Un país sumido en la pobreza extrema y, en medio de todo, un trono de oro macizo con forma de águila valorado en millones. (Sí, nosotros también alucinamos con el nivel de delirio de esta historia).
No estamos hablando de una distopía cinematográfica de ciencia ficción. Fue la cruda e insólita realidad de la República Centroafricana en el año 1977, cuando un solo hombre decidió que su ego personal valía mucho más que el hambre de toda una nación.
Su nombre era Jean-Bédel Bokassa, un personaje fascinante y siniestro que pasó de defender la bandera de un país aliado a convertirse en el dictador más temido de su región geográfica.
De soldado héroe a tirano implacable
Nacido en 1921, la vida de Bokassa comenzó marcada por una tragedia familiar absoluta cuando quedó huérfano de muy pequeño. Encontró refugio y disciplina en el ejército colonial francés, combatiendo con aparente firmeza en Indochina.
Pero aquella rigidez militar ocultaba un autócrata despiadado y calculador. Durante la Nochevieja de 1965, ejecutó un golpe de Estado incruento contra su propio primo mientras las altas esferas de París miraban hacia otro lado.
Los intereses geoestratégicos en materia de uranio y diamantes pesaban mucho más que los derechos humanos básicos. Una vez instalado en el poder, creó una cleptocracia feroz donde la disidencia se pagaba con torturas y mutilaciones públicas.

La coronación más obscena de la historia moderna
El poder absoluto y sin control nunca es suficiente para una mente megalómana. Obsesionado enfermizamente con la figura de Napoleón Bonaparte, abolió la república en el año 1976 para autoproclamarse emperador absoluto.
Su ceremonia de coronación costó cerca de 20 millones de euros, devorando sin piedad ni vergüenza un tercio del presupuesto anual de un país arruinado. Lució una corona cargada de diamantes y un manto de armiño interminable.
El despilfarro absoluto incluyó la importación masiva de toneladas de champán francés y caballos blancos de alta gama. Mientras tanto, miles de ciudadanos no tenían ni un plato de comida caliente para llevarse a la boca.
Pero el verdadero punto de inflexión criminal llegó cuando ordenó el uso obligatorio de unos uniformes escolares caros fabricados por un negocio familiar. La rebelión de los jóvenes en las calles fue sofocada con una matanza brutal en las prisiones.

El mito oscuro del gobernante caníbal
Más allá del lujo obsceno y de la sangre derramada impunemente, la leyenda negra que persiguió a Bokassa hasta su muerte fue la práctica de la antropofagia humana dentro de su círculo más privado.
Mantenía un zoológico particular y los rumores decían que alimentaba a las fieras con opciones políticas incómodas. Incluso llegó a insinuar a un diplomático extranjero que estaba consumiendo carne humana durante un banquete oficial.
A pesar de ser absuelto formalmente de este cargo concreto por falta de pruebas concluyentes durante su juicio posterior, el apodo de emperador caníbal ya se había grabado a fuego en la memoria de todo el planeta.
La intervención francesa lo derrocó finalmente en 1979 aprovechando un viaje oficial al extranjero, poniendo fin a uno de los episodios más surrealistas y oscuros que recuerda la política contemporánea.
¿Hasta qué punto puede llegar la locura humana cuando nadie se atreve a frenar los límites del poder a tiempo?

