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Científicos revelan cómo 7.000 presas modificaron la rotación de la Tierra, moviendo sus polos más de un metro

La Tierra gira. Siempre ha sido así, o eso creemos. Pero hay un secreto oculto que ahora sale a la luz, y nos afecta directamente. Nuestra propia actividad ha desplazado sus polos. Una idea que rompe esquemas, ¿verdad?

Parece una noticia de ciencia ficción, sacada de una película apocalíptica. Que nuestros actos cotidianos, por pequeños que sean, puedan alterar un planeta entero. La realidad, sin embargo, es mucho más sorprendente e imprescindible de entender. No estamos hablando de desastres inminentes o cambios dramáticos. Hablamos de una influencia sutil, sí, pero tan masiva que ha reconfigurado la rotación terrestre.

Un estudio reciente de la prestigiosa Universidad de Harvard lo ha revelado con una claridad impactante. Casi 7.000 presas, construidas a lo largo de dos siglos de historia humana, han modificado la rotación terrestre. Esta cifra colosal de infraestructuras ha logrado mover los polos geográficos de nuestro planeta. Exactamente, han trazado una trayectoria acumulada de 113,4 centímetros sobre la superficie. (Sí, nosotros también hemos tenido que releer este dato para creerlo).

Estas megaestructuras, erigidas entre 1835 y 2011, no solo transforman valles y alteran el curso de los ríos. También redistribuyen una cantidad de agua tan impresionante que el planeta no puede hacer otra cosa que responder físicamente. Piénsalo como una patinadora sobre hielo que modifica su velocidad al acercar o separar los brazos. La Tierra, con cada presa que construimos, siente cómo su masa interna se reajusta.

La mecánica oculta detrás del desplazamiento polar

El trabajo, publicado en la reconocida revista Geophysical Research Letters, es definitivo. El equipo de la Universidad de Harvard, liderado por Natasha Valencic, utilizó una base de datos mundial con la ubicación, fecha de construcción y volumen de miles de presas. Analizaron el impacto combinado de 6.862 embalses. Estas masas de agua retenida no terminaron en los océanos, como habría ocurrido de forma natural. Se quedaron atrapadas a diferentes alturas y latitudes en los continentes. Una alteración masiva de la distribución natural.

¿La consecuencia directa de este almacenamiento? Una reducción global del nivel medio del mar de unos 21 milímetros. Puede parecer una cifra insignificante a primera vista, pero sería un error monumental no tenerla en cuenta. Es un dato imprescindible para la ciencia moderna, especialmente cuando intentamos reconstruir con precisión el aumento oceánico del siglo XX y anticipar el futuro. Esta agua, dicen los científicos, se mueve a otros puntos del planeta con una distribución geográfica muy diferente de la que tendría sin nuestra intervención.

Y atención a un matiz vital: no estamos hablando de los polos magnéticos, que dependen de los movimientos del hierro líquido en el núcleo externo de la Tierra y cambian constantemente de posición. Los investigadores analizaron los polos geográficos. Estos son los puntos de la superficie por donde atraviesa el eje alrededor del cual gira el planeta. La Tierra no es una esfera rígida y completamente uniforme. Cuando una parte de su masa cambia de lugar, el planeta responde para conservar su momento angular. Este fenómeno se llama desplazamiento polar verdadero.

Lo que hemos hecho durante casi dos siglos con la construcción de miles de presas es, sin quererlo, uno de los experimentos geofísicos más grandes y fascinantes de la historia. Hemos movido nuestro propio planeta.

El trayecto que siguieron los polos no fue una línea recta. La dirección y magnitud del efecto dependieron de la ubicación de las presas en cada período histórico. Entre 1835 y 1954, gran parte de los nuevos embalses se concentraron en Europa y América del Norte. Esta distribución llevó al polo norte geográfico a desplazarse unos 20,5 centímetros en dirección al meridiano 103 este, que atraviesa regiones de Rusia, Mongolia, China y el sudeste asiático. Un giro histórico que ahora podemos cuantificar.

Pero la cosa cambió radicalmente a partir de mediados del siglo XX. El crecimiento de las infraestructuras hidráulicas se trasladó a Asia y África oriental. Esta nueva distribución produjo un movimiento de unos 57 centímetros hacia el meridiano 117 oeste, una línea que cruza el oeste de América del Norte y el Pacífico Sur. Una verdadera migración silenciosa del eje terrestre que pasa desapercibida para la mayoría, pero que los satélites y los modelos geofísicos captan con precisión.

Nuestra huella global: una advertencia para el futuro

La idea de que una sola presa gigante pudiera alterar la rotación terrestre no es del todo nueva. Ya en 2005, científicos del Jet Propulsion Laboratory de la NASA utilizaron el colosal embalse de las Tres Gargantas en China como ejemplo ilustrativo. Estimaron que llenarlo con unos 40 kilómetros cúbicos de agua podría alargar la duración del día en aproximadamente 0,06 microsegundos y desplazar la posición del polo unos dos centímetros. Un cálculo físico que ahora se ve superado por la realidad.

La nueva investigación de Harvard va mucho más allá. En lugar de estudiar una sola presa monumental, por impresionante que sea, analiza el efecto combinado de miles de embalses distribuidos por todo el planeta y construidos en momentos distintos. El truco es entender la potencia de la acumulación de pequeños efectos. Un solo embalse produce un efecto casi imperceptible, sí. Pero 6.862 presas son un mundo, y su suma tiene una solución global.

Tranquilos. Este desplazamiento de un metro no implica que la Tierra esté a punto de volcar ni que debamos temer un cambio catastrófico. Los movimientos naturales del planeta (la circulación atmosférica y oceánica, los terremotos, los cambios estacionales, el deshielo y el desplazamiento de aguas subterráneas) son mucho más grandes. No hay ningún riesgo de que este movimiento calculado altere las estaciones, provoque una nueva era de hielo o cambie apreciablemente el clima. Como señaló la misma Valencic, un desplazamiento cercano a un metro no supone una amenaza directa para la estabilidad del planeta.

Entonces, ¿por qué es imprescindible saber esto? ¿Por qué debemos prestarle tanta atención? Porque los científicos necesitan reconstruir con precisión el nivel del mar del pasado y anticipar su evolución futura. Para hacerlo, es fundamental saber cuánta agua se encuentra en los océanos y cuánta ha quedado retenida en tierra. Y, aún más importante, saber dónde está almacenada. Esta es la solución clave para entender el calentamiento global y sus impactos, que no se reparten uniformemente por todas las costas. (No podemos, ni debemos, ignorarlo).

Las presas se construyeron con objetivos muy claros: generar electricidad, almacenar agua, controlar inundaciones o alimentar sistemas de riego. Pero, sin quererlo, sin ninguna intención de fondo, se convirtieron en uno de los experimentos geofísicos más grandes de la historia. Nuestra huella es más profunda de lo que jamás hubiéramos imaginado.

Cada vez que miramos un embalse, estaremos viendo una pequeña parte de una historia que va mucho más allá de lo que podemos imaginar. Una historia que hemos escrito nosotros. Hemos influenciado nuestro propio planeta a una escala que hasta ahora era oculta. Y ahora, ya no hay marcha atrás en el conocimiento. Es el momento de comprender la verdadera dimensión de nuestro impacto. ¿Cuál será nuestra próxima gran revelación?

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