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Descubre las insólitas mascotas que los romanos elegían como compañeros, lejos de gatos y peces

El vínculo entre los humanos y los animales no es una invención del siglo XXI. En la Antigua Roma, la convivencia con especies domésticas era mucho más profunda de lo que los libros de texto nos cuentan habitualmente.

Mientras que hoy nos obsesionamos con el perro de raza perfecta o el gato de moda, el romano promedio buscaba algo diferente. Buscaban un estatus, una compañía inusual y, a veces, una protección que iba mucho más allá de lo convencional.

La jerarquía del afecto en la domus

No todos los animales eran tratados por igual en las grandes villas. Los perros, por supuesto, ocupaban un lugar privilegiado. No solo eran compañeros de juegos, sino los guardianes definitivos de la propiedad privada.

Existían razas específicas para el pastoreo y otras dedicadas exclusivamente a la caza. Muchos mosaicos encontrados en Pompeya nos muestran advertencias claras: Cave Canem (cuidado con el perro). Era el sistema de alarma más efectivo de la época.

Pero el verdadero estatus llegaba con las mascotas exóticas. Tener un animal que no fuera autóctono de la península itálica era la manera definitiva de anunciar al mundo que tenías suficiente dinero para traerlo desde las provincias más lejanas del Imperio.

Los romanos de clase alta sentían una debilidad especial por las aves parlantes. Los loros, traídos desde la India, eran tratados con un lujo extremo, contando incluso con jaulas de plata o marfil. Eso sí que era exhibir riqueza.

Más allá de lo doméstico: pasiones peligrosas

El concepto de peligrosidad era bastante flexible en Roma. Si hoy nos escandalizamos por ver a alguien con una serpiente, para un ciudadano de alta alcurnia eso podía ser un símbolo de refinamiento y exotismo absoluto.

Las aves rapaces también gozaban de gran popularidad. No eran simples mascotas; eran extensiones del cazador. Cuidarlas requería una destreza técnica que se transmitía de padres a hijos, convirtiéndose en un ritual familiar constante.

¿Y qué pasaba con los gatos? Contrariamente a la creencia popular de que eran adorados como en Egipto, en Roma eran vistos más bien como cazadores funcionales. Su labor principal era mantener los graneros libres de plagas, una utilidad que valoraban por encima de la compañía silenciosa.

El dolor de la pérdida: los epitafios

Si aún dudas de que los romanos amaban a sus animales, solo tienes que leer sus lápidas. Sí, has leído bien. La arqueología nos ha regalado hallazgos conmovedores de inscripciones funerarias dedicadas exclusivamente a sus mascotas.

En estas piedras, los dueños expresaban un dolor desgarrador. Describían a sus perros como compañeros inseparables o amigos fieles que nunca fallaron. Es un reflejo crudo de nuestra propia humanidad (al final, no hemos cambiado tanto en dos milenios).

Este comportamiento demuestra que la psicología detrás del afecto animal es una constante humana. No importaba si eras un senador o un comerciante; la presencia de un animal en casa suavizaba las durezas de una vida marcada por la guerra y la política.

El secreto mejor guardado de Roma

¿Sabías que muchos de los nombres que ponemos hoy a nuestros perros provienen directamente del latín o de las costumbres de aquella época? La tradición de humanizar al animal de compañía nació, en gran medida, bajo el techo de las casas romanas.

Hoy, cuando compartimos nuestra vida con un gato o un perro, estamos replicando un gesto que tiene más de dos mil años de antigüedad. Es una tradición silenciosa que conecta nuestro presente con los grandes personajes de la historia.

Al final, las comodidades cambian, pero la necesidad de tener a alguien esperando detrás de la puerta sigue siendo el motor que mueve nuestro hogar. ¿Cuál crees que hubiera sido tu mascota ideal si hubieras nacido en la Roma Imperial?

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