El mundo económico catalán parece haberse enamorado de Branko Milanović. Una vez aclarado el profundo papel de la desigualdad en la formación de los sistemas económicos modernos -y cómo el capitalismo la genera necesariamente– los teóricos que se cuestionan esta tendencia han ganado mercado. El serbio-americano, que fuera economista en jefe del Departamento de Investigación del Banco Mundial, ya visitó el Principado de la mano de la burguesía de Barcelona, como uno de los platos fuertes de las jornadas del Círculo de Economía del 2025, las últimas con el banquero Jaume Guardiola como presidente. Ahora, la Generalitat también lo ha querido de cabeza de cartel, en esta ocasión del acto de presentación de la Nota Económica del Departamento de Economía y Finanzas que dirige Alícia Romero. En su intervención, vehiculada a través de una conversación con el director general de Análisis y Prospectiva Económica de la Generalitat, David Lizoain, Milanović ha situado a Cataluña en un mundo en descomposición, marcado por el auge de alternativas políticas reaccionarias y de potencias fuera del universo de lo que llama «el occidente político» -Europa, América del Norte, Japón, Corea del Sur y Oceanía-. «Ya todo el mundo está de acuerdo en que hemos llegado al fin del orden neoliberal«, constata el economista.
Según Milanović, la composición misma del sistema-mundo ha cambiado completamente en las últimas décadas. «Ya no vivimos en el mismo planeta que había en los años 90», ha dicho; recordando los análisis de referentes del liberalismo político de la época, como los que hacía John Rawls en su obra The law of peoples. El Siglo XXI, a juicio del serbio, ha demostrado que el fin de la historia capitalista era una falacia, y que las «fuerzas sociales» subterráneas en tensión perpetua son aún los marcadores del devenir geopolítico. Con el pico de la organización global liberal, a finales del XX, todos los países «formaban parte de un grupo -las grandes potencias del Primer Mundo- o aspiraban a formar parte de él». El análisis de entonces era sencillo: la democracia liberal era la cima de la montaña, y las sociedades más atrasadas que, poco a poco, desarrollaban su economía, acabarían culminando en una reforma también institucional y de gobernanza. Dos décadas después, dominan el planeta sociedades que «no tenían lugar» en la cabeza de aquellos pensadores: países «autoritarios con mucho crecimiento e influencia global»; con China como primer ejemplo, pero también con otras potencias asiáticas, del calibre de India o Vietnam, que «han mejorado mucho sus posiciones respecto a Occidente».
«Mercado libre nacional»
La amenaza del otro mundo, según Milanović, ha provocado un retroceso localista en los grupos políticos liberales de occidente, que han renunciado a algunas de las ideas fuertes que los guiaron a finales de los 90 para profundizar en nuevas. El economista sostiene que este perfil de partidos ha detectado el carácter bélico de la creación del nuevo sistema -un «mundo mucho más combativo»-; y han dejado atrás el ánimo universalista que mantiene parte de la socialdemocracia. En el nuevo «capitalismo de la finitud» -que toma prestado del francés Arnaud Orain-, el centro-derecha tradicional ha «acentuado los capítulos económicos de su programa», con propuestas de desregulación y levantamiento de la política fiscal; a costa de abandonar la «parte social» que conservaban, con los flujos migratorios como renuncia más flagrante. Así, el orden «internacional y cosmopolita» de los liberales se ha vuelto nacional, en el sentido más reducido del término. Sobre este tablero ideológico, el ex economista en jefe del departamento de investigación del Banco Mundial sitúa las coordenadas de programas económicos como los aranceles del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que personifica este retroceso a la mínima comunidad.

Se trata de una tendencia política que, a juicio de Milanović, no ha sido impuesta desde élites políticas y mediáticas. Para el economista, el retorno de la figura del hombre fuerte al frente de algunas de las principales potencias globales, con el mismo Trump, Vladímir Putin y Xi Jinping como principales ejemplos, es la respuesta -en cada uno de los casos, de una forma distinta- a los «excesos del neoliberalismo». El experto señala, en el caso norteamericano, los agravios causados por la «globalización neoliberal», que ha movilizado muchas de las bases trumpistas contra las élites previas ante la evidencia de que el ascensor social que había sido prometido ha desaparecido. Para los chinos, se trata de un rechazo a las políticas liberalizadoras de los presidentes post-dengistas, Jiang Zemin y Hu Jintao, que «abrieron a la plutocracia las puertas del Partido Comunista». En Moscú, Milanović observa una entrega del estado a las élites securitarias para evitar el desmoronamiento de la era Yeltsin. Los grandes jefes del autoritarismo global «no son eventos exógenos, que llegaron por arte de magia: son manifestaciones de fuerzas sociales que ya estaban ahí».
Lejos de atender la necesidad de estos «olvidados de la globalización» -la caricatura con la que se ha dibujado la mayoría del voto trumpista, alejada de la base real de profesionales de rango bajo que muestran los principales estudios sociológicos-, Milanović considera que esta tendencia ha exacerbado la desigualdad que aceleraba el sistema anterior. En los países ricos, sostiene, la tendencia a la concentración de la renta sigue acelerando, en forma de enriquecimiento de los ya ricos y de empobrecimiento de las clases medias. En Europa, recuerda, la distribución de renta podía situar a los ciudadanos más pobres entre el percentil 65 y el 70% del planeta; mientras que las clases altas ocupaban los últimos peldaños de la escala. Estos, décadas después, mantienen su posición relativa; mientras que los otros la han perdido, y ahora se sitúan en la media global, elevada por el enriquecimiento de la nueva clase media asiática. «El top no ha sufrido los efectos del nuevo sistema; quien lo nota es la parte más baja de la pirámide», considera el experto.
La nota económica
El ejecutivo, representado ante los asistentes por la consejera Romero, ha buscado alinear las reflexiones de Milanović con su programa; y ambos con la nota, una recopilación de una docena de artículos que exploran algunos de los mayores agujeros económicos que sufre la Cataluña contemporánea. Los autores de los 12 estudios que componen el volumen han puesto negro sobre blanco diversos aspectos de esta pretendida coincidencia analítica. La profesora de Economía de la Universidad de Alcalá, Olga Cantó, analiza la concentración de la riqueza entre los ciudadanos con más poder adquisitivo del Estado, que se ha disparado en las últimas dos décadas, hasta el punto de que el 1% más rico de la población española acumula el 20% de todos los recursos.
Por su parte, el profesor de la UAB Héctor Sala relaciona el estado de las rentas del trabajo en Cataluña con la crisis residencial; y concluye que «el precio de la vivienda pone en riesgo la sostenibilidad» de la redistribución de la riqueza en el país. En este sentido, la técnica de la Dirección General de Análisis y Prospectiva Económica de la Generalitat Anna Monreal propone reformular el IPC para añadir los costos de la vivienda en propiedad, el modelo más ampliamente extendido en Cataluña. Actualmente, a pesar de que el 67% de la población catalana vive en un piso o una casa en propiedad, el aumento de precios en este ámbito no se contempla en los cálculos del costo de la vida, lo que crea bolsas de «pérdida de poder adquisitivo que el IPC no detecta».
También sobre vivienda versa el estudio de la investigadora de la UPF, Alba Lanau, y el experto del CIS Albert F. Arcanons, que observan el impacto de los costos residenciales sobre el crecimiento de la pobreza infantil. Según los dos expertos, la inflación de la vivienda hunde aún más «familias con hijos, en viviendas alquiladas en áreas urbanas»; con un componente más grave entre los hogares de origen extranjero. El agravio, vale decir, afecta más a los inquilinos que a los propietarios, como demuestra el artículo de los técnicos de la Dirección General de Análisis y Prospectiva Económica de la Generalitat, Carles Badenes y Ermengol Bertran. Según los economistas, los ciudadanos en régimen de alquiler «destinan un porcentaje más alto de los ingresos a vivienda que los propietarios»; un desequilibrio que lastra especialmente a los jóvenes, tras una caída de más de 34 puntos de la propiedad entre menores de 35 años. Al terremoto de la vivienda se suman cuestiones como la desigualdad salarial; los efectos de la gobernanza empresarial en la distribución de la riqueza o la influencia de políticas redistributivas como la renta garantizada de ciudadanía en la garantía del bienestar en las capas más bajas de la sociedad.



