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La historia de Haile Selassie, el último emperador africano, y su conexión con el reggae

El mundo entero miraba atónito cómo un hombre diminuto, de apenas un metro sesenta de estatura, conseguía paralizar la Asamblea de la Sociedad de Naciones en 1936. No era un general de granito ni un mandatario occidental con ínfulas de grandeza; era Haile Selassie, el emperador de Etiopía, exigiendo auxilio ante la invasión fascista de Mussolini con una dignidad que aún hoy estremece los cimientos de la geopolítica moderna. (Sí, nosotros también alucinamos con la fuerza de su mirada).

Lo que pocos imaginaban en aquel instante de derrota temporal es que aquel monarca milenario acabaría convirtiéndose tanto en un dios viviente para millones de creyentes al otro lado del océano como en el protagonista de uno de los derrumbes políticos más brutales del siglo XX.

De Ras Tafari a la corona imperial más codiciada de África

Nacido como Tafari Makonnen en 1892, su ascenso al poder absoluto no fue una casualidad del destino, sino una jugada maestra de supervivencia política en un continente que agonizaba bajo el reparto colonial de las potencias europeas. Tras sortear conspiraciones palaciegas y derrotar a sus rivales directos, fue coronado formalmente como el Negus Negast o Rey de Reyes en 1930.

Ese día, la historia cambió para siempre. El boato desplegado en Addis Abeba costó una fortuna en un país profundamente empobrecido, pero fascinó a la prensa internacional hasta el punto de que la revista Time lo catapultó a su portada como la figura del año. El imperio etíope se presentaba ante el planeta como el faro inexpugnable de la soberanía africana frente al yugo blanco.

Sin embargo, la realidad del palacio escondía profundas contradicciones. Mientras en Europa se le aplaudía como a un estadista moderno que abolía la esclavitud por decreto, dentro de sus fronteras el feudalismo agrario mantenía a millones de campesinos en una miseria absoluta mientras la aristocracia terrateniente acumulaba privilegios medievales.

La profecía jamaicana y el nacimiento de un mito

Mientras tanto, a miles de kilómetros de distancia, en la isla caribeña de Jamaica, un líder panafricanista llamado Marcus Garvey había lanzado una profecía que sacudiría la cultura popular global: «Mirad a África, un rey será coronado, porque el día de la liberación está cerca». Cuando Selassie asumió el trono, los seguidores de Garvey vieron en él al mismo Mesías negro.

Adoptaron su nombre de nacimiento —Ras Tafari— para fundar un movimiento espiritual y político que conquistaría el mundo décadas más tarde a través de la música reggae y la figura universal de Bob Marley. Para millones de personas, el emperador etíope era la encarnación directa de Dios en la Tierra, una divinidad viviente que gobernaba desde el monte Sión.

El recordatorio clave: Haile Selassie visitó Jamaica en 1966. La locura colectiva fue tal que el aeropuerto se colapsó por completo y el monarca, abrumado por la devoción, llegó a pensar que los fieles rasta estaban locos antes de comprender la profundidad espiritual de su propia leyenda.

Irónicamente, el mismo emperador, que profesaba la fe cristiana copta ortodoxa más estricta, nunca llegó a aceptar del todo su divinidad rastafari, aunque supo utilizar el fenómeno geopolíticamente para ganar aliados incondicionales en el escenario internacional.

El ocaso: hambre, revoluciones y un final de película de terror

Pero los imperios construidos sobre mitos divinos tienen pies de barro cuando la realidad económica golpea con fuerza. A principios de la década de 1970, una terrible hambruna asoló las provincias del norte de Etiopía, cobrando la vida de cientos de miles de personas mientras la corte imperial intentaba ocultar el desastre bajo la alfombra para no dañar su imagen exterior.

El contraste entre el lujo asiático de sus banquetes palaciegos y la agonía silenciosa de su pueblo encendió la mecha de la ira militar. En septiembre de 1974, un grupo de oficiales jóvenes agrupados en el temible comité conocido como el Derg decidió dar un golpe de estado definitivo que pondría fin a siglos de dinastía salomónica.

La caída del monarca fue tan patética como cruel: un anciano de 82 años fue introducido en la parte trasera de un modesto escarabajo Volkswagen mientras los soldados lo apuntaban con fusiles, despojándolo de todos sus títulos entre los aplausos fingidos de una turba manipulada por los nuevos dictadores marxistas.

El misterio bajo el suelo del palacio

El final de su vida estuvo rodeado de un silencio sepulcral. Murió oficialmente en 1975 bajo custodia militar, supuestamente debido a complicaciones tras una operación de próstata, aunque las sospechas de asesinato por estrangulamiento a manos del dictador Mengistu Haile Mariam perseguirán por siempre los libros de historia.

Lo más macabro ocurrió después: su cuerpo fue enterrado clandestinamente bajo una letrina en el despacho del mismo dictador, donde permaneció olvidado durante casi dos décadas hasta la caída del régimen comunista y la recuperación de sus restos para darles una sepultura digna en la catedral de la Trinidad.

¿Fue Haile Selassie un déspota iluminado o el último bastión de la dignidad africana ante el caos? La respuesta probablemente depende de si se le mira desde los ojos de un campesino hambriento o desde la fe inquebrantable de un devoto rastafari.

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