La cocina revela historias a través de los sabores. Hay lugares donde cada bocado te transporta, donde lo simple es mucho más que una receta: es como un abrazo familiar, como un regreso a lo que importa, cocinado a fuego lento y con mucho amor.
Volver a lo esencial
Hay lugares donde no hacen falta adornos. Donde una croqueta puede decir más que mil palabras, y una cazuela te habla de las abuelas que cocinaban sin recetas, pero con toda la sabiduría del mundo. La experiencia gastronómica que ofrece este espacio no busca impresionar: quiere emocionar.
Un restaurante normal en una esquina normal de una ciudad normal.
En el centro histórico de Girona, en una plazoleta con encanto, hay un restaurante que lleva por nombre Normal. Y no es broma: aquí el lujo es la normalidad bien hecha. El proyecto nace del deseo de los hermanos Roca de volver a los orígenes, de hacer una cocina que no necesite disfraces porque ya tiene alma propia.
Con la cocinera Elisabet Nolla al frente, este espacio se erige como un homenaje a las recetas de casa. Elisabet viene de una profunda tradición familiar: su abuela Angeleta y su madre Montserrat ya cocinaban con lo que tenían a mano y lo convertían en fiesta. Esta herencia, pasada por un tamiz contemporáneo, es la base del restaurante.
Una croqueta que da que hablar
Hay platos que definen un lugar. Y en el Normal, esta definición tiene forma de croqueta. Elaborada con leche cruda de oveja y jamón ibérico, es una explosión suave e intensa que resume todo lo que este espacio quiere transmitir: respeto por el producto, técnica cuidada y una pasión por el sabor auténtico.
Pero el secreto no es solo el ingrediente. Es la manera en que se cocina: lentamente, con paciencia y amor, como si fuera para la familia. Esta croqueta se ha convertido casi en un símbolo, y no es extraño que muchos la consideren la mejor de la ciudad.
Cocina de memoria, pero con mirada propia
La carta del Normal no quiere reinventar nada. Quiere reconectar. Los platos son clásicos que todos conocemos, pero pasados por una mirada respetuosa y valiente: calamares a la romana como los hacía la madre, capipota en su punto justo, arroces que no tienen prisa y un bocadillo de riñones de conejo que te transporta.
No hay pretensión, solo verdad. Una cocina que no busca aplausos, sino complicidades.
Un espacio que acompaña el relato
El local, cálido y sobrio, acompaña perfectamente este espíritu. Madera, materiales reciclados, luz suave y una estética que apuesta por la imperfección honesta. Aquí todo tiene sentido: las sillas, las mesas, las lámparas… todo te habla de proximidad, de artesanía y de respeto por el trabajo bien hecho.
Es un ambiente que invita a quedarse, a hablar sin prisas, a disfrutar de la comida sin mirar el reloj. No hay prisa cuando la comida te hace sentir como en casa.
El vino también tiene corazón
La carta de vinos no se queda atrás. No está pensada para lucirse, sino para acompañar. Vinos que hablan del territorio, que no tienen grandes nombres pero sí grandes historias. Referencias escogidas con emoción y conocimiento, que armonizan con los platos y aportan matices sin protagonismos.
Es una bodega pensada con el corazón, no con el marketing.
Opiniones que se repiten: sencillez exquisita
Quienes han pasado por el Normal a menudo lo expresan con la misma palabra: autenticidad. Tanto si son gourmets exigentes como si solo buscan comer bien, coinciden en que aquí se vive una experiencia especial. El servicio es cálido, atento, y la comida emociona sin artificios.
Muchos afirman que han encontrado “las mejores croquetas de su vida”. Otros destacan el respeto por los sabores de siempre, la generosidad de las raciones y la calidad-precio sorprendente.
Cocinar como se vivía
Lo que hace único a este restaurante no es la técnica, ni la fama de sus impulsores. Es el alma. Es cocinar como antes, cuando la comida era un acto de amor. Cuando el estómago y el corazón iban ligados, y cuando cada plato contaba una historia pequeña pero poderosa.
En Girona, donde la gastronomía tiene nombres muy grandes, este rincón apuesta por ser pequeño. Por no hacer ruido. Por cocinar desde dentro.
Y lo más bonito es que… funciona. ¿Te atreves? Ve con hambre, pero sobre todo, con ganas de sentir.

