L'escapadeta
De Poblenou a Santa Caterina: el paseo por la Barcelona más personal de Javier Mariscal

Barcelona no es solo un mapa de calles para Javier Mariscal; es un organismo vivo que respira, siente y, sobre todo, se saborea. (Sí, nosotros también nos hemos emocionado al escucharlo hablar de su ciudad).

Desde su estudio en el Poblenou, rodeado de plantas y con un equipo mínimo para evitar el ruido innecesario, el artista valenciano más catalán del mundo sigue conectado al pulso de una urbe que define como un híbrido perfecto.

Para Mariscal, Barcelona es una ciudad del norte en un país del sur. Del norte tiene la palabra dada y la estructura; del sur, el placer sagrado del vermut, la conversación infinita y la cerveza bien tirada.

La Rambla como el útero de la ciudad

Si hay un lugar que define la esencia de la capital catalana para el artista, es la Rambla. No la ve como un simple paseo turístico, sino como un órgano vital, un «útero» de entrada y salida constante conectado directamente con el mar.

Es por el puerto por donde, según explica con su particular lucidez, llegó todo lo que somos hoy: la imprenta, la tecnología, las ideas… y algo que le obsesiona profundamente: las naranjas.

Mariscal recuerda con nostalgia aquellos barcos cargados de cítricos que subían desde Valencia, dejando en el aire de Barcelona un aroma inconfundible mezcla de sal y flor de azahar. Es un olor que aún busca cada mañana.

La montaña de Montjuïc completa este paisaje emocional actuando como una «madre protectora» que vigila este terreno ganado al Mediterráneo capa a capa, siglo a siglo.

El ritual de los mercados y la naranja perfecta

A pesar de haber liderado equipos gigantescos, Mariscal disfruta ahora del micro-detalle. Su vida hoy es de «cajitas» que se llenan y se vacían, y una de sus cajas favoritas es la de los mercados municipales.

El Mercado de Santa Caterina, en el Born, sigue siendo su referencia absoluta. Allí busca naranjas auténticas, recién cosechadas, sin azúcar ni artificios. (Reconoce que su pasión por este fruto roza la obsesión).

No le interesan los postres de moda ni la sofisticación innecesaria. Para él, la felicidad es una naranja pelada con cuidado y comida a trozos cuando está en su punto exacto de maduración y acidez.

También se rinde ante La Boqueria, especialmente cuando se trata de buscar la mejor fruta de la temporada. Es un hombre de picoteo, de sepia, calamares y pescado al horno con sal. Producto puro, sin marear la perdiz.

Una ciudad que envejece (y mejora) con él

Lejos de caer en la nostalgia barata de «cualquier tiempo pasado fue mejor», Mariscal asegura que Barcelona ha evolucionado para bien. Para él, la clave de esta madurez ha sido la inmigración.

Desde los argentinos en los setenta hasta las comunidades pakistaníes o senegalesas de hoy, el artista cree que estas culturas han traído nuevas formas de cocinar, hablar y, en definitiva, de enriquecer el ADN barcelonés.

Incluso el catalán, dice, suena ahora con más tonos y procedencias, lo que considera una señal inequívoca de salud cultural. «Me gusta aprender a envejecer», afirma, y lo dice tanto por él como por la ciudad.

Hoy vive retirado en el campo buscando la calma, pero baja cada semana a la gran ciudad para no perder ese vínculo eléctrico con el asfalto que le ha dado todo.

els rituals, mercats i racons que inspiren l'artista més icònic de la ciutat.

¿Por qué deberías seguir su ruta?

Porque la mirada de Mariscal nos enseña a valorar el día a día. Seguir sus pasos por el Born o el Poblenou es recordar que el lujo no es un hotel de cinco estrellas, sino un vermut bien tirado al sol del mediodía.

Barcelona sigue siendo esta ciudad inacabada, pero llena de rincones donde la memoria y el placer se dan la mano. Quizás el secreto para ser tan creativo como él sea, simplemente, mirar con atención.

¿Te apuntas a un vermut por el Poblenou este sábado? Nosotros ya sabemos en qué terraza nos sentaremos.

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