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Fongs revelan el sorprendente aliado para comer en la Luna y Marte: los hongos

¿Imaginas un futuro donde la humanidad no solo pisa la Luna o Marte, sino que vive allí, trabaja y, lo más importante, come? El sueño de las colonias espaciales se enfrenta a un obstáculo gigante: cómo alimentar a miles de personas a millones de kilómetros de la Tierra. La logística de llevar toda la comida desde aquí es simplemente inviable, una ecuación que no cuadra de ninguna manera.

Pero, ¿qué pasaría si la solución definitiva a este desafío monumental no viniera de la tecnología más avanzada, sino de un aliado tan antiguo y humilde que lleva siglos en nuestro planeta? ¿Preparado para descubrir uno de los secretos más inesperados de la agricultura espacial?

Un equipo de científicos, con mentes de Brasil y Estados Unidos, ha hecho una revelación que puede cambiar las reglas del juego. La clave para hacer florecer la vida en los inhóspitos suelos de la Luna y Marte se encuentra en un organismo que la mayoría solo ve en un plato: los hongos. Sí, has oído bien. Estos seres microscópicos, lejos de ser un simple complemento culinario, podrían ser el superhéroe oculto que esperábamos para sembrar más allá de la Tierra.

El problema, como sabíamos, es colosal. Tanto el regolito lunar como el marciano son extremadamente pobres en nutrientes vitales como el nitrógeno, el potasio o el fósforo, los pilares de cualquier cultivo. Por si fuera poco, están llenos de metales pesados como el hierro (poco asimilable) y el aluminio (tóxico), y el de Marte, además, contiene percloratos, que lo hacen aún más hostil. Añade la radiación cósmica, las temperaturas extremas y la falta de agua, y tienes el cóctel perfecto para frustrar cualquier intento de plantar un tomate. (Nosotros también lo vemos fatal, dicho sea de paso).

Aquí es donde entran en juego los hongos, con una historia que se remonta a más de un siglo de uso en la Tierra. Estos organismos, muchos de ellos, tienen una capacidad innata para formar simbiosis beneficiosas con las plantas: la planta les da azúcares y el hongo, a cambio, le ayuda a protegerse del estrés y a absorber nutrientes que, de otra manera, estarían fuera de su alcance. Es un negocio redondo, un win-win que ya nos ha demostrado su poder aquí abajo y que ahora se perfila como la solución más sólida para nuestros futuros horticultores estelares.

Los hongos que van más allá de la Tierra: los candidatos

La revisión de este estudio apunta a dos géneros de hongos como candidatos estrella para esta misión espacial. El primero es el género Trichoderma. Algunos de estos hongos son patógenos (¡cuidado!), pero otros son increíblemente beneficiosos. Tienen la capacidad de transformar un suelo inhóspito en un lugar mucho más amable para el cultivo, movilizando nutrientes y solubilizando minerales.

Además, se ha demostrado que el Trichoderma puede ayudar a las plantas a soportar condiciones de estrés, como la salinidad. Y esto es vital: se han hecho experimentos con este hongo en la Estación Espacial Internacional (ISS) que confirman su resistencia al vacío y a las condiciones hostiles del espacio, siempre que la exposición sea corta y esté protegido de la radiación. Tenemos aquí un aliado potentísimo.

En la Tierra, los hongos ya son nuestro socio secreto en la agricultura. Ahora, imaginemos su potencial para transformar un trozo de Luna en un campo de cultivo. La supervivencia de las futuras misiones espaciales puede depender de ellos.

El segundo tipo son los hongos micorrícicos. Estos forman micorrizas, unas estructuras simbióticas que se unen a las raíces de las plantas y potencian su capacidad de absorber nutrientes inaccesibles. Incluso facilitan la asimilación de metales como el hierro en dosis adecuadas. Este sistema se vuelve aún más eficiente cuando se asocia con bacterias fijadoras de nitrógeno, un tándem que sería ideal recrear en el regolito.

Pero la cosa no termina aquí. Los hongos micorrícicos aumentan la tolerancia de las plantas a la sequía, la salinidad, la falta de nutrientes y los metales pesados, e incluso ayudan a neutralizar moléculas tóxicas generadas por el estrés ambiental. Y como ventaja adicional, liberan una sustancia llamada glomalina, que agrupa las partículas del suelo y atrapa los metales pesados, reduciendo drásticamente su toxicidad. Es un verdadero escudo protector para nuestros cultivos más allá.

La carrera contra el tiempo ha comenzado

A pesar de este hallazgo prometedor, es importante ser conscientes de la realidad. Los estudios actuales se han realizado principalmente en la Tierra o con regolito simulado. Aún no se ha hecho ningún experimento con regolito real, ni lunar ni marciano. Este será el próximo paso, un desafío que aún queda lejos, como advirtieron los autores de la revisión.

Pero esto no significa que podamos bajar la guardia. Al contrario, si queremos que la humanidad tenga un futuro viable fuera de la Tierra, la investigación debe comenzar ahora, con toda la urgencia que requiere un objetivo tan ambicioso. Cada día cuenta en esta carrera cósmica.

Así pues, la próxima vez que escuches hablar de la colonización del espacio, recuerda que el futuro de la alimentación interplanetaria podría depender de unos seres que llevamos con nosotros desde siempre. No es una casualidad que hayas leído esto, sino una alerta crucial. Lo que ahora parece ciencia ficción, pronto podría ser una realidad vital. ¿Estaremos preparados para el día que necesitemos plantar en Marte?

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