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La foca monje volverá a Cataluña: el Gobierno impulsa su regreso al Cabo de Creus en 2027

El Mediterráneo, nuestro mar, esconde historias de pérdida. Décadas de silencio han marcado un vacío ecológico que pocos recuerdan, pero que muchos ya esperan. Una sombra que desapareció hace casi cincuenta años está a punto de regresar.

Este rincón del mundo, tan nuestro, ha vivido demasiado tiempo sin una de sus figuras más emblemáticas. Un animal que fue perseguido hasta la extinción local. Su ausencia, una herida abierta en el ecosistema, ha sido un recordatorio constante de lo que hemos perdido.

Pero ahora, la cuenta atrás ha comenzado. El Gobierno de Cataluña ha puesto fecha al regreso más esperado. La foca monje (Monachus monachus), el antiguo «viejo marino», ha fijado un retorno definitivo al Cabo de Creus. El año marcado en el calendario para su primer paso es el 2027. Sí, has leído bien: la costa catalana será su hogar de nuevo.

La historia de un regreso anunciado y sus claves

Esta noticia no surge de la nada. Hace tiempo que la Generalitat hablaba de impulsar la reintroducción de esta especie en peligro. Pero en los últimos meses, el interés se ha disparado. Las conversaciones se han intensificado hasta cerrar un plan de ruta que ya es una realidad palpable.

El proyecto, ambicioso y complejo, se plantea en varias fases. La primera, en el año 2027, aún no implica la liberación directa de ejemplares en el Cabo de Creus, sino la preparación del terreno y los primeros movimientos. Un plan que podría compartirse con las Islas Baleares, concretamente con la isla de Cabrera, en Mallorca, estableciendo un puente vital entre ambos territorios.

La foca monje fue una presencia habitual en el Mediterráneo occidental durante siglos. Pero su declive, una desaparición trágica, se aceleró de forma alarmante en el siglo XX. Entre los años 50 y 70, la especie se borró de nuestro mapa. La última observación confirmada en Cataluña fue en 1973, entre Roses y Cadaqués. Desde entonces, el silencio.

Este regreso no es solo el de una especie, sino el de un símbolo. Un indicador claro de si estamos haciendo bien las cosas por nuestro mar, por nuestras costas. Si la foca monje no regresa, algo grave estaremos haciendo mal.

¿Por qué desapareció? El motivo principal fue la persecución pesquera. Los pescadores de la época veían a la foca como un competidor directo por los recursos. Esto, sumado a las capturas accidentales, la transformación del litoral y la creciente presión turística sobre las playas, condenó la especie en España, Francia, Italia y el norte de África. Una pérdida irrecuperable hasta ahora.

De Mauritania al Cabo de Creus: una segunda oportunidad

Mientras aquí desaparecía, la foca monje sobrevivió al este del Mediterráneo (Grecia, Chipre y Turquía) y en pequeños reductos fuera de nuestro mar. Ahora, la solución pasa por un convenio internacional. España, Portugal, Marruecos y Mauritania han unido fuerzas por un objetivo común.

El plan actual es extraer entre 15 y 20 ejemplares cada año de la colonia de Cabo Blanco, entre el Sáhara Occidental y Mauritania. Estas focas serán trasladadas inicialmente a las Canarias. El origen de esta práctica se remonta a 1997, cuando esta colonia, el bastión principal de la especie, sufrió una mortalidad masiva.

En pocas semanas, dos tercios de los animales murieron, pasando de 300 a solo un centenar. La causa exacta aún es un misterio, pero las hipótesis apuntan a biotoxinas o a un virus. Aquel evento evidenció el riesgo crítico de concentrar tantas focas en un solo lugar. Ahora, la estrategia busca precisamente reducir este riesgo y recuperar el territorio perdido por la especie.

Fuentes del Departamento de Territorio, Vivienda y Transición Ecológica confirman la urgencia. Hay que reforzar las poblaciones en Canarias y Madeira, sí. Pero también es imprescindible favorecer su regreso al Mediterráneo occidental. Cataluña y las Baleares son las piezas clave en este nuevo rompecabezas ambiental.

Una foca, un catalizador ambiental y un reto colosal

A largo plazo, el reto es mayúsculo: volver a conectar las colonias occidentales (aún inexistentes) con las focas que permanecen en el Mediterráneo oriental. Esto fomentará un intercambio genético vital entre núcleos aislados, garantizando la supervivencia de la especie.

El área ambiental del Gobierno de Salvador Illa, con la consejera Sílvia Paneque y el secretario de Transición Ecológica Jordi Sargatal a la cabeza, tiene claro que la foca es «una pieza ausente» del ecosistema. Creen firmemente que, si se trabaja bien, puede ser compatible con la pesca. Incluso se aventuran a decir que la Costa Brava puede ser «aún más viva» con su presencia.

Un estudio preliminar ya señala Cala Jugadora, en el Cabo de Creus, como un punto ideal. Primero en régimen de semicautividad, para acostumbrarse al terreno. Después, en libertad plena. Jordi Sargatal, con una trayectoria impresionante en proyectos de reintroducción (como el ibis eremita en el Alto Ampurdán o el ánade real en Tarragona), tiene este sueño presente desde hace décadas.

La excusa perfecta para acelerar la idea llegó con una película: La odisea de la foca monje, de las cineastas mallorquinas Núria Abad y Marta Hierro. Un documental que ilustra la desaparición de la foca y reivindica su regreso. «El Mediterráneo occidental se ha convertido en una especie de trampa», relata Abad. Este film, que se proyectará el 19 de septiembre en el Delta del Ebro, sirve como herramienta de interpelación ciudadana, preparando el terreno para la solución definitiva.

Tic-tac: el tiempo se agota para un ecosistema más rico

La Generalitat ya mantiene conversaciones fluidas con el Gobierno Balear. El consejero de Agricultura, Pesca y Medio Natural, Joan Simonet, ve con muy buenos ojos la liberación de ejemplares en Cabrera. La experiencia previa, como la colaboración con la Junta de Andalucía para el ibis eremita, demuestra que las relaciones son buenas cuando se trata de proteger la fauna.

El reloj avanza hacia el 2027. Este proyecto no es solo una reintroducción animal, es una declaración de intenciones. Un paso adelante en la recuperación ambiental de nuestra costa, un indicador de nuestra salud ecológica. Es la prueba de que aún hay esperanza para revertir nuestros errores históricos.

Estamos ante una oportunidad única para reconstruir un vínculo roto. La foca monje volverá, y con ella, un poco más del alma de nuestro mar. ¿Preparados para recibirla?

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