El verso con esta sentencia –L’avara povertà di Catalogna– aparece en La Divina Comedia de Dante, quien se explaya contra los catalanes en otros pasajes de la magna obra. La animadversión del gran poeta florentino ha sido estudiada por Josep Maria de Segarra, Josep Pla, Frederic Rahola o Joan Fuster. Según Pla, el escarnio no iba tan dirigido a los catalanes de la Península Ibérica, que Dante no conocía, sino a sus correligionarios que campaban por Nápoles, en el momento de la máxima efervescencia mediterránea del país.

La pobreza ávara o la avaricia pobre ha sido una insolencia que los catalanes han arrastrado con desgana durante los siglos, pero, en todo caso, guste o no guste, forma parte de una cadena vejatoria que los considera avaros y míseros, y que no se reduce ni mucho menos a la literatura medieval.

El dicterio se podría aplicar igualmente a la relación que mantienen los catalanes con su arte, con el arte que producen sus autores. En el caso de la pintura, por ejemplo, los otros países que pretenden haber alcanzado un grado civilizatorio cómodo la valoran con respeto y la respetan con los precios. Un Delacroix es un Delacroix, pero es mucho más Delacroix en Francia. En Cataluña los pintores o los ilustradores pasan rápidamente de moda. Y entran en el oprobioso cajón de la negligencia. Cuando muere una generación aquellos autores que habían sido aceptados y valorados ingresan velozmente en las filas del olvido y los precios que antes habían pagado sus tenedores se reducen al polvo. Se habla de Eugène Delacroix en las escuelas francesas, donde se le venera a pesar de todos los ismos posteriores. ¿Se habla de Ramon Casas en las escuelas catalanas? ¿Lo venera alguien?

Esta avara povertà, tan contraproducente para las almas y el mercado, afecta también al mundo del cómic, ya bastante castigado también con la indiferencia y el menosprecio general durante décadas. A pesar de los esfuerzos de Enric Sió, Javier Coma y Romà Gubern, que emprendieron una ofensiva reivindicativa en los años sesenta bajo el auspicio benefactor de Umberto Eco, el cómic aún no ha pasado a ser considerado un arte como mandan los cánones en la sociedad general.

Grandes precios en el extranjero

Esto podría explicar, en parte, los precios tan mezquinos con que son valorados sus originales; es decir, los dibujos de los creadores, que después fueron reproducidos en la industria de la impresión para diarios y revistas. Mientras que los grandes artistas franceses, italianos y, sobre todo, japoneses y norteamericanos llegan a precios cósmicos en galerías y subastas, los catalanes no levantan un gato por la cola.

Los únicos dibujantes catalanes que se cotizan a precios dignos son los que durante la diáspora artística –que comenzó en los sesenta y que aún se mantiene– trabajaron para Francia o para Estados Unidos. Son docenas, no, cientos de ilustradores, que, a veces sin nombre o con seudónimos anglosajones, alimentaron de viñetas los diarios y las revistas de los países que les pagaban unos suculentos sueldos, comparados con los que recibían en casa.

Por eso, no es extraño que una portada publicada de la revista Vampirella de Manuel Sanjulián llegara a los 55.000 dólares en una subasta de Heritage el mes de septiembre pasado. Ha sido el dibujo de este ilustrador que se ha cotizado más alto. Tiene más, más portadas de la misma revista o de otras de la factoría Warren, que han superado los 20.000 dólares. Si Sanjulián no hubiera publicado en Estados Unidos, sus originales no tendrían ni de lejos el valor que el mercado de Estados Unidos les otorga.

Historia completa de José González, que se subastó por 62.000 dólares / Cortesía de Heritage

Otro caso en el mismo escenario es el de José González, nacido y muerto en Barcelona y autor que también trabajó para revistas de cómic norteamericanas de fantasía. El pasado mes de septiembre una historia entera suya de Vampirella se vendió por 62.000 dólares en la misma Heritage. Los originales de Pepe González llegan a cotizarse en este mercado subastero por cifras que desbordan los 20.000 dólares. Hay más autores catalanes, valorados con precios similares o incluso más altos, que trabajaban para publicaciones del mismo tipo, como Enric Torres-Prat, ilustrador de portadas de género fantástico en Estados Unidos, que el mes de noviembre de 2004 vio como una portada suya también de Vampirella se saldaba por 66.000 dólares. Este tipo de obras de Enric no bajan de los 50.000 dólares.

Estos autores catalanes trabajaban durante la década de los sesenta y los setenta para las Selecciones Ilustradas de Josep Toutain, un mito doméstico que articuló una agencia de venta de originales catalanes y españoles que cubrieron los mercados del Reino Unido y de los Estados Unidos. Con el tiempo, algunos se independizaron dibujando siempre para las mismas revistas.

No es difícil encontrar el caso de otros dibujantes e ilustradores catalanes que trabajan actualmente por encargo para las editoriales francesas o norteamericanas. Hay un montón. Son muy buenos. Sus originales se venden en subastas presenciales o virtuales y llegan a los precios que determinan estos mercados. Unos precios incomparables con los que soportan los artistas de cómic que han publicado o que publican en nuestras editoriales y tienen que vender sus dibujos en el mercado interno.

Precios pequeños en el interior

Las subastas o las ventas internas –europeas en nuestro caso– se articulan a través de casas como Catawiki o Todocoleccion. Es allí donde se pueden rastrear unos precios que ni de lejos se parecen a los de los autores catalanes que trabajan para los mercados de Francia o de los Estados Unidos. Francisco Ibáñez, uno de los autores catalanes más cotizados, ha dado el salto a Heritage, donde en una subasta reciente dos originales de dos páginas consecutivas de Mortadelo se vendieron por 3.752 dólares. Nada que ver con los que dieron el salto a América, no en la venta, sino en la publicación.

La epopeya de los originales catalanes, aunque no en los precios, se parece a las de otros países. Desde el comienzo del siglo veinte y durante décadas fueron menospreciados. Los autores los cedían a las editoriales, que los conservaban –o no– y se quedaban con todos los derechos. Si estudiamos el caso de las tres grandes editoriales de tebeos de nuestro país después de la guerra del 36, entenderemos, en parte, la disparidad de precios de sus originales.

El caso de Bruguera

Los originales de los autores de la gran factoría Bruguera, por ejemplo, están ahora en manos de los propietarios de Prensa Ibérica, que los adquirieron a Grupo Zeta cuando compraron El Periódico. Son miles de páginas que no llegan al mercado del coleccionismo, sin contar las que la misma editorial Bruguera trituró para “hacer espacio” o para aprovechar viñetas y personajes para nuevas publicaciones. Son escasos, pues, los originales de Escobar, de Vázquez, de Jorge, de Peñarroya, de Ambrós, de Giner, de Darnís o de Conti que entran al mercado. El valor de estas obras varía mucho, según el autor y la época, pero no se mueve ni de lejos dentro de los parámetros de los vecinos más respetuosos con el noveno arte y la tradición autóctona.

Original de El Capitán Trueno

Un original de Vázquez o de Ibáñez dependerá de la época y de la categoría icónica. En todo caso, la horquilla de precios oscilará entre los 1.000 y los 6.000 euros. El caso de Ambrós y de Dernís es diferente. Hay poquísimos originales del Capitán Trueno o del Jabato. Por impacto popular, el Capitán Trueno llega a precios más altos. Por una página original de la criatura de Víctor Mora y Ambrós se pueden pagar 2.000 o 3.000 euros. Obviamente, esto dependerá también de qué página se trate. En cuanto al Jabato, el récord lo batió un cuaderno entero, todos los originales que incluía, por el cual se pagaron 7.500 euros. Todos estos precios pueden parecer altos, pero en comparación a los que se hacen valer en Francia o en los Estados Unidos, se sitúan en la franja magra.

Original de portada de Ibáñez, subastada por 5.000 euros / Cortesía de Heritage

El caso de Valenciana

El caso de la Valenciana, el otro gran referente de la historieta publicada durante el franquismo, es muy diferente. Sus propietarios, la familia Puerto Vañó, conservaron siempre todos los originales en buen estado. No por respeto ni a las obras ni a los autores, sino en previsión de futuras reediciones. Cuando la editorial cerró en 1986 ya eran muy conscientes del valor que podían tener aquellos miles de páginas, cómodamente instaladas en sobres que las identificaban. Los autores nunca volvieron a saber nada. Pasadas dos décadas, las comenzaron a distribuir entre libreros de viejo interesados. Vendidas al por mayor por precios irrisorios cada lote, han ido llegando al mercado en dosis excesivas, que no las ha valorado. Así, los originales de un cuaderno entero de una serie muy celebrada cuando se publicó, El Pequeño Luchador –diez páginas y portada– se puede adquirir por 150 euros o menos.

Original de Superpumby, vendidos a precio de saldo

Es el mismo caso de uno de los personajes infantiles más famosos de los años sesenta, el gato Pumby. En Todocoleccion se pueden comprar todos los originales que se quiera. Una página original más o menos decente del tebeo se puede comprar por 35 euros. Si el autor, José Sanchis, levantara la cabeza, la agacharía avergonzado. Una de las grandes portadas que Sanchis dibujó al gouache para ilustrar una serie de álbumes que Valenciana editó como recopilatorios de las aventuras del personaje se vende en Todocoleccion por 350 euros. Solo los cuadernos enteros de las dos series más acreditadas de los años cuarenta, Roberto Alcázar y El Guerrero del Antifaz, se venden a precios más decentes, que pueden llegar a los 5.000 euros. El gran error de los propietarios de Valenciana, aparte de no devolver los originales a los autores, que es de lesa humanidad, fue sacarlos al mercado en lotes excesivos. La abundancia de material ha deteriorado el precio. Cuando no se sabe no se sabe. Y no da más.

El caso de ‘TBO’

Aún queda la tercera gran cabecera histórica catalana, la que dio nombre a todas las publicaciones del género: el TBO. También los propietarios de la empresa supieron conservar los originales, que aprovechaban continuamente como material reeditado en las páginas de la publicación. Cuando Buïgas, Estivill y Viñas, SL, cerró en 1983, uno de sus últimos colaboradores, Lluís Giralt se llevó, a cuenta del trabajo que no había cobrado, unos cuantos cientos de originales, con los cuales en vida organizó diferentes exposiciones. Los otros o bien fueron a parar a Bruguera, y después han terminado en la misma colección de originales, o bien han ido saliendo a la venta en grandes cantidades.

El precio de un original del escuadrón de los dibujantes que alargaron la vitalidad de la publicación durante décadas, depende de la cotización de cada autor. No es lo mismo Opisso o Nit que Blanco o Sabatés. En todo caso se pueden adquirir muy baratos, por cuarenta, cincuenta o sesenta euros, en plataformas como Todocoleccion. Solo dos autores de la posguerra han conseguido cifras más o menos decentes, si las comparamos con las del mercado autóctono: Benejam y Coll. Una buena página de las maravillas que creó Josep Coll o una de la Familia Ulises se pueden situar entre los 300 y los 800 euros. Y eso –¡ay!– es el máximo.

Todo junto no da para más. País pequeño, arte menor.

Nou comentari

Comparteix

Icona de pantalla completa