Lejos de ofrecer un espacio único de comunicaciones -de identidad, de ejercicio de derechos y de ciudadanía- la sociedad digital parece haber elevado las barreras entre las principales regiones del planeta. Por un lado, la ubicuidad pública y la hipercentralización china, que lleva a sus ciudadanos hacia zonas de actividad únicas -con ejemplos como la superapp WeChat, que acompaña a los habitantes del gigante asiático a todos los rincones de su día-. Por otro lado, el laissez faire estadounidense, exacerbado por la administración Trump y sus alianzas con las caras visibles de plataformas digitales –Elon Musk en Twitter es el primer ejemplo; pero también el nuevo gobierno de TikTok, en manos de Larry Ellison– cada vez más alejadas de la sociedad civil. En medio, la Europa de la tercera vía: según la subdirectora de Redes de Comunicación, Contenidos y Tecnologías de la Comisión Europea, Despina Spanou, Bruselas ha mirado al mundo y ha «elegido su propio camino» para desarrollar la sociedad y el mercado digital dentro de las fronteras de los 27. Y, en esta forma alternativa de hacer las cosas, la regulación -el objetivo preferido de las críticas de actores externos- tiene un rol esencial. «Proteger el modo de vida europeo es crítico para nosotros«, ha observado en el marco de su participación en el Talent Arena, el evento dedicado al talento digital dentro del MWC 2027. Y ha sentenciado: «Debemos estar seguros de que toda la innovación favorece la economía y la sociedad europea«.
Según ha explicado Spanou en el Talent Arena, las diferentes normativas europeas -IA, Ciberseguridad, Mercados Digitales, Sociedad Digital- funcionan como escalones hacia un «mundo digital propio», independiente y con funcionamientos distintos de los que buscan imponer las grandes potencias planetarias. Reconoce, sin embargo, que el proceso es largo; porque, a diferencia de EE.UU. o China, el marco institucional es más disperso. «Somos 27 países. no podemos funcionar como una federación, o como un país de sol», reflexiona la subdirectora. Aun así, considera que la regulación funciona como una suerte de unificador de criterios, como un «terreno de juego compartido» que ancla las preferencias, idiosincrasias y tensiones políticas de todos los miembros que componen la comunidad. De hecho, a su parecer, las iniciativas legislativas de Bruselas facilitan la vida a los operadores privados que quieren tener acceso a sus mercados. «Todo el mundo sabe exactamente qué se encontrará cuando llega a Europa: la regulación crea un marco de trabajo claro sobre qué normas se deben respetar», sostiene. Un enfoque de «ventanilla única» que, según la representante del ejecutivo comunitario, gusta a las empresas.
De hecho, pone el ejemplo de las normativas locales de ciberseguridad, «muy criticadas» en los inicios. «Nos decían que la ley detendría la innovación, que iría en contra de la productividad digital. Y, ahora, es un modelo para el resto del mundo», contempla. Las empresas digitales, es cierto, pueden ser amantes de un cierto libertinaje regulador; pero los ciudadanos, sus potenciales clientes y usuarios, no lo son. Es aquí donde la UE aporta solidez a la transición digital de sus países. «Las normas comunes han comenzado a crear confianza entre la gente, y ayudan a que entre en los entornos digitales», añade Spanou. Es este, de hecho, uno de los mandatos que la Comisión se autoimpone en este «camino propio» hacia el mundo digital: «que sea un proceso que siempre incorpore a todos».

Incremental o lento
Para abarcar todos los puntos de vista, detalla la subdirectora, la transición hacia las nuevas realidades digitales debe ser cuidadosa; lenta, incluso: «el europeo es un camino muy participativo». Uno que, además, ejecuta los cambios cuando todas las partes están seguras de hacerlo. Pone el ejemplo de la propuesta para eliminar proveedores de alto riesgo en las listas comunitarias del mercado de ciberseguridad. El problema, en este ámbito, está más que localizado: «Hay países dentro de la UE que dependen de vendedores de otras partes del mundo en un 80 y un 90%. Esto es un riesgo estratégico», alerta Spanou. Y, a pesar de que el contexto que justifica este riesgo es más que presente -las tensiones geopolíticas y el alejamiento de Bruselas con otras capitales globales, como Washington-, las reformas no se pueden aplicar de un día para otro. «Primero valoramos el riesgo. Después, el impacto en el mercado de las medidas. Seguidamente, debemos establecer incentivos para compensar los agravios causados por las medidas. Y, finalmente, se ejecuta la decisión de eliminar al proveedor de riesgo», enumera. Un procedimiento como este, reconoce, «puede parecer poco eficiente en términos de tiempo», pero los pies de plomo son inevitables cuando se deben alcanzar consensos con representantes de cientos de millones de ciudadanos.
Alternativas locales
Vale decir que los fuegos que se encienden alrededor del sistema mundo han espoleado a las autoridades de Bruselas; al menos en lo que respecta a su discurso. Spanou recuerda que la presidenta del ejecutivo comunitario, Ursula Von der Leyen, ya ha hablado de «la era de la independencia». «Europa tiene su forma de hacer las cosas, y no la abandonará», establece -a pesar de que las divisiones entre las potencias internas, con Alemania y Francia en el centro, tiran hacia otras perspectivas-. De hecho, remarca la subdirectora, se está consiguiendo que, en aquellos puntos más estructurales -como las normas de seguridad digital-, «no haya quejas» respecto a la norma.
Un componente esencial para agrupar a los países de la Unión, vale decir, son las garantías materiales: Europa puede ser independiente en la letra de la ley; pero si no puede fabricar las herramientas, los aparatos y los productos que necesita, está de facto ligada a intereses internos. En este sentido, la dirigente celebra el «paso más allá» que suponen las emisiones de deuda común y las inversiones que están facilitando, en proyectos como el de las gigafactorías de IA, que podría tener una de sus patas principales en Cataluña. «Creamos inteligencia artificial, industria, fábricas, chips», enumera. Incluso abre la puerta a plantear retos a las grandes plataformas digitales con alternativas de obediencia europea. «Si vas a cualquier exhibición tecnológica, verás muchos productos digitales que buscan sustituir a los grandes jugadores. Las empresas digitales europeas podrían llegar, y tanto», concluye.


