Durante décadas, los grandes yacimientos prehistóricos cubiertos de huesos de mamut han sido un misterio sin resolver. Miles de esqueletos amontonados en un mismo punto, un enigma que dividía a los expertos. ¿Era un accidente natural masivo o había un secreto oculto?
Los arqueólogos se rompían la cabeza. Algunos hablaban de trampas geológicas o desastres naturales. Otros, de la mano persistente de los humanos del Paleolítico. La verdad, sin embargo, siempre se escapaba entre los restos.
Ahora, la ciencia ha cambiado las reglas del juego. Ya no se trata de buscar cortes en los huesos ni puntas de lanza. La respuesta emerge de una herramienta mucho más moderna y contundente. Una revelación que lo cambia todo.
El ADN: la clave inesperada del pasado
Un estudio pionero ha desenterrado la verdad más profunda. La investigación, publicada en la prestigiosa revista Current Biology, ha utilizado el ADN antiguo. (Sí, nosotros también alucinamos con la precisión).
El resultado es un patrón impactante y definitivo: en los yacimientos donde había actividad humana, la inmensa mayoría de mamuts cazados eran hembras. Un dato que nos obliga a reescribir los libros de historia.
Hablamos de siete de cada diez. Siete de cada diez mamuts que nuestros antepasados procesaban eran hembras. Una desproporción que no se puede atribuir a la simple casualidad. Esto es una prueba irrefutable.
El descubrimiento con ADN antiguo es una herramienta que nos da un acceso sin precedentes a las estrategias de caza de nuestros antepasados.
Este ambicioso proyecto ha analizado la información genética de 521 mamuts lanudos. Los ejemplares provenían de diversas regiones de Eurasia y América del Norte. Es uno de los análisis paleogenómicos más grandes jamás realizados sobre la especie.
De estos, 448 genomas se secuenciaron por primera vez. Esto permitió a los científicos comparar mamuts encontrados en contextos naturales con los de yacimientos arqueológicos. El contraste fue abismal.
En los depósitos naturales, donde no había intervención humana, la proporción era muy diferente. Aproximadamente dos de cada tres individuos eran machos. Así es como la naturaleza hacía su trabajo.
Pero en las grandes acumulaciones óseas asociadas directamente a grupos humanos del Paleolítico superior, la situación se invertía. Una mayoría abrumadora de hembras, un patrón clave que el genoma ha revelado.

La solución: el comportamiento que lo cambió todo
La solución a este enigma no era una preferencia sexual de los cazadores. Está directamente relacionada con el comportamiento social de los mamuts, muy similar al de los elefantes actuales. Una estrategia de supervivencia que se volvió en su contra.
Los machos adultos de mamut solían vivir de forma solitaria. Recorrían territorios más amplios, más expuestos a peligros naturales. Podían caer en ciénagas, barrancos o zonas pantanosas, donde sus cadáveres se preservaban.
Las hembras, por el contrario, formaban grupos familiares cohesionados. Estos rebaños estaban dirigidos por matriarcas y acompañados de sus crías. Siguiendo rutas relativamente predecibles, eran un objetivo diferente.
Para los grupos humanos del Paleolítico, localizar un rebaño de hembras era mucho más eficiente que rastrear machos solitarios. Esta repetición de encuentros se traduciría en más cazas, más aprovechamiento. Era una oportunidad de oro.
Esto sugiere una explotación sistemática y organizada por parte de las comunidades humanas. No es que nuestros antepasados prefirieran cazar hembras. Es que, simplemente, se las encontraban más a menudo.
Yacimientos como el de Kraków Spadzista, en Polonia, ya habían mostrado pruebas de esta intensa relación. Las marcas de descarnado o las fracturas en los huesos lo indicaban. Pero el ADN ha dado la validación final.
Los mamuts eran un recurso imprescindible para la supervivencia. La carne y la grasa daban energía en inviernos glaciales. Las pieles servían para hacer refugios y ropa. El marfil se convertía en herramientas y arte. Incluso los huesos largos eran materiales de construcción.
Esta nueva aproximación abre una vía fascinante para la arqueología. El ADN antiguo no solo reconstruye árboles evolutivos. También explica aspectos del comportamiento animal y las estrategias de subsistencia humanas.

La sorpresa oculta: un descubrimiento único
Como si esto no fuera suficiente, el estudio escondía una sorpresa oculta. Entre los 521 mamuts analizados, un ejemplar de la isla de Wrangel tenía un ADN peculiar. No encajaba ni con macho (XY) ni con hembra (XX).
Tras un examen detallado, los investigadores concluyeron que padecía mosaicismo X0/XX. Una alteración cromosómica rara, relacionada con el síndrome de Turner en humanos. Y es la primera vez que se documenta en una especie extinta.

Este truco genético nos demuestra el potencial de estos estudios. Incluso los secretos más inesperados de la biología de animales desaparecidos hace miles de años están a nuestro alcance. La ciencia no deja de maravillarnos.
La relación entre los cazadores-recolectores y los mamuts fue más intensa y organizada de lo que se pensaba. Muchas de aquellas enormes acumulaciones de huesos no fueron simples accidentes de la naturaleza.
Detrás de ellas, había generaciones de grupos humanos que supieron explotar a uno de los animales más emblemáticos de la Edad de Hielo. Y eso, sinceramente, es una de las lecturas más imprescindibles que puedes hacer hoy.

