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De diez cajas a tres bancos: así desapareció el sistema financiero catalán

En 2009, las cajas de ahorro catalanas gestionaban unos 400.000 millones de euros en activos, empleaban a más de 43.000 trabajadores y disponían de 5.421 oficinas en Cataluña, una red que más que duplicaba a la de la banca, con 2.288 sucursales. Esa dimensión convertía a las cajas en una de las grandes potencias económicas del país: captaban el ahorro de familias y empresas, financiaban buena parte de la actividad económica y mantenían una fuerte implantación territorial, reforzada por una obra social que destinaba recursos a cultura, educación, asistencia y equipamientos. No eran solo entidades financieras; durante décadas habían sido una pieza estructural de la economía catalana y una de las principales instituciones de proximidad del país.

Detrás de estas cifras había diez marcas que formaban parte del paisaje cotidiano de Cataluña: Caixa Sabadell, Caixa Terrassa, Caixa Manlleu, Caixa Manresa, Caixa Laietana, Caixa Girona, Caixa Tarragona, Caixa Penedès, Caixa Catalunya y la Caixa. Cada una tenía una historia y un territorio de referencia. Caixa Sabadell y Caixa Terrassa estaban estrechamente vinculadas a la tradición industrial del Vallès; Caixa Manlleu, a Osona; Caixa Manresa, a la Cataluña Central; Caixa Laietana, al Maresme; Caixa Penedès, en el entorno de Vilafranca; Caixa Girona, en las comarcas gerundenses; Caixa Tarragona, en el Camp de Tarragona, y Caixa Catalunya había desarrollado una dimensión más metropolitana. Por encima de todas, la Caixa, fundada en 1904, se había convertido en el gran gigante del sistema.

Una oficina de la antigua Caixa Catalunya

Aquel poder no se medía solo en oficinas o balances. Las cajas habían construido históricamente una relación particular con el territorio, basada en la captación del ahorro local, la financiación de familias y empresas y el retorno de una parte de los recursos a la sociedad a través de la obra social. La sucursal de la caja era, en muchos municipios, una institución tan reconocible como el ayuntamiento o el mercado.

La dimensión económica de aquel sistema se puede entender también con una operación que podría haber hecho historia. La fusión de Caixa Catalunya, Caixa Tarragona y Caixa Manresa, planteada en 2009 y materializada en 2010, dio lugar a CatalunyaCaixa, una entidad que nacía con unos 81.000 millones de euros en activos y que habría sido la segunda caja catalana y la cuarta del Estado español. Pero ese mismo año comenzaba a quedar claro que el modelo de cajas tenía los días contados.

El terremoto financiero y del ladrillo

La crisis financiera internacional y, sobre todo, el estallido de la burbuja inmobiliaria española, golpearon con fuerza a las cajas. Muchas habían acumulado una elevada exposición al sector de la construcción y al negocio inmobiliario, mientras la morosidad aumentaba y las nuevas exigencias de capital hacían cada vez más difícil mantener entidades pequeñas y medianas. La respuesta fue una concentración acelerada del sector donde las fusiones, presentadas inicialmente como una fórmula para ganar dimensión y resistir la crisis, terminaron abriendo la puerta a una reestructuración mucho más profunda.

En 2010 se produjeron dos de las grandes operaciones que marcaron el final del viejo mapa. Caixa Catalunya, Caixa Tarragona y Caixa Manresa se fusionaron para crear CatalunyaCaixa, mientras Caixa Sabadell, Caixa Terrassa y Caixa Manlleu dieron lugar a Unnim. Seis cajas quedaron reducidas a dos nuevas entidades. El experimento de Unnim fue breve: fue adjudicada al BBVA en 2012 por un euro y el banco culminó su absorción en mayo de 2013, cuando desapareció la marca Unnim de las oficinas.

Una oficina de la antigua Caixa Manlleu
Una oficina de la antigua Caixa Manlleu

CatalunyaCaixa siguió un recorrido más largo. En 2011 transfirió el negocio financiero a Catalunya Banc y, después de la intervención y reestructuración de la entidad, el BBVA adquirió el 98,4% en abril de 2015 por unos 1.165 millones de euros. La integración societaria definitiva con el BBVA se formalizó en 2016. Las seis cajas que habían formado CatalunyaCaixa y Unnim terminaron, en solo seis años, bajo el mismo techo: el BBVA.

Penedès, Girona y Laietana

Las otras cajas siguieron caminos diferentes, pero el resultado final fue similar. Caixa Penedès se integró en el grupo BMN y, posteriormente, su negocio catalán y aragonés pasó al Banco Sabadell. En 2013, el Sabadell culminó la integración y sustituyó la marca de las 376 oficinas procedentes de la antigua caja. Caixa Girona tuvo una desaparición mucho más rápida. En 2010 fue absorbida por la Caixa e integrada posteriormente en la red de CaixaBank; la fusión se materializó durante el último trimestre de ese año.

Caixa Laietana, por su parte, entró en 2010 en el grupo de siete cajas que constituyeron BFA, liderado por Caja Madrid, y su negocio pasó posteriormente a Bankia, que comenzó a operar en 2011. La marca Bankia, y con ella el recorrido iniciado por Caixa Laietana dentro de este grupo, desapareció definitivamente en 2021, con la fusión por absorción de Bankia por CaixaBank.

La Caixa, una historia diferente

En medio de esta desaparición generalizada hay una trayectoria singular. La Caixa no terminó absorbida por otro banco, sino que transformó su negocio financiero en CaixaBank, en un proceso que se completó en 2011. La nueva entidad asumió la continuidad del negocio bancario de la gran caja catalana. La transformación también separó la dimensión financiera de la social. Con los años, la antigua caja evolucionó hacia el modelo actual de fundación bancaria, mientras la obra social mantenía su continuidad a través de la Fundació ”la Caixa”, que hoy desarrolla programas en ámbitos como la cultura, la educación, la investigación y la acción social. La transformación jurídica de la antigua caja en fundación bancaria se formalizó en 2014, de acuerdo con la nueva legislación sobre cajas y fundaciones bancarias.

Es esta continuidad la que diferencia a la Caixa del resto. Las otras perdieron su identidad financiera en procesos de fusión, absorción o adjudicación; la Caixa, en cambio, convirtió su negocio bancario en CaixaBank y preservó una continuidad específica de su obra social.

Ahora bien, el mapa financiero catalán conserva aún dos marcas, supervivientes del tejido financiero de proximidad: Caixa Guissona y Caixa d’Enginyers. Ambas continúan activas, pero jurídicamente no son cajas de ahorro, sino cooperativas de crédito. Guissona opera como Caja Rural de Guissona, mientras que Caixa d’Enginyers mantiene su estructura cooperativa y ha superado los 220.000 socios.

CaixaBank / Europa Press (EP)

Diez cajas, tres destinos

El mapa final permite entender la magnitud de la transformación, una concentración extraordinaria: diez cajas catalanas han terminado reducidas a tres grandes destinos bancarios —CaixaBank, BBVA y Banco Sabadell—, con la particularidad de que CaixaBank es también heredero directo de la principal de todas ellas.

La transformación no fue solo empresarial. Con las cajas también desapareció una determinada manera de entender la relación entre las finanzas y el territorio. Y el cambio se hizo visible en las calles: muchas sucursales cerraron y muchas otras cambiaron de rótulo. Los logos que durante décadas habían identificado barrios, pueblos y ciudades dieron paso a los de grandes bancos. Con todo, una parte del legado aún es visible en edificios, fundaciones, centros culturales y equipamientos. Y también en la memoria de toda una generación: la libreta de ahorros, la primera cuenta de los hijos, la hucha, la sucursal de toda la vida, el calendario de regalo o aquel logo que identificaba una ciudad entera.

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