Este domingo el parque de atracciones Tibidabo se vestirá de gala para celebrar sus 125 años de historia con una gran fiesta abierta a la ciudadanía. Más allá de ser un icono sentimental para generaciones de familias, el parque representa hoy un modelo de gestión pública sostenible que recibe más de 600,000 visitantes al año y que busca constantemente el equilibrio entre la viabilidad económica, la preservación del patrimonio y la excelencia en el servicio. Hablamos con su directora, Rosa Ortiz, sobre el presente y el futuro de este espacio único, la convivencia entre el público local y el turista, y el valor incalculable de continuar ofreciendo emociones reales a las alturas de Barcelona.
El Tibidabo celebra 125 años y es uno de los pocos lugares de Barcelona que puede decir que ha formado parte de la infancia de cinco generaciones. ¿Qué significa dirigir un espacio con esta carga emocional?
Es un gran orgullo, tanto para mí como para todo el equipo de personas que hacemos posible esta celebración. Hace prácticamente un año que pensamos cómo organizarlo. Dado que es un espacio muy emblemático y querido por todos, queríamos que toda la ciudadanía pudiera participar, no solo los visitantes habituales, sino también aquellas generaciones que vinieron con sus padres o abuelos. Por eso nos sumamos a la caminata popular con Barnatresc, para conectar la ciudad con la cima y celebrar estos 125 años de diversión en Barcelona.
Si pudiera recuperar una imagen del Tibidabo de hace 125 años y ponerla al lado de la actual, ¿qué le gustaría que se viera que ha cambiado y qué desearía que continuara exactamente igual?
Me cuesta elegir solo una, ¡diré dos! La primera sería la del primer funicular que hubo en el Estado, con el conductor, los coches de época y la gente vestida de entonces. Puesta al lado de la Cuca de Llum —el funicular actual, premiado internacionalmente por su arquitectura sostenible—, muestra cómo se mantiene la esencia innovadora de facilitar el acceso a la montaña. La segunda imagen es emocional: la mirada de los niños. Cuando un niño sube por primera vez solo a una atracción como el Xuxutren y se despide de sus padres, su cara de ilusión es exactamente la misma hoy que hace un siglo. Esa esencia no ha cambiado nada.
El parque nació con la voluntad de ser un espacio para los barceloneses. ¿Sigue siendo su público principal o se ha convertido también en una atracción turística de primer orden?
Sigue siendo, principalmente, un parque muy vinculado a la gente local y a las familias que se lo sienten suyo. No obstante, también se ha abierto a nuevos residentes y a turistas. Estos últimos se acercan sobre todo al Área Panorámica, atraídos por las vistas y por la historia del parque, un espacio que desde el año 2002 está abierto y accesible para toda la ciudadanía.

¿Qué peso tienen hoy los visitantes de Cataluña, del resto del Estado y los internacionales?
El núcleo principal sigue siendo el público local y familiar. El visitante internacional busca principalmente disfrutar del emblemático mirador y del Área Panorámica. Es una convivencia muy natural: el parque de atracciones mantiene su público fiel, mientras que la zona abierta de la ciudad atrae a quien quiere descubrir el punto más alto de Barcelona y su oferta gastronómica o patrimonial.
¿Existe el riesgo de que un lugar tan emblemático termine pensando más en el turista que en la familia de toda la vida? ¿Cómo se busca el equilibrio?
El equilibrio se encuentra en la propia gestión del parque. La prioridad es y será la familia y la experiencia del visitante, que pasa un promedio de seis horas con nosotros. El acceso a la montaña y el aforo están regulados por la capacidad del propio transporte público (como el funicular) y de los aparcamientos, lo que evita la masificación y garantiza que la experiencia continúe siendo de alta calidad y muy personalizada.
Desde la propiedad del Ayuntamiento en 2002, después de haber sido un negocio privado, ¿qué ha aportado la gestión pública? ¿Qué cree que habría sido diferente si continuara en manos privadas?
La gestión pública ha aportado una visión abierta y sostenible, centrada en valores como la educación, la solidaridad y el compromiso ambiental. Se ha conseguido que la cima sea de todos, eliminando la masificación de vehículos privados en la montaña y apostando por el transporte sostenible. Además, desarrollamos proyectos educativos destacados, como el programa STEAM y el Fisidabo y colaboramos con ONG. En el Tibidabo preservamos el patrimonio histórico de la ciudad sin perder el equilibrio económico.
Con una estructura de costos elevada (personal, mantenimiento, seguridad, renovación de atracciones), ¿cuáles son los principales retos económicos y cuál es la relación entre los ingresos y las necesidades de inversión?
Buscamos siempre el equilibrio económico para no ser una carga para las finanzas públicas. La partida de gasto más importante es el personal, que a la vez es la que aporta más valor a la experiencia del visitante, por el trato humano y muy cercano. La otra gran partida es el mantenimiento y la preservación del patrimonio (como el Avión o los Autómatas). Las inversiones se revierten en mantener la esencia histórica, incorporar nuevas tecnologías y renovar las atracciones que no son patrimoniales para mantener el parque siempre atractivo.
Si la autosuficiencia condiciona la magnitud de las inversiones, ¿cómo se decide cuándo es necesario hacer un esfuerzo económico para mantener atracciones históricas o mejorar servicios?
Se trabaja en tres ejes: la preservación obligatoria del patrimonio histórico, la incorporación de novedades para cada temporada (como la campaña de Halloween o Navidad) y la mejora de la tecnología para facilitar la experiencia del cliente, como la digitalización en la compra de entradas y los accesos. Un ejemplo de innovación eficiente es el Tibidabo Express, donde mediante gafas de realidad virtual se ofrece una experiencia totalmente nueva sobre una atracción ya existente.

La sociedad cada vez se muestra más sensible a la seguridad, el medio ambiente y el bienestar en familia. ¿Cómo afecta esto la gestión de las atracciones?
Nos condiciona de manera absolutamente positiva. La normativa de seguridad nos marca cuándo es necesario renovar o adaptar una atracción, como fue el caso reciente de la atracción Alaska para los más pequeños. En cuanto al medio ambiente, estamos ubicados en pleno Parque Natural de Collserola, por lo que el compromiso con la sostenibilidad y la reducción del transporte privado es firme y prioritario.
Con una oferta de ocio tan amplia, incluidas alternativas digitales y experiencias inmersivas, ¿qué puede ofrecer el Tibidabo que no pueda encontrarse en cualquier otro lugar?
Ofrece experiencias reales y compartidas en un entorno mágico. En un mundo cada vez más digital, compartir una risa mirándose en los espejos deformantes, sentir la velocidad o el miedo juntos y mirarse a los ojos con la ciudad a los pies es un valor incomparable. Estas experiencias vividas en familia quedan grabadas en la memoria y serán, en el futuro, un auténtico tesoro a preservar.
El parque está en un entorno natural excepcional y, al mismo tiempo, atrae a muchos visitantes. ¿Cómo se gestiona la relación entre la voluntad de crecer y la de reducir el impacto sobre el medio?
Más que crecer en volumen, nuestro objetivo en el parque de atracciones es mantenernos en torno a los 600,000-650,000 visitantes anuales, que es la capacidad máxima para garantizar una estancia de calidad de seis horas de promedio. La voluntad de crecimiento se dirige a mejorar la satisfacción del cliente y a desestacionalizar las visitas al Área Panorámica entre semana, aprovechando los flujos turísticos sin saturar nunca la montaña ni el entorno natural.
¿Cómo se imagina el Tibidabo de aquí a 50 años, cuando vayan los hijos o los nietos de los niños que juegan hoy?
Me lo imagino como un reducto de convivencia y de emociones reales. Quizás la tecnología habrá cambiado la forma de interactuar con algunas atracciones, pero el valor de ir a un lugar físico a disfrutar con la familia, compartir risas y mirar Barcelona desde las alturas continuará siendo un pilar insustituible.
