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«Que Plutón vuelva a ser un planeta»: la campaña que reaviva el debate sobre el estatus de Plutón tras dos décadas

Hace dos décadas, nuestro sistema solar perdió un amigo. Plutón, el pequeño desvalido, fue degradado de planeta a planeta enano, y esa herida aún duele profundamente en la comunidad científica.

La decisión, tomada en 2006 por la Unión Astronómica Internacional (UAI), redujo el número de planetas oficiales a ocho. Pero ahora, veinte años después, la discusión no solo no se ha calmado, sino que se ha vuelto más polarizada que nunca.

El secreto que sacudió la astronomía

¿Por qué esta decisión sigue generando un debate tan apasionado? No es solo nostalgia por un objeto celeste que tanto queríamos. Es la base misma de cómo definimos qué es un planeta, un concepto que, según muchos, fue fundamentalmente erróneo.

Philip Metzger, director del Centro Stephen W. Hawking, es tajante: la definición creada por la UAI «no sirve para nada». Para él, su utilidad en el ámbito científico es prácticamente nula (y nosotros, sinceramente, también alucinamos con la contundencia). Muchos científicos y aficionados piensan que degradar a Plutón fue un gran error.

La definición de planeta que se creó entonces no sirve para nada. Hace que la definición resulte completamente inútil en el ámbito científico.

Esta pérdida de estatus generó una ola de afecto por lo que ahora llaman «explaneta». Kevin Schindler, historiador del Observatorio Lowell, lo describe como «el desvalido al que tanta gente anima, el niño pequeño del barrio con quien todos se meten».

Laurel Kornfeld, escritora y astrónoma aficionada, inició su lucha el mismo día de la votación. Su camiseta, «Resistencia de Plutón, 20 años: 2006-2026», es un símbolo de esta campaña, que, si bien se concentra en los Estados Unidos, es de un interés global.

La campaña que desafía la ciencia oficial

Ahora, una campaña emergente, la ‘Make Pluto a Planet Again’, está haciendo temblar los cimientos de la astronomía oficial. Incluso personalidades con cargos de poder se han unido, como Jared Isaacman, administrador de la NASA bajo Trump, que declaró públicamente su apoyo.

Pero, ¿qué desencadenó la polémica votación de 2006? El descubrimiento de un cuerpo celeste llamado Eris, situado en el cinturón de Kuiper, más allá de Neptuno (donde también está Plutón). Eris era de tamaño similar a Plutón, con menos volumen pero más masa.

Si Plutón era un planeta, Eris también debía serlo. Y con otros descubrimientos, como Haumea, Makemake y Sedna, la lista de planetas podría haber llegado a cientos. ¿Qué haríamos con esta lista interminable? Esta pregunta fue el origen de la solución controvertida de la UAI.

Los pilares de la degradación de Plutón

La UAI estableció una definición de planeta con tres criterios clave: debe orbitar alrededor del Sol, tener suficiente masa para adoptar una forma esférica, y haber «limpiado su vecindad», es decir, dominar gravitacionalmente su zona orbital.

Plutón no cumplió el último punto. Pero este criterio fue la principal piedra de la discordia. La capacidad de un cuerpo para limpiar su vecindad depende mucho del entorno mismo. Laurel Kornfeld lo ilustra perfectamente: «un mismo objeto puede encontrarse en dos órbitas diferentes. En una, se considera un planeta, y en la otra, no».

Uno de los mayores defectos de la definición de la UAI es que un mismo objeto puede encontrarse en dos órbitas diferentes. En una, se considera un planeta, y en la otra, no se considera un planeta.

Alan Stern, un reconocido científico planetario, argumentó que si la Tierra fuera arrastrada hasta la posición de Plutón, tampoco podría limpiar su zona. Dejaría de ser un planeta según la propia definición de la UAI. (Está claro, esto es un sin sentido para nuestro día a día).

Metzger añade que «incluso podría haber pequeños asteroides, demasiado pequeños para ser redondos, que limpiaran una órbita si estuvieran cerca de una estrella». Esta es la prueba definitiva de que «la limpieza de la órbita» no es una categoría tan significativa como la quisieron hacer ver.

La guerra silenciosa entre campos científicos

La pérdida de estatus de Plutón creó dos facciones científicas opuestas. El «bando geofísico» cree que las propiedades físicas de un cuerpo celeste son clave. Los «dinamistas» se centran más en la posición, el entorno y la dirección del movimiento.

Cuando la sonda New Horizons sobrevoló Plutón en 2015, el bando geofísico vio su gran oportunidad. Plutón tenía montañas, actividad geológica reciente, colinas de hielo de agua, e incluso podría albergar vida. ¿Cómo podía no ser un planeta? Estas eran las pruebas irrefutables.

Los defensores de Plutón acogen una definición amplia, incluso si esto implica cientos de planetas nuevos. Paul Byrne, profesor de Ciencias de la Tierra, lo compara con los Pokémon: «hay 1.025 especies oficiales de Pokémon y nunca he oído a ningún niño decir que son demasiados».

Pero los que se oponen, como el astrónomo Mike Brown (a menudo llamado «el hombre que mató a Plutón»), argumentan que si Plutón es un planeta, nuestra Luna también debería serlo. La Luna es más grande que Plutón, redonda y con una historia geofísica compleja. Este es el punto de discusión más grande.

El impacto real de una decisión burocrática

¿Por qué importa todo esto? Kornfeld lo ve como «casi un golpe de estado», con la consecuencia de que «los niños aprenden menos. Aprenden que hay ocho planetas, y ya está». (Una oportunidad perdida, sin duda).

Metzger considera que la definición de «planeta» que excluye a Plutón se basa en una concepción anticuada del sistema solar. «Estaban creando una visión reaccionaria de un cosmos ordenado, en lugar de la visión científica más moderna, según la cual es caótico», afirma. (Un error de perspectiva que nos ha costado caro, según él.)

La segunda gran falla, dice, fue interpretar mal el contexto actual. El público de hoy en día acepta perfectamente la idea de un cosmos dinámico y caótico, y con la decisión de la UAI, «hemos perdido la oportunidad de enseñarlo».

La naturaleza de Plutón siempre ha sido difícil de definir. Ya en 1915, el astrónomo Percival Lowell predijo la existencia de un noveno planeta, que llamó ‘Planeta X’, con una masa entre la Tierra y Neptuno. Pero la búsqueda fue larga y en 1930, cuando se descubrió Plutón, se bautizó con este nombre.

Con el tiempo, sin embargo, quedó claro que Plutón no era, ni mucho menos, el Planeta X. No tenía el tamaño suficiente para explicar las irregularidades de la órbita de Neptuno. Era, de hecho, más pequeño que nuestra Luna (una sorpresa decepcionante para los astrónomos de la época).

No fue hasta 1992 cuando se supo la verdad: los cálculos de Lowell se basaban en una sobreestimación de la masa de Neptuno. El Planeta X, sencillamente, no existía. La reputación de Plutón como el desvalido, el «niño con quien todos se meten», ya venía de lejos. Antes de la votación de 2006, ya estaba luchando por encima de su categoría.

El futuro: más allá de una simple votación

La gente se ha «cerrado en banda», dice Metzger. Hoy en día, una nueva votación sería menos útil que la de 2006. «Lo que queremos es que la gente reconozca que votar fue un error y que no lo volveremos a hacer. Volveremos al método científico».

La discusión sobre Plutón no es solo una anécdota cósmica. Es un reflejo de cómo la ciencia se enfrenta a sus propias definiciones, sus errores y la necesidad constante de reajustar nuestra comprensión del universo.

¿Estamos realmente preparados para un cosmos más dinámico y caótico?

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