L'escapadeta
La decisión de Marlaska: la isla estratégica del Estrecho seguirá cerrada por el riesgo para los visitantes

Imagina un lugar donde la historia, la naturaleza y la geopolítica se dan la mano, justo en el punto más meridional de Europa. Un espacio que prometía ser una joya turística accesible para todos, pero que ahora permanece blindado por una decisión ministerial. Hablamos de una isla estratégica en el Estrecho de Gibraltar, un enclave que nos obligaría a reescribir algunas de nuestras nociones sobre el patrimonio y el acceso público.

¿Por qué una ubicación tan vital, con un potencial de atracción turística innegable, continúa cerrada al público? La respuesta esconde un complejo entramado de intereses, historia y seguridad que pocos conocen, y que Marlaska ha decidido mantener bajo llave.

Desde el 14 de mayo, la isla de Las Palomas, en Tarifa, está cerrada por orden directa del Ministerio del Interior, liderado por Fernando Grande-Marlaska. La justificación oficial es clara: motivos de seguridad para los visitantes. Pero esta decisión ha cerrado las puertas a un tesoro que, hasta hace poco, se podía explorar por un precio simbólico (4 euros por adulto, e incluso gratuito para menores de 12 años).

Para entender la magnitud de este cierre definitivo (al menos de momento), debemos situarnos. La isla de Las Palomas no es una isla cualquiera; está unida al núcleo urbano de Tarifa por un espigón construido en 1808. Este paseo, hoy infranqueable por una valla, nos lleva a un punto donde Europa mira directamente a África, una posición estratégica que la ha convertido en testigo de siglos de historia.

Su historia es un auténtico libro abierto. Desde una torre de vigilancia del siglo XVI, erigida para defenderse de los piratas berberiscos y hoy convertida en un faro de primer orden y un Bien de Interés Cultural desde 1985, hasta su función como fortaleza con baterías de costa, casamatas y polvorines. La isla ha sido un punto clave en la defensa y la vigilancia del Estrecho, un lugar de secretos militares y, posteriormente, hasta 2020, un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE).

Un cierre con precedentes y un patrimonio oculto

No es la primera vez que el acceso a la isla se restringe. Durante el tiempo que el CIE estuvo activo, las visitas eran gestionadas en grupos organizados que evitaban la zona del centro de internamiento, generando ya entonces quejas de colectivos ecologistas. Su reapertura total al público a finales de 2022, con un punto de atención al visitante y rutas guiadas, parecía abrir una nueva era, una solución que finalmente ha durado poco más de tres años.

Me indigna pensar lo fácil que es cerrar las puertas a la historia y la belleza cuando la burocracia y la seguridad se enredan. Nuestra capacidad para disfrutar del patrimonio no debería ser una víctima colateral.

Pero la isla es mucho más que una antigua fortaleza. En su subsuelo y en su paisaje se conservan restos de una necrópolis fenicia, un testimonio único de las civilizaciones antiguas que poblaron el Mediterráneo. Es un yacimiento arqueológico de un valor incalculable que hoy, con el cierre, se mantiene fuera del alcance de los ojos curiosos, y que probablemente se deteriora de forma continuada sin una intervención adecuada.

Y el tesoro no se acaba en la superficie. Bajo sus aguas se esconde un ecosistema marino impresionante, con comunidades de coral y una biodiversidad que es auténtico motor de vida en el Estrecho. Además, su fondo marino guarda los restos de numerosos naufragios, auténticos museos submarinos que también permanecen inaccesibles. El anclaje noreste y el espacio subacuático de la isla están protegidos, un hecho que subraya su importancia ecológica.

La paradoja administrativa detrás de la decisión

La decisión de Marlaska pone de manifiesto un nudo administrativo de grandes dimensiones. La isla de Las Palomas es dominio público marítimo-terrestre desde 1988 y forma parte del Parque Natural del Estrecho desde 2003. Gran parte de su patrimonio, tanto terrestre como submarino, está protegido por diversas leyes y declaraciones. Un embrollo de competencias que parece ir más allá de la simple seguridad.

La paradoja es evidente: la Demarcación de Costas de Andalucía-Atlántico, dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica, fue quien advirtió del deterioro de varias estructuras. Sin embargo, la decisión final sobre la reapertura recae en el Ministerio del Interior. Parece que aquí, lo que es bueno para la naturaleza y la historia, no siempre casa con las preocupaciones de seguridad o las decisiones políticas.

De hecho, no ha faltado inversión pública en esta zona estratégica. La Autoridad Portuaria de la Bahía de Algeciras destinó 725.000 euros a rehabilitar el faro y 166.799 euros más para su edificio anexo, que se convirtió en el punto de atención a los visitantes. El mismo Ayuntamiento de Tarifa presentó a los fondos europeos Next Generation un ambicioso proyecto para regenerarla ambientalmente y dotarla de nuevos usos turísticos, incluyendo un acuario subterráneo de 500 metros cuadrados, pero el proyecto fue rechazado.

Un futuro incierto para la perla del Estrecho

Este cierre temporal, que ya se extiende desde hace meses, significa que una parte de nuestra historia y de nuestro patrimonio natural permanece inaccesible. Para nosotros, los ciudadanos, es una oportunidad perdida de conectar con un lugar que ha sido testigo de miles de años de intercambios y conflictos.

La situación de la isla de Las Palomas es un recordatorio de que, incluso con la mejor de las intenciones e inversiones significativas, la complejidad burocrática y las decisiones de seguridad pueden prevalecer sobre el derecho al acceso y el disfrute del patrimonio. ¿Continuará siendo una joya oculta para siempre? ¿O alguien encontrará la solución definitiva para hacerla accesible y segura, al mismo tiempo?

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