L'escapadeta
¿Sabes de qué castillo medieval se trata? Está a solo una hora y media de Barcelona y se puede visitar

Hay lugares que se ven antes de llegar a ellos. Se alzan sobre el paisaje como si siempre hubieran estado allí, recordando que el tiempo puede desgastar paredes pero no la esencia de los territorios. Desde lejos, la silueta se dibuja con claridad: un conjunto majestuoso, casi impenetrable, que domina una colina y vigila el paso de los siglos con una calma severa.

Una colina que custodia historias

Cuando el viajero se acerca por el valle, todo parece conducirlo hacia una misma imagen, como si la geografía quisiera poner orden en la mirada. Las casas aparecen más bien tarde, tímidas, pero lo que marca el ritmo es ese perfil que se impone sobre el río Cardener. Aquí, entre caminos que serpentean y tonalidades minerales, se levanta uno de los conjuntos medievales más fascinantes del país.

Parador de Cardona
Vistas del castillo desde el parador de Cardona

Es uno de esos lugares que ya transmiten fuerza antes de pisarlos. Durante generaciones ha sido símbolo, refugio y motivo de orgullo. Y aunque su nombre no se revela hasta más adelante, su presencia habla por sí sola.

Cardona: el poder de una fortaleza milenaria

Al llegar a media altura, el nombre se hace inevitable: Cardona. Con su castillo majestuoso coronando la colina y un núcleo antiguo que descansa a sus pies, la villa conserva un patrimonio que abraza historia, tradición y una relación íntima con la sal, su “oro blanco”.

A solo una hora y media de Barcelona, este destino sorprende por su fuerza narrativa. De hecho, su imagen cautivó incluso a Orson Welles, que en 1964 eligió su colegiata como escenario para rodar partes de Campanadas a medianoche. Un escenario que, visto hoy, mantiene intacta su potencia visual.

Un pueblo que respira Edad Media

El casco antiguo, declarado Bien de Interés Cultural, mantiene un trazado de callejones estrechos que invita a caminar sin prisa. A cada paso aparecen fachadas que cuentan siglos de actividad: antiguos palacios, portales de muralla y pequeñas plazas que aún rinden memoria de mercados y encuentros.

Nucli històric de Cardona
Núcleo histórico de Cardona

Entre los espacios más queridos está la plaza del Mercat, con sus nueve arcos de formas diversas, y la plaza de la Fira, que sirve para captar el pulso de la villa. En la iglesia de Sant Miquel, de finales del siglo XIV, se conserva la imagen de la Virgen del Patrocinio, una presencia que llena de silencio el templo.

El castillo que nunca cayó

Pero el protagonismo absoluto es, sin duda, el Castillo de Cardona, una construcción iniciada en el año 886 por Guifré el Pilós y ampliada a lo largo de los siglos. Su fama de inexpugnable no es casual: nunca fue conquistado por un ataque directo, ni siquiera durante los episodios más duros de la Guerra de Sucesión, cuando Cardona fue la última plaza catalana en capitular, en 1714.

Castell de Cardona
Castillo de Cardona

La fortaleza ofrece un recorrido que abarca más de mil años de historia. Murallas, baluartes, patios y dependencias militares se articulan en un conjunto que se adapta perfectamente al relieve. Desde 1976, parte del recinto alberga un parador que ha ayudado a preservarlo y darle nueva vida.

La joya del románico

En el corazón del castillo yace la colegiata de Sant Vicenç, una obra maestra del románico catalán construida entre los siglos X y XI. Su interior, sobrio y monumental, conserva una belleza austera que se mantiene intacta, con un juego de luces que recorre la piedra como si contara su propia historia.

La antigua torre y las leyendas que la rodean

Otro elemento distintivo es la torre circular románica, conocida popularmente como la torre de la doncella. Dice la leyenda que aquí fue recluida Adalés, la hija del vizconde Ramon Folc, por un amor prohibido con un joven de origen árabe. Historia o imaginación, lo cierto es que el lugar conserva un aura particular, como si las piedras aún guardaran secretos.

La Torre de la Minyona
La Torre de la Minyona

Entre galerías de sal y memoria minera

Si el castillo corona Cardona, la Montaña de Sal es la gran maravilla que se esconde a la base del territorio. Este diapiro único, en constante crecimiento, ha sido explotado desde el Neolítico, aunque el gran cambio llegaría en el siglo XX con el descubrimiento de sales potásicas por parte del ingeniero Emili Viader.

La visita lleva al viajero hasta 86 metros de profundidad, atravesando galerías de belleza sorprendente. Los juegos de vetas, tonalidades y cristales componen un paisaje subterráneo que parece más propio de un cuento que de un espacio minero.

Parc Cultural de la Muntanya de Sal
Parc Cultural de la Muntanya de Sal

Entre los puntos destacados del recorrido está el edificio de máquinas del pozo, donde se puede ver una exposición fotográfica, y un audiovisual que homenajea a los mineros que dieron vida, y a veces la vida, a esta actividad.

El museo que guarda el alma salina

Al regresar a la superficie, el Museo de la Sal, situado en la plaza de Santa Eulàlia, completa la experiencia. Aquí, a través de piezas artesanales creadas por Josep Arnau y de un recorrido que repasa la historia del trabajo con sal, se entiende hasta qué punto este elemento ha marcado la identidad de Cardona.

Un final que queda abierto en el recuerdo

Cuando el día acaba y la luz baja por el valle del Cardener, la fortaleza regresa a su silencio habitual. Desde lejos continúa dominando el paisaje, como si quisiera recordar que, a pesar de las batallas, los siglos y las transformaciones, hay lugares que se mantienen fieles a su carácter.

Cardona es uno de esos espacios que invitan a volver, a recorrerlos sin prisa y a dejar que la historia, más que explicarse, se insinúe. Quizás porque aquí, entre piedra y sal, todo parece haber encontrado su lugar.

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