¿Imaginas un mundo donde Australia hablaba catalán? O, al menos, donde su historia hubiera comenzado de la mano de la corona española, 170 años antes de James Cook?
Esta historia olvidada es más que un simple viaje. Es la crónica de una oportunidad de oro que se escapó por poco, un giro del destino que reescribió el mapa mundial en silencio.
La promesa de un continente oculto
Durante los reinados de Felipe II y Felipe III, la fiebre de los descubrimientos españoles era imparable. ¿El objetivo? Encontrar la legendaria Terra Australis Incognita.
Antiguos mapas griegos y romanos ya hablaban de ella. Se decía que era un lugar repleto de oro y piedras preciosas. Una tentación demasiado grande para ignorar por una Corona ávida de riqueza. (Y, sinceramente, ¿quién no habría picado?)
Antes, ya hubo intentos. La expedición de Gabriel de Castilla en 1603, por ejemplo, terminó descubriendo las primeras islas de la Antártida. Pero la gran joya continuaba oculta.
Las islas Salomón, ya descubiertas en 1567, fueron el siguiente foco. Pero ninguno de estos archipiélagos se reveló como la esquiva Terra Australis Incognita. El misterio continuaba intacto.

Los arquitectos de la casi conquista
En el año 1605, se puso en marcha una nueva misión. El virrey del Perú confió el mando al portugués Pedro Fernández de Quirós, un veterano de la expedición a las Salomón.
Quirós tenía una convicción inquebrantable: evangelizar a los isleños. Pero su gran objetivo era encontrar la Terra Australis. Sabía la ruta hacia los lejanos Mares del Sur.
Reclutó una tripulación de élite. Entre ellos, un nombre clave: Luis Váez de Torres, como capitán del barco San Pedro. La historia estaba a punto de dar un giro definitivo.
Los orígenes de Torres son inciertos, pero se le supone gallego. Los marineros le llamaban «el Bretón». Había demostrado su valor en las flotas de Nueva España y el Perú. Un marinero con mucha experiencia.
La historia está llena de «qué hubiera pasado si…». Este es uno de los más fascinantes.
El viaje que lo cambió todo
La flota de Quirós estaba formada por tres barcos: el San Pedro y San Pablo (la capitana), el San Pedro (de Torres) y un patache llamado Los Tres Reyes Magos. Sumaban 270 hombres entre marineros y soldados.
Zarparon del puerto de El Callao el 21 de diciembre de 1605. Cinco meses después, llegaron al actual archipiélago de Vanuatu. Allí, un hecho crucial: Quirós bautizó las islas con el nombre de «Austrialia del Espíritu Santo».
Sí, has leído bien. El origen del nombre del futuro continente australiano se remonta a esta expedición española. Un detalle histórico que pocos conocen. (Nos voló la cabeza cuando lo descubrimos).
En Vanuatu, hicieron provisión de víveres. Revisaron las cartas náuticas para escoger la mejor ruta. Pero el buen rumbo de la expedición pronto daría un giro inesperado.

La tormenta, el motín y el liderazgo de Torres
El 11 de junio de 1606, una tormenta se desató sobre Vanuatu. Separó la nave capitana de Quirós de sus dos compañeras. Y aquí es donde la historia se vuelve aún más apasionante.
Según el cronista Diego de Prado y Tovar, la partida de Quirós no fue solo por la tormenta. Parece que hubo un motín de sus propios marineros. Estaban descontentos y desanimados.
Con Fernández de Quirós ausente, Torres y Prado quedaron como únicos capitanes. Abrieron las órdenes selladas del virrey del Perú. Prado había sido designado almirante en caso de separación. Pero cedió el mando a Luis Váez de Torres.
Una decisión que cambió el curso de la misión. Juntos, decidieron buscar la ruta hacia Manila, la capital de las Filipinas españolas. Pero el destino les tenía reservada una gran sorpresa.
El encuentro con el continente prohibido
Vientos contrarios les impidieron tomar el paso marítimo por la costa norte de Papúa. Durante tres meses, Torres y Prado navegaron por las aguas que separan Nueva Guinea y Australia. Hicieron contacto con los nativos. Y tomaron posesión de las islas de Tagula y Basilaki para el Rey de España.
Las naves comprobaron que Nueva Guinea era una isla. Tuvieron que esquivar numerosos escollos entre Papúa y Australia. Fue una navegación extremadamente peligrosa.
Por esta razón, Torres tomó una decisión crucial: no continuar navegando hacia el sur. Esta orden evitó que pusiera pie en tierra en Australia 170 años antes que James Cook.
Pero, según el relato de Prado, los barcos de Torres fueron los primeros europeos en avistar el cabo York del continente australiano. Lo vieron, pero no desembarcaron allí.
Después, viraron rumbo al norte y llegaron a Manila un año más tarde, en mayo de 1607. Una gesta colosal. El estrecho que divide Nueva Guinea de Australia fue bautizado con su nombre: el Estrecho de Torres. Un nombre que perdura hoy día.

El secreto robado y la oportunidad perdida
La historia no fue justa con Torres. A su llegada a Manila, las autoridades españolas le impidieron ir a Madrid para informar de sus descubrimientos. ¿La excusa? Sus barcos eran necesarios en las Filipinas. Una decisión que parece, hoy, un gran error.
Solo Prado y Tovar logró regresar a España. Pero la información de las cartas náuticas de la expedición? Fue robada por los ingleses en su asalto a Manila en 1765. (Un golpe bajo para la historia española).
Este robo fue clave. Propició el éxito posterior de la expedición de Cook en los Mares del Sur. La información española, una vez oculta, fue la base para el «descubrimiento» británico.
La falta de interés de España, Portugal y Holanda por financiar expediciones costosas hacia una tierra lejana hizo el resto. India y el sudeste asiático ya procuraban suficientes riquezas. Australia tuvo que esperar al siglo XVIII y el interés de Inglaterra.
Una historia que nos recuerda que la fortuna y la fama no siempre van de la mano con el verdadero mérito. ¿Cuántas otras gestas esperan ser redescubiertas?
