lucha desesperada por evitar un final quizá previsible—del rey comienza ya este lunes, en Barcelona. Allí iba a visitar, con Pedro Sánchez, unas instalaciones automovilísticas, en un esfuerzo por hacerse presente, de una u otra forma, en Catalunya, un territorio donde la acogida al jefe del Estado es siempre, como mínimo y por decir lo menos, algo más fría; ahora, Sánchez, en cuarentena, no podrá acompañarle en su recorrido por esta fábrica en Martorell.

Será, con o sin la compañía del presidente del Gobierno central, el inicio de una ‘semana de pasión’, en la que el monarca ha de afrontar el que será el discurso más difícil de su vida, más aún que aquel del 3 de octubre de 2017 tras el referéndum catalán: el mensaje de Nochebuena de este año habrá de incorporar, al menos –al menos–, un recuerdo a la figura de su padre, Juan Carlos I, que se ha convertido en una pieza más, acaso la principal, en la tormenta perfecta que sumerge al conjunto de la política nacional.

Las especulaciones acerca de la vuelta o no a España del llamado ‘emérito’ en estas fiestas navideñas parecen haber cesado: no regresará, dicen, por el rebrote de la pandemia. Y cierto es que este regreso tendría una difícil presentación cuando una mayoría de naciones europeas está desaconsejando el retorno a casa de sus nacionales en estas jornadas. Además, algún  medio, como el diario ‘Ara’, habló en las últimas horas del internamiento de Juan Carlos I en un hospital de los Emiratos porque habría contraído el coronavirus, algo prontamente desmentido, en términos tajantes, por La Zarzuela. Ese palacio en el que de ninguna manera quisieran ver el retorno navideño del padre del rey, pero donde menos aún se quiere siquiera imaginar, por las consecuencias absolutamente imprevisibles que tendría, el fallecimiento en el extranjero de quien fue jefe del Estado durante casi cuarenta años.

Este panorama difícil, el acoso republicano desde una parte del Gobierno, donde Pedro Sánchez se ha convertido, queriéndolo o no, en el principal valladar de la actual forma del Estado, y el conflicto dinástico que empieza a suponer el distanciamiento entre el padre y el hijo, son factores de evidente zarandeo a la Corona. Ahora nadie está ya muy seguro de la exactitud de las palabras del jefe del Gobierno cuando dice que “la Monarquía no corre peligro”. 

En todo caso, tanto el inquilino de La Moncloa como el de la Zarzuela saben que algo tendrán que hacer, en este año que llega lleno de incertidumbres, para asegurar una mayor estabilidad para la institución. De ahí la importancia de los discursos del 24 de diciembre y del 6 de enero: no cabe pensar que serán, como los de otros años, apenas un conjunto de generalidades y buenas palabras. De ahí también el cuidado con el que se analiza cada paso del rey… y de su familia, sometida al veredicto de una opinión pública escandalizada por las ‘desviaciones’ respecto de lo que sería una apropiada conducta en el entorno real.

Si a esto le unimos los previsibles resultados de las elecciones catalanas, que son el próximo mojón en el camino de la política estatal y que poco a nada van a gustar en La Zarzuela (ni en La Moncloa), tendremos una visión panorámica de los momentos ‘de angustia’ que aseguran que vive un rey que nada ha tenido fácil desde la abdicación de su padre en la primavera de 2014. 

Felipe VI está sometido a presiones desde el Gobierno, donde quisieran, dicen, intervenir bastante en los dos discursos trascendentales que tiene ante sí, y acerca de los cuales parece que algunos en su entorno le aconsejan, por el contrario, mantener ‘un perfil bajo’. Pero también se siente presionado, aseguran, por la propia opinión pública y por unas encuestas, estas no tan públicas, que muestran que las inclinaciones monárquicas de la juventud –y no digamos ya en Catalunya—no se decantan  precisamente por la actual forma del Estado. Así que algo habrá de hacer, y sin perder mucho tiempo.

Creo que nos hallamos iniciando unas fechas que pudieran resultar claves para muchas cuestiones verdaderamente cruciales. Desde luego, estas navidades, ni en Zarzuela ni en Abu Dabi, ni en ninguna parte, van a ser como las de 2019. ¿Cómo serán las de 2021? Cuán largo me lo fiáis…

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