Las bombas sobre Teherán han perforado el sistema-mundo mucho más que cualquier otra ofensiva del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. El régimen de los ayatolás gobernaba sobre un actor esencial en la política de la región; pero, aún más, en la red energética global. Los pozos iraníes proveen los principales mercados del planeta con reservas inabarcables de gas natural -es el segundo productor global, solo por detrás de EE.UU.-; y, además, lo elevan a la sexta posición en la lista de exportadores de petróleo mundiales. La cuarta, si se contabilizan solo los países miembros de la OPEP+, liderada por Arabia Saudita. La ofensiva, además, ha tenido como víctima colateral el estrecho de Ormuz, controlado por Irán, y que concentra el 25% del tráfico global de petróleo, especialmente hacia países asiáticos. El doble terremoto ha disparado el peso de la gasolina y el diésel en los bolsillos de los usuarios finales: según explica a Món Economia el director general del grupo Moure, Manel Montero, «incluso el producto final que ya estaba refinado ha sufrido un impacto alcista de entre 10 y 18 céntimos» por litro en los cinco días de conflicto en Oriente Medio. Y la tendencia, según las voces sectoriales consultadas, continuará en los próximos días, en tanto que «todo el mundo está de acuerdo en que esta guerra no terminará en una semana». «Creo que hay un riesgo serio de volver a superar los 2 euros por litro«, reconoce el presidente de Petrolis Independents, Jordi Roset; un horizonte que recuerda a la mala marea energética posterior a la invasión de Ucrania, en el año 2022.
Los ataques coordinados de Washington y Tel Aviv, por tanto, han generado una disrupción sin parangón en el sector petrolero; tanto, que el precio de referencia en Europa, el barril Brent, se ha elevado en solo cinco días un 21%, hasta los 87 euros. Se trata de la escalada más pronunciada desde 2020, en plena pandemia. Y no hay indicaciones de que la tendencia deba revertirse. Según el director general «las estaciones de servicio aún no han incluido en sus precios toda la subida» que ha aparecido en los mercados variables de refinados. Por ahora, de acuerdo con la valoración de Roset, el promedio de las paradas catalanas se sitúa alrededor de los 1,7 euros el litro. Ahora bien, en mercados más concentrados, como en Baleares, «ya se han comenzado a ver algunas gasolineras con el litro a tocar de 1,9 euros», alerta Montero.
Ante esta perspectiva, cabe decir, el gobierno español ya se ha planteado reaccionar. En una comparecencia posterior al Consejo de Ministros esta misma semana, el titular de Consumo, Pablo Bustinduy, confirmó que «contemplan» diversas medidas. En la primera crisis, se pusieron en marcha diversas medidas, desde rebajar el IVA a los hidrocarburos hasta imponer una bonificación plana por cada litro de gasolina, aplicada directamente sobre las compras finales. Por ahora, el sector reconoce que estas regulaciones están sobre la mesa, si bien, a priori, la bonificación «no debería volver», o no en la forma en que funcionó el año 2022.

Del Brent a la gasolinera
Normalmente, un encarecimiento como este de la referencia de los futuros del petróleo se notaría en el monolito de la gasolinera unas semanas -o incluso unos meses- después del hecho. En esta ocasión, sin embargo, no ha sido así: el carburante ha subido en paralelo y prácticamente al mismo ritmo que el crudo. En los mercados financieros, según Montero, «los futuros se encarecen al mismo ritmo que el precio spot«, un fenómeno inusual. El director general de Moure ve en ello un afán de las refinerías y las grandes distribuidoras de curarse en salud ante un posible terremoto aún más grave. Otras fuentes sectoriales, cabe decir, son más vehementes: J ve detrás de los movimientos de precios unas grandes petroleras que aprovechan la ocasión para enriquecerse. «La guerra nos afecta, pero nos afecta aún más la especulación», describe.
Según Roset, una situación de desequilibrio alcista del mercado es muy alentadora para perfiles como BP, Repsol, Moeve (la antigua Cepsa) o Shell. Las grandes compañías con capacidad de refino no deberían subir el precio aún, porque cuentan con reservas más que relevantes de crudo -comprado hace tiempo y, claro, a precios mucho más bajos que los que dominan ahora las gráficas de los mercados de materias primas-. «Tienen mucho stock, y lo que refinan ahora lo venden muy por encima del precio al que lo compraron», critica el empresario. Las pequeñas distribuidoras también pueden quedarse con más margen de beneficios, pero su capacidad de almacenamiento es sustancialmente menor y, por tanto, la cantidad de producto con la que se generan ganancias desproporcionadas es mucho más pequeña. «Yo lo que tenía en stock también lo vendí con más márgenes, pero ya se me ha acabado. ¡Aquellos, se están haciendo de oro!», exclama el directivo de Petrolis Independents. Esto provoca que las comercializadoras locales sufran más volatilidad que normalmente: si aciertan comprando producto barato y vendiéndolo más caro, «pueden ganar 5.000 euros en un día»; pero, si llenan los depósitos en mal momento, «pueden perder 5.000». «Es todo mucho más exagerado» argumenta.
Pasos internacionales
Según Montero, buena parte de este adelantamiento de precios, al menos en la parte que han aplicado las refinerías, responde a un seguro ante potenciales amenazas al suministro. Si el estrecho continúa cerrado y uno de los grandes productores permanece afectado por la guerra, las principales empresas del sector intentan asegurarse de cubrir las pérdidas que sufrirían en caso de que se vacíen las reservas estratégicas sin alternativa. Por ahora, sin embargo, el director de Moure asegura que el suministro de gasolina y diésel está «más que garantizado». Roset está de acuerdo y recuerda que el producto que llega a Cataluña y el resto de mercados del sur de Europa no proviene mayoritariamente de Oriente Medio. Aun así, el golpe a Irán afecta al conjunto de la industria: Estados Unidos han salido ganadores, en tanto que las subidas garantizan los márgenes para las petroleras locales, centradas en el fracking, mucho más caros que los métodos tradicionales de extracción. El perdedor, a ojos de Montero, podría ser China: el país asiático recibía buena parte de sus suministros desde Venezuela -ahora cortado, tras la invasión norteamericana y la captura del presidente, Nicolás Maduro- y desde Irán. «Trump estrangula la industria china, porque era el principal cliente de Teherán», razona el directivo. Y añade: «es un mensaje de Washington para decir a Pekín que ahí puede cerrar el grifo».
El contrapeso debería ser la misma OPEP+, la organización de la cual forma parte Irán y que lidera Arabia Saudita. El organismo mantenía desde hace meses su producción y exportación de crudo congelada, sin ningún aumento para cubrir las necesidades generadas por el expansionismo trumpista. El lunes, tras los ataques, los productores y exportadores se avinieron a elevar el output; si bien lo hicieron modestamente, y solo añadieron unos 206.000 barriles diarios. Se trata, según las voces sectoriales consultadas, de un mensaje a Washington, a la vez que un seguro: «quieren informar a Trump que aún tienen margen para mover el mercado si lo ven necesario», aseguran a este medio.




