La edición de este año del MWC ha sido la primera en detenerse a mirar hacia arriba. La economía del espacio ha estado presente en anteriores capítulos del gran congreso de los móviles, pero a menudo ha sido un accesorio. «Hasta ahora, los satélites eran la última alternativa, o servían para aplicaciones muy concretas y muy caras», recuerda Carlos Riopedre, director general de Sateliot, una de las caras visibles de la nueva conectividad satelital del país que ha tomado el mercado por fuerza. En 2026, con el 6G a la vuelta de la esquina y las ingentes necesidades de conexiones de la inteligencia artificial, sí que se han apreciado los beneficios de las ya conocidas como redes no terrestres (NTN, por sus siglas en inglés). Las ponencias de las principales empresas de telecos del planeta, habituales cabezas de cartel del Mobile, han destacado que los avances en términos de conexión que se esperan para la próxima década serán espaciales, o no serán. Así lo detalló Cristiano Amon, CEO de Qualcomm, en su ponencia sobre las nuevas vías de conectividad que se esperan de cara al 2030. Sobre esta nueva realidad, Cataluña ha encontrado un pedestal: el Principado, según las principales empresas del sector, «es casi un hub del espacio en diferentes ámbitos, desde la conectividad hasta la observación de la tierra«. Teniendo en cuenta esta nueva realidad, la de 2026, para Riopedre, ha sido una «edición transformadora» del congreso respecto a la industria espacial.
Ha sido tan importante el crecimiento de la economía del espacio que ha contado con su propio pabellón, New Frontiers, ubicado en el hall 6 de Fira Gran Via, junto a los stands estatales de los países que han querido estar presentes. Ha compartido, eso sí, metros cuadrados con otras tecnologías de vanguardia, como la cuántica, también de éxito en Cataluña por la presencia del supercomputador europeo Mare Nostrum V, ubicado en el BSC. Las empresas catalanas han exhibido sus soluciones junto a gigantes corporativos de la talla de la emiratí Space42 o la estadounidense Alyria Technologies; así como la agencia espacial europea (ESA), entre otros. Tanto Sateliot como la otra gran representante del Principado, Open Cosmos, sin embargo, han sido protagonistas del certamen: la firma de Jaume Sanpera atrae miradas por ser pionera en la estandarización de la conexión satelital para el internet de las cosas, una nueva norma internacional que ha «abierto la puerta a nuevas iniciativas que aprovechan la ventaja del estándar», en palabras de Riopedre. La que dirige Rafel Jordà, por su parte, ha aprovechado el altavoz para presentar su nueva constelación de satélites, una herramienta «clave», según el CEO, para la autonomía estratégica europea en un momento de tensiones geopolíticas. «La economía del espacio ha dejado de ser la novedad para convertirse en parte del núcleo de la conversación tecnológica», ha afirmado Jordà, en declaraciones a Món Economia. A estas dos iniciativas se suman la del centro de investigación i2Cat, que ha lanzado su nuevo laboratorio satelital 6G StarLab, una herramienta para experimentar in situ con las redes de nueva generación.
La buena recepción de la tecnología catalana del espacio se ha extendido por el mundo empresarial, pero también por los entornos de la economía del conocimiento. Albert Nicolás, manager de internacionalización del Institut d’Estudis de l’Espai de Catalunya, ha reconocido que este curso han notado «mucha más presencia» del tipo de soluciones que ofrecen las firmas satelitales, con «cada vez más gente interesada, que entiende cómo las tecnologías del espacio hacen aportaciones a cualquier modelo de negocio». La irrupción de estas nuevas herramientas, según Nicolás, genera una suerte de círculo virtuoso en el avance de palancas espaciales para la innovación: «Las empresas tecnológicas generales se acercan al espacio, ven su potencial y lo integran en sus modelos; mientras que las empresas del espacio se interesan en tecnologías generales y se adaptan a ellas», razona el experto, lo que mejora sustancialmente las sinergias entre ambos entornos.
Por otro lado, según Jordà, Cataluña -y sus vecinos europeos- ha comenzado a ver la tecnología del cosmos como una pieza esencial de la autonomía estratégica respecto de terceros actores, a menudo menos amistosos. «Europa ha dado un paso adelante. Ahora somos capaces de fabricar más rápidamente, escalar la producción y operar desde varios países. Esto genera una confianza que hace unos años no existía», reflexiona el CEO.

Todas las técnicas de los satélites
Para Riopedre, los avances de los últimos años -especialmente la estandarización, como la lograda con las conexiones IoT de banda estrecha- han hecho que «muchos potenciales clientes abran los ojos», e introduzcan en sus hojas de ruta las nuevas capacidades que ofrece la conectividad por satélite. Para el directivo de Sateliot, buena parte de la operativa actual se concentra todavía en aquellos clientes que «ya sabían que tenían la necesidad» de la conexión por satélite. Los casos paradigmáticos son las infraestructuras críticas, a menudo situadas en puntos sin cobertura de las redes móviles; o el transporte transoceánico, que se sirve de estas constelaciones para hacer seguimiento y gestión de, por ejemplo, contenedores refrigerados en medio del mar. Sin embargo, comienzan a dirigirse perfiles que «no sabían que necesitaban el espacio»; y que han encontrado una manera de tapar brechas hasta ahora desatendidas. Lo comparte Jordà, que asegura que cualquier empresa que deba integrar tecnologías de la escala de la IA o la sensórica verán imprescindible contar con apoyo desde el espacio. «Las tecnológicas han entendido que no pueden hablar de IA, de 6G o de servicios críticos sin contar con una capa espacial que garantice datos en tiempo real y resiliencia», asegura.
Ahora bien, como el 6G o las soluciones automatizadas, la expansión de las redes satelitales es todavía incipiente. Sateliot ejecutó su primer lanzamiento comercial el otoño del año pasado, y en 2026 contará con cuatro dispositivos en órbita. Open Cosmos, por su parte, accede con ConnectedCosmos. Ambas pioneras en sus campos, pues, todavía no aspiran a garantizar conectividad en directo que pueda emular directamente las redes terrestres. Por ahora, según Riopedre, la red de la empresa permite que los dispositivos conectados emitan un puñado de conexiones diarias. Por tanto, da cobertura a dispositivos que necesiten vigilancia esporádica, y no un funcionamiento conectado constante. Sin embargo, las expectativas son de un crecimiento rápido: Sateliot comenzará este año a lanzar su nuevo modelo, el Tritón, en 2027, con 14 unidades. Entonces, asegura el director general, «el tiempo de conexión pasará a ser de una hora, y más soluciones se podrán añadir». Open Cosmos, igualmente, ya tiene dos satélites en órbita, y «continuarán ampliando la red durante 2026 y los años que seguirán», con el objetivo de aportar a los clientes, especialmente europeos, «una alternativa sólida y propia, tanto en comunicaciones seguras como en observación de la Tierra». La conectividad en tiempo real solo se podrá garantizar cuando todas las redes estén desplegadas -y no solo las dos catalanas: el experto considera que hay espacio en el mercado para «tres o cuatro grandes operadores» de redes desde el espacio-.

El crecimiento catalán
Todas las fuentes sectoriales consultadas, en este sentido, destacan la relevancia de que Cataluña, el Estado español y el conjunto de la UE desarrollen sus «soluciones soberanas, seguras e integradas» para atender a las nuevas necesidades de las tecnológicas. Para Nicolás, «es clave que Europa sea autónoma, y que Cataluña tenga un peso propio dentro del sector», en tanto que una conexión arraigada en el Principado «permite hacer crecer la red espacial allí», y todos los negocios que se asocian. El experto del IEEC indica que, por ahora, Cataluña ha sido hábil al desarrollar soluciones downstream; es decir, negocios que se benefician de los datos que pueden captar, compartir y movilizar las redes satelitales integradas. El siguiente paso, sin embargo, son las ideas upstream: proyectos industriales que se dediquen a fabricar componentes de los dispositivos, o que se centren en la propulsión. «El mandato es proveer al sector de capacidades para desarrollar y testar todos los productos», asegura el jefe de internacionalización.
Se trata, según todas las fuentes consultadas, de un momento dulce para el sector aeroespacial catalán. Según Jordà, el Principado «vive un momento muy potente» en términos de margen de crecimiento para la economía del espacio. «No solo por haber lanzado satélites como el Enxaneta o el Menut, sino por cómo ha evolucionado hacia proyectos de más complejidad», añade. La velocidad de crucero que está consiguiendo tomar la industria está permitiendo, además, que los proveedores finales -empresas como Sateliot o Open Cosmos, que diseñan y operan los dispositivos que terminan volando hacia el espacio- ya no estén solos en el sector. «Cada vez aparecen más propuestas en el centro de la cadena de valor. Dentro de un satélite hay muchas cosas, muchos subsistemas; y comenzamos a tener un ecosistema que se especializa en ello», describe el director general. El dinamismo de la industria del espacio en Cataluña, según las empresas que lo protagonizan, ya ha captado las miradas extranjeras; y el entorno ya se ve capaz «de atraer proyectos y reafirmar el rol de Barcelona como un punto clave en el mapa espacial europeo». Nunca mejor dicho, el único sentido hacia el que viajar es hacia arriba.

