La guerra en Irán es, desde el punto de vista de los intereses estadounidenses, un misterio para los analistas internacionales. «Las intenciones de Israel están más que claras: quieren la hegemonía en la región. La ayuda de Washington es un éxito para Netanyahu, pero no está claro qué quieren hacer los EE.UU.», razona Victor Burguete, investigador sénior del Cidob, en conversación con Món Economia. La falta de un plan de ruta evidente hace que la guerra sea difícil de valorar; que su duración y alcance sean imprevisibles. Y «la incertidumbre nunca ayuda a la economía«, observa el investigador especializado en geopolítica del instituto para la economía global y la geopolítica de Esade (EsadeGeo), Juan Moscoso. Menos aún para un sector como el petróleo, que fía tantas cosas a su futuro; y que consta en la primera posición de las víctimas económicas de los ataques estadounidenses e israelíes sobre Teherán. Ya desde principios de marzo, con los primeros capítulos de la ofensiva, las fluctuaciones en los precios tanto de los futuros -el barril Brent europeo y el West Texas Intermediate estadounidense- como de los spot han sido translúcidas: lunes, la referencia a los 27 rozaba los 120 euros; martes, caía por debajo de los 90; y entre miércoles y jueves se ha vuelto a subir a tocar de los 99. Empresarios del sector y expertos financieros tienen solo una cosa clara: si la guerra se alarga, las consecuencias pueden ser devastadoras. No en vano, según ha adelantado el diario Expansión, el banco americano Goldman Sachs prevé que, por cada mes que dure la batalla en el Oriente Medio, el barril de crudo escalará 10 dólares más. «Si al regreso de Semana Santa no hay una vía clara de salida, el riesgo de crisis energética se dispara. A diferencia de la guerra en Ucrania, Europa aún no es el foco; pero las olas nos llegarán», augura Burguete.
El sector petrolero, cabe decir, no estaba acostumbrado en las últimas décadas a disrupciones de este calibre. A raíz de la crisis del 73, coinciden los expertos consultados, la industria se integró perfectamente con las expectativas y necesidades de clientes y proveedores. «El sector petrolero global ha demostrado una gran capacidad de adaptación -reflexiona Luís Nieves, presidente del grupo energético Nieves Energia-. Las crisis de los últimos años han puesto bajo presión las cadenas de suministro, pero no han colapsado el sistema». Negocios de toda la cadena de valor, desde exportadores hasta comercializadoras minoristas, han insistido en los últimos dos años que el miedo y la incertidumbre se habían fusionado con la mentalidad del negocio del crudo, hasta el punto que se había alcanzado una cierta estabilidad en medio de las amenazas permanentes.
Desde el otoño de 2024, de hecho, que el barril Brent no superaba consistentemente los 80 dólares; y, en consecuencia, ni la gasolina ni el gasóleo se habían disparado de media más allá de los 1,5 euros el litro. Actualmente, sin embargo, la referencia comunitaria roza los 100 euros, y llenar el depósito es entre un 13 y un 23% más caro en Cataluña, según datos del ministerio español de Transición Energética; con la sin plomo 95 a tocar de 1,7 euros el litro y el diésel alrededor de los 1,9 euros. La guerra en Irán, pues, sí que está creando un panorama diferente que las anteriores amenazas. «El sistema no está en riesgo de desaparecer, pero sí que entra en una fase más fragmentada, y con más volatilidad», sostiene Nieves.
Burguete también ve diferencias sustanciales con las crisis energéticas del último lustro, y con los estragos que aquellas causaron. En primer lugar, busca calmar los nervios del mercado con un hipotético desabastecimiento de crudo. «La guerra en Ucrania causó falta de producto; pero esta crisis es de precios», diferencia el investigador. Cataluña, como sus vecinos europeos, no sufre por llenar sus depósitos; pero hacerlo será mucho más caro. Esto imprime «cierta tranquilidad» tanto en la industria como en las administraciones, que no tienen que preocuparse por una quiebra energética; pero también ha generado «complacencia» en unos gobiernos que podrían haber subestimado el impacto general del conflicto. «El mercado no empieza a ponerse nervioso cuando se acaban las reservas. Si llegamos al verano como estamos ahora, las empresas comenzarán a sufrir mucho», avisa. Moscoso, en la misma línea, lanza la misma alerta que ya ha puesto sobre la mesa la industria del Principado, y contempla consecuencias económicas profundas: «por cada 10 dólares que sube el barril de petróleo, la inflación sube cuatro décimas, y el PIB baja una». Por lo tanto, un conflicto que se alargue hasta el verano activaría todas las alarmas de las economías occidentales; y dejaría «secuelas que durarían años».

¿Dónde se comprará el petróleo?
En este sentido, los expertos aseguran que un conflicto largo podría llegar a redefinir todo el mercado global. «La estructura, los contratos, la manera que tienen los países y las empresas de satisfacer la demanda dependen de los factores tiempo y certeza. A medida que la guerra se alarga, todos reaccionarán», reflexiona Moscoso. Los primeros en hacerlo, detallan los expertos, serán los países más dependientes del petróleo de la región afectada -no solo de Irán, sino también de los países del Golfo-. Cataluña, en este sentido, no está en primera línea: el principal proveedor de crudo de la UE, según datos de Eurostat correspondientes al tercer trimestre de 2025, es Noruega, con cerca del 15% de todas las compras; seguida de Estados Unidos (14,6%) y Kazajistán (12,2%). Se trata de un mercado ampliamente diversificado, con cerca de la mitad del negocio procedente de exportadores más pequeños, ninguno por encima del 6% del volumen. El petróleo iraní llega mayoritariamente al mercado chino, con cerca del 90% de las exportaciones registradas en el gigante asiático. Un crudo que, posteriormente, se refina y se distribuye en forma de diésel a países vecinos. En este sentido, para Moscoso, «el problema lo tendrán Japón, Corea del Sur o Taiwán», que verán cómo las compras de refinados se encarecen sustancialmente, si es que están disponibles. Si se cierra el grifo del petróleo iraní, pues, los mercados orientales podrían ser una nueva fuente de tensión de precios en el Principado, en tanto que irían a buscar nuevos proveedores y, por lo tanto, «competirían con Europa».
Para Nieves, China buscará ampliar su posición en mercados africanos, como Nigeria, Angola o incluso Argelia, un socio histórico del sur de la Unión Europea. Aunque rebaja la tensión en Pekín; en tanto que, a diferencia de los países occidentales, al gobierno de Xi Jinping «no le importa comprar producto de orígenes sancionados con descuentos, o hacer contratos a largo plazo que se deben cumplir independientemente de la situación global», especialmente si el petróleo se extrae y se vende a Rusia. Sin embargo, el experto observa un efecto de segunda ronda, este de carácter financiero: los países del Golfo, que extraen su riqueza de la exportación de petróleo, y sus clientes principales entrarán en un período de inestabilidad económica a raíz de la tensión en los precios y el suministro de crudo. De esta manera, países como Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos; o incluso Japón o China tendrían menos capital disponible para sostener su posición como nuevos ricos en los flujos inversores internacionales. «El rol del Golfo como proveedor de energía y centro de finanzas global queda muy tocado», en un momento en que los brazos de los fondos soberanos de las monarquías de la región se habían extendido como una mancha de aceite por los mercados de capitales. De hecho, según adelantaba la pasada semana el Financial Times, tanto Riad como Abu Dhabi, así como otras capitales de la zona, se estarían replanteando sus estrategias inversoras en EE.UU. como represalia por los ataques a Irán.

Rehacer las reservas
Para evitar el primer golpe, los países de la OCDE, a través de la Agencia Internacional de la Energía, ya han movilizado sus reservas estratégicas de petróleo. Según informó la entidad, el objetivo es inyectar al mercado 400 millones de barriles de crudo provenientes de este resguardo energético -aproximadamente el 20% de todo el colchón petrolero que acumulan estados y empresas para crisis como la que se avecina-. Según Nieves, este movimiento sirve para «enviar una señal de calma». «No es tanto una intervención estructural como una medida de estabilización», reflexiona el empresario. Para Burguete, sin embargo, es poco más que un parche: sirve para «llegar a fin de año sin problema» en términos de suministro, pero no asegura ninguna certeza para los vendedores.
Se necesitan, coinciden expertos y sector, movimientos diversos para garantizar el suministro energético; desde acelerar la transición energética para deshacer la dependencia de los exportadores petroleros hasta «consolidar relaciones con otros exportadores donde Europa tenga la prioridad», en palabras de Moscoso. «En hidrocarburos, nunca seremos autosuficientes: tenemos que replantear la autonomía estratégica», añade el investigador. Nieves, desde la pata empresarial, ve necesario «identificar y desarrollar nuevos flujos» de compra de producto; pero también reforzar los que ya existen. «Hay que aumentar las importaciones de Estados Unidos y reforzar las relaciones con otros productores del Oriente Medio», indica el presidente de Nieves Energia. Reconoce, sin embargo, que se acerca una competición feroz por los mercados más seguros. «Siempre se encuentran destinos donde colocar el producto, y de donde obtenerlo. Esto conlleva incentivos económicos para quien pague las mejores primas», concluye.

