El discurso público sobre las tecnologías de vanguardia, especialmente aquellas que crean categorías que desordenan todo lo que la gente tenía en mente, no podría tener menos que ver con la ciencia que hay detrás. La inteligencia artificial ahora, como el metaverso después de la pandemia o la blockchain a finales de la década pasada, oscilan con violencia entre el fanatismo y el rechazo. Sus soluciones reales, a menudo múltiples pero limitadas, y muy útiles para aquellos usuarios y negocios que puedan sacarles partido, quedan ensordecidas en los disparos de las proverbiales trincheras que se forman alrededor de cualquier pico de hype. Pablo Jarillo-Herrero, físico formado en la Universidad de Valencia, es una voz prominente en uno de estos elementos del mundo tecnológico que está llamado a cambiarlo todo, pero que aún está por ver cómo lo hará: el grafeno. El único material bidimensional del mundo, de solo un átomo de grosor, que podría aplicarse a una multitud de desarrollos técnicos en el futuro inmediato. Entre otras propiedades, y gracias a la investigación del valenciano, puede funcionar como material superconductor, siempre que se sitúe en el ya conocido como «ángulo mágico«: superponiendo dos láminas de este material imperceptible con una rotación en un ángulo de 1,1 grados. Este hito, realizado en 2018, le valió ser incluido, en el año 2024 -con solo 48 años- en las quinielas de candidatos para ganar el Premio Nobel de Física.
Descubrimientos como este, y especialmente la euforia que se generó a su alrededor, hacían pensar que el grafeno podía cambiar el mundo en cuestión de meses. Y aún podría hacerlo, pero a su propio ritmo: «el grafeno es un material con propiedades extraordinarias, pero muy diferente de cualquier otro que haya usado la industria. ¡Está claro que no se podría utilizar inmediatamente cuando se descubrió!», exclama, en conversación con Món Economia a raíz de su participación en el segmento Talent Arena del MWC. Jarillo-Herrero, cabe recordar, fue un entusiasta del grafeno desde sus inicios. El material fue aislado por primera vez por los científicos británicos -nacidos en Rusia- Andre Geim y Konstantin Novoselov, un descubrimiento que sí les valdría ganar el Nobel. Desde el año 2008, el valenciano es una de las caras conocidas de la investigación en este material en el MIT de Massachusetts; donde se ganó la cátedra en el año 2018.
Desde entonces, cuando llegó al grafeno de ángulo mágico, ha visto todo tipo de reacciones a los avances que puede traer; desde conducir energía hasta aislar materiales, o incluso fabricar imanes. «Todas las propiedades de la materia se pueden emular con el grafeno de ángulo mágico», explica el científico. Esto, reconoce, ha generado efervescencia en la comunidad científica; y también en el mundo industrial, que lo ve como una especie de piedra filosofal -él mismo se ha referido a ella en estos términos en varias ocasiones- que todo lo puede. «Hacerlo todo con el mismo material sería muy atractivo desde el punto de vista económico», apunta Jarillo. «Pero eso es muy difícil». De hecho, cerca de una década después de su descubrimiento, tanto los expertos como los potenciales usuarios «aún están investigando para entender exactamente qué pueden hacer con él».

Llevarlo a la fábrica
Para el científico, el potencial es gigantesco, pero también los costos de alcanzarlo, por las inversiones industriales que se deberían asumir si se quiere tratar un material de estas características. «Desde nuevos sensores cuánticos, cámaras de detección de fotones, satélites, telescopios, para supercomputación. Podría servir para un montón de cosas», declara, si se consigue extraer del laboratorio e insertarlo en la continuidad de una fábrica. En primer lugar, la naturaleza del material lo hace muy lejano a la realidad de los sectores productivos: el grafeno, en sí mismo, es una lámina prácticamente transparente, plantea un reto mayúsculo solo para transportarlo; y aún más para tratarlo, moldearlo y aplicarlo a los procesos productivos que se podrían beneficiar. Para aterrizar estas dificultades, lo compara con el papel film de cocina: «imagínate tener que mover y manipular un trozo de este papel sin que se dañe, sin que se le haga ni un agujerito, ni siquiera una arruga. Pues con el grafeno es igual, pero 1.000 veces más fino».
Por lo tanto, optar por él supondría un cambio desde la raíz para el funcionamiento de las empresas que fabrican tecnología. «Para que salga algo nuevo, un empresario no lo destruirá todo y empezará de cero, volviendo a hacer enormes inversiones. Por muchos motivos, es normal que el grafeno aún no esté en todas partes», advierte el experto. Además, puntualiza, las capacidades del grafeno, y aún más las del grafeno de ángulo mágico, no son un equivalente inmediato a las de otros materiales. «Mejora al resto, pero no en un sentido cuantitativo», reflexiona el experto. En este sentido, no solo se deben aplicar cambios al proceso industrial, sino también al producto final. «No es solo aplicarlo a las soluciones que tienes, es pensar en nuevas, repensar las que tienes. Es un proceso industrial muy complejo» que aún se debe delinear. Una vez el camino esté claro y abierto, el sector privado «invertirá y obtendrá réditos»; pero, hasta entonces, aún hay muchos kilómetros por recorrer. «Las empresas quieren materiales buenos, bonitos y baratos. Por ahora, el grafeno es bueno y bonito, pero barato; no tanto», ironiza Jarillo-Herrero.
Vaivenes en el mundo científico
La del grafeno, como muchos otros avances en la ciencia y la tecnología contemporánea, se ha encontrado con un obstáculo en el camino, en forma de una realidad política y geopolítica en la que la ciencia ha salido del foco de prioridades. Como declaraba a Món Economia el ejecutivo de Google Preston McAfee, «Europa tiene una oportunidad desde que Trump ha decidido que no le gustan los académicos». En este sentido, Jarillo-Herrero reconoce que «siempre ha habido idas y venidas en los ciclos políticos en cuanto a la ciencia». A pesar del hueco que podría dejar la administración estadounidense, Europa se mantiene en su marco mental, de ayuda a la investigación «más estable, pero sin tender hacia los proyectos más arriesgados». Las instituciones estadounidenses, en las últimas décadas, habían «entendido que la ciencia es el paso fundamental para crear tecnología, que es esencial para hacer avanzar la tecnología». La nueva gobernanza en Washington, describe el físico, «está intentando saltarse el paso de la ciencia, y quiere directamente la tecnología». En su campo de investigación, matiza -el de los materiales avanzados, considerado estratégico por el gobierno federal estadounidense- «sí se está apoyando a quien hace investigación». «Pero en muchos otros campos, no está ocurriendo», lamenta.
Aun así, vislumbra que el ciclo político volverá a girar a favor de la investigación básica. «Vendrán otras administraciones que darán más apoyo. Además, el Congreso, que es quien decide el presupuesto, ha mantenido las líneas dedicadas a la ciencia», asegura. En el último año y poco ve malestar en ámbitos como las ciencias biomédicas o la investigación relacionada con el cambio climático, pero considera que «cuando cambie la administración, la ayuda volverá». «Siempre habrá gente con curiosidad intelectual, con ganas de aprender. Y, cuando tienen apoyo público, siempre han generado un enorme desarrollo económico, y han creado industrias cruciales», concluye Jarillo-Herrero.


