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El «sueño» empresarial del turismo sin estaciones aviva el conflicto con el tejido asociativo

En pleno colapso de las Rodalies en Cataluña, la Generalitat pudo celebrar un dato el pasado fin de semana. Como lanzó en un comunicado el departamento de Empresa y Trabajo de la Generalitat, el 2025 cerró con un gasto turístico total en el Principado cercano a los 25.000 millones de euros, una nueva escalada que establece otro máximo pospandémico. El departamento que dirige Miquel Sàmper celebraba el qué, pero también el cómo: alrededor de dos tercios de los visitantes que aterrizaron en el país los últimos 12 meses – un 68%, más o menos – llegaron fuera de la tradicional temporada alta, en los meses de julio y agosto. Combinado con un aumento de la inversión (+4,5%) que superó al crecimiento de viajeros (1,2%) las cifras sirvieron para celebrar, por parte de Sàmper, la «consolidación de un modelo turístico de más valor». «Hemos demostrado que es posible crecer en valor sin crecer necesariamente en volumen», sostenía el responsable de Empresa y Trabajo. El proyecto del consejero, sin embargo, no es compartido por todas las trincheras de la batalla turística y, si bien el empresariado es tan defensor de la desestacionalización como el ejecutivo, expertos y movimientos sociales introducen matices -en el primer caso- o incluso enmiendas a la totalidad -en el segundo- a la lectura de hoteles, restaurantes y locales de ocio.

Extender la influencia del negocio turístico fuera de la temporada veraniega ha sido el «sueño», en palabras del presidente de la comisión de Turismo de Foment del Treball, Miquel Gotanegra, del sector en los últimos años: turistas que gasten más y que vengan durante todo el año a todo el territorio catalán. «La desestacionalización es la clave para la sostenibilidad social del sector», analiza Gotanegra, en conversación con Món Economia. No es, sin embargo, el sueño de todos los implicados: las asociaciones vecinales de Barcelona, inmersas en protestas contra la «turistización» de la capital, alertan que la tendencia responde exclusivamente a las necesidades de los empresarios. «Primero, quemaron las temporadas altas y, cuando empezó a haber malestar, desviaron a los turistas. Y, encima, nos cuelan el gol de venderlo como decrecimiento», critica el portavoz de la Asamblea de Barrios por el Decrecimiento Turístico, Daniel Pardo.

Los datos confirman que, en efecto, el crecimiento turístico es mucho más intenso fuera de los meses de sol, porque en estos ya parece haber tocado techo. Pero no se están redistribuyendo viajeros hacia los períodos con más disponibilidad, sino simplemente haciendo crecer el negocio cuando, hasta ahora, no había tanto. Según el estudio de coyuntura económica de la Cámara de Comercio de Barcelona del segundo trimestre del 2025, «en temporada alta, el grado de ocupación de las plazas hoteleras está estabilizado en máximos. En cambio, en temporada baja continúa aumentando el grado de ocupación, lo que podría sugerir una desestacionalización del turismo y una potencial vía de crecimiento». La economista e investigadora especializada en turismo en la UB Montserrat Crespí-Vallbona asume el fenómeno, y asegura que la ciudadanía ya lo ha hecho también: «La continuidad de la actividad turística a lo largo del año ya es un hecho en la ciudad de Barcelona», argumenta; recordando que la capital dejó atrás a París como primera destinación europea el curso pasado «sin un hub aeroportuario como el Charles de Gaulle». «Utilizan el mismo espacio que los ciudadanos, y eso congestiona. Eso es un hecho», sentencia la experta.

Aun así, contempla los flujos turísticos, y más en una ciudad como Barcelona, dentro de una tendencia globalizadora más amplia, y que genera nuevos retos para la gestión urbana. Para Crespí, el término «presión turística ha quedado un poco desfasado», dado que son múltiples los colectivos que aterrizan en la capital y amenazan con colapsar sus capacidades, desde los nómadas digitales a los estudiantes, pasando por los académicos o los profesionales especializados. En este sentido, advierte contra la «demonización» de los turistas, en tanto que «son muchos tipos de habitantes» los que generan conflicto con la población local.

La manifestación contra la masificación turística avanza por el paseo de Colón /Jordi Borràs (ACN)

«No nos dejemos llevar por los populismos»

A ojos del empresariado, la ampliación del gusto de los turistas por Barcelona -y por el resto de núcleos de demanda en Cataluña, añade Gotanegra- es una buena noticia para todos los implicados. Focaliza, de hecho, las ganancias en las plantillas de los establecimientos hoteleros, los campings y otras empresas dedicadas a la economía del visitante. «Estamos intentando luchar contra la precariedad de los puestos de trabajo», explica; un agravio difícilmente evitable en un entorno con una «estacionalidad muy marcada», que elimina el atractivo del territorio cuando se acaban los días de playa. Con un calendario de visitas más amplio, argumenta el representante de Foment, los contratos de las plantillas son más sostenidos, algo «imprescindible para que un buen profesional quiera quedarse». «Es la clave para que Cataluña sea un destino de excelencia», añade. El tejido asociativo, cabe decir, busca rebatir esta tesis: Pardo reconoce que un turismo más sostenido «podría desprecariar a los trabajadores si el objetivo de los empresarios fuera redistribuir los beneficios de la explotación turística». Sin embargo, asegura que entre los colectivos de trabajadores que participan en la asociación -camareras de piso, por ejemplo- «no tienen noticia» de estas mejoras laborales.

La aproximación entre los colectivos sociales y los empresarios parece más que compleja, incluso en este marco de desestacionalización. Las entidades contra la turistización consideran que la única salida es un decrecimiento sostenido, mientras que desde Foment aseguran que «es posible». El objetivo, a ojos de Gotanegra, es «equilibrar el sector cada vez más». «Que la temporada alta se mantenga donde está, pero aumentar la actividad durante la baja», apostilla. Llama, además, a rebajar la tensión social hacia los viajeros: «Es importante restar hierro al conflicto. Hay momentos del año en que se debe aumentar la producción turística». Enfrente, la entidad vecinal barcelonesa reprocha que organizaciones empresariales y administraciones ignoren las externalidades negativas del negocio, y se centren en enfriar los ánimos dentro de los barrios y deflactar las demandas del tejido asociativo. «No luchan contra los impactos sociales del turismo, sino contra la protesta y la crítica. Hacen todo tipo de medidas para hacer ver que están trabajando arduamente, pero no reducen ni la actividad ni los efectos negativos», argumenta Pardo.

Miquel Sàmper, conseller d'Empresa i Treball. Barcelona 03.11.2025 | Mireia Comas
Miquel Sàmper, conseller de Empresa y Trabajo. Barcelona 03.11.2025 | Mireia Comas

«Comunicar más»

El tercer actor de la mesa turística, las administraciones, parecen estar alineadas con la lectura que hace el mundo de la empresa. De hecho, en una reciente entrevista con Món Economia, el mismo Sàmper se ponía de cara con la oposición social al crecimiento turístico. «Aquellos que a veces lanzan agua a nuestros turistas, los que vienen aquí, yo les diría que antes de hacerlo reflexionen que hay medio millón de catalanes y catalanas que viven del turismo», reprochaba el titular de Empresa y Trabajo. Gotanegra reconoce que parte del éxito de la pulsión descentralizadora -en tiempo y espacio- del tejido hotelero y restaurador del Principado se ha logrado por la «mejor complicidad entre sector público y sector privado». «Hemos conseguido un crecimiento desestacionalizado, y eso es muy positivo», argumenta el dirigente empresarial; para Barcelona, pero también para territorios como la Costa Dorada, la Costa Brava o Poniente, que se convierten en destinos prioritarios en momentos del año tradicionalmente nulos.

En un sentido similar, Pardo señala a la Generalitat y al Ayuntamiento por mantenerse en la trinchera de un sector que califica de «voraz», con políticas que el tejido asociativo considera más estéticas que operativas. Pone el ejemplo del fin de los pisos turísticos, que ve como una maniobra de imagen del alcalde de Barcelona, Jaume Collboni. «Nadie sabe qué pasará en 2028, pero Collboni ya es conocido como el alcalde que acabó con Airbnb», espeta. También se muestra crítico con el uso de la recaudación de la tasa turística para continuar promocionando el sector. Como avanzó el Tot Barcelona el pasado diciembre, el gobierno municipal ha destinado cerca de 42 millones de euros provenientes del Impuesto sobre Estancias y Establecimientos Turísticos (IEET) a acelerar la atracción de visitantes y mejorar la visibilidad de ferias y congresos de la ciudad. «Este no es el buen sentido», remacha.

Para Crespí, el buen uso de este tipo de instrumentos es clave para apaciguar a la ciudadanía, para quien «la sensación de congestión es evidente», ahora también en meses tradicionalmente menos activos, fuera del verano. La experta no aboga por poner obstáculos a los visitantes, en tanto que «no democratiza la ciudad»; pero sí que reclama más «transparencia» a la hora de dedicar los recursos públicos -vía tributos e impuestos- que genera la economía del viajero. A juicio de la experta, la ciudadanía, en Barcelona y en el resto de núcleos turísticos del Principado, no detecta beneficios por la acelerada del gasto turístico; hecho que aviva el «problema de rechazo social» hacia la industria. Las instituciones, alerta, han de «buscar transmitir» que el crecimiento desestacionalizado de los flujos de viajeros deja recursos en el territorio. «Si no, se mantiene el run run en la calle», advierte; encendiendo los ánimos del tejido asociativo y rebajando el atractivo de Cataluña como destino. Y «a nadie le gusta llegar a un lugar y que no lo reciban bien».

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