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Cinco marcas catalanas desaparecidas que quisieron hacer historia

Hay marcas y empresas que desaparecen sin hacer ruido y otras que continúan formando parte de la memoria de varias generaciones. En Cataluña, donde durante buena parte del siglo XX se construyó uno de los tejidos industriales más potentes del Estado, los nombres de estas empresas aún aparecen en conversaciones familiares, en mercados de coleccionismo o simplemente cuando alguien abre un cajón y encuentra un objeto que lleva una marca que ya no existe.

Quien hoy pasa de los cuarenta, recordará que Sanglas era una moto catalana que competía en cilindradas grandes; Airgam era esa caja con la que se construían aventuras antes de que los videojuegos ocuparan las habitaciones de los niños; EKO convertía las calles y los trenes en un mundo en miniatura; Unnim fue durante unos años el nombre de una red de cajas que había formado parte de la vida financiera de muchos catalanes, y Crolls representa el intento de la industria catalana de dominar el mercado de los electrodomésticos, especialmente de lavadoras.

Cinco historias muy diferentes, pero con un final similar: empresas que en un momento determinado fueron importantes, dieron trabajo, crearon productos reconocidos y formaron parte del paisaje económico catalán, pero que no lograron sobrevivir a los grandes cambios del mercado. Algunas cayeron ante la competencia internacional; otras quedaron atrapadas en transformaciones tecnológicas o en procesos de concentración empresarial, y hay algunas que simplemente desaparecieron cuando todo un modelo industrial dejó de ser viable.

Estas son cinco marcas desaparecidas -no las únicas- que todavía forman parte de la memoria económica y sentimental de Cataluña.

AIRGAM: los muñecos catalanes que plantaron cara a los Playmobil

Si hay un juguete catalán que una generación entera recuerda, ese es Airgam. Los Airgam Boys llegaron a las tiendas en 1976 y se convirtieron rápidamente en una de las grandes alternativas autóctonas a los Playmobil, a los Geyperman y a los Madelman. Detrás de la marca estaban los hermanos Josep y Jordi Magrià, que habían comenzado años antes fabricando objetos de madera y que orientaron progresivamente el negocio hacia el mundo del juguete. La fábrica terminó instalándose en L’Hospitalet de Llobregat, en la calle del Mig, donde los Airgam Boys se convirtieron en uno de los juguetes más populares de la industria catalana.

Los muñecos, de unos ocho centímetros y medio de altura, tenían una característica que los hacía especialmente atractivos para los niños de la época: se podían intercambiar piezas, ropa y complementos y permitían construir todo tipo de aventuras. La compañía, además, entendió muy pronto la importancia de la televisión e invirtió en publicidad para convertir a sus personajes en una presencia habitual en los hogares españoles. En los años setenta Airgam vivió su época dorada y amplió el catálogo con vehículos, juegos educativos y otros juguetes.

El problema llegó en los años ochenta, cuando el mercado español se abrió a una competencia internacional mucho más dura. Las multinacionales podían fabricar con costos mucho menores y Airgam no logró adaptarse lo suficientemente rápido. En enero de 1987 presentó suspensión de pagos con unos activos de 890 millones de pesetas y deudas de 250 millones, y poco después anunció el despido de sus 140 trabajadores. La fábrica terminó cerrando y los moldes y el stock pasaron a Comansi.

Airgam desapareció, pero sus muñecos no. Hoy los Airgam Boys son objetos de coleccionista y representan uno de los ejemplos más potentes de cómo un juguete puede acabar convertido en memoria de una época.

SANGLAS: la moto catalana que quería competir con BMW

Antes de que Honda, Yamaha o Suzuki dominaran las carreteras españolas, había una marca catalana que aspiraba a fabricar motocicletas de gran cilindrada y prestaciones: Sanglas. La compañía nació en Barcelona en 1942 de la mano de los hermanos Javier y Martín Sanglas, hijos de una familia vinculada a la industria textil de Manlleu. Los dos hermanos habían estudiado ingeniería y decidieron aplicar sus conocimientos a un sector que consideraban estratégico en una España con enormes carencias de transporte.

Sanglas buscó desde el principio un posicionamiento diferente al de las pequeñas motocicletas que dominaban el mercado. Sus modelos eran de cilindrada elevada y estaban pensados especialmente para organismos oficiales. La primera motocicleta, de 350 centímetros cúbicos, empezó a abrir camino en un mercado aún muy protegido, y durante los años cincuenta y sesenta la marca consolidó una reputación asociada a motos robustas, grandes y especialmente adecuadas para la policía y otros servicios públicos.

El modelo 400 se convertiría en uno de los más emblemáticos de la marca y, posteriormente, llegarían las 500 S y 500 S2. Sanglas también intentó internacionalizarse y estableció alianzas con fabricantes extranjeros, pero la transformación del mercado motociclista español terminó jugando en su contra. La llegada masiva de los fabricantes japoneses, con productos más modernos y una capacidad industrial muy superior, dejó cada vez menos espacio para un fabricante local. La producción de las últimas Sanglas con motor propio terminó en 1981 y el nombre de la marca desapareció definitivamente en 1982.

La historia de Sanglas es especialmente significativa porque explica la desaparición de una industria catalana que había sido capaz de crear productos propios y competir en un sector tecnológicamente exigente. Las motos han sobrevivido gracias a los clubes de propietarios y a los coleccionistas, pero la marca que durante décadas representó la motocicleta catalana ya forma parte de la historia industrial del país.

EKO: las miniaturas que convirtieron el coche de juguete en una pieza de coleccionista

Para muchos niños de los años sesenta y setenta, EKO era mucho más que una marca de miniaturas. Era una manera de construir ciudades en miniatura, carreteras, estaciones y dioramas con vehículos que reproducían los modelos que circulaban cada día por las calles. La marca nació en Barcelona a mediados de los años cincuenta vinculada a Industrias Blasco y apostó por el plástico en un momento en que buena parte de las miniaturas competidoras utilizaban otros materiales.

Su gran territorio fue la escala H0, muy vinculada al mundo de los trenes en miniatura. EKO fabricaba coches, camiones, autobuses y vehículos militares, pero también todo tipo de accesorios y pequeñas figuras que permitían completar los dioramas. Entre sus miniaturas había desde un Seat 600 o un Renault 4 hasta camiones Pegaso, Mercedes o Magirus y diversos vehículos militares. La variedad del catálogo explica por qué EKO terminó convirtiéndose en una marca especialmente apreciada por los aficionados al modelismo.

Una de las particularidades de la historia de EKO es que su trayectoria está relacionada con otros fabricantes catalanes de miniaturas. La industria del juguete de la época era mucho más interconectada de lo que hoy podría parecer, con empresas que compartían moldes, catálogos o productos y que intentaban sobrevivir en un mercado aún muy protegido. Pero aquella industria fue perdiendo peso ante los grandes fabricantes internacionales y los cambios en los hábitos de consumo. EKO dejó de tener la presencia masiva que había alcanzado décadas atrás y hoy es sobre todo una marca recordada por los aficionados al modelismo.

UNNIM: la efímera caja que enterró tres historias centenarias

La historia de Unnim es diferente, porque no era una empresa industrial ni una marca de consumo, pero su desaparición explica mejor que ninguna otra la gran transformación del tejido empresarial catalán durante la crisis financiera. Unnim nació en 2010 de la fusión de Caixa Sabadell, Caixa Terrassa y Caixa Manlleu, tres entidades con una historia mucho más larga que la propia marca que las sustituyó. Con 28.849 millones de euros de activos, se convirtió en la tercera caja de ahorros de Cataluña.

Una oficina de la antigua Unnim

Además, la marca tuvo una vida extraordinariamente corta. La crisis financiera había obligado a las cajas a concentrarse y a buscar fórmulas para sobrevivir en un sistema que comenzaba a exigir mucho más capital y solvencia. Unnim tuvo que recurrir al FROB y, en 2011, transformó el negocio financiero en un banco. Un año después, el Banco de España adjudicó Unnim al BBVA por un precio simbólico de un euro, con un importante esquema de cobertura de pérdidas asumido por el Fondo de Garantía de Depósitos. En ese momento, Unnim tenía más de 1,1 millones de clientes y 610 oficinas.

En 2013, el BBVA culminó la absorción y la marca Unnim desapareció. Con ella desaparecía también, simbólicamente, la larga historia independiente de tres cajas que habían sido instituciones económicas de referencia en Sabadell, Terrassa y Manlleu. El caso de Unnim es especialmente revelador porque en solo tres años una marca creada para salvar tres entidades históricas terminó siendo sustituida por la de un gran banco español. Para mucha gente, Unnim es solo un nombre que aparece en antiguas libretas, tarjetas, oficinas o documentos bancarios. Pero detrás de ese nombre hay una de las grandes transformaciones del mapa financiero catalán del siglo XXI.

Crolls, la lavadora catalana con tecnología propia

Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, Crolls fue uno de los grandes nombres de los electrodomésticos fabricados en Cataluña. La marca nació en Reus en 1948 de la mano de cinco empresarios locales —Cañadell, Ruano, Lozano, Llevat y Solé—, cuyos apellidos explican también el origen del nombre comercial. Ese mismo año, la compañía presentó su primera lavadora y patentó un sistema de inversión de marcha del motor que contribuyó a la introducción de la lavadora automática en España. Durante las décadas siguientes, Crolls creció hasta convertirse en una marca habitual en muchos hogares, con una gama que se amplió a secadoras, lavavajillas y aparatos de aire acondicionado.

Anuncio original de Crolls S.A., datado en 1959, de una lavadora-centrifugadora.

La fábrica de Reus llegó a producir miles de electrodomésticos y a ocupar a más de 350 trabajadores, pero el aumento de la competencia y la crisis del sector terminaron truncando el proyecto. En 1976 Crolls se integró en el grupo Obaiceta y, tras años de dificultades económicas y laborales, la fábrica cerró definitivamente en abril de 1984. Con ella desaparecía una marca que había acompañado la modernización de los hogares españoles y que hoy sobrevive sobre todo en la memoria de una generación que vio cómo la lavadora dejaba de ser un artículo casi de lujo para convertirse en un electrodoméstico imprescindible.

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