El resorte que ha activado de manera más efectiva el ataque de Israel y los Estados Unidos contra Irán no ha sido el afán de controlar sus recursos petroleros y gasísticos. La lógica que mueve a Binyamín Netanyahu es estrictamente militar y estratégica. Pretendidamente defensiva. El primer ministro de Israel quiere cerrar la crisis y el conflicto que abrió la agresión de Hamás el 7 de octubre de 2023 en su propio territorio sin dejar ningún cabo suelto que mantenga las posibilidades bélicas de sus enemigos más declarados.
En la cúspide de esta pirámide maligna para los israelíes está Irán. El régimen de los ayatolás ha alimentado en las últimas décadas a todos los grupos armados que, desde los países vecinos –incluyendo la Franja de Gaza–, han hostilizado al Estado de Israel. La guerra que abrió Netanyahu a raíz del ataque de Hamás no puede cerrarse, según su opinión, en falso. No es la economía –digan lo que digan los pretendidos análisis más frívolos– el factor desencadenante del ataque a Irán.
Como los israelíes estaban decididos a encender este nuevo frente, el más decisivo de todos, Estados Unidos ha entendido que no le interesaba quedarse al margen. Por razones también estratégicas, que no excluyen necesariamente las motivaciones económicas. Pero no falta cierta razón a los asesores de Donald Trump cuando afirman que el ataque israelí sin ningún otro apoyo habría provocado igualmente la reacción de Irán contra las bases de los Estados Unidos en territorios próximos y contra sus intereses.
El ataque contra el gobierno de los ayatolás abre muchas incógnitas. Preguntas sobre la impotencia del derecho y la diplomacia internacionales a estas alturas del siglo XXI; sobre el papel lamentable de las Naciones Unidas; sobre la solidez del gobierno iraní actual, tras el asesinato de Ali Khamenei; sobre la fuerza real de sus opositores, que en los últimos meses se han manifestado una y otra vez contra el régimen con un costo altísimo en vidas humanas; sobre la dimensión de la reacción social que se ha despertado en apoyo del régimen activada por la agresión externa… En todo caso, lo que parece claro, como se ha visto estos días, es que el régimen mantiene indemne el control de las fuerzas armadas y que el ejército iraní tiene una cierta capacidad operativa ofensiva.
Todo esto combinado llena de incertidumbre la duración del conflicto que se ha abierto y que afecta a todos los Estados de la zona. El ataque a la principal refinería de Arabia Saudita y el control del Estrecho de Ormuz –la incertidumbre que necesariamente se deriva– justifican la subida de precios del petróleo y del gas en los mercados internacionales. Obviamente, este aumento puede incidir también, en diferentes grados, en el incremento de la inflación en las economías occidentales.
No hace falta decir que el control de los dos grandes recursos iraníes –petróleo y gas– dependerá del final del conflicto que ahora se ha abierto. Y aquí está la gran paradoja. La Unión Europea no ha tenido ninguna incidencia en la operación Furia Épica –la arrogancia léxica es de premio–, aunque las principales potencias del continente se han alineado sin muchas reservas al lado de Israel y los Estados Unidos.
La UE no toca ni los hierros en el concierto mundial actual, como es obscenamente y recurrentemente constatable desde la llegada de Trump a la presidencia, pero, por el contrario y paradójicamente, el final del conflicto podría favorecer la economía de Estados como Alemania, en crisis por la enorme dependencia energética que la ligaba a Rusia. La economía alemana podría verse muy beneficiada por el cambio de régimen en Irán, con un nuevo suministro gasístico al alcance, aunque la Unión Europea no tiene ninguna incidencia efectiva en los cambios geopolíticos que afectan al mundo en esta década sin prodigios pero con convulsiones.
Las buenísimas intenciones que caracterizan todas las intervenciones públicas de Pedro Sánchez –un dardo ahora en la escena mundial– son el orgullo de deontólogos y pacifistas, pero la realpolitik es otra cosa. Sin la locomotora alemana, la Unión Europea puede acabar siendo un balneario con tantos buenos deseos como se quiera, pero con una incidencia real en el mundo bien escasa y con una calidad de vida de sus habitantes mucho más precaria.

